Mis días en el palacio interior Capítulo 12
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Capítulo 12

Aliadas y enemigas

(Hotaru)

A la dama Sayuri la conocí por una taza rota.

Me habían asignado, entre otras tareas, servir en las estancias de las concubinas del ala sur, un cambio de Otome que acepté sin abrir la boca, porque preguntar nunca servía de nada.

Eran aposentos más tranquilos que los de Koharu, habitados por concubinas de rango medio que ya no aspiraban a gran cosa y que, quizá por eso, trataban a las criadas con menos dureza.

Allí, al menos, no me humillaban por deporte.

La dama Sayuri era una de ellas. Yo la tenía vista, como a casi todas, una mujer joven, menuda, de rostro dulce y maneras apacibles, que no destacaba entre las bellezas deslumbrantes del Palacio Interior y parecía haberse resignado a ello sin amargura.

Nunca la había oído gritar ni sabía de nadie a quien hubiera castigado.

En un lugar donde la mayoría de las damas descargaban su frustración sobre quien tenían debajo, aquella quietud suya llamaba la atención.

Fue una mañana, sirviéndole el té. Se me escurrió una taza —la mano izquierda seguía sin responderme del todo y a veces me fallaba sin aviso—, cayó al suelo y se hizo pedazos.

Me quedé helada. Una pieza rota podía costarme un castigo. Me arrodillé de inmediato a recoger los añicos, disculpándome ya, preparada para lo peor.

—Déjalo —dijo Sayuri—. Te vas a cortar.

Levanté la vista, desconcertada. No había enfado en su voz. Ni siquiera fastidio.

—Lo lamento muchísimo, mi señora. Fue mi mano, yo... pagaré la taza, aunque me lleve...

—No vas a pagar nada. —Se agachó ella misma, una concubina en cuclillas junto a una criada, y se puso a ayudarme—. Fue un accidente, y esas cosas ocurren. Solo es porcelana.

No supe qué decir. En todo el tiempo que llevaba en palacio, ninguna dama se había puesto de rodillas a recoger nada conmigo, ni había llamado descuido a lo que era un descuido en lugar de convertirlo en excusa para castigar.

La vi juntar los añicos con sus manos finas, cuidando de no cortarse, y ante una concubina sentí algo que hacía mucho que no sentía.

No miedo, sino un desconcierto casi agradable.

—¿Qué te pasó en la mano? —preguntó, señalando con la barbilla la cicatriz que me asomaba bajo la manga.

Dudé. La verdad era peligrosa. Pero algo en su manera de preguntar, sin morbo, con una preocupación sencilla, me desarmó a medias.

—Una quemadura, mi señora. En las cocinas.

—¿Otro descuido? —Había en su manera de decirlo una ironía suave que me hizo entender que sabía perfectamente que aquello no había tenido nada de fortuito, que estaba al tanto de lo que se les hacía en el Palacio Interior a las criadas caídas en desgracia y que no lo aprobaba.

No respondí. Ella no insistió. Terminamos de recoger los trozos, y cuando me marché, me dijo, con una sonrisa pequeña:

—Ven a servirme tú de ahora en adelante, si Otome lo permite. Tienes buenas manos, aunque una te falle. Y no me gusta cambiar de cara cada semana.

Así empezó.

No fue una amistad, no como la que tenía con Kaede.

Sayuri era una dama y yo una criada, y esa distancia no se borra por mucha amabilidad que se ponga de por medio.

Pero en las semanas siguientes, sirviéndola a diario, fue naciendo entre nosotras algo que no sé bien cómo llamar, una cordialidad, un respeto mutuo.

Yo le llevaba el té y ella me preguntaba cómo estaba, y lo hacía de verdad, esperando la respuesta.

A veces, cuando no había nadie, me hacía sentarme un momento y charlábamos.

De cosas sin importancia, casi siempre. Del tiempo, de las flores, de una canción que le gustaba.

Pero para mí, tratada durante meses como un mueble, aquellos ratos eran un lujo.

Una mujer de rango que me trataba como a una persona y que, sin deberme nada, era buena conmigo.

Descubrí que Sayuri tocaba el laúd. Lo hacía bien, con una sensibilidad triste que le salía de dentro, y a veces, mientras yo ordenaba sus estancias, ella tocaba para nadie, para las paredes, para pasar las horas muertas de una concubina a la que ya no visitaban.

Un día me pilló escuchándola, detenida con un paño en la mano, embobada, y en lugar de reñirme por holgazanear sonrió y siguió tocando hasta el final de la pieza.

—¿Te gusta la música? —me preguntó.

—No entiendo de música, mi señora. Pero esa canción... no sé. Me ha llegado.

—Es una canción de mi tierra. Habla de una mujer que aguarda en la orilla de un río a alguien que no vuelve.

—Rasgó una cuerda, distraída—. La aprendí de niña, antes de todo esto.

A veces la toco para acordarme de quién era antes de ser la dama Sayuri.

—Me miró—. ¿Tú te acuerdas de quién eras antes de ser criada?

—Cada día —dije—. Es lo único que no me han quitado.

Sayuri asintió despacio, y entendí que aquello le confirmaba algo que ya sospechaba de mí.

