Mis días en el palacio interior Capítulo 23
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Capítulo 23

Lo único que pido

(Hotaru)

Me recibió en el jardín del torii. Supongo que lo eligió a propósito, para que no fuera un emperador recibiendo a una súbdita en el salón del trono, sino el hombre que me había besado bajo aquel cerezo aguardando a la mujer a la que besó.

El árbol ya no tenía flor; hacía tiempo que la había soltado, y ahora era todo hojas verdes, denso, corriente, uno cualquiera.

Me pareció bien que así fuera. La flor había caído, como él mismo anunció que caería, y sin embargo el tronco seguía en pie. Nosotros también.

Él aguardaba junto al arco, y al verme llegar por el sendero de musgo se quedó inmóvil, temeroso de que un movimiento brusco fuera a espantarme.

Nos miramos a distancia un momento, sin acercarnos, con todo lo ocurrido flotando en el aire que nos separaba.

La última vez que estuvimos juntos allí, la flor caía sobre nosotros y nos queríamos sobre una manta.

Ahora mediaban unos pasos que parecían leguas, y ninguno sabía a quién le tocaba darlos.

Estaba cambiado. Más flaco, ojeroso, con el rostro de quien no ha dormido en semanas.

Había pagado aquello a su manera tanto como yo a la mía.

Y al verlo así, gastado por haber peleado por mí desde la sombra mientras yo lo tomaba por un traidor, noté cómo se me deshacía por dentro la última costra de rencor que la celda me había dejado.

Durante un rato ninguno supo qué hacer. Nos habíamos querido bajo aquel árbol como dos criaturas cualesquiera, sin corona ni delantal de por medio, pero entre aquella noche y ésta se había abierto un abismo de dolor y de lejanía, y ahora que volvíamos a tenernos enfrente no sabíamos cómo cruzarlo.

Él avanzó medio paso y se detuvo. Yo hice otro tanto.

Nos conocíamos de memoria y a la vez nos habíamos vuelto extraños, porque cada uno había atravesado a solas un infierno distinto y regresaba de él siendo otro.

—Hotaru —dijo. Solo mi nombre. Como aquella vez en el estudio. Como bajo el cerezo.

—Majestad.

Le vi encogerse al oír la palabra.

—Aquí no —dijo, con un hilo de voz—. Aquí nunca. ¿Recuerdas? Aquí soy Akiharu.

—Lo recuerdo.

Pero no lo llamé por su nombre, todavía no, y él lo notó, y algo se le apagó en la cara.

Porque entre nosotros, por mucho que aquel fuera nuestro jardín, quedaba una brecha que las palabras de amor no bastaban para cerrar.

Semanas de encierro. La idea, machacada un día tras otro en la oscuridad, de que me había dejado tirada.

Ya sabía que no era cierto. Pero saberlo y sentirlo son cosas distintas, y mi corazón, tantas veces roto, iba más despacio que mi cabeza.

—Sé lo que pensaste —dijo él, leyéndomelo en la cara—. En la celda. Pensaste que te había dejado morir. Que había elegido el trono.

—Lo pensé —admití—. Muchas noches.

—Y sin embargo escribiste «no dudé».

—Escribí lo que necesitaba creer para no hundirme.

—Lo miré—. No siempre era verdad, Akiharu.

Hubo jornadas en que dudé de ti con todas mis fuerzas, en que te odié por dejarme allí, en que me arrepentí de haberte querido bajo este árbol.

No voy a mentirte diciendo que mi fe se mantuvo firme, porque flaqueó y mucho.

Solo que, cuando estaba a punto de partirse del todo, me agarraba a aquella frase tuya y resistía un día más.

Se me hizo un nudo en la garganta al decirlo, porque nunca lo había confesado en voz alta, ni siquiera a mí misma.

Que hubo noches en aquella celda en que lo maldije, en que lo tomé por un cobarde, un hombre que había jugado con una criada para entretenerse y la había tirado como se tira un juguete roto en cuanto dejó de servirle.

Y decírselo ahora, a la cara, era arriesgarme a herirlo.

Pero se lo debía. No podía empezar lo que quedara entre nosotros con una mentira piadosa, por bonita que sonara.

Y me di cuenta, al oírme, de que lo había llamado por su nombre sin pensarlo, y vi cómo aquello le devolvía algo a la mirada.

—Me alegra que me lo digas —respondió él, para mi sorpresa, sin dolerse—.

Me alegra que dudaras. Porque significa que lo que sentías era real, y no una fe ciega de esas que se les tienen a los ídolos.

A un ídolo no se le duda, Hotaru, se le adora.

