Capítulo 19
Los corredores que nadie mira
(Hotaru)
La decisión de morir de pie me devolvió algo parecido a la calma, y en esa calma empecé a pensar.
No a desesperarme, que era lo que había hecho hasta entonces, sino a razonar de verdad, con la cabeza fría, igual que hacía mi madre cuando alguien llegaba a la casa con una herida fea y ella, en lugar de asustarse, se remangaba y la examinaba.
Yo iba a morir de todos modos, eso ya lo había asumido.
Pero entre aceptarlo y quedarme tumbada de cara a la pared esperando el hacha mediaba un trecho, y decidí llenarlo con lo único que aún era mío, la cabeza.
Alguien me había tendido una trampa, eso lo sabía. Hasta entonces había estado demasiado ocupada llorando y teniendo miedo para pensar en cómo la habían preparado. Así que empecé a repasar cada detalle.
El licor de ciruela y la nota anónima. El frasco desaparecido de los aposentos de Sayuri.
Las criadas recitando acusaciones demasiado ensayadas.
La dama que apareció justo a tiempo, como si supiera de antemano lo que iba a encontrar.
El polvo escondido entre mi ropa, igual que meses atrás habían colocado el peine bajo mi jergón.
Y, sobre todo, el veneno. El mismo que había aparecido en las cocinas del emperador. Demasiadas coincidencias para ser casualidad. Todo estaba preparado para contar una única historia: la de la criada amante que había intentado matar a Akiharu.
Nadie improvisa algo así. Cada parte había sido colocada con cuidado. Y ante una obra tan bien hecha, lo que hay que preguntarse no es quién tuvo la ocasión, porque eso se compra, sino a quién beneficia.
¿Quién ganaba con mi muerte?
No las concubinas que me detestaban por el favor del emperador; ésas se habrían contentado con verme humillada, sin necesidad de montar un regicidio.
Tampoco Koharu, a la que le sobraba rencor pero le faltaba cabeza para algo así.
Una sola persona en todo el Palacio Interior salía ganando de verdad con que yo desapareciera, y ganaba doble si lo hacía como traidora, sin que nadie me llorara ni me creyera.
La mujer cuyo sitio yo había amenazado sin querer.
La que llevaba media vida preparándose para ser emperatriz.
La que no se arrodilló en el salón de Koharu y me miró como se mira una mancha en el suelo.
Ya lo había pensado antes, en los primeros días, entre lágrimas. Pero una cosa es sospechar desde el miedo y otra llegar a la misma conclusión con la cabeza serena, y esta vez fue así. No tenía una sola prueba, seguía sin tenerla. Pero tampoco me quedaba ya ninguna duda.
Y en cuanto dejé de dudar, empezó a ocurrir algo curioso. Empecé a recordar.
Porque yo había sido invisible durante meses, y esa condición tiene un poder que nadie valora, el de verlo todo.
Nadie mide sus palabras delante de una criada, nadie baja la voz cuando pasa la que vacía los orinales.
Durante todo aquel tiempo yo había cruzado el palacio como una sombra, y las sombras ven quién entra y quién sale, a qué horas, por qué puertas.
Me sabía los corredores de servicio que los señores ni siquiera imaginaban, las escaleras traseras, los pasadizos por los que acarreábamos la ropa, la comida y el carbón para no ofender la vista de nadie.
Conocía el palacio no del modo en que lo conocen sus dueños, sino del modo en que lo conocen los que lo sostienen.
Y en aquella celda, con todo el tiempo del mundo y nada más que hacer, empecé a repasar lo que aquella sombra había visto sin darse cuenta de que lo veía.
Recordé, por ejemplo, algo que Sayuri me había confiado, inquieta, poco antes de morir.
Los movimientos raros del ala este. La consorte Ayame recibiendo de noche a hombres de fuera, que entraban por la puerta de servicio disfrazados de civil.
Un general al que ella había reconocido pese al embozo.
Tropas junto a la capital. Entonces me asusté sin entender, pero ahora, uniendo aquello con lo demás, empezaba a ver un dibujo que me erizaba la piel.
Y no era solo lo de Sayuri. Cuando me puse a buscar en la memoria, salieron más cosas, pequeñas y sueltas, que en su momento no significaron nada y que ahora encajaban unas con otras.
Una vez, llevando ropa limpia por el corredor de servicio del ala este a una hora en que no debía haber nadie, me crucé con dos hombres que salían de los aposentos de Ayame.
