Capítulo 14
La telaraña
(Ayame)
Reconozco un error cuando lo cometo. Es una virtud rara, y mía.
Había subestimado a la criada. Lo admito.
Cuando ordené hacerle la vida imposible, di por hecho que cedería en unas semanas, que suplicaría, que huiría, que cometería un error capaz de condenarla.
Las de su clase ceden pronto; no tienen con qué resistir, ni educación, ni orgullo, ni la coraza que da saberse importante. Bastaba, pensé, con apretar despacio.
Me equivoqué. Apreté, y aquella muchacha no cedió.
Le quité la comida y adelgazó sin dejar de trabajar.
Le puse los peores turnos y los cumplió sin una queja.
La señalé como ladrona, la hice azotar, dispuse que le cayera encima el agua hirviendo, y lo soportó todo con una terquedad que empezó a resultarme, muy a mi pesar, admirable.
No suplicaba clemencia ni se venía abajo.
Cada golpe la doblaba sin partirla, y al día siguiente estaba en pie otra vez, fregando, sirviendo, sobreviviendo con la obstinación callada de la mala hierba que rebrota por más que la arranquen.
Reconozco que hubo un momento, uno solo, en que sentí algo parecido al respeto.
Yo, educada entre sedas y maestros, que jamás he pasado hambre ni frío ni miedo, me sorprendí observando a aquella campesina analfabeta con una punzada de admiración que me incomodó.
Porque ignoro si yo habría resistido lo que ella resistía.
Nadie me ha puesto nunca a prueba de esa manera.
Resulta fácil ser fuerte naciendo arriba, donde nadie te da ocasión de descubrir que no lo eres.
Ella, venida al mundo sin nada, aguantaba cosas que a mí me habrían quebrado.
Y por un instante me pregunté qué habría sido de mí en su lugar, y de ella en el mío.
Deseché la idea en seguida. Esa clase de reflexiones reblandecen, y yo no podía permitírmelo. La compasión se reserva para después de la victoria; antes solo es una debilidad de la que el enemigo se aprovecha.
Y, mientras tanto, el emperador seguía prendado de ella.
Eso era lo peor. Había contado con que, al verla caída en desgracia, convertida en una miserable marcada por el robo, Akiharu perdería el interés.
Los hombres se hartan de lo estropeado. Pues no.
Dejó de reclamarla en público, eso sí, con una astucia nueva que le había salido de no se sabe dónde, pero yo tengo ojos en todas partes y esos ojos me contaban cosas.
Que el emperador seguía preguntando por ella.
Que había ordenado al médico de palacio curarle una quemadura.
Y algo peor, que una sirvienta del ala oeste la había visto escabullirse más de una noche hacia los jardines viejos después de la última campana, y no regresar hasta el alba.
No hacía falta ser adivina. Se veían. A escondidas. El emperador y la fregona.
Un capricho se apaga. Pero quien arriesga su dignidad para verse a escondidas con una mujer, noche tras noche, no está encaprichado, sino enamorado.
Y un soberano enamorado de una fregona resulta lo más peligroso que existe, porque el amor atonta a los hombres y un rey sin juicio puede cometer la locura de casarse por debajo de su rango.
Era absurdo, impensable, y la corte jamás lo consentiría. Pero yo no había llegado donde estaba menospreciando lo imposible, que de vez en cuando sucede si nadie lo detiene a tiempo. Y no pensaba dejar que sucediera.
Comprendí que la presión lenta no bastaba. Aquella muchacha no se vendría abajo sola, y el vínculo entre ella y Akiharu se afianzaba con cada jornada. Necesitaba algo definitivo, que no la doblara sino que la borrara del tablero, y de una manera tal que ni una gota de sospecha salpicara mi nombre.
Fue entonces cuando el plan de mi familia y mi problema personal se encontraron, y comprendí que podía resolver los dos a la vez.
Mi padre no es hombre paciente. Durante años confió en que yo llegara a emperatriz por la vía natural, que Akiharu me tomara por esposa, que le diera un heredero, que nuestra casa se sentara junto al trono para siempre.
Ese era el plan de tres generaciones. Pero él fue cumpliendo años y no me desposaba.
Lo iba dejando. Esquivaba el asunto. Gobernaba a su manera, sin dejarse guiar por las grandes casas, aprobando decretos que recortaban nuestros privilegios, rodeándose de hombres como ese Masanori, un don nadie de origen humilde que le llenaba la cabeza de ideas sobre limitar el poder de la nobleza.
Yo veía cómo mi padre cambiaba a medida que pasaban las estaciones.
Al principio confiaba. Luego empezó a inquietarse.
Después vinieron las cartas cifradas, las visitas de hombres que hablaban en voz baja y se marchaban antes del alba, las conversaciones que se interrumpían cuando yo entraba en la sala, hasta que un día mi padre decidió que yo ya no era una niña a la que proteger, sino una pieza a la que informar.
