Mis días en el palacio interior Capítulo 13
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Capítulo 13

Bajo el cerezo

(Hotaru)

La primavera llegó de golpe, igual que llega todo lo hermoso, sin avisar y demasiado pronto.

Una mañana los jardines del palacio amanecieron cubiertos de flor.

Los cerezos, que durante meses habían sido esqueletos grises contra el cielo, reventaron en una nube de rosa y blanco tan repentina que parecía cosa de magia.

El aire se llenó de pétalos que caían despacio, girando, cubriéndolo todo de una nieve tibia y perfumada.

Hasta el Palacio Interior, aquel lugar de crueldad y de miedo, se volvió por unos días soportablemente bello.

Yo trabajaba, como siempre. Pero incluso yo, con la espalda dolorida y las manos abiertas de frío, me detenía a veces a mirar los cerezos, y por un instante se me olvidaba dónde estaba y quién era.

La belleza tiene esa piedad, la de no distinguir quién la merece.

Cae sobre todos por igual, sobre la consorte y sobre la criada, y por un momento nos iguala bajo la misma lluvia de flores.

Aquella noche, el mensaje de Akiharu decía algo distinto de lo habitual.

Esta noche no en el pabellón. Ven al jardín del torii viejo, el del fondo del ala oeste, el que ya nadie visita. Quiero enseñarte algo antes de que se acabe. Ven cuando duerma el palacio.

No sabía a qué torii se refería. En el ala oeste, más allá del pabellón, había un jardín antiguo que en tiempos debió de albergar un pequeño santuario y que hacía años que nadie cuidaba.

Yo había pasado cerca alguna vez sin llegar a entrar.

Aquella noche, cuando el palacio se durmió, fui a buscarlo.

Lo encontré al final de un sendero cubierto de musgo.

Un torii de madera roja, descolorida por los años, en pie todavía a pesar del abandono, con esa dignidad que conservan las cosas sagradas aunque el mundo las olvide.

Y al otro lado, justo al otro lado, un cerezo.

El más grande y más viejo que había visto nunca, con el tronco retorcido de siglos y la copa entera cubierta de flor, tan cargado que parecía a punto de quebrarse de pura hermosura.

La luna caía sobre él y lo teñía de plata, y lo que se desprendía de las ramas flotaba en el aire quieto, suspendido, ajeno al paso del tiempo.

Akiharu estaba allí, bajo el torii, esperándome.

Me quedé parada al final del sendero, sin aliento. No por él, sino por todo lo demás. Por el arco rojo, por el árbol plateado, por los pétalos en el aire, por aquella hermosura imposible en medio de un lugar tan cruel.

Nunca había visto nada semejante. En mi aldea había cerezos, claro, pero pequeños, jóvenes, nada que ver con aquel gigante centenario.

Y no había torii; los santuarios de los pobres eran cuatro piedras y una cuerda.

Aquel arco rojo, medio comido por el musgo y los años pero todavía en pie, tenía una presencia que me sobrecogía y marcaba de veras la frontera entre el mundo de los hombres y el de algo más antiguo.

Cruzarlo daba un poco de miedo y un poco de paz al mismo tiempo.

—Sabía que te gustaría —dijo él, y su voz sonó distinta en aquel jardín, más baja, casi reverente—.

Este es mi rincón secreto. El único sitio del palacio al que no viene nadie.

Lo descubrí de niño, escapándome de mis tutores.

Cuando el mundo me pesaba demasiado, me sentaba bajo este árbol y durante un rato dejaba de ser quien tenía que ser.

—Me miró—. No se lo he enseñado nunca a nadie, Hotaru. Eres la primera persona que traigo.

Me acerqué despacio por el sendero de musgo hasta quedar bajo el arco con él. La flor caía sobre nosotros y se nos posaba en el pelo. El aire olía dulce, a tierra húmeda, y todo estaba tan quieto que se oía el roce leve de cada pétalo al llegar al suelo.

—Es el lugar más hermoso que he visto en mi vida —dije, y era verdad.

—Quería que lo vieras antes de que se acabe.

La flor del cerezo dura muy poco. Una semana, dos a lo sumo, y luego cae toda y no queda nada hasta el año siguiente.

—Alargó la mano y atrapó un pétalo en el aire, lo miró un instante y lo dejó ir—.

Los antiguos decían que por eso es tan hermosa.

Porque dura poco. Que si durara siempre, dejaríamos de mirarla.

Que la hermosura y lo que se acaba van juntos, y que aquello incapaz de durar resulta, por eso mismo, lo más valioso.

