Capítulo 21
La prueba
(Akiharu)
La última prueba me la trajo el miedo de un hombre pequeño.
El boticario, una vez a salvo y protegido, se soltó del todo.
Y entre lo que contó había algo que ni siquiera Masanori esperaba.
No solo había preparado el veneno por encargo de la casa de Ayame, sino que, en una de sus visitas a la residencia de la familia para entregar un preparado, oyó más de lo que debía.
Hombres conversando en una sala contigua, creyéndose solos.
Hablaban de fechas. De un banquete. De una noche concreta en que el emperador estaría reunido con la corte y en que todo, decían, quedaría resuelto.
El banquete de la luna llena. Una celebración antigua, de las que el protocolo me obligaba a presidir cada año, con la corte entera y los grandes señores del imperio sentados a la misma mesa. Faltaban seis días.
Ahí iba a ser. Ahí pensaban matarme.
Masanori y yo pasamos aquellas jornadas casi sin dormir, montando parte a parte el caso que necesitaba.
El mercader que trajo la planta. El boticario que preparó el veneno y que había oído lo del banquete.
Los pagos rastreados hasta la casa de Ayame.
Los informes de los cuarteles, con los nombres de los oficiales que recibían órdenes ajenas a las mías.
Y, uniéndolo todo, lo que Hotaru había descubierto.
Cada testimonio hubo que arrancarlo y protegerlo.
Quien declara contra una casa poderosa firma su sentencia si esa casa sobrevive, de modo que ninguno hablaba sin garantías, y asegurar la vida de un testigo en un palacio lleno de oídos comprados no era cosa sencilla.
Masanori los ocultó, los repartió en sitios distintos, los rodeó de hombres de su absoluta confianza.
Yo firmé en secreto salvoconductos y perdones.
Compramos lealtades donde hizo falta y apelamos a la conciencia donde eso bastaba.
Piedra a piedra, en seis días y seis noches, levantamos un muro de pruebas que ninguna elocuencia podría derribar.
Por separado, cada cosa se podía negar. Juntas, formaban un dibujo que ninguna casa, por poderosa que fuera, podría deshacer ante los ojos de la corte. Tenía a Ayame. Tenía a su padre. Tenía la conspiración entera en la palma de la mano.
Mi primer impulso fue detenerlos de inmediato. Mandar a la guardia aquella misma noche, prender a Ayame, a su padre, a los generales, y terminar con todo. Masanori me contuvo, como me contenía siempre que yo quería correr.
—Si los detenéis ahora, majestad, con las tropas ya concentradas junto a la capital, ¿qué creéis que harán esos oficiales al saber que su cabecilla ha caído?
—Negó con la cabeza—. No se rendirán. Marcharán sobre el palacio antes de que podáis reaccionar, para liberar a sus jefes o para vengarlos.
Habréis cambiado una conspiración silenciosa por una guerra abierta a las puertas de la capital.
No. Hay que hacerlo de otra manera. Hay que cortar la cabeza y las manos a la vez, en el mismo instante, para que ni una ni las otras tengan tiempo de moverse.
Tenía razón. Siempre la tenía. Trazamos un plan.
Yo presidiría el banquete de la luna llena sin dar muestra de saber nada, ofreciéndoles la ocasión que esperaban, dejando que se confiaran.
Mientras tanto, hombres leales rodearían en secreto los cuarteles y reducirían a los oficiales comprometidos en el mismo instante en que, dentro del palacio, yo desenmascarara a Ayame ante la corte.
Cabeza y manos a la vez. Era arriesgado, quizá una locura.
Pero la única forma de desmontarlo todo sin que ardiera el imperio.
Había un inconveniente, y no menor. Para que saliera, yo tenía que sentarme a aquella mesa sabiendo que alguien, aquella noche, intentaría matarme.
Tenía que ofrecer mi propia vida como cebo.
Acepté sin vacilar. Llevaba semanas dispuesto a perderla por Hotaru; jugármela por atrapar a quienes querían mi trono y su cabeza no me costó nada.
Solo tomé una precaución. Le hice llegar, por el camino de sombras, un último mensaje a la celda. No para pedirle nada. Para que supiera que la noche de la luna llena todo se decidiría, en un sentido o en otro. Que resistiera hasta entonces. Que ya quedaba poco.