No eran eunucos ni sirvientes; caminaban con el paso firme de quien está hecho a mandar, y uno llevaba, mal escondido bajo la capa, el peto de cuero de los que visten armadura.
Agaché la cabeza y pasé de largo, invisible igual que siempre, y ni me miraron, porque una fregona con un fardo de ropa no es nadie.
Pero yo sí los vi, y ahora, en la celda, los tenía presentes.
Recordé también las idas y venidas de la sirvienta de confianza de Ayame, la que la acompañaba desde niña y en quien ella se fiaba como en nadie. La había visto más de una vez en alas del palacio que no le correspondían, siempre deprisa, con algo entre las manos, a horas extrañas.
Y recordé el olor. Aquel aroma dulce y amargo del que mató a Sayuri, el que reconocí demasiado tarde.
Mi madre me había enseñado a temerlo. Era un veneno raro y caro, de los que no se compran en cualquier sitio; se prepara con una planta que no crece por estas tierras, que hay que traer de lejos y que solo saben manejar los boticarios de las casas grandes.
Una fregona jamás habría podido conseguirlo por sí sola, ni sabría siquiera dónde buscarlo.
Y sin embargo se suponía que había matado con él a dos personas.
Esa sola incoherencia, si alguien se parase a pensarla, bastaba al menos para sembrar una duda que nadie parecía interesado en hacerse.
Pero nadie iba a molestarse, porque a nadie le convenía.
¿Y si el veneno de las cocinas no era una invención para incriminarme? ¿Y si alguien había querido matar a Akiharu de veras, y yo no era más que la cortina tras la que esconder la mano culpable?
Aquella idea me quitó el poco aliento que me quedaba.
Porque, de ser cierta, significaba dos cosas.
La primera, que Sayuri no había muerto solo por ser mi amiga, sino por haber visto demasiado, por saber algo que la volvía peligrosa.
La segunda, y más urgente, que podía haber una conspiración en marcha contra el trono, y que yo, encerrada en una celda, había reunido por mi cuenta unos cabos que quizá nadie de fuera conocía completos.
Y, si tenía razón, no iban a dejarme vivir para contarlo.
Ahí empecé a entender la prisa. La urgencia de la que había hablado el carcelero, la de quienes querían enterrarme cuanto antes.
Quizá no fuera celo de justicia, como yo había creído, sino la necesidad de cerrarme la boca antes de que la abriera.
Una fregona muerta y ejecutada por traidora no cuenta nada.
Una viva, que empieza a atar cabos, puede convertirse en una amenaza para una casa poderosa.
Comprenderlo me dio miedo y, a la vez, algo que hacía mucho no sentía.
Un propósito. Porque una cosa era morir por un crimen que no había cometido, tragándome la injusticia como me había tragado todas las demás, y otra muy distinta morir callada mientras quienes habían matado a Sayuri y planeaban matar a Akiharu se salían con la suya. Eso no. Eso no pensaba consentirlo.
Tenía que hacer llegar lo que sabía a alguien capaz de usarlo. Y solo se me ocurría una persona que pudiera ser mi puente con el mundo de fuera. Kaede.
Empecé a observar a mis carceleros como había observado a las señoras a las que servía, buscando el punto flaco, la rendija, la costumbre aprovechable.
El viejo indiferente hacía la ronda a horas fijas.
Había un guardia más joven, casi un muchacho, que a veces se quedaba de noche y que tenía cara de aburrirse y de no querer estar allí.
Y descubrí, escuchando, que una de las mujeres que traían los cubos de agua y se llevaban los desperdicios de las celdas era una criada del palacio, de las de mi rango, de las que van y vienen sin que nadie las mire.
Tardé días en atreverme. Un error y me costaba lo poco que me quedaba. Pero una tarde, cuando aquella criada vino a por el cubo, me acerqué a los barrotes y le hablé bajo, deprisa, con el tono de quien ha sido de los suyos y sabe cómo hablarles.
—Espera. No te pido que te arriesgues por mí. Solo que lleves un nombre. Kaede, del ala este. Dile solo que Hotaru necesita verla. Nada más. Un nombre. ¿Puedes con eso?
La mujer me miró, asustada, y por un momento pensé que se iría sin más y me delataría por haberle hablado.
Pero algo en ella, quizá el reconocerse en mí, quizá esa solidaridad callada de las que estamos abajo, la hizo detenerse.
Echó un vistazo al corredor. Miró mis manos aferradas a los barrotes, la izquierda con su cicatriz de agua hirviendo.
