Mis días en el palacio interior Capítulo 11
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Capítulo 11

La oferta

(Hotaru)

Volvimos a vernos. El pabellón junto al ciruelo seco se convirtió en nuestro secreto, el único lugar del mundo donde yo dejaba de ser criada y él de ser emperador.

No todas las noches; eso habría sido demasiado peligroso, y los dos lo sabíamos.

Pero cada pocos días llegaba a mis manos, por medio de Kaede, un papel doblado con aquella letra firme, y yo esperaba a la última campana y me escabullía por los corredores oscuros hasta el ala oeste, con el corazón golpeándome el pecho de miedo y de otra cosa.

Aprendí a moverme por el palacio de noche como una sombra, a saber qué guardias dormitaban en qué puestos, qué corredores crujían y cuáles no, por dónde se pasaba sin que la luna te delatara.

Todo aquello que como criada sabía sin darle importancia —los horarios, las entradas de servicio, los pasadizos que solo usábamos las de mi rango— se convirtió en el mapa secreto que me llevaba hasta él y me traía de vuelta sin que nadie lo supiera.

Fueron las semanas más felices y más peligrosas de mi vida.

Felices porque, por unas horas robadas, era libre.

Hablábamos, reíamos, discutíamos de cualquier cosa.

Él me traía libros y me leía en voz alta, porque yo apenas sabía leer, y se reía con cariño de mi asombro ante historias de países que jamás vería.

Yo le enseñaba las cosas que sabía de mi mundo, las hierbas, los remedios, cómo se cura una herida o se adivina la lluvia por el vuelo de los pájaros, y él escuchaba aquel saber humilde con el respeto que se le tiene a un tesoro.

Nos contábamos la infancia, los miedos, aquello que no habíamos compartido con nadie.

Sin darme cuenta, aquel hombre imposible se fue volviendo la persona que mejor me conocía en el mundo, y yo acabé conociéndolo a él como nadie.

Descubrí que Akiharu era, bajo la coraza del emperador, un hombre más joven de lo que sus responsabilidades le permitían ser.

Tenía una curiosidad de niño por todo lo que quedaba fuera de su mundo dorado.

Me preguntaba cómo era el mercado de mi aldea, a qué sabía el pan que comíamos los pobres, cómo se sentía uno al mojarse bajo la lluvia sin que nadie acudiera a cubrirlo con un dosel.

Cosas que él no había hecho jamás y que a mí me parecían tan comunes que nunca me había parado a pensarlas.

A través de sus preguntas empecé a ver mi propia vida miserable con otros ojos, a descubrir que en ella había habido lo que él, con todo su poder, nunca tendría, una madre que me abrazaba, un río donde bañarme, la libertad de andar descalza por el campo.

—Yo he sido más rica que tú —le dije una noche, medio en broma.

Y él, para mi sorpresa, no se rió. Se quedó pensándolo, y luego dijo que quizá tenía razón, y aquella noche estuvo callado un buen rato, mirando la lámpara, dándole vueltas a una idea que le había abierto una herida vieja.

Cada una de aquellas noches era una moneda lanzada al aire.

Bastaba con que cayera mal una vez, con que nos descubrieran una vez, para perderlo todo.

Y no solo yo. Kaede, por llevar los mensajes.

Quizá él mismo, ante una corte que jamás le perdonaría rebajarse con una criada.

Vivíamos en el filo, y creo que parte de lo que sentíamos venía de ahí, de saber que aquello no podía durar, que le habíamos robado al destino un tiempo que no nos correspondía y que tarde o temprano vendría a cobrárnoslo.

Yo lo sabía. Aquello no tenía futuro, y me lo recordaba cada noche al volver al jergón. Esto no lleva a ninguna parte, disfrútalo mientras dure y no esperes nada, porque la espera es lo que acabará rompiéndote.

Pero el corazón no atiende razones. Y el mío, por más que le hablaba, se había enamorado del emperador.

Fue una de esas noches, en el pabellón, cuando Akiharu me hizo la oferta.

Había notado que llevaba un rato distinto. Más callado, más pensativo, dándole vueltas a algo. Al principio creí que le pesaban los asuntos de la corte, que a veces venía cargado con ellos. Pero no era eso. Era otra cosa, algo que llevaba tiempo preparando y que por fin se decidió a decir.

—He estado pensando —empezó, y noté que le costaba— en cómo protegerte. De verdad. No a medias, no desde las sombras. En cómo hacer que nadie pueda volver a ponerte una mano encima nunca más.

—Akiharu, ya hablamos de esto. No hay manera. Cualquier cosa que hagas...

—Sí la hay. —Me miró—. Hay una manera. Solo una. Y lo he pensado mucho, y sé que es la única que funcionaría de verdad.

Algo en su tono me puso en guardia.

—¿Cuál?

—Que te convierta en una de mis concubinas.

Las palabras cayeron entre los dos, y yo me quedé sin respuesta y sin saber siquiera qué sentía.

