Mis días en el palacio interior Capítulo 16
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Capítulo 16

El veneno

(Hotaru)

Los días después de aquella noche fueron los más luminosos y los más engañosos de mi vida.

Caminaba por los corredores del palacio con algo caliente guardado en el pecho, y aquello me volvía soportable el resto.

Las letrinas, los turnos duros, las miradas de las otras criadas, nada me alcanzaba ya del todo, porque llevaba dentro una cosa que ninguna de ellas podía imaginar.

Había amado y me habían amado. Y aunque el cerezo terminó de perder su flor aquellos días, y el jardín del torii se quedó verde y corriente, yo guardaba la flor por dentro, intacta.

Seguí sirviendo a Sayuri. Aquellas mañanas con ella eran, después de las noches robadas con Akiharu, lo mejor de mis días.

Nos habíamos hecho, a nuestra manera, amigas de verdad.

Ella notaba que yo estaba distinta, más ligera, y aunque nunca me preguntó directamente, sonreía cuando me pillaba distraída, y una vez me dijo, con su ironía suave, que hacía tiempo que no me veía tan despierta, y que esperaba que lo que me tenía así mereciera la pena y no acabara en disgusto.

Ojalá le hubiera hecho caso y hubiera sido más prudente. Pero una es joven una sola vez, y en aquellos días me creía por fin capaz de imaginar que las cosas podían salir bien.

Fue Sayuri quien me tendió la copa. Ese detalle no he podido quitármelo nunca de la cabeza. Fue ella, sin saberlo y sin culpa ninguna, quien puso en mis manos el principio del fin.

Ocurrió una tarde, en sus estancias. Le había llegado un regalo, un frasco de licor de ciruela de los caros, con una nota en la que una admiradora de su música decía preferir no dar su nombre.

Sayuri se rió al leerla. Creo que le halagó que apreciaran su laúd, a ella, que se sentía tan olvidada.

Me pidió que llenara dos copas, una para cada una, porque quería celebrarlo acompañada y yo era la única compañía que tenía.

—Por las que nos acordamos de quiénes fuimos —dijo, alzando su copa, con aquella sonrisa suya—. Por los ríos a los que volver.

Serví las dos copas y dejé la mía a mi derecha.

Justo cuando íbamos a beber, una de sus sirvientas entró con un recado urgente de la encargada del ala.

Sayuri se volvió para atenderla y, mientras hablaban, otra muchacha se acercó a la mesa con la excusa de retirar una bandeja.

No le presté atención. Después recordaría aquel instante una y otra vez.

En el ir y venir, las copas quedaron cambiadas de sitio, y cuando Sayuri volvió tomó la que tenía más cerca, la que yo había dejado delante de mí. Yo cogí la otra.

Me la llevé a los labios. En ese instante otra de sus sirvientas me llamó desde la puerta, reclamándome para una tarea, así que dejé la copa sin haber bebido y salí a ver qué quería.

Cuando volví, un momento después, Sayuri estaba en el suelo.

Al principio no entendí. Pensé que se había mareado, que se había caído.

Corrí hacia ella. Y entonces le vi la cara y comprendí que no era un mareo.

Tenía los labios azulados, los ojos muy abiertos, se agarraba la garganta con las dos manos y de su boca salía un estertor ronco que no he podido olvidar, el de alguien que intenta respirar y no puede.

—¡Sayuri! —Me arrodillé a su lado, le sujeté la cabeza—. ¡Sayuri, mírame! ¿Qué te pasa? ¡Que alguien traiga al médico! ¡Rápido!

Pero ya sabía, con un horror que me subía por dentro como agua helada, que era tarde.

Vi la copa caída junto a su mano y el licor de ciruela derramado sobre la madera.

Yo había crecido entre las hierbas de mi madre y conocía los remedios y también sus contrarios; aquel olor extraño, dulce y amargo a la vez, se parecía demasiado a uno que ella me había enseñado a temer. Veneno.

Sayuri me miró. En medio de aquella agonía, con los ojos llenos de terror, me buscó y me encontró, y por un instante hubo algo en su mirada, una pregunta, un ruego, un intento de decirme algo que ya no le salía por la boca.

Le apreté la mano. Le pedí que resistiera, que el médico venía, que no se fuera, todo eso que se les dice a los que se mueren y que no sirve más que para acompañarlos.

Ella me correspondió, cada vez más flojo. Y luego dejó de hacerlo.

Fue muy rápido y muy lento a la vez. El veneno hizo su trabajo en unos minutos que a mí me parecieron horas.

Vi cómo se le iba la vida de la cara, cómo aquellos ojos que un momento antes brillaban de miedo se quedaban fijos, mirando un punto que ya no era de este mundo.

Nunca había visto morir a nadie, y no se pareció a lo que había imaginado.

No hubo palabras últimas, ni serenidad, ni nada de lo que cuentan las historias.

Solo un cuerpo peleando por respirar que de pronto dejó de pelear.

