Capítulo 17
La celda
(Hotaru)
Nunca había sabido cuánto duraba un día hasta que me encerraron.
En la celda no había manera de medir el tiempo.
Un ventanuco alto, más estrecho que mi mano, dejaba pasar una franja de luz que cruzaba despacio la pared y desaparecía, y esa era toda mi noción de las horas.
Cuando la luz se iba, era de noche. Cuando volvía, otro día.
Los conté al principio, marcando la pared con la uña, uno, dos, tres, hasta que lo dejé, porque aquella cuenta solo servía para saber cuánto llevaba enterrada viva y no era algo que quisiera saber.
El suelo era de piedra, húmedo, frío. Me daban una vez al día un cuenco de algo que quería ser sopa y un pedazo de pan duro, que yo comía porque el cuerpo pide comer, aunque el alma no quiera.
Había una manta fina que no calentaba, un cubo y poco más.
La oscuridad y una quietud espesa, rota por los pasos de los guardias en su ronda y, de vez en cuando, por el llanto de algún otro preso en una celda lejana que me recordaba que no era la única desdichada allí dentro, aunque eso tampoco consolara.
Lo peor no era el frío ni el hambre, sino la cabeza, que no paraba, dándole vueltas a lo mismo en busca de una salida inexistente.
El encierro le hace cosas raras a la mente.
Los primeros días una sigue siendo ella misma, piensa con orden, distingue el día de la noche y el sueño de la vigilia.
Después todo empieza a mezclarse. Dormía a ratos y despertaba sin saber si había pasado una hora o una jornada.
Hablaba sola por oír una voz, aunque fuera la mía.
Veía en la oscuridad cosas que no estaban, sombras en movimiento, caras conocidas que se deshacían al mirarlas.
El cuerpo se me fue apagando, desapareció la poca carne que me quedaba, se me marcaron más los huesos y me salieron llagas de estar tumbada sobre la piedra.
Pero eso no me importaba. Lo que me asustaba era sentir que también la mente empezaba a írseme, que aquel lugar no solo quería matarme el cuerpo, sino borrarme por dentro antes de hacerlo.
Me agarré a las hierbas para no perderme.
Es curioso lo que hace una para sostenerse.
Yo me recitaba, en la oscuridad, todo lo que mi madre me había enseñado.
Las plantas que cierran heridas y las que las abren, las que bajan la fiebre, las que quitan el dolor, las que matan y en qué cantidad y con qué señales, ese saber oscuro que toda buena curandera guarda porque la frontera entre sanar y matar es apenas cuestión de medida.
Repetía aquellas listas como otras rezan oraciones, y me sujetaban, me recordaban quién era y de dónde venía, que existía una Hotaru más allá de aquella celda, una que sabía cosas y valía algo, y no solo el bulto tembloroso que se pudría sobre la piedra.
Repasaba una y otra vez aquella tarde, la copa, el cambio, el recado que me sacó a la puerta y me salvó la vida a costa de la de Sayuri.
Si no me hubieran llamado, la muerta habría sido yo.
Y a veces, en los ratos más negros, deseaba que así fuera.
Porque ella no merecía aquel final, y yo iba a tenerlo igualmente, solo que después de que me acusaran de habérselo dado a ella y de atentar contra Akiharu.
Al menos el suyo fue rápido. El mío llegaría con vergüenza, con el nombre manchado, señalada ante todo el imperio como la peor de las traidoras.
Porque de eso no me cabía duda. Iban a ejecutarme.
Me lo dijo, sin ninguna delicadeza, el carcelero, un hombre viejo y cansado que no era cruel, solo indiferente, que había visto pasar por aquellas celdas a demasiada gente camino del cadalso como para conmoverse por una más.
—Los ministros piden tu cabeza —me contó un día, mientras me dejaba el cuenco—. Envenenar a una concubina ya se paga con la vida. Pero atentar contra el emperador... —Chasqueó la lengua—. Eso no tiene perdón. Ni para una princesa lo habría, cuanto menos para una fregona.
—Yo no atenté contra el emperador —dije, por decir algo, porque ya sabía que daba igual—. Yo no maté a nadie.
—Eso lo dice todo el mundo. —No había maldad en su voz, solo la fatiga de quien lo ha oído mil veces—. Aquí dentro no hay culpables, muchacha. Todos sois inocentes. Y todos acabáis igual.