A una persona se la duda y se la quiere igual, o más, precisamente porque una ha dudado y ha decidido quererla de todos modos.

Prefiero mil veces tu amor, que vaciló y resistió, a la devoción de cualquiera que nunca se hubiera atrevido a ponerme en cuestión.

Se pasó la mano por la cara antes de seguir.

—Fue lo único que pude darte. Aquella frase.

No podía ir a verte ni mandarte un recado claro.

Un solo indicio de que me importabas y habrían apretado el paso para matarte.

Tuve que dejarte pensar lo peor de mí para poder salvarte.

Y no ha habido tormento como ése, Hotaru.

Saberte allí, sola, hambrienta, tomándome por un cobarde, y no poder contarte la verdad.

Habría preferido mil veces estar yo en tu lugar.

—Lo sé. —Y era cierto—. Me han contado lo que hiciste. Cómo tiraste del hilo desde fuera mientras yo tiraba desde dentro. Sé que no me abandonaste y que me salvaste la vida. —Bajé la vista un momento—. Y sé que yo, sin saberlo, salvé la tuya. Estamos en paz, supongo. Nos salvamos el uno al otro.

—No quiero que estemos en paz. —Dio un paso hacia mí—. No quiero saldar cuentas contigo, ni que lo nuestro sea algo que se paga y se cierra. Hotaru, yo...

—Espera. —Lo detuve, con la mano, con la voz—. Antes de que digas nada, déjame hablar a mí. Porque he venido a pedirte algo y quiero hacerlo antes de perder el valor.

Se quedó quieto. Y yo respiré hondo, y dije lo que llevaba pensando desde que salí de aquella celda.

—Quiero marcharme.

No sé qué esperaba. Cualquier cosa menos aquello. Vi cómo la frase le entraba y le mudaba el rostro, cómo primero no la comprendió y luego la entendió demasiado bien.

—¿Marcharte?

—Del Palacio Interior. Del palacio entero.

Quiero irme, Akiharu. A casa. A mi aldea.

Con mi familia. —Se me quebró la voz, pero seguí—.

He estado a punto de morir aquí. He fregado sus letrinas, he sangrado en sus patios y he visto morir a mi amiga en el suelo de sus aposentos.

He perdido meses de vida y un trozo de alma que no sé si recuperaré.

Este palacio me lo ha quitado casi todo.

Y ahora que he salido de aquella celda y mi nombre está limpio, lo único que deseo, lo que he deseado desde el día que entré por la puerta de servicio, es que me permitas cruzarla en sentido contrario y no volver jamás.

Callé un instante. Me temblaban las manos. Aquello era lo más duro que había dicho nunca, más que plantarle cara a Ayame, más que gritarle a él la verdad en el estudio, porque esta vez no me jugaba la vida, sino una de las pocas cosas buenas e inesperadas que aquel palacio me había dado.

—Y necesito que entiendas —seguí— que no me marcho por ti, que no tiene nada que ver con lo que siento.

Piensa en mi madre, Akiharu. Lleva meses sin verme, recibiendo apenas las pocas noticias que podían llegar desde palacio, y ahora habrá oído rumores espantosos.

Habrá oído que su hija está acusada de asesinar al emperador.

Habrá llorado creyéndome muerta o, peor, culpable.

Tengo que volver a casa y abrazarla y decirle que vivo, que soy inocente, que su Hotaru sigue siendo la suya.

Tengo que ver a mi padre, si es que aún vive.

Me hace falta el río, y el campo, y mi nombre en boca de gente que me quiera por lo que soy y no por lo que le convenga.

Necesito volver a ser una persona, y aquí nunca podré serlo del todo.

Akiharu me escuchaba, muy pálido, y con cada palabra mía lo veía comprender algo que quizá no había querido plantearse.

—Creí que… —empezó, y se detuvo—. Después de todo. Después del cerezo. De aquella noche. Creí que tú y yo…

—¿Qué creíste? —le pregunté, con suavidad, sin crueldad—. ¿Que me quedaría? ¿Como qué, Akiharu? Dime. Como qué me quedaría.

Y ahí estaba la pregunta que lo desarmaba, la misma que le había hecho, con otras palabras, la noche que me ofreció ser concubina.

Porque en el fondo nada había cambiado. La conspiración había caído, Ayame estaba presa, mi nombre limpio.

Pero yo continuaba siendo una fregona sin apellido y él el emperador, y entre esas dos cosas no existía un sitio donde yo pudiera quedarme sin dejar de ser quien era.

—No lo sé —dijo al fin, con una franqueza desnuda—.

No lo sé, Hotaru. Solo que no quiero que te vayas.