Lo dijo mirando el cerezo, pero entendí que no hablaba de él, sino de nosotros, de aquello nuestro incapaz de durar, hermoso precisamente porque estaba condenado a caer igual que la flor.

—Akiharu —empecé, porque sentí que teníamos que decirlo, que no podíamos seguir fingiendo que aquello iba a alguna parte.

—No —me interrumpió con suavidad—. No lo digas.

Sé lo que vas a decir. Que esto no puede ser.

Que tú eres una criada y yo el emperador.

Que no tiene futuro. Lo sé, Hotaru. Lo sé mejor que nadie, créeme.

Llevo semanas diciéndomelo cada noche. —Se volvió hacia mí—.

Pero esta noche no. Esta noche, bajo este árbol, déjame no saberlo.

Solo esta noche. Mañana volveré a ser el emperador y tú la criada y todo será imposible otra vez.

Pero ahora mismo, aquí, solo somos dos personas bajo un cerezo. Concédemelo. Concédenoslo a los dos.

Y yo, que había ido allí decidida a ser sensata, a poner distancia, a recordarnos a los dos la realidad, me quedé sin defensas. Porque tenía razón. Porque la flor duraría una semana. Nosotros quizá menos. Y porque, si aquello era todo lo que íbamos a tener, no quería gastarlo en ser prudente.

—De acuerdo —susurré—. Solo esta noche.

Nos sentamos bajo el cerezo, sobre la raíz gruesa que sobresalía de la tierra como un banco que el árbol hubiera dispuesto para nosotros.

Al principio hablamos poco. No hacía falta hablar.

Mirábamos caer los pétalos, escuchábamos la quietud del jardín dormido, sentíamos la cercanía del otro sin necesidad de nombrarla.

Él tenía el hombro rozando el mío, y aquel roce, tan pequeño, me llenaba de una corriente cálida que me subía por el brazo y me acababa en el pecho.

—De niño creía que este árbol era mágico —dijo al cabo de un rato—.

Que si le pedías un deseo mientras caían los pétalos, se cumplía.

Pasé horas aquí, pidiendo deseos. —Sonrió—.

Ninguno se cumplió, claro. Pero seguí viniendo igual.

Creo que no venía por los deseos. Venía porque era el único sitio donde nadie me miraba como al emperador.

—¿Y qué pedías? —le pregunté.

Se quedó callado un momento.

—Cosas de niño. Que mi padre me quisiera.

Que alguien me hablara sin miedo. Que hubiera, en algún sitio del mundo, una persona que me viera a mí y no a la corona.

—Se volvió hacia mí, y a la luz de la luna sus ojos brillaban de una manera que me desarmó—.

Curioso. Resulta que el árbol sí era mágico.

Solo que se tomó veinte años para cumplir el deseo.

No supe qué responder a eso. Se me había cerrado la garganta.

Porque yo era ese deseo. La criada de las letrinas resultaba ser lo que aquel niño había pedido bajo el árbol años antes de que yo pusiera un pie en el palacio.

Y aunque sabía que era imposible, que era una casualidad, que los deseos no funcionan así, algo en mí quiso creer que sí.

Que de alguna manera aquel árbol nos había estado esperando a los dos.

Nos quedamos uno delante del otro bajo el arco, muy cerca, con la flor cayendo alrededor.

Y esta vez ninguno de los dos retrocedió.

No hubo la distancia prudente de las otras noches, ni el gesto contenido, ni la mano que se levanta y se para a medio camino.

Él alzó la suya y me rozó la mejilla, apenas, con la yema de los dedos, y no me eché atrás.

Cerré los ojos. Me apoyé en aquel roce igual que se apoya uno, después de un largo camino, en algo firme por fin.

—Hotaru —dijo mi nombre en voz muy baja.

Abrí los ojos. Lo miré. Y en su cara vi todo lo que sentía, sin corona ni trono, nada más que un hombre mirando a una mujer bajo un árbol en flor. Esperaba. Incluso entonces me dejaba a mí la última palabra, el último paso, el permiso.

Fui yo quien acortó la distancia.

Me alcé apenas, puse una mano sobre su pecho, sentí bajo la palma el latido acelerado de su corazón, y lo besé.

Fue un beso suave. Lento. Nada que ver con lo que había imaginado que sería besar a un emperador.

No hubo prisa ni exigencia, solo la dulzura torpe y temblorosa de dos personas que llevaban demasiado tiempo queriéndose de lejos y que por fin se permitían quererse de cerca.

Él respondió con una ternura que me hizo temblar, con sus labios sobre los míos, cálidos, cuidadosos, temeroso de romperme, sosteniendo aquel beso igual que se sostiene algo a punto de hacerse añicos.