—¿Cuánto? —le pregunté, porque necesitaba saberlo, porque no saberlo era peor que cualquier fecha—. ¿Cuánto me queda?
El viejo se encogió de hombros.
—No lo sé, no depende de mí. —Se quedó un momento en la puerta y me miró con algo que casi parecía lástima—.
Estas cosas a veces van rápidas y a veces se eternizan, según a quién le convenga qué.
Si hay prisa por enterrar el asunto, en unos días.
Si a alguien le sirve tenerte viva, puedes durar semanas.
—Negó con la cabeza—. Por lo que se oye, en tu caso hay quien anda con mucha urgencia.
Y hay quien la está frenando. Vaya usted a saber por qué.
Aquello me detuvo el corazón.
—¿Quién? —dije, incorporándome—. ¿Quién frena? ¿Habéis oído algo? ¿Quién?
Pero el viejo ya se alejaba arrastrando los pies por el corredor, y no contestó.
Quizá no supiera más, o quizá se arrepintiera de haber hablado.
Me quedé agarrada a los barrotes, con aquella migaja dándome vueltas, sin decidir si tomarla por una esperanza o descartarla como charla de carcelero aburrido.
Había quien tenía prisa por matarme, la familia de Ayame sin duda, y alguien la estaba frenando. ¿Quién? ¿Akiharu? ¿O me engañaba a mí misma, agarrándome a cualquier cosa con tal de no aceptar lo que su ausencia me estaba diciendo?
A los ministros que pedían mi cabeza los imaginaba reunidos en alguna sala espléndida, decidiendo mi muerte entre tazas de té, sin haberme visto nunca, sin saber quién era, tratándome como un asunto de Estado que convenía despachar con limpieza.
Y detrás de ellos, empujando, presionando, la familia de Ayame.
La casa poderosa cuya hija iba a ser emperatriz.
Ellos tenían todo el interés en que yo muriera cuanto antes, y bien muerta, antes de que a nadie se le ocurriera hacer preguntas incómodas.
Una criada ejecutada deprisa no da problemas.
Una viva, que insiste en su inocencia, podría llegar a dárselos.
Lo comprendía todo, y ese era el tormento, entenderlo y no poder hacer nada.
Pero lo que de verdad me estaba matando, más que la celda, más que la cercanía del cadalso, era otra cosa.
Era que Akiharu callaba. Los primeros días lo esperé con una fe absurda y terca, de las que solo tienen quienes no cuentan con nada más a lo que agarrarse.
Vendría. Sabía que yo era inocente, me conocía, había dormido a mi lado bajo el cerezo, había repetido mi nombre en la oscuridad, me había dicho que aquella era la noche más feliz de su vida.
Un hombre así no podía creerme capaz de matarlo.
Aparecería en la puerta de la celda, ordenaría que me soltaran y lo arreglaría todo. Solo tenía que resistir hasta entonces.
No vino.
Pasó un día. Pasaron dos. Pasó una semana, o eso me pareció.
Y no vino, ni mandó a nadie, ni dio señal de que yo siguiera existiendo para él.
El emperador que preguntaba por mí cada mañana, que cambiaba sus costumbres para cruzarse conmigo, que me había ofrecido un rango con tal de ponerme a salvo, callaba ahora mientras yo me pudría en una celda acusada de un crimen que no había cometido.
Al principio le busqué excusas. Está investigando a escondidas, me decía. No puede venir porque nos descubrirían, porque delataría lo nuestro, porque echaría a perder cualquier plan para sacarme de aquí. Trabaja desde la sombra, como prometió que haría. Tenía que confiar en eso.
Pero el hambre, el frío y la oscuridad se van comiendo la fe igual que el agua se come la piedra. Y según pasaban los días sin una señal suya, otra voz empezó a hablarme dentro, más fría y más cruel, la de la desesperación disfrazada de sensatez.
¿Y si no viene porque ha elegido?, me decía esa voz.
Piénsalo. Es el emperador. Su trono está en juego.
Una criada acusada de regicidio puede arrastrarlo con ella, la corte entera lo mira y la familia de Ayame lo presiona.
¿Qué le conviene más? ¿Defender a una fregona acusada de intentar matarlo, arriesgar su reinado, enfrentarse a las casas poderosas por ti?
¿O dejar que muera limpiamente, conservar el trono, casarse con quien debe y olvidar que una noche, bajo un árbol, jugó a ser un hombre corriente?