Me sentó frente a él y me explicó lo que se estaba tramando.
Recuerdo que no me horroricé. Si acaso, respiré aliviada de que por fin alguien hiciera algo en lugar de aguardar eternamente la buena voluntad de un emperador que no llegaba.
Mi padre y los suyos habían empezado a considerar que el imperio quizá estaría mejor en otras manos.
Más jóvenes, más manejables. Un primo lejano de Akiharu, un muchacho sin carácter que haría lo que se le dijera, se casaría conmigo y me daría el trono que el otro me negaba.
La lógica era impecable. Akiharu no tenía heredero directo; su muerte abriría una sucesión, y esas las gana quien tiene los ejércitos y el oro dispuestos antes que los demás.
Una conspiración. Llamémosla por su nombre, aunque a mí me guste más entenderla como una corrección. El imperio se había torcido y nosotros íbamos a enderezarlo. Y yo, que había nacido para ser emperatriz, lo sería al fin, aunque tuviera que ser sobre un trono distinto del que me habían prometido.
Los preparativos habían llevado meses. Comprar a un general no se hace en una tarde; hay que tantearlo, halagarlo, mostrarle lo que perdería si Akiharu seguía reinando y lo que ganaría si dejaba de hacerlo.
Uno a uno, mi padre fue reuniendo a los descontentos, casas empobrecidas por los decretos imperiales, militares postergados en los ascensos, funcionarios que veían escapárseles el poder hacia manos plebeyas como las de Masanori.
El resentimiento es el mejor pegamento para una conspiración.
Une a gente que en otras circunstancias se despreciaría.
Y de resentimiento contra Akiharu había de sobra en las casas grandes.
Todo estaba en marcha. Los generales, comprados; las tropas, dispuestas en sus cuarteles cerca de la capital, a la espera de una señal.
Faltaban dos cosas nada más, el momento y el modo.
Y fue en el modo donde vi cómo mi problema personal encajaba en el plan mayor con una perfección que me hizo sonreír a solas.
Íbamos a matar a Akiharu, eso estaba decidido.
A un soberano que estorba no se le depone, se le entierra.
Pero un crimen tosco levantaría sospechas, provocaría una investigación y señalaría a los beneficiarios.
Su muerte tenía que parecer obra de otro, de alguien creíble, con motivos propios y sin nadie que lo defendiera.
De una criada despechada, por ejemplo. Una criada que se había acercado al emperador, que había sido su amante secreta, y que —así lo contaríamos— al verse rechazada o usada, había decidido vengarse envenenándolo.
Perfecto, si todo salía como estaba previsto.
Nuestros hombres harían llegar el veneno hasta las cocinas imperiales y otro rastro del mismo polvo aparecería encima de Hotaru.
Si Akiharu moría, tendríamos el trono y una culpable creíble.
Si el veneno era descubierto antes de alcanzarlo, la criada quedaría acusada de regicidio y apartada del camino mientras nosotros buscábamos otra ocasión.
En cualquiera de los dos casos, ella caía y mi familia ganaba tiempo.
Aquella muchacha, sin saberlo, se había vuelto la pieza más útil de mi tablero.
Su cercanía al trono, que tanto me había fastidiado, era ahora su condena.
¿A quién creería la corte capaz de envenenar a Akiharu?
No a una consorte de casa poderosa, que todo lo perdería con su muerte, o eso parecería.
Tampoco a un ministro, pues caen con el soberano que los encumbra.
Pero ¿una fregona que había sido su amante secreta, una don nadie a la que él elevó y quizá luego apartó?
Eso lo creería cualquiera. La historia se contaba sola.
La amante despechada, la plebeya que apuntó demasiado alto y, al verse rechazada, prefirió matar antes que perder.
Esa es la historia que se acepta sin pedir pruebas, porque confirma lo que la gente ya quiere pensar, que a los de abajo, cuando se les tiende la mano, muerden.
Ni siquiera tendría que esforzarme en hacerlo verosímil.
Ella misma me había adelantado medio trabajo escabulléndose de noche a ver al emperador.
Habría testigos de esos encuentros, gente dispuesta a jurar que la vio entrar y salir de los jardines.
El mismo veneno que nuestros hombres harían aparecer en las cocinas terminaría oculto entre sus ropas en el momento justo, y una o dos voces declararían a tiempo.
Del resto se ocuparía la imaginación de la corte, siempre presta a pensar lo peor de una sirvienta.
Había un solo inconveniente. Para que la trampa funcionara, necesitaba dos rastros del mismo veneno: uno cerca de Akiharu y otro sobre Hotaru, sin que ninguno pudiera seguirse hasta mí.
El segundo exigía a alguien situado cerca, capaz de deslizar el paquete entre sus ropas o de señalarla en el instante oportuno sin levantar sospechas.
Repasé mis piezas. Otome era muy tosca y estaba demasiado señalada como instrumento mío.
