Capítulo 20
La conspiración
(Akiharu)
El mensaje me llegó una noche, envuelto en un trapo de cocina, de la mano de Masanori.
Llevábamos semanas cavando en la oscuridad sin dar con el fondo.
Teníamos indicios, sombras, coincidencias, pero nada que cerrara el nudo, nada con que enfrentarme a una casa como la de Ayame sin que se me riera en la cara.
Y aquella noche Masanori entró en mi estudio con un gesto que no le había visto ni en los peores días, y dejó sobre la mesa un trozo de tela doblado.
—De la criada, majestad —dijo—. De Hotaru. Ha encontrado la manera de hacerlo llegar.
Se me detuvo el corazón. No había sabido nada de ella en todo aquel tiempo; la había imaginado cada noche en su celda, tomándome por un traidor, y ahora tenía delante algo suyo, tocado por sus manos. Desdoblé la tela con un cuidado absurdo, temeroso de que fuera a romperse.
Dentro no había una carta. Ella apenas sabía escribir; ya me lo había dicho.
Había, en cambio, unas pocas palabras garabateadas con torpeza, letras grandes e inseguras trazadas quizá con un trozo de carbón, y un recado de viva voz que Masanori me repitió tal como había llegado hasta él: una criada de los cubos avisó a Kaede, Kaede logró hacer llegar el mensaje a uno de los hombres de confianza de Masanori, y de allí pasó a mi estudio.
Las palabras escritas eran solo dos. «No dudé.»
Me quedé mirándolas un largo rato, aquellas letras torpes trazadas por una mano que yo había besado bajo un cerezo, y algo se me rompió y se me recompuso a la vez por dentro.
Me estaba respondiendo. A través de los muros, del hambre, de la traición aparente, me decía que había hecho lo que le pedí la última noche, que se había aferrado a mi promesa, que no había creído del todo que la abandonara.
Yo, que llevaba semanas atormentándome con la idea de que me tomaba por un cobarde, tenía delante la prueba de que, contra toda razón, había seguido confiando en mí.
No sé si alguna vez me había sentido tan indigno y tan afortunado al mismo tiempo.
Y aquel mensaje no cambió la dirección de nuestra investigación, pero sí le dio el cabo firme que nos faltaba.
Masanori y yo ya sospechábamos de Ayame y de su casa; incluso habíamos encontrado a un boticario con tratos con ellos.
El problema era que todo seguía siendo circunstancial y todavía no sabíamos hasta dónde llegaba aquello.
Hotaru, desde la celda, había llegado por su cuenta a la misma conclusión y nos ofrecía algo que nosotros no teníamos: la naturaleza exacta del veneno.
Kaede nos trasladó lo que Hotaru le había contado agarrada a los barrotes. Los hombres que entraban de noche, la criada mensajera, el general que Sayuri había reconocido y, sobre todo, aquel olor dulce y amargo que Hotaru recordaba de las enseñanzas de su madre.
—La amiga insiste mucho en esto, majestad —me dijo Masanori, refiriéndose a Kaede—.
Hotaru cree saber con qué planta está hecho.
Dice que no crece en estas tierras, que hay que traerla de lejos y que la preparación es cara y difícil.
Una criada como ella jamás habría podido conseguirla sin dejar un rastro enorme.
Me quedé mirando a Masanori, y él me miró a mí.
Ahí estaba la diferencia. Hasta entonces habíamos seguido un veneno parecido de botica en botica y habíamos encontrado sospechas, relaciones, nombres que apuntaban hacia la casa de Ayame, pero nada que cerrara la cadena.
Si Hotaru tenía razón sobre la planta, podíamos buscar la importación concreta, el mercader que la había traído y la compra que había terminado en manos del boticario.
Ya no perseguíamos una sombra, sino una mercancía rara, contable y rastreable.
—Ponte a ello esta misma noche —le dije a Masanori—. Que tus hombres busquen quién ha traído esa planta al imperio en el último año, y a quién se la ha vendido.
—Ya voy, majestad.
—Y Masanori. —Lo detuve antes de que saliera—. Dile a Hotaru… —Me detuve, porque no sabía cómo decir por un mensajero todo lo que quería decirle—. Dile que la he oído. Que no la he abandonado. Que resista un poco más. Solo eso.
Masanori inclinó la cabeza y se marchó a cumplirlo.
Lo que siguió fueron las jornadas más rápidas y más peligrosas de todo aquel asunto.
Con la pista exacta de la planta, el rastro se abrió de golpe.
