Mis días en el palacio interior Capítulo 24
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Capítulo 24

La única

(Hotaru)

Fueron cinco días. Los conté, pero no como los de la celda, sino al revés, del modo en que se cuenta lo que uno teme y desea a un tiempo.

Me habían dado unos aposentos dignos mientras tanto, en un ala tranquila, lejos del Palacio Interior y de sus fantasmas.

Me trataban bien. Comía, dormía, recobraba poco a poco la carne perdida y algo de color.

Kaede venía a verme a diario, y su compañía me sostenía, porque yo seguía sin fiarme de aquella calma, temiendo a cada momento que se rompiera.

Había vivido demasiado tiempo en guerra para creerme la paz de golpe.

Y sobre todo aguardaba. Esperaba a que Akiharu volviera con aquello que se había ido a intentar. No sabía qué era, y me había prohibido imaginarlo, porque habría sido darle cuerda a la esperanza, que seguía dándome más miedo que ninguna otra cosa.

Al quinto día vino a buscarme Masanori en persona.

Lo conocía de oídas, el ministro leal, las manos del emperador fuera de palacio, quien había tirado de los hilos conmigo sin que yo lo supiera.

Pero nunca lo había tenido delante. Un hombre mayor, de rostro severo y ojos gastados, que me observó con una curiosidad que ni disimuló, la de quien por fin le pone cara a alguien de quien ha oído hablar mucho.

—Así que tú eres la criada —dijo. Y luego, tras estudiarme un momento, con algo parecido a la aprobación—: Ahora entiendo muchas cosas.

No supe qué contestar. Él tampoco esperó respuesta.

—El emperador te aguarda —dijo—. Me ha encargado que te lleve y que por el camino no te cuente nada, cosa que agradezco, porque no sabría por dónde empezar. —Hizo un gesto para que lo siguiera—. Ven. Hay mucha gente allí dentro, y no es cortés entretenerla más.

—¿Mucha gente? —Se me encogió el estómago—. ¿Qué gente? ¿A dónde vamos?

—Ya lo verás.

Y no soltó prenda. Me llevó por pasillos que yo no conocía, anchos, nobles, de esos por los que una fregona no camina jamás, hasta unas puertas altas custodiadas por guardias. Al otro lado se oía el rumor de muchas voces.

Me detuve. El miedo me clavó los pies en el suelo.

—Masanori. —Me volví hacia él—. ¿Qué hay ahí dentro?

El viejo ministro me miró, y por un momento se le ablandó la severidad.

—La corte —dijo—. El emperador la ha convocado entera.

A los ministros, a los grandes señores, a lo que queda de las casas nobles tras la caída de Ayame.

—Hizo una pausa—. Y te ha convocado a ti, ante todos ellos.

—Bajó la voz—. Sé que ha estado revisando leyes antiguas y preparando un decreto, pero no me ha contado cómo piensa plantearlo ahí dentro, muchacha.

Ese detalle se lo ha guardado hasta de mí, y eso no lo había hecho nunca.

Pero lo conozco desde niño y te digo una cosa.

Lo he visto con una determinación que no le notaba desde hace años.

Sea lo que sea, va en serio. Entra con la cabeza alta. Te lo has ganado.

Se abrieron las hojas. Y entré en el salón del trono, yo, Hotaru, la muchacha de la aldea, la de las letrinas, la que había fregado aquellos suelos, ante la corte entera del imperio reunida y callada.

Por un instante quise dar media vuelta y echar a correr.

Todo en mí decía que aquel no era mi sitio, que iba a hacer el ridículo, que aquella gente magnífica se reiría de la fregona disfrazada de dama.

El viejo temor de la criada, el de volverse invisible, el de no ser mirada, me subió por la garganta con más fuerza que nunca.

Porque ahora ocurría justo lo contrario.

Ahora era el centro de todas las miradas del imperio, y no quedaba un rincón en penumbra al que huir.

Pero pensé en Sayuri, en que ella nunca pudo caminar erguida por un salón como aquel, y en que le debía, a ella y a la chiquilla aterrada que fui, no encogerme ahora.

Y pensé en mi madre, y en que quería contarle algún día que su hija había cruzado el salón del trono sin agachar la cabeza. Y avancé.

Fue el trayecto más largo de mi vida. La sala era inmensa, magnífica, con columnas que se perdían hacia lo alto y cientos de personas a los lados, todas vueltas hacia mí, siguiendo mis pasos con una mezcla de curiosidad, desconcierto y desdén mal disimulado.

Sentía sus ojos como agujas. Sabía lo que veían, una plebeya vestida con ropa ajena, pisando por donde no le correspondía.

Pero me acordé de lo que me había dicho Masanori y de lo que me había prometido en la celda, y no agaché la cabeza.

Fui despacio, erguida, mirando al frente.

Y allí, al fondo, en lo alto, junto al trono pero no sentado en él, de pie, esperándome, estaba Akiharu.