Y después una quietud terrible allí donde un instante antes había estado Sayuri, con su laúd, su ironía suave y su sueño de un río al que volver.

Se me fue entre los brazos. La dama Sayuri, la única concubina que me había tratado como a un ser humano, la mujer que soñaba con una vida sencilla que nunca la dejaron tener, se apagó en el suelo de sus aposentos con mi mano en la suya y el veneno de otro en la sangre.

Yo la sostuve, meciéndola, incapaz de soltarla, con la cabeza en blanco de puro espanto, sin comprender aún, sin querer hacerlo, qué acababa de ocurrir ni por qué.

«Por los ríos a los que volver», había brindado ella un momento antes.

Fue lo último que la oí decir con alegría.

Su río, el que tanto añoraba, no lo vería jamás.

Se lo habían quitado, como nos lo quitan todo a las de nuestra clase, solo que a ella entero, hasta la última gota, en una copa de licor de ciruela que ni siquiera le correspondía.

Y en aquel momento creí comprenderlo. Aquel veneno no iba destinado a ella. Era para mí.

La copa de la que Sayuri había bebido era la que yo había dejado delante de mí.

Alguien tuvo ocasión de acercarse a la mesa mientras ella atendía el recado, y después las copas cambiaron de sitio.

Sayuri bebió la muerte que estaba preparada para mí.

A mí me salvó otro recado inoportuno. Ella murió por estar a mi lado, por la sola razón de haber sido amable con quien no debía.

No tuve tiempo de llorarla. No me dejaron.

Porque apenas el médico confirmó lo evidente, que la habían envenenado, todo se precipitó con una rapidez que solo después comprendí que estaba ensayada. Llegaron guardias. Aparecieron damas alertadas por los gritos. Y surgieron, con una prontitud sospechosa, las acusaciones.

—¡Ha sido ella! —gritó una de las criadas de Sayuri, señalándome, una a la que yo apenas conocía—. ¡Yo la he visto! ¡Ella sirvió las copas! ¡Ella preparó el licor!

—¡Mentira! —Me puse en pie, temblando—. ¡El licor venía en un frasco, un regalo, yo solo serví lo que...!

—¿Qué frasco? —replicó ella, con la seguridad fría de quien recita algo aprendido—. Aquí no hay ninguno.

Y era cierto. Miré la mesa, miré el suelo, y el licor de ciruela que había traído la muerte no estaba por ninguna parte. Alguien se lo había llevado en la confusión. Quedaban las copas, la nota y mi palabra contra la de ellas.

—Registradla —ordenó una voz. Una dama de rango, que yo no sabía que estuviera allí, que había aparecido de la nada en el momento justo—. Registrad a la criada.

Me registraron allí mismo, delante de todos.

Y entre los pliegues interiores de mi ropa, en un doblez donde yo no había guardado nada, encontraron un paquetito de papel.

Lo abrieron. Dentro había un polvo que, según dijo el médico tras examinarlo, parecía corresponder al mismo veneno que acababa de matar a la dama Sayuri.

El mundo se me cayó encima.

Miré aquel paquete en manos del guardia sin poder creerlo, y en un relámpago comprendí cómo lo habían hecho.

Alguien me lo había metido entre la ropa.

En algún momento de aquella tarde, entre el gentío y los empujones, unas manos habían deslizado el paquete entre los pliegues de mi vestido igual que otras dejaron el peine bajo mi jergón meses atrás.

El mismo método, la misma mano invisible.

Solo que esta vez no estaba en juego un castigo de rodillas, sino mi cabeza.

—Yo no he puesto eso ahí —dije, y me salió una voz pequeña, inútil, la de todos los inocentes a los que nadie cree—.

Lo juro. No sé cómo ha llegado ahí. Me lo han puesto.

Me están tendiendo una trampa, ¿no lo veis?

¡El frasco ha desaparecido! ¡La nota es de una admiradora anónima!

¿No os parece todo demasiado limpio, demasiado oportuno? ¡Esto está preparado!

Nadie me escuchaba, o peor, me oían y les daba igual.

Vi en sus caras que ya lo tenían decidido, que la historia que manejaban resultaba más sencilla y más satisfactoria que la verdad: la criada que había subido demasiado, la fregona ambiciosa que, según un rumor que alguien se había ocupado de extender, se veía a escondidas con el emperador y ahora había acabado matando a una concubina.

Encajaba con todo lo que querían creer sobre las de mi clase.

Nadie iba a complicarse buscando una verdad más incómoda cuando la mentira les sentaba tan bien.

—La criada tenía el veneno encima —dijo la dama de rango, dirigiéndose a los guardias, sin mirarme, convertida yo en un asunto a despachar y no en una persona—. Sirvió las copas. Estaba a solas con la víctima. Está claro lo que ha pasado aquí. Prendedla.

—¡No! —Retrocedí, pero los guardias ya me tenían—. ¡Yo la quería! ¡Sayuri era mi amiga! ¡Yo jamás le habría hecho daño! ¡Por qué iba a...!