—Guárdalo bien, entonces. Ese recuerdo. Es lo que nos mantiene humanas en un sitio que quiere convertirnos en otra cosa.

Yo, cuando noto que este palacio empieza a ganarme, la toco.

Y vuelvo a ser, por un momento, aquella niña de la orilla.

—Sonrió—. Todas necesitamos un río al que regresar, Hotaru. Aunque solo exista en una canción.

Aquellas palabras se me quedaron dentro.

Porque yo también tenía el mío, el de verdad, el de las luciérnagas, el que le había contado a Akiharu.

Y descubrir que aquella dama y yo compartíamos la misma necesidad, la de un sitio propio al que volver cuando el mundo aprieta, me acercó a ella más de lo que habría logrado ningún favor.

Empecé a entender a Sayuri poco a poco.

Provenía de una familia de rango medio, sin el poder de las grandes casas.

La habían enviado al Palacio Interior como a tantas otras, con la esperanza de que trepara, pero Sayuri no tenía madera de trepadora.

No le interesaban las intrigas. No sabía, o no quería, competir.

El emperador la había visitado dos o tres veces al principio, por cumplir, y luego la había olvidado, y ella lo había aceptado con una serenidad que en aquel lugar era casi subversiva.

Mientras las demás se consumían de ambición y de envidia, ella se había construido un mundo pequeño y tranquilo en su rincón del ala sur, con sus flores, sus libros y su música.

Había abandonado la carrera antes de empezarla, y en esa retirada encontró una paz que las otras, con toda su brega, jamás alcanzarían.

—A veces pienso —me dijo un día, mirando por la ventana— que las afortunadas somos las que él olvida.

Las que consigue recordar viven pendientes de él, temblando por conservar su favor.

Yo no tengo que temer perderlo, porque ya lo perdí.

Soy libre de la peor manera posible, la de no importarle a nadie.

Lo dijo sin pena, casi con humor. Pero a mí me removió por dentro, porque era lo mismo que yo le había dicho a Akiharu sobre las concubinas, y porque en boca de una de ellas sonaba aún más triste.

—¿Y no le echa de menos, mi señora? —me atreví a preguntar—. ¿La vida que podría haber tenido?

Se quedó pensándolo.

—Echo de menos una vida —dijo al fin—. No la de ser la favorita de un hombre que no me ama.

Echo de menos la vida que habría tenido fuera, si no me hubieran traído aquí.

Un marido corriente, quizá. Hijos. Una casa pequeña.

Cosas sencillas. —Sonrió con melancolía—.

Cosas que a quienes nacemos con una cara bonita y una familia ambiciosa nunca nos dejan tener.

Nos cambian por la posibilidad de un palacio.

Y casi ninguna llega al palacio, así que nos quedamos sin lo uno y sin lo otro.

La comprendí tan hondo que se me hizo un nudo en la garganta. Porque ella y yo, tan distintas por fuera, la dama y la criada, queríamos en el fondo lo mismo, una vida propia, pequeña y libre, lejos de aquellos muros que nos habían tragado a las dos por motivos opuestos y con idéntico resultado.

Fue Sayuri, sin proponérselo, quien me abrió los ojos a lo que se movía por debajo del Palacio Interior.

Un día, sirviéndole, la noté preocupada. Le pregunté qué le pasaba, y al principio no quiso decírmelo. Pero acabó hablando, más para sí misma que para mí.

—Hay algo raro en el ala este —murmuró—.

Movimientos. Visitas a deshoras. La Consorte Ayame recibe a gente que no debería recibir.

Hombres de fuera del palacio, de la casa de su padre.

Y sus criadas van y vienen con recados a horas en que no se llevan recados.

—Negó con la cabeza—. Puede que no sea nada.

Las grandes casas siempre andan tramando algo.

Pero hay demasiado movimiento últimamente. Como si se preparara alguna cosa.

Se me erizó la piel al oír aquel nombre.

—¿La Consorte Ayame?

—La conoces, ¿verdad? —Sayuri me miró—. Todo el mundo la conoce.

La que va a ser emperatriz, o eso cree ella.

La mujer más peligrosa de este palacio, Hotaru, no te engañes por su belleza y sus buenos modales.

He visto lo que le hace a quien se interpone en su camino.

Sonríe mientras te clava el cuchillo, y ni siquiera lo hace por odio, que es lo que más miedo da.

Lo hace con la misma calma con que se arregla el pelo.

—¿Y qué clase de gente recibe? —pregunté, intentando que no se notara cuánto me importaba—. Esos hombres de fuera.

Sayuri bajó aún más la voz.

—A uno creo haberlo reconocido. Es un general que manda tropas cerca de la capital, o al menos juraría que era él.

Lo vi poco y vestía de civil. Vino dos veces el mes pasado, siempre de noche, siempre por la entrada de servicio.

—Me miró con gravedad—. Dime tú qué hace un hombre así entrando a escondidas en las estancias de una concubina.

Pero no se lo cuentes a nadie todavía, Hotaru.

Déjame asegurarme antes de poner mi cuello y el tuyo debajo del mismo cuchillo.