Los hombres de Masanori dieron con el mercader que había traído aquella partida desde más allá de la frontera, y él, convenientemente asustado, confirmó que se la había vendido al mismo boticario que ya vigilábamos.
Hasta entonces solo sabíamos que aquel hombre tenía tratos con la casa de Ayame; ahora podíamos preguntarle por una compra concreta, con fecha, cantidad y procedencia.
Y el boticario, más aterrado todavía cuando comprendió en qué lío se había metido, terminó dando el nombre de la casa que le había hecho el encargo, pagándolo con oro y con la orden de que olvidara para siempre aquel trato.
No fue fácil ni rápido, aunque contado así lo parezca.
Cada eslabón de aquella cadena tenía miedo.
El mercader lo negó tres veces antes de acordarse; solo cuando los hombres de Masanori le hicieron ver que ocultarlo lo convertía en cómplice de un regicidio, y que en tal caso perdería algo más que la mercancía, le volvió la memoria.
El boticario fue peor. Sabía a quién había servido y lo que le harían si hablaba, y prefería el peligro lejano de la justicia imperial al cercano de la venganza de una casa poderosa.
Hubo que garantizarle protección, esconderlo, jurarle por el trono que no lo tocarían.
Solo entonces se soltó. Y cada palabra suya fue un ladrillo en el muro que yo estaba levantando contra Ayame y los suyos.
La casa de Ayame. En el fondo lo había sabido desde el principio.
Pero intuirlo y tenerlo probado, con un mercader y un boticario dispuestos a declararlo, se diferenciaban como la noche y el día.
Al fin sostenía algo. Un hilo que corría derecho, sin escalas, de la mano que había comprado el veneno hasta la casa que ambicionaba mi trono.
Pero el veneno era solo la mitad. Envenenar a una concubina, incriminar a una criada, eso podía ser todavía una intriga de harén, retorcida pero doméstica.
Lo que me quitaba el sueño era lo otro. Lo que Hotaru había vislumbrado sin llegar a verlo del todo.
Los generales. Las tropas. La sospecha de que aquello no era una venganza de mujeres, sino algo mucho mayor.
Tiré de él con todo el cuidado del mundo, porque era el peligroso de verdad.
Un veneno se compra a escondidas; un ejército no se mueve sin que se note.
Puse a los hombres más leales de Masanori a vigilar los cuarteles cercanos a la capital, y lo que trajeron me dejó sin aliento.
Había movimientos. Tropas concentradas donde no tenían por qué, oficiales que recibían órdenes ajenas al emperador, es decir, a mí.
Alguien reunía en secreto una tropa junto al corazón del imperio, y aquello no podía tener más que un propósito.
Entonces lo comprendí del todo, y aquello me dejó frío.
El veneno de mis cocinas no había sido una simple pieza de la trampa contra Hotaru.
Había sido un intento real de matarme. El plan inicial era limpio: hacer llegar el veneno hasta mí y dejar otro rastro del mismo preparado encima de ella.
Si yo moría, tendrían una culpable creíble.
Si el veneno era descubierto antes, como ocurrió, activarían la segunda parte: acusarla, empujarla hacia el cadalso y cerrar cuanto antes el caso del atentado, mientras ellos buscaban otra ocasión para terminar el trabajo.
Hotaru no era la autora. Era la cortina que debía ocultar a quien movía la mano.
La muerte de Sayuri había servido además para reforzar la acusación y eliminar a una mujer que sabía demasiado.
Todo encajaba de una forma mucho más terrible que una simple venganza de harén: un atentado fallido, una culpable fabricada, una testigo muerta y, detrás, hombres reuniendo tropas cerca de la capital.
Yo no tenía heredero directo. Mi muerte no dejaría un hijo al que proteger, sino un trono vacío, y eso es una invitación a la guerra entre las casas que se creen con derecho a ocuparlo.
Salvo que una se hubiera adelantado. Salvo que tuviera ya los ejércitos preparados, un candidato dócil de mi propia sangre listo para la corona y una familia dispuesta a gobernar el desorden desde el primer instante.
La conspiración podía llevar meses o años preparándose.
Hotaru había aparecido después, por azar, y Ayame había intentado apartarla desde el principio.
Pero, cuando comprendieron que nuestra relación podía servirles, la incorporaron al plan.
No habían provocado que me acercara a ella.
Habían hecho algo más frío: aprovechar cada vez que yo la busqué, cada vez que la defendí, cada muestra de amor que dejé escapar, para construir alrededor de ella una historia que todos estarían dispuestos a creer.