Vestido como nunca lo había visto, con todos los atributos de su rango, resplandeciente, terrible, el emperador en plena majestad.

Y sin embargo, cuando nuestros ojos se encontraron a través de la sala, vi al hombre del jardín.

Al de la grulla. Al del cerezo. Bajo todo aquel oro seguía siendo Akiharu, y le temblaba el pulso tanto como a mí.

Aquello me dio fuerzas. Que él, ante su corte, se estremeciera igual que yo.

Que, en el fondo, despojados de todo, siguiéramos siendo las dos criaturas asustadas que se encontraron un día junto a una grulla herida.

Llegué al pie del estrado y me detuve. No conocía las reglas de aquel lugar, los saludos, las reverencias.

Iba a arrodillarme por puro instinto, porque es lo que una criada hace ante un emperador.

Pero él habló antes, y lo primero que dijo, ante toda la corte, con una voz que resonó en cada rincón, fue esto.

—No te arrodilles.

Un murmullo recorrió la sala. Me quedé quieta, a medio gesto.

—Hoy no compareces ante mí como criada ni como acusada —dijo, y hablaba para mí, aunque lo oyeran todos—. Compareces como la mujer que ayudó a salvar este trono. Mantente en pie. Y ahora la corte sabrá por qué.

Y entonces, ante aquella asamblea de los más poderosos del imperio, el emperador contó mi historia.

La contó entera. Sin ahorrarse nada, ni siquiera las partes que lo dejaban peor a él. Habló del jardín donde nos conocimos, de todo lo que vino después y de cómo una criada a la que nadie miraba terminó siendo una pieza inesperada en la caída de una de las casas más poderosas del imperio.

No convirtió mi historia en una hazaña ni me presentó como alguien que no era. Contó lo que me habían hecho, lo que habíamos perdido y cómo, desde una celda, cada uno tirando de un extremo distinto del mismo hilo, conseguimos sacar a la luz la verdad.

Y cuando terminó, nadie en aquella sala podía seguir viéndome solo como una fregona.

La sala escuchaba sin respirar. Yo veía mudar las caras. El desdén se volvía asombro, y este, en algunos, algo parecido al respeto, muy a su pesar.

—Esta mujer —dijo Akiharu, señalándome ante todos— ha hecho por el imperio más que ninguno de vosotros.

Le debo la vida. Le debéis que no haya habido una guerra por la sucesión sobre mi cadáver.

Y ha pedido, como única recompensa, marcharse.

Volver a su aldea. Que la dejemos ir. —Hizo una pausa—.

No reclama títulos, ni oro, ni un lugar en la corte.

Solo su libertad. ¿Comprendéis lo que eso significa?

En un palacio donde todos ambicionáis siempre más, la única persona que de verdad ha merecido un premio es la única que no lo quiere.

Nadie dijo nada. No se atrevían.

—Pero no puedo dejarla ir sin más —continuó, y ahora su voz se hizo más honda, más personal—.

Porque la amo. Y eso también lo sabrá hoy la corte, aunque a algunos os escandalice.

Amo a esta mujer. No como un emperador ama a una favorita.

Como un hombre ama a aquella con la que querría pasar su vida.

El murmullo estalló, escandalizado, incrédulo. Un soberano declarando amor a una fregona ante la corte era algo que no había ocurrido jamás. Vi a los ministros cruzar miradas, vi removerse a los grandes señores. Akiharu levantó una mano, y la sala enmudeció de nuevo.

—Sé lo que estáis pensando —dijo—. Que una criada no puede ocupar un lugar junto a un emperador salvo como concubina.

Que la sangre, el rango y la costumbre deciden de antemano dónde debe permanecer cada cual.

Lo sé. Y por eso os he reunido. Porque esas normas las escribieron hombres, y las propias leyes del imperio contemplan que quien presta un servicio extraordinario a la Corona pueda recibir rango por mérito.

Se ha hecho con generales, con ministros y con quienes salvaron el trono en la batalla o en el consejo.

Nunca, hasta hoy, con una mujer nacida tan abajo.

Eso no significa que la ley lo prohíba. Significa que nadie quiso hacerlo antes.

Se irguió.

—Esta mujer ha prestado ese servicio. Y yo, con el poder que me da la corona, le concedo hoy un título vitalicio por mérito, reconocido y registrado ante la corte.

No lo recibe por nacimiento, por matrimonio ni por ser mi favorita.

No depende de conservar mi favor. A partir de hoy, Hotaru deja de estar sujeta al servicio del palacio y pasa a ser dama por derecho propio, con bienes y casa propios.

Su rango seguirá siendo suyo aunque mañana decida marcharse y no volver a verme jamás.

Me quedé sin aire, y la sala entera pareció quedarse sin él conmigo.

Hubo protestas, no lograron contenerlas del todo.