La respuesta que me llegó de vuelta, de nuevo por boca de Kaede, me dio la pieza práctica que nos faltaba.
Hotaru conocía las cocinas, había servido en ellas y sabía cómo viajaba la comida del emperador desde el fuego hasta la mesa.
Me advirtió de que no bastaba con vigilar la cocina ni con hacer probar los platos allí.
La fuente de honor, la que se preparaba solo para mí, salía de las cocinas después de la cata y atravesaba un corredor de servicio antes de llegar al salón.
En un tramo junto a los almacenes cambiaba de manos.
Eran apenas unos instantes, pero bastaban para añadir algo a una salsa ya probada sin que el catador volviera a tocarla.
Aquello sí podía escapársenos. Nosotros vigilábamos a cocineros, proveedores y catadores; ella conocía el trayecto invisible que seguía una bandeja cuando los señores dejaban de verla. Se lo conté a Masanori y reorganizamos el dispositivo.
Pusimos hombres suyos disfrazados entre el servicio del corredor y fijamos una señal.
La fuente de honor sería vigilada desde que saliera del fuego hasta que quedara ante mí, pero, si alguien intentaba manipularla después de la cata, no lo detendrían de inmediato.
Lo dejarían llegar hasta el salón, seguido y cercado, para que pudiéramos descubrir no solo la mano que echaba el veneno, sino a quién buscaba con los ojos cuando creyera que yo estaba a punto de comerlo.
Llegó la noche de la luna llena. El salón del banquete resplandecía.
Cientos de lámparas, sedas, música, la corte entera reunida bajo el mismo techo, los grandes señores en sus sitios, las damas del Palacio Interior en los suyos.
Y entre todos, en el lugar de honor cercano al mío, la Consorte Imperial Ayame, más hermosa que nunca, serena, perfecta, sonriéndome con aquella sonrisa suya que no llegaba nunca a los ojos.
Junto a ella, en un puesto de privilegio que aquella noche cobraba un sentido siniestro, estaba su padre.
Un hombre de barba gris y ademán reposado, uno de los grandes del imperio, que me saludó con una inclinación llena de respeto y al que correspondí sabiendo que era la mano que había movido todos los hilos.
Padre e hija, a mi mesa, aguardando mi muerte con la paciencia del cazador que ya ve a la presa dentro del lazo.
La miré aquella noche, sabiendo lo que sabía, y me costó un esfuerzo sobrehumano devolverle la sonrisa sin dar muestras de nada.
Aquella mujer había matado a Sayuri, había atormentado a Hotaru durante meses, había preparado con paciencia de años mi muerte y la ruina de mi casa.
Y allí estaba, comiendo de mi mesa, brindando por mi salud, esperando el instante de verme caer.
Nunca había odiado a nadie como la odié entonces.
Y nunca me había costado tanto disimular.
El banquete siguió su curso. Las bandejas iban y venían. Yo comía poco, y solo de las fuentes comunes, las que compartíamos todos. Vigilaba, sin que se notara, cada movimiento del servicio. Y esperaba.
Llegó el plato de honor. Lo trajo un sirviente que yo no conocía, con la cabeza gacha, y lo dejó ante mí con una reverencia. Un pescado preparado de manera especial, humeante, hermoso. La fuente que se servía solo al emperador.
Antes de que el hombre se retirara, levanté la vista hacia el fondo del salón. Uno de los servidores de Masanori, colocado junto a la puerta, se tocó dos veces la muñeca.
La señal convenida.
Habían manipulado la fuente después de la cata.
Sentí el peso de todo lo que estaba en juego caer sobre mis hombros.
No sabía todavía quién había echado el veneno ni cuánto habían visto mis hombres, pero sabía que Hotaru había acertado en lo esencial: la grieta estaba en aquel corredor que ningún ministro conocía y cualquier criada recorría a diario.
No comí.
—Detened a ese hombre —ordené.
El supuesto sirviente palideció. Dio un paso hacia atrás y, antes de que pudiera alcanzar la puerta, dos guardias se le echaron encima.
Se revolvió con una violencia que ningún criado asustado habría mostrado, y al registrarlo encontraron, cosido al interior de la manga, un pequeño envoltorio de papel con restos de un polvo oscuro.
Masanori me hizo una señal mínima desde su sitio. Nuestros hombres ya lo tenían identificado: no pertenecía al servicio del palacio, sino a la casa del padre de Ayame.
