Mis días en el palacio interior Capítulo 15
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Capítulo 15

La última flor

(Hotaru)

El cerezo se estaba quedando sin flor. Habían pasado los días, como pasan siempre los días buenos, más deprisa de lo que uno querría.

La nube rosa que lo había cubierto todo empezaba a deshacerse.

Lo que al principio bajaba de uno en uno como una nieve tibia se desprendía ahora en ráfagas, arrastrado por el viento, y el suelo del jardín se había vuelto una alfombra que se pardeaba por los bordes.

El árbol, tan cargado la noche del beso, enseñaba ya las ramas entre los claros, y en algunas puntas asomaban las primeras hojas, tiernas, anunciando que aquella primavera tocaba a su fin.

Fue Akiharu quien me citó allí de nuevo. El mensaje, esta vez, traía solo una línea:

Ven a despedir la flor conmigo, antes de que caiga del todo.

Y yo fui. Claro que fui.

Lo encontré bajo el arco, en el mismo sitio de la otra vez, solo que ahora la luna se colaba entre las ramas medio desnudas y los pocos pétalos que resistían se soltaban de cuando en cuando y bajaban girando hasta posársele en el pelo y en los hombros.

Había traído una manta, una lámpara pequeña y un cuenco de sake, y algo en la manera de disponerlo todo me avisó de que aquella no iba a ser una noche como las anteriores.

—Se acaba —dijo, mirando el árbol cuando me acerqué—. En dos o tres días no quedará una sola flor. Quería verlo una última vez contigo, antes de que se fuera.

—Volverá el año que viene —dije, sentándome a su lado sobre la manta.

—Sí. —Me pasó el cuenco de sake, bebí un sorbo, y el calor me bajó por dentro—. Pero no será esta flor. La del año que viene será otra. Esta, la que vimos florecer juntos, esta no vuelve. Cada primavera es una flor distinta, aunque el árbol sea el mismo.

Había una tristeza serena en su voz, y comprendí que no se refería al árbol. Nunca se refería al árbol. Aquel cerezo se había convertido en la manera que teníamos de decirnos lo que dolía demasiado dicho de frente.

Bebimos un rato sin hablar, pasándonos el cuenco, viendo caer lo poco que quedaba de la flor.

Yo notaba algo distinto en el aire, una densidad, una gravedad que no había estado antes.

Sin decirlo, los dos habíamos llegado a un borde.

Aquella intimidad prudente, aquel querernos a distancia medida, no podía sostenerse mucho más.

El árbol se vaciaba, y con él algo nuestro pedía caer también.

—¿Sabes qué he pensado estos días? —dijo él, con la vista en el árbol—.

Que llevo toda la vida rodeado de cosas hermosas.

Palacios, jardines, sedas, mujeres consideradas las más bellas del imperio.

Y nunca ninguna me había parecido de verdad hermosa hasta que te conocí a ti.

—Se volvió—. Y no lo digo por halagarte.

Lo digo porque me he dado cuenta de que la belleza no está en las cosas.

Está en lo que significan. Este árbol no es más bonito que otros cerezos del palacio.

Pero es el nuestro, y por eso, cuando lo miro, me quedo sin aliento.

Tú me has enseñado eso sin proponértelo.

Que lo que hace hermosa una cosa es quererla.

No supe qué responder. Nunca sabía qué decirle cuando me hablaba así, con aquella hondura que no esperaba de un emperador, de un hombre que había crecido sin que nadie le enseñara a decir lo que sentía. Cada vez que lo hacía me desarmaba un poco más.

—Estás muy filósofo —dije al fin, para aligerar, porque algo me temblaba por dentro.

—Estoy muy enamorado —respondió, sencillo, sin dramatismo, con la naturalidad de quien comenta el tiempo que hace—. Viene a ser lo mismo, supongo. El amor vuelve pensador hasta al más tonto.

Me reí, pero la risa se me quedó a medias, porque él me miraba de una manera que no dejaba sitio para la broma.