—Eso lo resolverá quien deba resolverlo —cortó la dama—. Lleváosla.

Y mientras me arrastraban fuera, mientras gritaba el nombre de Sayuri y juraba mi inocencia a un corredor lleno de caras que me miraban con horror y con desprecio, comprendí con una lucidez tardía y espantosa la magnitud de lo que me había caído encima.

No era solo el asesinato de Sayuri. Era peor.

Porque en el revuelo, entre los murmullos de los que se agolpaban a ver cómo se llevaban a la envenenadora, oí una palabra que me dejó sin sangre en las venas.

Una palabra que lo cambiaba todo, que convertía la muerte de mi amiga en algo aún más grande y más terrible.

Decían que era el mismo. Que aquellos días habían encontrado un polvo idéntico escondido entre los condimentos reservados para las cocinas del emperador, antes de que llegara a su mesa. Que alguien había intentado envenenar a Akiharu.

Y ese alguien, decían, señalándome mientras me arrastraban, era yo.

Así empezaban ya a llamarme: la amante secreta del emperador. La criada que se había acercado a él con engaños. La que, según la historia que alguien estaba construyendo a toda prisa, había intentado matarlo y había envenenado también a una concubina inocente.

Me llevaron a rastras por los mismos corredores que había pisado como una sombra durante meses, y esta vez todas las miradas cayeron sobre mí, sin un rincón donde esconderme.

La criada a la que nadie veía se había convertido en la mujer más mirada del imperio.

La envenenadora. La que había intentado matar al emperador.

Pensé en Akiharu. Pensé en él con una desesperación que me partía. ¿Lo sabría ya? ¿Qué le habrían contado? ¿Creería que yo, yo, que lo había amado bajo el cerezo, que le había repetido su nombre en la oscuridad, había querido matarlo?

No podía creerlo. No podía. Él me conocía. Él sabía quién era.

Pero mientras me encerraban, mientras la puerta de la celda se cerraba a mi espalda con un sonido definitivo, me acordé de sus últimas palabras bajo el torii. «Si algún día parece que te he fallado, recuerda esta noche. Recuérdala, y no dudes.»

Y entonces entendí que aquellas palabras no habían sido casualidad. Que él, de alguna manera, había presentido que llegaría una hora así, en la que todo pareciera perdido y yo necesitara, para no hundirme del todo, recordar que una noche, bajo un árbol en flor, un hombre me quiso de verdad.

Me senté en el suelo de piedra de la celda, a oscuras, con el olor dulzón de aquel licor todavía en las manos, y me eché a llorar por ella, por mí, y por todo lo que había perdido en una sola tarde.

Lloré hasta vaciarme. Y cuando no me quedaron lágrimas llegó el miedo, y tras el miedo, poco a poco, otra cosa.

Rabia. Una rabia fría, distinta de todas las que había sentido antes, una rabia que no gritaba sino que pensaba.

Porque en la oscuridad de aquella celda empecé a atar cabos, y los cabos me llevaban todos al mismo sitio.

El licor con la nota anónima. El frasco que desapareció.

Las criadas que acusaron con frases aprendidas.

La dama de rango aparecida de la nada en el momento justo, dando órdenes con la seguridad de quien sabe de antemano lo que va a encontrar.

El veneno metido entre mi ropa igual que el peine bajo mi jergón.

Y por encima de todo, la precisión imposible con que el veneno que había matado a Sayuri coincidía con el hallado en las cocinas del emperador, de modo que las dos cosas juntas contaban una sola historia: la de la criada amante que quería matar a Akiharu.

Nadie improvisa algo así. Estaba trazado desde hacía tiempo, pieza por pieza, con una paciencia y una frialdad que yo había visto antes en una sonrisa serena, en un salón, en unos ojos que me miraban igual que se mira una mancha en el suelo.

Ayame.

No tenía ni una prueba. Nunca la había tenido.

Pero en aquella celda, sola, con mi amiga muerta y mi vida en la balanza, dejé de dudarlo del todo.

Sayuri había empezado a fisgonear en el ala este, había reconocido a un general, había hecho preguntas incómodas.

Y Sayuri estaba muerta. Yo me había acercado al emperador, me había ganado su amor, había amenazado el sitio que Ayame llevaba media vida persiguiendo.

Y estaba en una celda, acusada de regicidio, camino del cadalso.

Todo cuadraba, todo llevaba hasta ella, y yo no podía demostrar nada.

Me abracé las rodillas en la oscuridad pensando en Akiharu, al que quizá no volviera a ver, y que quizá en aquel mismo instante empezaba a creer que yo había querido matarlo. Y me agarré como a un clavo ardiendo a sus palabras bajo el árbol. «Recuerda esta noche, y no dudes.»

Yo no dudaba de él. Solo me faltaba que él no dudara de mí, y recé en aquella oscuridad.