Que la idea de verte cruzar esa puerta y no volver me duele más que todo lo de estas semanas.

Que no te he salvado la vida para perderte, sino para...

—Se detuvo—. No sé para qué. Para tenerte cerca.

Para poder verte. Para que existas en el mismo palacio que yo, aunque sea de lejos.

Egoísmos de hombre enamorado. Nada de lo que enorgullecerse.

Me acerqué a él y le tomé la cara entre las manos, como aquella otra vez, la buena y la marcada, y noté que se apoyaba en el gesto, buscando en él lo único firme que le quedaba.

—Te quiero —le dije, y era la verdad más grande que tenía—.

Que quede claro. No me marcho porque no te quiera, sino porque te quiero y aun así no puedo quedarme.

Porque hacerlo aquí, en tu mundo, sería volver a ser lo que fui, propiedad de alguien, colgada de un favor, viviendo con miedo.

Ya te lo dije una vez, Akiharu, y no ha cambiado.

Puedo quererte sin pertenecerte, pero no puedo pertenecerte ni siquiera por amor.

Y en tu mundo, quedarse es pertenecer. No hay otra manera.

—¿Y si lo hubiera? —dijo él, y algo se le encendió en la mirada, una idea, una desesperación, no lo supe entonces—. ¿Y si hubiera otro modo?

—No lo hay.

—¿Y si yo lo creara?

Lo miré sin entenderlo del todo, con el corazón encogido, porque en su voz asomaba algo que no le había oído nunca, la determinación de quien ha decidido hacer lo imposible y todavía no sabe cómo.

—Akiharu, no juegues conmigo con eso. Por favor. Ya me han hecho demasiado daño con esperanzas falsas. No me des una tú también.

—No lo es. —Me tomó las dos manos—. Todavía no sé si podré.

Pero hay algo que puedo intentar, y si sale, esto cambia.

No un poco. Del todo. —Me miró con una intensidad que me asustó—.

Solo necesito que no te marches creyendo que lo nuestro es imposible sin más.

Porque a lo mejor no lo era. A lo mejor solo lo era dentro de unas reglas que escribieron otros.

Y da la casualidad de que yo soy el único hombre del imperio con poder para reescribirlas.

No supe qué responder. Nunca lo había oído hablar así, con aquella mezcla de humildad y de fuerza, dispuesto por fin a usar todo su poder no para poseer, sino para soltar.

Y me di cuenta, mirándolo, de cuánto se había alejado del hombre solo y torpe del jardín de la grulla.

Yo también lo había transformado a él sin proponérmelo, igual que él a mí.

—Irás a casa —dijo entonces, y me sorprendió, porque no era lo que aguardaba—.

Estarás con tu familia. Te recuperarás. Respirarás.

Volverás a ser tú lejos de este sitio que tanto daño te ha hecho.

Te lo has ganado, y no seré yo quien te lo niegue, por mucho que me pese.

—Me apretó las manos—. Pero concédeme un poco de tiempo antes.

Unos días nada más. No para retenerte, sino para intentar una cosa.

Y si sale como espero, te haré una última pregunta antes de que te marches.

Si me dices que no, te dejaré ir y no volveré a pedirte nada, y me quedaré con lo nuestro igual que un hombre se queda con el recuerdo del único jardín en que fue feliz. Pero déjame probar. Solo eso.

No supe a qué se refería. No me lo dijo y yo no se lo pregunté, porque tenía en la cara una mezcla de dolor y de esperanza que no me atreví a tocar.

Solo asentí y le concedí sus días. Él me besó la frente, despacio, con una ternura que me llenó los ojos de lágrimas, y me dejó marchar por el sendero de musgo sin retenerme, como no me había retenido nunca.

Salí de allí sin saber qué me aguardaba, ni qué se traía entre manos aquel hombre imposible, ni si serviría de algo, ni qué le contestaría yo si de verdad daba con una salida que no existía.

Anduve despacio por los corredores, sola, con aquel beso todavía tibio en la frente y sus palabras dándome vueltas.

El único hombre del imperio con poder para reescribir las reglas.

¿Qué se le había ocurrido a aquel que era capaz de desmontar una conspiración desde las sombras, de fingir que me abandonaba para salvarme, de aprender a amar sin poseer?

No lo sabía, y me daba miedo averiguarlo, porque me daba miedo la esperanza.

Más de una vez había estado a punto de romperme en aquella celda, y había aprendido a recelar de ella como de una vieja enemiga.

Solo sabía dos cosas. Que lo quería por encima de todo. Y que, aun así, si el precio de quedarme era dejar de ser libre, tendría que irme, aunque se me partiera el alma al cruzar la puerta.