—Hotaru —dijo él entonces, dejando el cuenco a un lado—. Tengo que decirte algo, y no sé cómo.

—Dilo sin más.

Se volvió hacia mí. A la luz de la lámpara su cara parecía más joven, más desnuda, la del hombre del jardín y no la del emperador.

—No sé cuánto va a durar esto —dijo—. Lo nuestro.

No soy tonto, sé que el mundo no nos va a dejar en paz para siempre.

Cualquier día nos descubren, o cambia algo, o sucede una de las mil cosas que pueden suceder.

Vivo con ese miedo cada noche que no estás.

—Tomó mi mano, la marcada, y la sostuvo entre las suyas—.

Y no quiero llegar al final de esto, sea cual sea, habiéndome contenido, habiéndote querido a medias por prudencia.

No quiero mirarlo atrás y pensar que tuve la única cosa buena de mi vida delante y no me atreví a tenerla del todo por miedo a perderla.

Se me había parado la respiración. Sabía lo que estaba diciendo. Lo sabía, y sentía que el corazón se me iba a salir del pecho.

—Akiharu...

—No te pido nada —se apresuró a añadir—.

Que quede claro. No he venido a pedirte nada, ni a esperar nada.

Si quieres que sigamos como hasta ahora, seguimos, y me basta, de verdad que me basta.

Solo... solo necesitaba decirte lo que siento.

Que te quiero, Hotaru. No como el emperador quiere a una favorita.

Como un hombre quiere a una mujer. Con todo.

Y que, si tú quisieras, esta noche me gustaría quererte del todo.

Aquí. Bajo este árbol, mientras aún le quede una flor.

Pero solo si tú lo deseas. Solo si es lo que deseas.

Y ahí estaba otra vez lo que había hecho que empezara a quererlo por encima de todo.

Que un hombre con poder para tomar lo que le diera la gana, a cuyos pies se habría echado la mitad de las mujeres del imperio, me lo preguntara.

Que me dejara a mí la última palabra, el último paso, como hacía siempre.

Que su deseo no llegara nunca sin mi permiso.

Lo miré. Miré aquella cara que se había vuelto, sin yo darme cuenta, la cara más querida del mundo.

Y por una vez no pensé en las consecuencias, ni en Ayame, ni en el peligro, ni en el mañana, ni en la puerta hacia fuera por la que soñaba con marcharme.

Solo pensé que lo quería. Que aquella flor caería en dos días y que quizá nosotros también.

Y que, si aquello era todo lo que la vida iba a darme, no pensaba gastarlo teniendo miedo.

—Sí quiero —dije en voz baja—. Te quiero, Akiharu. Y esta noche deseo ser tuya. No porque me poseas. Porque yo lo elijo. ¿Entiendes la diferencia?

—La entiendo. —Los ojos le brillaban—. Es la única manera en que querría tenerte: porque tú lo hayas elegido. Nunca de otra forma.

Me atrajo hacia él despacio, y esta vez no hubo distancia prudente que valiera, ni gesto contenido, ni mano que se detiene a medio camino.

Me tomó la cara y me besó, y aquel beso ya no fue como el primero, suave y tembloroso, sino más hondo, más hambriento, cargado de todo lo que llevábamos meses guardándonos.

Se lo devolví con las mismas ganas. Le pasé los brazos alrededor del cuello, sentí su calor, su respiración, el corazón golpeándole contra el mío, y se me fue el miedo por completo.

Nos separamos un momento, solo para mirarnos.

Apoyó la frente en la mía y respiramos juntos, y en aquella pausa hubo algo tan íntimo como el beso, esa manera de quedarse quietos al borde de todo, concediéndonos una última ocasión de arrepentirnos que ninguno quiso tomar.

Le puse la mano en el pecho, sobre el corazón, y lo noté latir tan deprisa como el mío, y me maravilló que el hombre más poderoso del mundo temblara así por una criada, que su cuerpo no entendiera de rangos ni de tronos, que ante el deseo fuéramos exactamente iguales, dos personas y nada más.

