Mis días en el palacio interior Capítulo 22
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Capítulo 22

La caída de Ayame

(Hotaru)

La puerta de mi celda se abrió una mañana sin que yo esperara nada.

Había perdido la cuenta de los días desde que mandé el recado.

Sabía, por lo que Kaede había logrado hacerme llegar, que algo se decidiría la noche de la luna llena, y desde entonces vivía en un limbo aún peor que saberlo, el de la espera.

Cualquier ruido en el corredor podía ser la libertad o el hacha.

Cuando oí el chirrido de la cerradura aquella mañana, me levanté de cara a la pared, como me había prometido, dispuesta a morir sin agachar la cabeza.

Pero no venían a matarme. Venía Kaede, corriendo, con la cara empapada de lágrimas. La seguía un oficial de la guardia al que yo no conocía, y tras él la luz del corredor, más de la que había visto en semanas.

—Hotaru. —Kaede se abrazó a mí antes de que yo entendiera nada, temblando—. Se acabó. Se acabó, ¿me oyes? Estás libre. Eres libre.

No la creí. No podía creerla. Había vivido tanto tiempo esperando la muerte que la palabra libre no me cabía en la cabeza; me sonaba a una lengua que hubiera olvidado. Miré al oficial por encima del hombro de Kaede, buscando en su cara la trampa, el error, o la crueldad de última hora.

—Es cierto —dijo el hombre, y había en su voz un respeto que nadie me había mostrado en aquel lugar—.

La conspiración se ha descubierto. La consorte Ayame, su padre y los principales implicados han caído.

El emperador ha ordenado que os liberen de inmediato y ha declarado vuestra inocencia.

Venid conmigo, os lo ruego. Este no es sitio para vos.

Tardé en soltar a mi amiga. Me temblaban las manos, las piernas, y el cuerpo entero.

Y una parte de mí, la que había aprendido a recelar de cualquier cosa buena porque en aquel palacio siempre escondían una trampa detrás, seguía aguardando el «pero».

El golpe de última hora. La crueldad de dejarme creer libre para quitármelo después.

Busqué en su cara la confirmación de que aquello era real, y encontré solo alegría, alivio, lágrimas, y empecé, muy despacio, a creerlo.

A creer que había un mundo más allá de aquella puerta.

Que la muerte que llevaba semanas esperando no vendría.

Que, contra todo lo que me había repetido para soportar el encierro, iba a vivir.

Me sacaron fuera. Y abandonar aquella celda, después de tanto tiempo, fue casi tan duro como haber entrado.

La luz me hería los ojos. Las piernas apenas me sostenían.

El aire limpio, tras el hedor de la piedra, me mareaba.

Kaede me sujetaba de un brazo y el oficial del otro, y así, medio a rastras, dejé atrás la oscuridad que había creído que sería lo último que vería.

Tardé en asimilarlo. El cuerpo tarda en creer lo que la cabeza ya sabe.

Durante jornadas había ensayado mi propia muerte, me había preparado para ella, me había hecho a la idea de que aquella celda era el final del camino.

Y de repente el camino seguía. Había un después.

Y yo no sabía qué hacer con él, porque llevaba tanto sin permitirme imaginar un futuro que había olvidado cómo se hacía.

Avanzaba por los corredores del brazo de Kaede como una recién nacida, temblando, sin fiarme del suelo que pisaba, esperando aún que todo resultara un sueño cruel del que despertaría de vuelta en la piedra.

Me lo contaron por el camino, a pedazos.

El banquete de la luna llena. El plato envenenado que el emperador no probó gracias a mi aviso sobre el corredor de servicio.

El falso sirviente detenido con restos del mismo veneno que había matado a Sayuri.

Las puertas cerradas, los generales prendidos en sus cuarteles a la misma hora, la conspiración entera desmontada en una sola noche.

Ayame y su padre, arrestados delante de la corte.

Y mi nombre, el de la criada acusada de regicidio, limpiado ante todos, no como un favor del emperador a su amante, sino como lo que era, la pura verdad.

Había ganado. Contra todo pronóstico, contra Ayame, contra el imperio entero.

Y sin embargo no me llegaba la alegría que suponía.

Lo que tenía dentro era un agotamiento inmenso, y una pena que no me abandonaba, porque la victoria llegaba tarde para la única persona que de verdad había pagado por estar a mi lado.

Sayuri seguía muerta. Nada de aquello me la devolvía.

La habían vengado, sí, su asesina caería, pero vengar y consolar son cosas distintas, y yo habría dado toda la justicia del mundo por una tarde más de las nuestras, ella con su laúd y su ironía suave, hablándome de ríos a los que volver.

Aquel hueco no lo llenaba la caída de Ayame. No lo llenaría jamás.

Me dieron ropa limpia, comida y agua para lavarme.

Me trataron, de la noche a la mañana, con una deferencia tan ajena a mí como lo había sido el desprecio al principio.