Entonces me abandoné a él, con todo lo que llevaba dentro, con todos los meses de miedo y de dolor y de soledad, con toda el hambre de ternura que había ido acumulando sin saberlo.

Y por un instante dejé de ser Hotaru la criada, la marcada, la ladrona, la de las letrinas.

Fui una mujer besando a un hombre bajo un cerezo, y aquello fue lo más parecido a la felicidad que había conocido en toda mi vida.

Cuando nos separamos, ninguno dijo nada.

No hacía falta. Nos quedamos con las frentes juntas, respirando el mismo aire, mientras la flor seguía cayendo y nos cubría despacio, con el empeño de un árbol que quisiera guardar aquel momento, protegerlo, alargarlo algo más de lo que el mundo iba a permitirnos.

—Ojalá pudiéramos quedarnos aquí para siempre —murmuró él contra mi frente—. Tú y yo. Bajo este árbol. Que el mundo se olvidara de nosotros.

—El mundo no se olvida de un emperador —dije en voz baja—. Ese es el problema.

—Lo sé. —Me abrazó, y me dejé abrazar, apoyé la cabeza en su pecho y escuché su corazón—. Pero déjame soñarlo un rato. Solo un rato.

Se lo dejé. Y él soñó en voz alta, muy bajito, con la barbilla apoyada en mi cabeza, mientras los pétalos nos cubrían.

Soñó con una vida que ninguno de los dos tendríamos.

Una casa pequeña junto a un río, dijo, sin corte ni ministros ni concubinas.

Él aprendería a trabajar la tierra, aunque se le diera fatal trabajar con las manos, y yo le enseñaría a curar animales, tendríamos aves y una huerta, y por las noches nos sentaríamos a mirar las luciérnagas sin que nadie viniera a buscarnos.

Lo contó con tanto detalle y tanta ternura que casi lo vi, que casi pude tocar aquella casa inexistente, oler la tierra removida, oír el revuelo del corral.

Y me dolió, me dolió como pocas cosas me han dolido, porque era exactamente la vida que yo habría querido, la vida sencilla y libre de la que Sayuri me había hablado, esa que a tantas personas nos quitan por razones distintas.

A mí por pobre, a ella por haber nacido en una familia ambiciosa y a él por poderoso.

Tres maneras distintas de que el mundo te quite lo único que de verdad querrías.

—No sigas —le pedí, con la voz rota—. No sigas, por favor. Duele demasiado imaginarlo.

—Lo siento. —Me abrazó más fuerte—. Tienes razón. Es cruel soñar en voz alta lo que no puede ser.

—No es cruel. —Levanté la cabeza y lo miré—.

Es lo más bonito que me han dicho nunca.

Pero no puedo permitirme creerlo, ¿entiendes?

Si empiezo a creer en esa casa junto al río, no podré soportar volver mañana a las letrinas.

Necesito no creerlo para poder seguir viviendo.

Las que no tenemos nada no podemos permitirnos los sueños grandes, solo los pequeños.

Un beso, una noche, un árbol en flor. Eso sí sé guardarlo. Lo otro me rompería.

Akiharu me miró largamente, y en sus ojos vi que lo comprendía y que le partía el corazón hacerlo.

—Entonces te daré los sueños pequeños —dijo—. Todos los que pueda. Un beso. Una noche. Este árbol. Y guardaré yo el grande por los dos, en algún sitio donde no te haga daño. Por si algún día, contra todo pronóstico, el mundo nos deja tenerlo.

Nos quedamos abrazados bajo un árbol enorme cargado de flor, en el rincón olvidado de un palacio dormido.

Y aunque sabía que aquello no cambiaba nada, que al amanecer volvería a ser imposible, que la flor caería y el sueño se acabaría, no me arrepentí ni un segundo.

Hay momentos que valen lo que cuestan por caros que sean, y aquel fue uno.

No sé cuánto duró. El tiempo se comportó de una manera extraña aquella noche, se estiró y se encogió a su antojo, y cuando por fin el cielo empezó a clarear por el este supe que teníamos que separarnos, aunque cada fibra de mi cuerpo se negara a hacerlo.

—Debo irme —dije, apartándome despacio de sus brazos—. Antes de que despierte el palacio.

—Lo sé. —No me retuvo. Nunca me retenía; era otra de las cosas que había aprendido a amar de él, que jamás me obligaba a nada—. Ve. Con cuidado.

Di unos pasos por el sendero de musgo y me volví una última vez. Él seguía bajo el arco, con los pétalos cayéndole encima, mirándome marchar, y la imagen se me quedó grabada para siempre, Akiharu bajo el cerezo plateado, la noche a punto de terminar, y la flor a punto de caer.