Mis días en el palacio interior Capítulo 18 #2
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Capítulo 18 #2

Nada de aquello constituía una prueba. Cada pieza, por separado, admitía otra explicación.

Una sirvienta puede pasear donde no debe, un boticario vende a muchas casas, unos testigos pueden mentir por su cuenta.

Si acusaba a Ayame con eso, se reiría en mi cara, su familia, poderosa como pocas, se revolvería contra mí, y yo quedaría como el soberano enloquecido que inventa conspiraciones para salvar a su amante.

Hacía falta más. Algo capaz de atar todas las piezas en un nudo imposible de deshacer.

Y el tiempo jugaba en mi contra en más de un sentido.

Porque defender aquel retraso, día tras día, me estaba costando caro en la corte.

Los ministros me miraban raro. ¿Por qué el emperador, víctima de un atentado, no exigía justicia rápida contra la envenenadora?

¿Por qué toleraba dilaciones? Empezaban a murmurar, y los más agudos sospechaban ya que había algo entre aquella muchacha y yo.

Semejante rumor, de extenderse, sería una mecha encendida junto a un polvorín.

La familia de Ayame lo alimentaba con destreza, insinuando en los pasillos que el emperador había perdido el juicio por una fregona, preparando el terreno para lo que de verdad buscaban, presentarme como un soberano débil, dominado, indigno del trono.

Cada día que ganaba para ella lo perdía yo en autoridad, y sin esa autoridad tampoco podría sacarla de allí.

Caminaba por el filo de una espada con un precipicio a cada lado.

Y cuanto más buscaba, más comprendía que aquello era más grande de lo que había imaginado.

Porque una consorte celosa que elimina a una rival es una cosa, y lo que empezaba a dibujarse ante mí era otra.

Demasiado elaborado, demasiado costoso, demasiado bien tejido para tratarse de una simple venganza de harén.

El veneno destinado a mis cocinas no encajaba en una riña de mujeres.

¿Por qué molestarse en incriminar a una criada de un atentado contra el emperador, si lo único que se buscaba era quitarla de en medio?

Habría bastado con acusarla de matar a Sayuri.

Añadir el regicidio era arriesgado, complicado. A menos que...

A menos que el atentado no fuera una invención para incriminarla. A menos que fuera real.

La idea me llegó una noche, tarde, inclinado sobre los papeles que Masanori me traía, y me dejó frío.

¿Y si el veneno de las cocinas no era solo parte de la trampa contra Hotaru?

¿Y si de veras alguien había intentado envenenarme y había aprovechado la caída de la criada para tapar sus huellas, de modo que, si el plan fallaba, la culpa recayera sobre ella y no sobre los verdaderos autores?

Llamé a Masanori en plena noche y le expuse la sospecha. Estuvo callado mucho rato, y al hablar le salió una voz más grave de la que le había oído nunca.

—Si tenéis razón, majestad —dijo—, entonces esto no es un crimen pasional.

Es una conspiración. Y la muchacha no es la culpable, sino la tapadera.

La han elegido para cargar con algo mucho más grande que un frasco de veneno.

—Me miró—. Y si es así, majestad, hay gente muy poderosa que necesita que ella muera cuanto antes.

Porque una criada muerta y ejecutada cierra el caso.

Una criada viva, que pueda hablar, que pueda contar lo que sabe, lo mantiene abierto.

Y hay cosas que ciertas casas no pueden permitirse que sigan abiertas.

Lo comprendí todo de golpe, y aquello me llenó de un miedo nuevo, distinto.

No temía por mí, sino por ella. Yo había vivido siempre rodeado de peligros; aprendí de niño que un emperador es un blanco, y esa amenaza se me había convertido en un ruido de fondo al que apenas atendía.

Lo que sentía por Hotaru era otra cosa, agudo, físico, insoportable.

Su muerte no resultaba un simple error judicial que yo pudiera corregir con tiempo, sino un objetivo que gente poderosa necesitaba alcanzar, y cuanto antes.

No solo había que probar la inocencia de Hotaru.

Había que hacerlo antes de que la mataran para silenciarla.

La prisa de los ministros por ejecutarla, que yo había atribuido al celo de la justicia, cobraba ahora un sentido mucho más siniestro.

No buscaban castigar un crimen, sino cerrarle la boca.

Día tras día la conspiración empujaba para llevarla al cadalso, y yo, desde las sombras, tiraba en sentido contrario, frenando, dilatando, ganando tiempo con excusas de procedimiento, con dudas legales sembradas por Masanori entre el consejo, con cuanto se me ocurría para retrasar lo inevitable una jornada más.

Aquella noche, después de que Masanori se marchara a seguir tirando de los hilos, me acerqué a la ventana de mi estudio y miré hacia el ala donde sabía que estaba la celda.

No podía verla, quedaba demasiado lejos, oculta tras muros y corredores.

Pero miré igual en aquella dirección, como se mira hacia el sitio donde está enterrado lo que uno más quiere.

—Resiste —le dije en voz baja a la noche, a la mujer que no podía oírme y que en aquel momento me tomaba por un traidor—. Un poco más. No te he abandonado, no lo haría jamás. Estoy aquí, peleando por ti con todo lo que soy, aunque no puedas verlo. Dame tiempo. No te mueras creyendo que te fallé.

No me oyó, claro que no. Estaba a demasiados muros de distancia, en la oscuridad de su celda, y entre los dos se alzaba el peso entero de un imperio y de una conspiración que todavía no había logrado desenmascarar.

Pero se lo dije igual, porque necesitaba decirlo y porque en algún rincón supersticioso de mí quise creer que algo de aquello le llegaría a través de la piedra, la distancia y la noche. Un calor. Una brasa. La sospecha pequeña de que, contra toda apariencia, no estaba tan sola como pensaba.

Volví a los papeles. No pegué ojo aquella noche, como no lo había pegado casi ninguna desde que la encerraron, y no pensaba hacerlo hasta sacarla de allí o hasta morir en el intento.

Lo segundo se volvía más probable que lo primero con cada jornada, y no me importaba. Un emperador puede perder muchas cosas, el trono, el poder, la vida misma. Yo estaba dispuesto a entregarlas todas menos una.