Yo, que había sido invisible, que había sido menos que nada, era ahora la mujer que había ayudado a salvar al emperador, y el palacio entero, siempre atento a por dónde soplaba el viento, corría a tratarme en consecuencia.

No me dejé engañar. Sabía lo que valían aquellas reverencias.

Las mismas bocas que ahora me halagaban me habrían escupido unas semanas antes, y esas manos que me ofrecían agua tibia y sedas me negaron un mendrugo de pan cuando estaba abajo.

El Palacio Interior seguía siendo el mismo; lo que había cambiado era mi lugar en él, y con él, la cara que me ponían.

Lo comprendí y me guardé la lección, porque era la misma que venía aprendiendo desde el día que crucé la puerta de servicio.

Que allí nada se daba por amor, todo por conveniencia, y que la única persona de fiar seguía siendo la que me sujetaba el brazo, Kaede, que me había querido cuando quererme no rendía nada.

Antes de ver a Akiharu, pedí una cosa. La única que pedí. Ver a Ayame.

No sé por qué lo hice. Kaede trató de disuadirme; decía que no me hacía ningún bien, que la dejara pudrirse en su celda sin el gusto de volver a verme.

Quizá tuviera razón. Pero yo tenía que mirarla a los ojos una vez más.

Necesitaba cerrar aquello. Durante meses aquella mujer había sido la sombra que decidía mi vida sin que yo pudiera ni verle el rostro, y ahora que los papeles se habían dado la vuelta, necesitaba mirarla de pie, como ella me había mirado en el salón de Koharu la noche en que todo empezó.

No por venganza. Por algo más difícil de nombrar.

Por poner fin, con mis propios ojos, a la historia que ella había abierto con los suyos.

Me llevaron a su celda. No era como la mía; incluso caída, una consorte conserva ciertos privilegios, y la habían encerrado en una estancia digna, con muebles, con luz. Pero era una prisión, y ella lo sabía.

Estaba muy erguida, con las manos en el regazo, vestida aún con las sedas del banquete, apenas despeinada, hermosa todavía pese a todo.

Cuando entré, alzó la vista, y por un momento nos miramos sin hablar, ella sentada y yo de pie, invertidos los sitios de aquel primer encuentro en el salón de Koharu.

No bajé la mirada. Ese fue mi único triunfo, y me lo permití entero.

Me acordé, mirándola, de la última vez que nos habíamos mirado así, la noche en que ella no se arrodilló y me observó igual que se observa una mancha en el suelo, con una frialdad que me dejó sin sangre.

Entonces yo era la sombra, la nadie, y ella la diosa intocable que decidía mi destino sin molestarse siquiera en aprender mi nombre.

Ahora todo estaba del revés. Y descubrí, con cierta sorpresa, que no me alegraba tanto como había imaginado.

Verla caída no me devolvía nada de lo perdido.

Pero necesitaba estar allí, de pie, entera, y que ella me viera así.

Se lo debía a la muchacha aterrada que fui, la que servía el té temblando bajo aquella sonrisa suya.

—La criada —dijo ella al fin, con aquella voz que ni la derrota lograba quebrar—. Has venido a regodearte.

—No —respondí—. He venido a mirarte. Nada más.

—¿Y qué ves?

Lo pensé. La miré de verdad, aquella mujer bellísima y fría que había matado a mi amiga, que había querido matarme, que había estado a punto de arruinar a un imperio entero por un trono.

—Veo a alguien que lo tenía todo —dije despacio— y lo perdió por no conformarse con nada.

Tenías belleza, familia, poder, un sitio que miles habrían envidiado.

Y no te bastaba. Querías más, siempre más, y por ese más estuviste dispuesta a pisar lo que hiciera falta.

—Negué con la cabeza—. Yo no tenía nada.

Nada, Ayame. Y me tenías miedo. ¿No es curioso?

Tú, con todo, temías a una fregona que no tenía nada.

Algo se le tensó en la cara.

—No te temía a ti —dijo—. Temía lo que representabas.

—¿Y qué representaba?

—Que se puede conservar algo propio incluso sin poder.

—Lo dijo con un desprecio que no lograba tapar del todo algo más hondo, algo parecido a la envidia—.

Yo tuve más privilegios de los que tú podías imaginar y no fui libre ni un solo día.

Nací atada a un destino, criada para un trono, propiedad de mi familia antes que de nadie.

Cada gesto mío, desde que tengo memoria, estuvo medido, ensayado, dirigido a un fin que otros eligieron por mí.

Y apareciste tú, una fregona sin rango, y seguías hablando de marcharte, de volver a tu río, de una vida fuera de estos muros.

No querías el lugar que todas nosotras habíamos aprendido a desear.

¿Sabes lo que habría dado yo por poder imaginar una vida que no estuviera decidida de antemano?

—Le tembló la voz, apenas, y la recompuso en seguida—.