Las sirvientas que habían participado en el acoso valían para lo pequeño, no para lo grande; se derrumbarían al primer interrogatorio.
Necesitaba a alguien insospechado, de quien la muchacha no recelara, cuya proximidad resultara natural.
Y entonces me llegó, de uno de mis muchos oídos, una información interesante.
La sirvienta Hotaru había hecho una amiga.
Una concubina del ala sur, de rango medio, olvidada por el emperador.
La dama Sayuri. Al parecer se había encariñado con ella, la trataba bien y la amparaba.
Y, según mis informantes, había empezado a hacer preguntas incómodas sobre ciertos movimientos en mi ala, sobre visitas nocturnas, sobre hombres de fuera, sobre un general al que por lo visto había reconocido pese al disfraz.
Aquello me disgustó por dos motivos. El primero, que una concubina fisgona ponía en riesgo la conspiración; si hablaba con quien no debía, si ataba cabos y los llevaba a oídos leales al trono, meses de trabajo podían venirse abajo.
El segundo, que le proporcionaba a la criada una aliada, y eso complica las cosas.
Pero, como suele pasarme, lo que de entrada parecía un estorbo se convirtió en seguida en una ocasión.
La dama era íntima de la criada y, por tanto, tenía acceso a ella. Podía estar a su lado en el momento necesario sin levantar la menor sospecha. Y, además, sabía ya demasiado de mis asuntos, lo cual significaba que tarde o temprano tendría que ocuparme de ella de todas formas.
Pero había que hacerlo con arte. No podía sencillamente ordenar a Sayuri que colaborara; era leal a Hotaru y jamás la traicionaría a sabiendas.
La emplearía sin que lo supiera. Un regalo llegado de una admiradora anónima, un licor fino y una de mis manos, colocada entre sus sirvientas, que echaría una pizca del polvo en la copa de Hotaru mientras ambas estuvieran distraídas.
Si la criada bebía, desaparecería mi problema personal, aunque perdiéramos una culpable útil para el plan mayor.
Si por azar la copa acababa en manos de Sayuri, mejor todavía: desaparecería la fisgona y Hotaru quedaría junto a un cadáver, con el mismo veneno que aparecería en las cocinas y otro paquete oculto entre sus ropas.
Aquella segunda posibilidad era incluso más limpia. La corte no necesitaría mucho más.
Lo medité con frialdad, girando cada pieza en la cabeza hasta encajarla en su sitio exacto.
Sé que suena monstruoso, y he aprendido a no rehuir esa palabra cuando me la aplican, que sería hipócrita.
Iba a matar a un hombre al que en otro tiempo casi aprecié, a una mujer inocente cuya única desgracia fue curiosear y ser amable, y a una sirvienta cuyo delito consistía en que un soberano se hubiera fijado en ella.
Tres muertes, dispuestas con la misma calma con que otras damas del palacio disponen un banquete.
¿Por qué? Me lo he preguntado alguna vez, en las raras noches en que me lo consiento, y la respuesta no cambia.
Porque me enseñaron que el mundo se divide entre los que usan y los que son usados, y que la piedad es un lujo reservado a los que ya han vencido.
Yo todavía no. Hasta sentarme en el trono no podía permitirme sentir nada.
Luego, quizá; luego, siendo emperatriz, podría incluso mostrarme generosa y magnánima y pasar por buena soberana.
La historia absuelve a los vencedores y solo castiga a quien pierde. Y yo no pensaba hacerlo.
Sonreí a solas, en mis aposentos, mientras las lámparas se consumían.
La telaraña estaba casi tejida y faltaban por colocar unos pocos hilos, con cuidado y sin prisa, del modo en que hago yo las cosas.
Sayuri y Hotaru estaban situadas de manera que, cayera la que cayera, yo ganaba algo; y si la fortuna me entregaba a Sayuri, Hotaru cargaría además con el intento de regicidio.
Akiharu, tarde o temprano, moriría. Y yo, sobre los restos de todos ellos, subiría por fin al lugar para el que tres generaciones me habían preparado.
No sentía nada especial al pensarlo, ni euforia ni culpa, solo la satisfacción serena del artesano que ve su obra tomar forma. Iba a morir gente y no me alegraba, aunque tampoco me quitaba el sueño. Eran piezas, y esas se sacrifican cuando la partida lo exige.
Llamé a mi criada de confianza. Le di instrucciones. Precisas, frías, sin una palabra de más.
Cuando se marchó a cumplirlas, me acerqué a la ventana y contemplé los jardines cubiertos de flor bajo la luna. En alguno de aquellos rincones, lo sabía, andaba la criada con su emperador, robándole al destino unas horas que creían suyas.
Disfrutadlas, pensé, sin rencor, casi con lástima. Gozad del árbol y de la primavera. La flor del cerezo dura muy poco, y la vuestra ya ha empezado a caer.