Me deshizo el pelo, que llevaba recogido como toda criada, y me lo soltó sobre los hombros, y hundió los dedos en él, y murmuró contra mi oído que era hermosa, que era lo más bello que había visto nunca, y yo, que jamás me había tenido por tal, que llevaba meses esforzándome en no ser mirada, me sentí por fin vista entera, sin un rincón en sombra.

Sus manos me recorrieron con una delicadeza que desmentía toda su urgencia, deteniéndose, preguntando sin palabras, esperando siempre mi respuesta antes de seguir.

Y yo respondía. Con mi cuerpo, con mi aliento, acercándome más, diciéndole sin palabras que sí, que siguiera, que no parara.

Le desaté las ropas con dedos torpes y él me dejó hacer, me dejó tomarme mi tiempo, y en aquella entrega hubo algo que no esperaba, que no fuera él quien me tomara, sino los dos el uno al otro, por igual, sin amo y sin propiedad.

Cuando por fin no quedó nada entre nosotros, ni tela ni rango ni miedo, nos miramos desnudos a la luz de la lámpara y no sentí vergüenza, sino una libertad desconocida, la de no esconder nada, la de dejarme ver sin querer taparme.

La manta debajo, la lámpara temblando, el arco rojo velando sobre los dos y el árbol soltando sobre nuestra piel lo último que le quedaba, flor a flor, empeñado en vestirnos con lo poco que aún conservaba.

Y entonces fuimos el uno del otro por completo.

No sabría decir dónde acababa su cuerpo y empezaba el mío.

Hubo un instante de espera, sus ojos buscando los míos una vez más, esa pregunta callada que me hacía antes de cada paso, y le respondí acercándome, ofreciéndome, franqueándole el paso como no se lo había franqueado a nadie.

Dolió un poco al principio, y él lo notó y se detuvo y me susurró que pararía si quería, y le dije que no, que siguiera, que aquel dolor no se parecía a ninguno de los que me habían enseñado, porque este lo había escogido yo.

Y seguimos, despacio, encontrándonos, aprendiéndonos con una torpeza tierna que fue convirtiéndose en otra cosa, en un ritmo, en un vaivén donde ya no había emperador ni criada, solo dos cuerpos diciéndose lo que las palabras no alcanzan.

Lo abracé fuerte, clavándole los dedos en la espalda, sintiéndolo estremecerse sobre mí igual que temblaba yo debajo.

Repitió mi nombre contra mi cuello una y otra vez, como una oración, «Hotaru, Hotaru», y había en su voz una entrega tan absoluta que se me llenaron los ojos de lágrimas.

Le contesté con el suyo. «Akiharu.» El que nadie se atrevía a pronunciar y que yo dije en la oscuridad mientras nos queríamos, devolviéndole con cada sílaba la humanidad que el mundo le había quitado.

En ningún momento me sentí poseída ni tomada, ni suya al modo en que una concubina pertenece al emperador.

Me sentí querida, elegida y eligiendo, a su altura como no lo había estado nunca, no una criada bajo su señor, sino una mujer con un hombre, los dos desnudos de cuanto el mundo nos había puesto encima, bajo aquel árbol y aquella luna y aquellas flores últimas.

Y hubo un momento, uno solo, en que abrí los ojos y lo vi encima de mí, con los pétalos cayéndole en el pelo y la luna detrás recortándolo, mirándome de una manera que borraba del mundo todo lo demás, y pensé que podía morirme en ese instante y estaría bien.

Que aquel instante bastaba, y que había merecido la pena todo —el hambre, los varazos, el agua, el miedo— si aquel camino de dolor conducía a esa noche y a esos ojos mirándome así.

Después nos quedamos abrazados bajo la manta, con mi cabeza sobre su pecho, y su brazo rodeándome, sin hablar, escuchando el corazón del otro ir calmándose despacio.