Eso no lo soportaba. Que tú, sin casi nada, conservaras una elección que a mí me habían quitado desde niña.

Me quedé mirándola, y en aquel momento, en vez de miedo o de odio, sentí algo que no esperaba por ella.

Lástima. Una extraña e incómoda, por aquella mujer que se había labrado la ruina con las mismas manos con que amasó su grandeza, y que ni siquiera en la caída entendía que el problema no había sido nunca yo, sino ella misma.

—Casi te compadezco —dije—. Casi. Pero mataste a Sayuri.

Y eso no te lo perdono, ni ahora ni nunca.

Ella no te había hecho nada. Solo fue amable con quien no debía y vio lo que no debía.

Y la mataste como se aplasta un insecto, sin que te temblara la mano.

—Di un paso hacia ella—. Así que no, no vengo a regodearme.

He venido a decirte una sola cosa, para que la lleves contigo adondequiera que te manden.

Sayuri vale más, muerta, de lo que tú valdrás jamás, viva.

Y ese es tu verdadero castigo. No la celda.

No la caída. Saber, en el fondo, que una mujer a la que consideraste una pieza tuvo más humanidad que tú.

No me contestó. Quizá, por una vez en su vida, no encontró qué responder. Y yo no esperé a que lo hiciera. Me di la vuelta y salí de aquella celda con la cabeza alta, sin volver a mirarla, dejándola a solas con lo único que le quedaba, saber que lo había perdido todo por querer poseerlo todo.

Nunca volví a verla. Lo que me llevé de allí, lo que de verdad importaba, no fue su cara derrotada ni sus palabras de envidia.

Fue haber entrado siendo la criada que ella había pisoteado y haber salido convertida en otra.

Alguien que ya no agachaba la mirada ante nadie.

Ni siquiera ante la mujer más poderosa que había conocido. Sobre todo, ante ella.

Cuando salí al corredor, temblaba. No de miedo. De algo más limpio. De haber dicho por fin, en voz alta, todo lo que llevaba meses tragándome. De haberme visto cara a cara con la mujer que había querido destruirme, y no haber bajado los ojos.

Me apoyé un momento en la pared fría del corredor, cerré los ojos y respiré.

Y muy hondo sentí que algo se cerraba. Una herida no, todavía no; ésas tardan más.

Pero sí una puerta. La de todos aquellos meses de miedo y de dolor.

Los había atravesado enteros, del principio al final, y seguía en pie.

Rota por muchos sitios, pero en pie. Y eso, me dije, ya no me lo quitaba nadie.

Ni Ayame, ni el imperio, ni el mismísimo emperador.

Lo había ganado yo sola, en la oscuridad, y era mío.

Kaede me esperaba fuera, y al verme la cara me abrazó sin preguntar.

—Ya está —le dije, contra su hombro—. Ya está. Se acabó de verdad.

—Se acabó —repitió ella—. Y ahora él quiere verte, Hotaru. El emperador. Lleva desde anoche preguntando por ti. —Se apartó y me miró, con una sonrisa entre las lágrimas—. Otra vez preguntando dónde está Hotaru. Como al principio. ¿Te acuerdas?

Me acordaba. Cómo no iba a hacerlo. Aquella pregunta, «¿dónde está Hotaru?», que un día fue el comienzo de todas mis desgracias, sonaba ahora a otra cosa.

Y sin embargo dudé. Porque una cosa era haber plantado cara a Ayame, a la muerte, al imperio entero, y otra muy distinta enfrentarme a él.

A Akiharu. Al hombre al que había amado bajo un cerezo y al que había creído, en los peores días de la celda, que me había abandonado.

Sabía ya que no lo había hecho, que su frialdad fue la única forma de salvarme, que habíamos estado tirando del mismo hilo desde extremos opuestos de la oscuridad.

Lo sabía con la cabeza. Pero el corazón, que había pasado semanas sintiéndose traicionado, no se cura tan deprisa como se aclara un malentendido.

Y había algo más, algo que me asustaba más que todo lo anterior.

Que ahora, pasada la desgracia, sin peligro que nos uniera ni celda de la que salvarme, tendríamos que mirarnos a la cara y decidir, sin excusas, qué éramos el uno para el otro.

Akiharu había sido una de las pocas cosas buenas que aquel palacio me había dado, pero quererlo no resolvía por sí solo la distancia entre su mundo y el mío.

Y yo no sabía la respuesta. Ni si la sabía él.

Respiré hondo. Me alisé la ropa limpia que me habían dado.

Y, con las piernas aún flojas y el corazón desbocado por un miedo nuevo, distinto de todos, fui a ver al hombre por el que casi muero, y que casi murió por mí.

Con las cicatrices a cuestas, las de la piel y las otras.

Sin saber qué iba a decirle. Sabiendo solo que ya no era la criada que había entrado en aquel palacio, y que, fuera lo que fuese lo que aguardaba al otro lado de aquella puerta, lo cruzaría de pie.