Esa idea me llenó de una rabia como no había sentido nunca. No solo pretendían matarme. Habían querido usar lo único bueno y verdadero de mi vida, el amor que le tenía, como el arma con que destruirnos a los dos.
Y estuvo a punto de salir. Si no llego a frenarlo, si no finjo abandonarla, si la maquinaria de la corte sigue su curso, la ejecutan deprisa y cierran el caso del primer intento de envenenamiento.
Con Hotaru muerta, desaparecía la única persona capaz de relacionar el veneno con los movimientos que Sayuri había descubierto, y los verdaderos culpables quedaban libres para buscar otra ocasión de matarme sin que nadie siguiera el rastro anterior.
Mi fingida frialdad, la que tanto me había costado, la que había hecho creer a Hotaru que la traicionaba, había sido lo único que mantuvo el caso abierto.
Al impedir que la ejecutaran, al sembrar dudas entre los ministros, sin saberlo del todo, había estado frenando no solo su muerte, sino la mía.
Nos habíamos estado salvando el uno al otro sin poder vernos ni hablarnos, cada cual en su oscuridad, tirando del mismo hilo desde extremos opuestos.
Había una simetría cruel y hermosa en ello que no se me escapó ni siquiera en medio de la urgencia.
La había amparado fingiendo abandonarla; ella me había defendido a mí desde la celda en la que yo la dejé.
Con todo mi poder, no había logrado más que ganar tiempo.
Ella, sin nada, sin más herramienta que su cabeza y su memoria, me había puesto en la mano la llave que abría el caso entero.
Cuántas veces le había ofrecido protegerla, hacerla concubina, ampararla bajo mi rango, y ella lo había rechazado por no depender de mí.
Y al final era yo quien acababa dependiendo de ella.
La criada a la que quise salvar era quien me salvaba a mí.
Se lo hice saber. Mandé de vuelta, por el mismo camino de sombras, un mensaje tan breve como el suyo.
«Te oigo. No he dudado yo tampoco. Aguanta.
» No podía escribirle más sin poner en peligro a quien lo llevara.
Pero necesitaba que supiera que su voz había llegado, que del otro lado del muro había un hombre que la había oído y que estaba moviendo cielo y tierra por ella. Que su «no dudé» había sido respondido.
Aquella noche no dormí, pero esta vez no fue por desesperación.
Fue por urgencia. Ahora lo tenía casi todo.
El veneno, rastreado hasta su casa. Las tropas, vigiladas.
La forma de la conspiración, entera, dibujada al fin ante mis ojos.
Solo me faltaba lo más difícil, la prueba que uniera a Ayame y a su familia con el atentado de un modo que ninguna corte pudiera negar.
El veneno la ataba a la muerte de Sayuri y a la trampa tendida a Hotaru.
Pero para acusarla de alta traición, de conspirar contra el trono, necesitaba algo que la vinculara sin rodeos a los generales, a las tropas, al golpe.
Y el tiempo se agotaba, porque una conspiración que se sabe descubierta no espera.
En cuanto Ayame y los suyos sospecharan que yo había atado los cabos, adelantarían el golpe y jugarían sus cartas antes de perderlas.
Estábamos todos sentados sobre un polvorín, y yo tenía que hallar la última prueba y desactivarlo antes de que alguien, de un lado o de otro, prendiera la mecha.
Me acerqué a la ventana, como hacía cada noche, y miré hacia el ala de la celda que no podía ver.
—Nos has dado la pieza que faltaba —dije en voz baja, a la mujer que seguía sin poder oírme—. ¿Lo sabes? Desde una celda, hambrienta, sin nada, has visto desde abajo lo que a nosotros se nos escapaba desde arriba. Puede que acabes de salvarme la vida sin saberlo. Otra vez.
Y en medio de todo aquel peligro, de aquella carrera contra la muerte, sentí algo absurdo, impropio del momento, que sin embargo no pude evitar.
Orgullo. Uno enorme, feroz, por aquella mujer imposible que se negaba a ser una víctima incluso cuando el mundo entero se había puesto de acuerdo en convertirla en eso.
La sacaría de allí al precio que fuese. Y cuando lo hiciera, cuando todo aquello terminara, tendría que encontrar la manera de decirle lo que en aquel momento supe con una claridad que ya no admitía dudas.
Que no quería un imperio sin ella. Que de nada me servía un trono que tuviera que ocupar solo. Que la mujer que se había negado a ser mía era la única a la que yo, sin remedio, ya pertenecía.