Se lo prometí. Aun así, la posibilidad de que un general con tropas cerca de la capital estuviera reuniéndose a escondidas con Ayame me dejó intranquila.

No hacía falta ser ministro para entender que aquello, si Sayuri tenía razón, poco tenía que ver con las intrigas del harén, con quién servía el vino al emperador o quién lograba la próxima visita.

Era otra cosa, mucho mayor, de las que sacuden imperios.

No dije nada. Pero por dentro, todo lo que había enterrado desde el salón de Koharu, desde el agua hirviendo, volvió a subir a la superficie. Ayame. Siempre Ayame. La mujer que no se había arrodillado, la que me miró igual que se mira una mancha en el suelo.

Y ahora, además, generales disfrazados, tropas y recados a deshora. Algo se cocía en el ala este, y aunque no supiera el qué, un instinto viejo, el mismo que me había salvado tantas veces, me avisó de que no traería nada bueno ni para el palacio ni, mucho me temía, para mí.

—Ten cuidado con ella —me dijo Sayuri antes de que me marchara aquel día, y me tomó la mano, la marcada, con una delicadeza que me sorprendió—.

Sé lo que pasó. Lo del salón, lo de tu mano.

Sé que fue por el emperador, aunque tú no lo digas.

En este palacio no hay secretos, solo cosas que fingimos ignorar.

—Me apretó los dedos—. No sé qué hay entre el emperador y tú, ni quiero averiguarlo; es más seguro para las dos.

Pero si Ayame te ha puesto en su lista, ten mucho cuidado. Yo te ayudaré en lo que pueda.

Me quedé mirándola, aquella mujer menuda de rostro dulce que no me debía nada y se ofrecía a ampararme sabiendo lo que arriesgaba, y se me llenaron los ojos de lágrimas.

En un sitio de crueldad y de miedo, donde había aprendido que la gente corriente se vuelve verdugo por salvar el pellejo, dos mujeres me habían tendido la mano sin pedir nada a cambio.

Kaede, la criada. Y ahora Sayuri, la concubina olvidada.

—Gracias, mi señora —dije, y era lo más sincero que había dicho en semanas.

—Sayuri —me corrigió, con una sonrisa—. Cuando no haya nadie, llámame Sayuri. Tú y yo sabemos lo que es que te olviden. No hace falta que finjamos entre nosotras.

Salí de sus aposentos con el corazón partido entre dos sentimientos opuestos.

La calidez de haber encontrado, contra todo pronóstico, otra aliada, y el frío de lo que me había contado sobre Ayame, sobre los movimientos del ala este, sobre algo que se preparaba en la sombra y cuya forma yo todavía no alcanzaba a ver.

Aquella noche, en el jergón, le conté a Kaede lo de Sayuri.

Se alegró por mí, aunque me advirtió, prudente como siempre, que no me fiara del todo, que en el Palacio Interior la amabilidad podía ser una trampa más elaborada que la crueldad.

Le dije que tenía razón, que iría con cuidado.

Pero por dentro no me lo creía. La había mirado a los ojos, la había visto agacharse a recoger una taza rota, la había oído hablar de la vida sencilla que habría querido tener.

Y algo me decía que era exactamente lo que aparentaba, una mujer buena sin más, en un lugar donde la bondad resultaba lo más raro y lo más peligroso del mundo.

No le conté lo de Ayame. No quise cargar a Kaede con ese miedo.

Me lo llevé yo, y me acompañó en la oscuridad mucho rato antes de dejarme dormir.

Porque una cosa era el acoso de las concubinas, cruel pero conocido.

Y otra muy distinta era lo que fuera que se estuviera cociendo en el ala este, entre hombres de fuera y mensajes a deshoras, bajo la sonrisa serena de la mujer que había decidido que yo desapareciera.

Pensé más de una vez en romper mi promesa y avisar a Akiharu, en contarle lo del posible general, lo de aquellas reuniones nocturnas.

Pero había dado mi palabra a Sayuri y, además, no tenía nada sólido.

Ni pruebas ni un nombre seguro, solo lo que ella creía haber visto y el miedo de las dos.

Un emperador no podía acusar a una casa poderosa por una corazonada de criada.

Y si me equivocaba, si señalaba en falso a la Consorte Ayame de algo tan grave, no habría rincón del imperio donde esconderme de su venganza.

Me dije que esperaría a que Sayuri averiguara algo más.

No sabía entonces que no iba a tener tiempo.

Así que me lo callé también. Lo metí, como metía todo, en ese cuarto de dentro donde iba amontonando los secretos y los miedos que no podía compartir con nadie.

Pero, a diferencia de los otros, este no me dejaba en paz.

Se removía en la oscuridad. Crecía. Me quedé despierta mucho rato, escuchando la respiración de las demás criadas, con la sonrisa de Ayame y la advertencia de Sayuri dándome vueltas en la cabeza, muy sola de pronto en medio de fuerzas que me superaban por completo, atrapada entre el amor de un emperador y el odio de una mujer que aspiraba a serlo todo, sin más armas que mi terquedad, mi boca cerrada y dos manos, una de ellas marcada ya para siempre.