Capítulo 18
Lo que el emperador no dice
(Akiharu)
Dejar que la encerraran fue la decisión más difícil de mi vida. Y la tomé en un instante, sin tiempo apenas para pensarla.
Me enteré por Masanori. Entró en mi estudio sin anunciarse, cosa que no hacía nunca, con una gravedad en la cara que me puso en pie antes de que hablara.
Me habló de la dama Sayuri, envenenada, y de una criada detenida a la que habían hallado el veneno encima.
Después dijo el nombre, aunque yo ya lo sabía, aunque el corazón me lo había gritado desde su primera palabra. Hotaru.
Mi primer impulso fue el del hombre que la amaba: usar todo el poder del emperador.
Levantarme, cruzar el palacio a grandes pasos, ordenar que la soltaran de inmediato y que detuvieran a quienes la habían acusado hasta averiguar la verdad.
Tenía ese poder y podía usarlo. Una palabra mía y la habrían liberado antes del anochecer.
Masanori me leyó la intención en la cara, porque me conoce, y me detuvo con una sola frase.
—Si hacéis eso, majestad, la matáis.
Me paré en seco.
—Explícate. Y hazlo deprisa.
Masanori me miró un instante antes de hablar, y en esa pausa supe que lo había adivinado, que lo sospechaba desde hacía meses, desde el día en que le pregunté si era posible que alguien del Palacio Interior prefiriera no ser vista por su emperador.
Era demasiado observador para no atar cabos: mis preguntas por una criada, mi empeño en tenerla cerca, mi distracción de las últimas semanas, aquellas salidas nocturnas cuyos detalles ningún guardia podía precisar porque yo los mantenía siempre a distancia.
—Majestad —dijo, con cuidado, escogiendo cada palabra—.
No os voy a preguntar qué es esa muchacha para vos.
No hace falta. Lo he visto en vuestra cara en cuanto he pronunciado su nombre, y lo vengo viendo desde hace tiempo, aunque me lo haya guardado.
—Bajó la voz—. Solo os pido que, por una vez, no me lo ocultéis a mí.
Porque no puedo ayudaros a salvarla si tengo que fingir que no sé lo que sé.
Y deseo hacerlo. Aunque no lo apruebe. Aunque me parezca la mayor imprudencia de vuestro reinado.
Lo miré. Y comprendí que era inútil, y también innecesario, seguir fingiendo con el único hombre en cuya lealtad confiaba sin reservas.
Le sostuve la mirada un momento y asentí.
No dije nada, ni hacía falta. Aquel gesto fue toda la confesión, y Masanori la recibió con una gravedad seria, sin reproche, guardándome el secreto en el mismo instante en que se lo entregaba.
—Bien —dijo solo—. Entonces, hablemos claro.
Y me lo explicó, con esa frialdad suya que aquel día odié y agradecí a partes iguales. Me hizo ver, paso a paso, la trampa en la que estábamos metidos, y por qué cada movimiento evidente por mi parte apretaría el nudo en lugar de aflojarlo.
—Pensadlo, majestad —me dijo—. Acaban de detener a una muchacha por la que lleváis meses mostrando un interés que el palacio entero ha aprendido a observar.
Le han encontrado encima el mismo veneno que ha matado a una concubina, y se dice ya que otro paquete idéntico apareció en vuestras cocinas.
La historia que están contando es que intentó envenenaros y que, en el mismo plan, mató a otra mujer.
Si ahora vos, el supuesto objetivo del atentado, la liberáis por decreto, confirmaréis ante todos que es vuestra debilidad.
Quien haya montado esta trampa sabrá exactamente dónde golpearos y, fuera de una celda vigilada, intentará matarla por otra vía.
Además, la corte pensará una de dos cosas: o que estáis tan cegado por ella que habéis perdido el juicio y os creerán manejado por una asesina, o que escondéis algo junto a ella.
En cualquier caso, defenderla de manera abierta no basta para salvarla y os debilita justo cuando más fuerte necesitáis ser.
Cada palabra suya era un clavo que me entraba hondo, porque llevaba razón. Toda la razón.
Me senté y me quedé mirándome las manos, las mismas que habían rubricado sentencias de muerte contra hombres a los que nunca vi y que ahora no podían hacer nada por la única persona a la que quería salvar.
Podía matar a cualquiera del imperio con una palabra y era incapaz de sacar a una criada de una celda sin condenarla.
El trono que todos codiciaban se me mostraba por fin como lo que era, una jaula que me ataba las manos justo cuando más falta me hacían libres.
—Entonces ¿qué hago? —dije, y creo que nunca antes le había preguntado a nadie qué debía hacer sin fingir que ya lo sabía—. Dime qué hago, Masanori. Porque no voy a dejarla morir. Eso no va a pasar. Antes quemo el imperio entero.