La sala entera empezó a agitarse.
—Que entre el médico —dije.
El médico imperial, avisado de antemano, examinó el polvo y después la salsa del pescado. Llevaba consigo una pequeña muestra conservada del preparado hallado tras la muerte de Sayuri. Comparó el olor, el color y la textura antes de levantar la vista hacia mí con el rostro blanco.
—Es el mismo preparado, majestad. El mismo que mató a la dama Sayuri.
Vi, porque estaba pendiente de verlo, cómo la sonrisa de Ayame vacilaba. Apenas un instante. El justo.
El hombre apresado giró la cabeza entonces. No hacia la salida. Hacia el lugar donde estaba sentado el padre de Ayame.
Eso bastó para que mis hombres se movieran.
—Que nadie salga de este salón.
Las puertas se cerraron. Los guardias apostados de antemano ocuparon las salidas.
Y en aquel mismo instante, según el horario fijado de antemano, otros leales caían sobre los cuarteles cercanos a la capital y prendían a los oficiales antes de que pudieran mover un solo soldado.
Cabeza y manos a la vez, tal como lo habíamos trazado.
Hubo un momento de confusión en que temí que se torciera.
Junto a las puertas de la cocina, otros falsos sirvientes hicieron ademán de resistirse; llevaban aceros ocultos, y por un instante el salón estuvo al borde de volverse campo de batalla.
Pero mis hombres eran más y estaban prevenidos, y los redujeron antes de que corriera sangre.
El padre de Ayame se levantó, lívido, buscando con los ojos una salida que ya no existía.
Los grandes señores metidos en la trama se miraban entre sí, calculando si aún quedaba algo que salvar, y al ver las puertas cerradas y los aceros de mi guardia, entendieron que no.
Miré a Ayame. No bajó los ojos, y en su rostro ya no quedaba sonrisa, sino la frialdad tensa de quien ve derrumbarse la obra de su vida y busca todavía una escapatoria.
—Consorte Ayame —dije, y mi voz resonó en el salón mudo—. Acabáis de ver cómo uno de vuestros hombres intentaba hacer llegar hasta mi plato el mismo veneno que mató a la dama Sayuri.
—Majestad —empezó ella, con una calma admirable—, no sé de qué…
—Tengo el mercader que trajo la planta —la corté—.
Tengo el boticario que la convirtió en veneno por encargo de vuestro padre.
Tengo los pagos. Tengo los nombres de vuestros generales, que a esta hora ya están detenidos.
Y tengo el testimonio de quienes os han visto tejer esto durante meses.
—Di un paso hacia ella—. Lo tengo todo, Ayame. Se acabó.
No gritó. No suplicó. No hizo ninguna de las cosas que habría hecho otra en su lugar. Se irguió muy despacio y me miró con una calma que, muy a mi pesar, tenía algo de grandeza. Aun derrotada, aun perdida, conservaba aquel porte de reina que le habían enseñado desde la cuna.
—Habéis tardado más de lo que esperaba, majestad —dijo, con una voz sin temblor—.
Os subestimé. Creí que el amor os había vuelto tonto.
Y resulta que os volvió, por una vez, más prudente.
—Una sombra de amargura le cruzó el rostro—.
Si hubierais hecho lo que correspondía, si hubierais unido vuestra casa a la mía y dejado de recortar el poder de quienes han sostenido este imperio durante generaciones, nada de esto habría hecho falta.
—No —respondí—. Os equivocáis hasta en eso.
No habéis perdido porque yo la amara a ella.
Habéis perdido porque para vos las personas eran fichas, y una de las que creísteis insignificantes resultó ser más lista, más valiente y más digna que vos.
La mujer a la que tratasteis como si no importara os ha vencido, Ayame.
Recordad eso cuando penséis en cómo cayó vuestra casa.
Y entonces, por única vez en todo el tiempo que la traté, vi cómo aquella máscara de calma perfecta se resquebrajaba. No mucho. Un instante. Pero lo vi. Y comprendí que, bajo la diosa de mármol, había al fin una mujer que perdía.
Ordené que se la llevaran. A ella, a su padre, a los señores comprometidos. La guardia los cercó y los sacó del salón, ante la corte enmudecida, y con cada uno que cruzaba aquella puerta se desmoronaba un pedazo más de la conspiración que había estado a punto de acabar conmigo y con el imperio.