Él me acariciaba el pelo. Yo trazaba con el dedo, distraída, las líneas de su pecho.

No hacían falta palabras. Habrían estropeado algo.

—Ojalá no saliera nunca el sol —murmuré al fin.

—Yo puedo prohibir muchas cosas —dijo él, y noté la sonrisa en su voz—. Pero el sol se me resiste. Lo he intentado.

Me reí, bajito, contra su piel. Y él me apretó más fuerte, y me besó la coronilla, y nos quedamos así, robándole al amanecer cada instante que podíamos, mientras sobre nosotros el cerezo dejaba caer, una a una, sus últimas flores.

—¿En qué piensas? —le pregunté, al notar que se había quedado callado.

—En que nunca había sido feliz —dijo, tras un momento—.

Así, quiero decir. Feliz sin más, sin condiciones, sin esperar nada.

Toda mi vida he tenido lo que quería en el instante de quererlo, y nada me hacía feliz.

Y ahora estoy tumbado en una manta vieja, en un jardín en ruinas, con el cuerpo dolorido del suelo duro, sin nada de todo lo que se supone que hace feliz a un emperador, y soy más feliz de lo que he sido nunca.

—Me acarició el pelo—. Creo que la felicidad no era tener cosas.

Era esto. Era alguien. Cómo he tardado tanto en aprenderlo.

Le busqué la mano y entrelacé mis dedos con los suyos, la marcada con la intacta, y no dije nada, porque a veces el amor más grande cabe entero en no decir nada.

Cuando el cielo empezó a clarear, nos vestimos despacio, sin prisa, ayudándonos, riéndonos de la torpeza del otro con esa complicidad nueva que da haberse querido.

Me recogí el pelo. Volví a ser, poco a poco, la criada que tenía que ser al otro lado de aquel jardín.

Pero por dentro no lo era. Era otra, una mujer que había amado y había sido amada, y eso ya no me lo quitaría nadie, ocurriera lo que ocurriese.

—Hotaru. —Me detuvo antes de que me fuera y me tomó la cara una última vez—. Pase lo que pase con nosotros, aunque un día el mundo consiga separarnos y yo no pueda explicarte lo que estoy haciendo, quiero que recuerdes esta noche. Aquí no te he mentido. Esto ha sido verdad. No dudes nunca de eso.

La gravedad con que lo dijo me sorprendió, pero en nuestra situación cualquier despedida podía ser la última y los dos lo sabíamos.

Le prometí que lo recordaría, le di un beso y me marché por el sendero de musgo con el corazón lleno, el cuerpo tibio y un pétalo todavía prendido en el pelo que no me quité en todo el día.

Me marché con la sensación de llevarme dentro algo que ya nadie podría arrebatarme. Aquellas horas habían sido mías, nuestras. Y por poco que durara lo que teníamos, por imposible que fuera, existían ya, eran un hecho consumado que el mundo no podía deshacer por más que se empeñara.

Volví al ala de las criadas flotando, me metí en el jergón cuando las demás aún dormían y me quedé abrazada a mí misma, sonriendo en la oscuridad, guardando cada detalle, el sake tibio, la flor en su pelo, sus manos, sus ojos bajo la luna, aquellas últimas palabras que no había acabado de entender.

Lo guardé todo, entero, con el cuidado con que se guarda lo que más se quiere.

Kaede se removió en su jergón, entreabrió un ojo, me vio la cara y sonrió sin preguntar.

Creo que lo supo todo con solo mirarme. Aquella madrugada llevaba encima una alegría imposible de esconder, que se me salía por los ojos por mucho que intentara contenerla.

No dijo nada. Solo alargó la mano en la oscuridad, me apretó la mía un instante, y volvió a dormirse.

Me quedé despierta hasta el alba, con un pétalo prendido en el pelo y el cuerpo aún tibio, siendo, por aquellas pocas horas, la mujer más afortunada del imperio.