—Ese es justo el problema, majestad. —Masanori se permitió apenas el asomo de una sonrisa triste—.
Que estáis dispuesto a quemar el imperio por ella.
Y quien arde así resulta fácil de manejar, porque hace exactamente lo que se espera de él.
Quien ha tendido esta trampa cuenta con vuestro amor, con que reaccionéis como un enamorado; toda ella está construida sobre esa apuesta.
—Se inclinó sobre la mesa—. Hagamos entonces lo único que no esperan.
Decepcionémoslos. Que os crean frío, capaz de sacrificar a una amante por el trono, como haría cualquier soberano sensato.
Y mientras lo creen y bajan la guardia, nosotros cavamos por debajo hasta dar con el punto en que se apoya toda su construcción, y la derribamos de un golpe.
—Aparentar que la abandono.
—Sí. No os pido que la dejéis morir, majestad, sino que abandonéis la conducta del amante y adoptéis la del emperador.
Los enamorados se lanzan al fuego a rescatar a quien quieren y arden con ellos.
Los emperadores ganan. Y esto solo se gana de otra manera, sin ruido, desde las sombras, dejando que os crean desentendido mientras por debajo desmontamos la trampa pieza a pieza y averiguamos quién la ha tendido.
—Que crea, ella también, que la he abandonado.
Masanori dudó un instante. Fue el único gesto de compasión que se permitió.
—Puede que sí, majestad. Puede que ella también lo crea, durante un tiempo. Y es un precio terrible, lo sé. Pero es el único camino en que ella acaba viva. La otra vía, la de rescatarla a la luz del día, la hace sentir amada durante una tarde y muerta a la mañana siguiente. Vos elegís.
Elegí dejar que creyera que la abandonaba, si esa era la única manera de salvarle la vida.
Fue lo más difícil que he hecho nunca. Cada jornada sabiéndola en una celda, sola, a oscuras, hambrienta, esperando el hacha y tomándome por un cobarde.
Cada noche resistiendo el impulso de ir hasta allí, abrir la puerta, tomarla en brazos y decirle que estaba peleando por ella con todo lo que tenía.
No podía. Un gesto imprudente, un solo indicio de que aún me importaba, y la maquinaria que quería su muerte habría apretado el paso.
Debía aparentar frialdad mientras por dentro me consumía, dejarla pensar lo peor de mí para poder salvarla.
Masanori logró, bajo la apariencia de una orden general de custodia, que nadie pudiera sacarla de la celda ni acercarse a ella sin dejar constancia.
No podíamos mejorar de pronto su trato sin señalarla, pero al menos dificultábamos que la silenciaran en secreto. Era poco. Cruelmente poco.
Recé aquellos días por que recordara mis palabras bajo el cerezo.
«Aunque un día el mundo consiga separarnos y yo no pueda explicarte lo que estoy haciendo, recuerda esta noche.
Aquí no te he mentido.» Se las había dicho pensando en los peligros que ya nos rodeaban, sin imaginar lo pronto que iba a necesitarlas.
Era lo único que le había dejado, una frase, una brasa pequeña a la que agarrarse a oscuras.
Pedí que le bastara, que no dejara de creer en mí antes de que yo pudiera sacarla de allí.
Y mientras aparentaba desentenderme, me puse a la tarea como nunca antes.
Masanori se convirtió en mis manos fuera de palacio.
Yo no podía dar un paso sin que cien ojos me siguieran; él sí.
Contaba con hombres leales y discretos, de los que se ganan a lo largo de una vida de servicio honrado.
Empezamos a tirar de los hilos con cuidado, sin que se notara, deshaciendo la trampa desde dentro.
Lo primero fue el veneno. ¿De dónde había salido?
Un veneno así, capaz de matar en minutos, no se compra en cualquier mercado.
Masanori puso a sus hombres a rastrear su origen, botica por botica, hasta que aparecieron nombres.
Y aquellos nombres, con paciencia, terminaron apuntando en una dirección.
Lo segundo fue el frasco desaparecido. Se lo habían llevado de los aposentos de Sayuri en el instante justo, y quien lo hizo estaba dentro.
Interrogamos con discreción a los sirvientes presentes aquel día.
Casi ninguno sabía nada, pero un mozo asustado recordó haber visto a una de las criadas de la consorte Ayame merodeando por el ala sur aquella tarde, cosa que no tenía por qué hacer, pues su señora vivía en el ala este.
Ese nombre empezó a asomar una y otra vez, siempre de refilón, en los márgenes, nunca del todo a la vista y sin embargo presente, igual que la sombra de algo que se esconde justo fuera del cuadro.
La sirvienta que merodeaba era suya. El boticario que había despachado un veneno parecido tenía tratos con su casa.
Los testigos que acusaron a Hotaru con tanta prontitud habían recibido, averiguamos, pagos que no sabían explicar.