Un anciano de barba blanca, uno de los grandes señores, dio un paso al frente, indignado, y empezó a hablar de la sangre, de la tradición, de que jamás una plebeya...

Akiharu lo miró, solo lo miró, y el viejo enmudeció a media frase.

Había en aquellos ojos una autoridad que no admitía réplica, la de quien acababa de desmontar una conspiración y derribar a una de las casas más poderosas del imperio, y no pensaba dejarse discutir un decreto por nadie.

Uno tras otro, los que iban a quejarse cerraron la boca.

En las últimas semanas habían aprendido lo que le sucedía a quien plantaba cara a aquel soberano al que tanto menospreciaron.

No entendía del todo lo que ocurría. Todo iba demasiado deprisa.

Pero empezaba a vislumbrar en qué había andado aquel hombre imposible durante los cinco días.

No había ido a pedirme que renunciara a mí misma para caber en su mundo.

Había ido a cambiar su mundo para que yo cupiera sin dejar de ser quien era.

Buscó en las leyes y las costumbres de todo un imperio el resquicio, la rendija, la salida que yo le había jurado inexistente.

Y dio con ella. No elevándome solo mediante un matrimonio, de modo que todo mi rango dependiera de seguir siendo su esposa.

Tampoco convirtiéndome en concubina, una más dentro de un sistema que yo había rechazado.

Primero reconoció públicamente un mérito que era mío y me dio una posición legal independiente de nuestra relación.

Me había hecho libre del servicio y había separado mi lugar en el mundo de la respuesta que yo pudiera darle, para poder preguntarme después de igual a igual.

Para que, si aceptaba, fuera un sí de igual a igual y no el sometimiento de una criada a su señor.

Y bajó del estrado. El emperador descendió, ante toda su corte, hasta quedar delante de mí, a mi altura, sobre el mismo suelo que yo pisaba. Y allí, mirándome a los ojos, con todos de testigos, hizo lo que ninguno antes había hecho. Me habló como a una igual.

—Ya no eres una criada —dijo, en voz más baja, solo para mí, aunque todos aguzaran el oído—.

Eres una dama del imperio por tu propio mérito.

Tu rango no depende de que me quieras, de que te cases conmigo ni de que permanezcas a mi lado.

Seguirá siendo tuyo aunque te marches. Y ahora que puedes decidir desde la libertad y no desde la necesidad, quiero hacerte una pregunta.

La única que me importa. Y quiero que sepas, antes de oírla, que puedes negarte, y que si lo haces cumpliré mi palabra.

Te dejaré marchar a tu aldea, con tu título y mi bendición, y serás libre y feliz lejos de aquí, y me alegraré de esa dicha tuya aunque no sea conmigo.

Se me llenaron los ojos de lágrimas. La corte entera se había desvanecido. Solo estábamos él y yo, como bajo el cerezo, sin nadie más en el mundo.

—Pregunta —susurré.

Y Akiharu, señor de un imperio, de pie ante los suyos, frente a una mujer que días atrás fregaba aquellos suelos, dijo:

—No te pido que seas mi concubina. Eso sería pedirte que fueras una entre muchas, y tú no lo eres para mí, ni lo serás nunca. Te pido lo contrario. Si algún día me eliges, Hotaru, tendrás que hacerlo sabiendo que yo te escojo a ti como la única.

Respiró hondo antes de continuar.

—El Palacio Interior, tal como existe, se acabará.

Las mujeres que viven en él podrán marcharse con una renta y protección, volver con sus familias si así lo desean o establecer una vida propia si no tienen adónde regresar.

Ninguna será obligada a quedarse, y yo no tomaré nuevas concubinas ni favoritas.

No quiero una esposa por encima de otras mujeres encerradas esperando mi atención.

Si tú aceptas estar a mi lado, serás mi única compañera.

Y si no aceptas, seguiré disolviendo ese lugar, porque después de lo que he visto ya no puedo fingir que es justo.

Le temblaba la voz.

—Así que esa es mi pregunta, la única que te haré. No si quieres ser mía. Si, siendo libre para marcharte, me elegirías a mí para compartir tu vida.

La sala contuvo el aliento. Y yo, la muchacha de la aldea, con la mano marcada y el corazón desbocado, miré al hombre que había reescrito las leyes de un imperio para poder quererme sin que yo dejara de ser libre.

Al solitario del jardín, al de la grulla, al del cerezo, convertido ahora en alguien capaz de renunciar a un harén entero, de desafiar a su corte, de bajar del estrado hasta mi altura por una sola respuesta mía.

Un emperador rendido ante su propia palabra, pendiente de lo que dijera una fregona.

Abrí la boca. Todos se inclinaron hacia delante, sin respirar, pendientes de lo que fuera a salir de los labios de la criada a la que el emperador acababa de ofrecerle el mundo entero y algo mucho más difícil de dar, la igualdad.