—A ti te conozco —dijo en voz muy baja—. Eres la del jardín. La que dicen que quería envenenar al emperador.
—Yo no envenené a nadie. —La miré a los ojos—. Y tú lo sabes, porque tú también sabes cómo se le cuelga un muerto a una de nosotras cuando conviene. Un nombre. Kaede. Es lo único que te pido.
No dijo que sí. Tampoco que no. Cogió su cubo, agachó la cabeza y se fue, y yo me quedé sin saber si acababa de ganar una aliada o de firmar mi sentencia.
Los dos días siguientes fueron una tortura distinta de las anteriores.
Antes aguardaba la muerte; ahora, una respuesta, y la esperanza, cuando una lleva tanto tiempo sin ella, duele casi tanto como el miedo.
Cada vez que oía pasos en el corredor se me subía el corazón a la boca, y cada vez que no eran los que quería, se me venía abajo.
Me decía que la mujer no volvería, que me había delatado, que en cualquier momento vendrían a por mí por haber intentado enviar aquel recado.
Y me dispuse a ello, a lo peor, que era lo único para lo que llevaba meses entrenándome.
Pero dos días después, cuando el guardia joven dormitaba en su banqueta y el viejo seguía en su ronda, oí unos pasos ligeros en el corredor. Pasos que conocía. Pasos que había oído cada mañana durante meses, junto al mío, camino de la colada.
Kaede apareció al otro lado de los barrotes con un cubo vacío en la mano y el pañuelo de las mujeres del servicio cubriéndole el pelo.
La criada había cumplido el recado y, de alguna manera que nunca quise preguntar, había logrado hacerla pasar durante la ronda de limpieza.
Tenía la cara descompuesta y los ojos llenos de lágrimas al verme en aquel estado, tan flaca, tan sucia, tan hecha polvo.
—Hotaru. Dios mío, Hotaru, qué te han hecho.
—Calla. —Alargué la mano entre los barrotes y le apreté la suya con las pocas fuerzas que me quedaban—. No tenemos tiempo y no puedes estar aquí. Si te pillan conmigo, te hunden a ti también. Escúchame bien, porque de esto depende algo más grande que mi vida.
—No me importa el peligro. —Me apretó la mano con las dos suyas, temblando—. Llevo semanas volviéndome loca, sin saber nada de ti, oyendo las barbaridades que cuentan, y sin poder hacer nada. Que me pillen. Me da igual. Dime qué necesitas.
Se me anegaron los ojos. En aquel lugar donde todos me daban la espalda, donde me habían convertido en un monstruo a ojos del imperio entero, ella seguía allí, jugándose el pellejo por asomarse a los barrotes de una condenada.
—Necesito que lleves un recado —le dije, tragándome el llanto, porque no había tiempo para llorar—. Y que llegue a la única persona de este palacio con poder para usarlo y con motivos para escucharme.
—¿A quién?
Dudé un instante. Lo que iba a pedirle era peligrosísimo, para ella y para mí.
Hacer llegar un recado al emperador, en secreto, de parte de la mujer acusada de querer matarlo, podía terminar con las dos en el cadalso.
Pero no me quedaba otra. Él era el único que podía hacer algo con lo que yo sabía.
Y, en el fondo, por debajo del miedo y de la duda y de la voz cruel que me susurraba que me había abandonado, seguía quedando en mí una brasa de fe en él.
«Recuérdala, y no dudes.» Me agarré a esa brasa.
—A Akiharu —dije—. Al emperador. Sé que suena a locura.
Sé lo que arriesgas. Pero escúchame, Kaede, porque no es lo que crees.
Yo no intenté matarlo. Hay quien quiere hacerlo de verdad y se ha servido de mí para tapar su rastro.
Sé cosas que él necesita saber antes de que sea tarde, para él y para el imperio entero.
Kaede se secó los ojos, tragó su miedo y asintió, porque era Kaede y porque, en todos aquellos meses, jamás me había fallado.
—Dime —susurró—. Dime qué tengo que hacer.
Y yo, agarrada a sus manos en la oscuridad de aquella celda, empecé a contarle todo lo que la sombra que yo había sido había visto sin saber que lo veía.
Todo, pieza por pieza, con la esperanza de que aquellas migajas que yo había recogido sin querer, siendo nadie, sirvieran ahora para salvar a un emperador.
Y quizá, si había suerte, también para salvarme a mí.