No, me respondía yo. No. Él no es así. Él me quiere.
Te quería, decía la voz. En un pabellón.
De noche. A escondidas. Cuando no le costaba nada.
Pero una cosa es amar a una criada mientras eso es un juego secreto y dulce, y otra muy distinta cuando cuesta el imperio.
Los hombres poderosos aman mientras es barato.
Cuando el amor se pone caro, eligen el poder.
Siempre. Es la ley del mundo, y tú lo sabías, Hotaru.
Tú misma se lo dijiste una vez, que él podía amarte sin arriesgar nada y que tú podías perder la vida por corresponderle.
Pues ya está. Ha llegado el momento. Y ha elegido no perder nada.
Aquella voz me hacía más daño que todos los varazos juntos.
Porque tenía sentido. Porque era, quizá, lo razonable.
Porque yo misma, con mi propia boca, le había explicado a Akiharu meses atrás la distancia exacta entre lo que él arriesgaba y lo que me jugaba yo.
Y ahora esa distancia se había vuelto real, y él estaba a salvo en su palacio, y yo en una celda esperando el hacha.
Me acordaba de sus últimas palabras bajo el arco.
«Si algún día parece que te he fallado, recuerda esta noche.
Recuérdala, y no dudes.» Los días buenos me agarraba a ellas con todas mis fuerzas, cuando aún me quedaba algo de fe.
Los malos, esas mismas palabras se volvían contra mí.
Porque ¿por qué habría dicho aquello, si no era porque sabía que iba a fallarme?
¿Quién prepara a la persona que ama para su propia traición, si no la lleva ya planeada?
Quizá aquella frase no fuera una promesa, sino una despedida, una manera de pedirme perdón por adelantado.
No sabía qué creer. Y no saber era la peor tortura de todas.
Una noche —creo que fue de noche, ya había perdido la cuenta— toqué fondo.
Estaba tan débil, tan sola y tan rota que dejé de pelear.
Me tumbé en el suelo de cara a la pared deseando que vinieran ya a por mí, que acabaran de una vez.
Seguir viva se había vuelto más difícil que morir, y la parte más rendida de mí empezó a querer el final solo por dejar de sentir.
Nunca había estado tan cerca de rendirme, y no hablo de morir, que iba a ocurrir con mi permiso o sin él, sino de entregarme por dentro.
De dejar que aquel lugar ganara, de aceptar que quizá fuera cierto lo que decían de mí, de no defender mi inocencia ni siquiera a solas, de hundirme en el pozo y no volver a salir.
Estuve al borde. Noté cómo tiraba de mí hacia abajo la tentación de soltarme y acabar con todo aquel dolor, aunque fuera abandonándome a él.
Pensé en mi madre, en mi padre enfermo, en mis hermanos, que recibirían la noticia de que su Hotaru, la que se marchó a palacio para ayudarlos, había muerto ajusticiada por traidora y asesina.
La vergüenza que les caería encima, el apellido manchado para siempre.
Aquello me dolió más que mi propio final.
Ni siquiera podría explicarles la verdad, y quizá morirían creyendo lo que dijeran de mí, o defendiéndome sin pruebas ante vecinos que no iban a creerlos.
Y pensé en Sayuri, en su mano apretando la mía, en el río al que nunca volvió.
Me dije que, si tenía que acabar así, al menos lo haría sabiéndome inocente, sin haber matado a mi amiga, habiéndola querido y sabiendo que ella lo supo, y que su última mirada, aquella pregunta muda, no había sido de reproche, sino del miedo que cualquiera siente ante lo que se le viene encima.
Eso me quedaba. Una inocencia que nadie creía y el recuerdo de una noche bajo un cerezo que quizá hubiera sido mentira.
Me quedé mucho rato así, en el suelo, a oscuras, sin fuerzas ni para llorar.
Y en algún punto entre el sueño y la vigilia tomé una decisión.
Si iba a morir, moriría de pie. No suplicaría ni lloraría ante mis verdugos, ni le daría a Ayame ni a los ministros ni a nadie la satisfacción de verme rota.
Había aguantado las letrinas, el hambre, los varazos y el agua hirviendo, y aguantaría también lo último.
Moriría como había vivido, sin regalarles mi enfado ni mis lágrimas, dueña al menos de lo único que nunca habían podido quitarme, mi dignidad.