—Piénsalo —siguió él, deprisa, animado, con el entusiasmo de haber hallado la solución a un problema que lo atormentaba—.

Como concubina tendrías rango, aposentos propios, criadas a tu servicio, amparo oficial.

Nadie, ni Otome ni ninguna dama, podría tocarte en todo el Palacio Interior, porque hacerlo sería atentar contra una mujer del emperador.

Se acabarían las letrinas, el hambre, los varazos, el miedo.

Estarías a salvo, Hotaru. Podría verte sin escondernos y cuidarte de verdad.

—Me tomó la mano, la buena—. Sé que no es como debería ser.

Sé que mereces más que ser una concubina entre otras.

Pero es lo único que puedo darte que te ponga a salvo.

Y quiero dártelo. Que estés a salvo por encima de cualquier otra cosa en el mundo.

Lo decía con tanta ilusión, con tanta buena fe, tan convencido de que me estaba ofreciendo un regalo, que casi me dolió lo que tenía que responderle.

Porque lo que sentí al oírlo no fue gratitud. Fue espanto.

—No —dije.

Se le apagó la cara.

—¿No?

—No, Akiharu. No puedo. —Retiré mi mano de la suya con suavidad, pero la retiré—. No sabes lo que me estás pidiendo.

—Te estoy pidiendo que me dejes protegerte. Que dejes de sufrir. ¿Qué tiene eso de malo?

—Que el precio es todo lo que soy. —Me levanté, porque no podía decir aquello sentada, porque me quemaba dentro—.

Akiharu, yo he vivido en el Palacio Interior.

He servido a las concubinas. Las he visto de cerca, día tras día, desde dentro.

Sé exactamente lo que es esa vida que me ofreces como si fuera un premio.

Y no la quiero. No la querría, ni aunque no doliera.

—No lo entiendo. Cualquier mujer del imperio...

—¡Yo no soy cualquier mujer del imperio!

—Respiré hondo, buscando calmarme y hacerle entender—.

Escúchame. Escúchame de verdad, igual que aquel día en el estudio.

He visto lo que les pasa a las concubinas.

Las he peinado para noches que nunca llegaban, las he visto aguardar meses una visita tuya que no se producía y envejecer en pabellones olvidados, hermosas y vacías, viviendo del recuerdo de una noche o de la esperanza de otra.

Su vida entera depende de ti, de que las mires o no, de que las elijas o las dejes caer.

Son flores en un jarrón, Akiharu, cortadas y puestas ahí para tu disfrute, y cuando te cansas de ellas, se marchitan sin que nadie las riegue.

—No te olvidaría.

—Puede que no. Pero eso no cambia lo esencial.

—Me acerqué, y le hablé más suave, porque no quería herirlo, solo que comprendiera—.

Aunque me quisieras siempre, aunque fuera tu favorita hasta el fin de mis días, seguiría siendo tu propiedad.

Una mujer entre las muchas que te pertenecen.

Mi valor, mi seguridad, mi vida entera dependerían de conservar tu favor.

Competiría con las demás por tus noches, temería a cada concubina nueva, más joven y más hermosa, y viviría con el temor de dejar de gustarte.

—Negué con la cabeza—. Cambiaría un miedo por otro.

El de los varazos por el de tu olvido. Y no quiero vivir con miedo, Akiharu.

Ya he tenido bastante miedo para tres vidas.

—Yo podría cambiar eso. Darte un rango tan alto que nadie te lo discutiera. Podría...

—¿Ves lo que haces? —Sonreí con tristeza—.

«Podría darte.» Todo lo que me ofreces es algo que tú me das.

Que tú puedes dar y, por tanto, quitar. Un rango que tú concedes.

Una seguridad que depende de ti. Una vida entera colgando de tu voluntad, igual que colgaba del capricho de Koharu cuando me tenía de rodillas.

Cambiaría de dueño, nada más. Uno más amable, de acuerdo, uno que me quiere, pero un dueño al fin y al cabo.

Y yo no quiero ninguno, Akiharu, por bueno que sea.

—¿Sabes lo que más me duele de tu oferta?

—seguí, en voz más baja—. Que la haces con amor.

Sé que la haces con amor. No me ofreces ser concubina para poseerme, como habría hecho cualquier otro hombre en tu lugar.

Me lo ofreces porque es lo único que se te ocurre para salvarme, porque en tu mundo esa es la mayor prueba de amor que un emperador puede dar.

Y ahí está la tragedia, ¿no lo ves? Que hasta tu manera de quererme pasa por convertirme en algo tuyo.

Nadie te ha enseñado que a una persona se la puede amar sin hacerla propia, y yo no voy a enseñártelo dejando que me poseas.

Vi que aquello le llegaba hondo, más que ningún otro argumento, porque era verdad y porque nunca lo había pensado.

Se quedó callado, mirándome, y vi que empezaba a entender, aunque le costara, aunque fuera contra todo lo que le habían enseñado a creer sobre lo que una mujer debía desear.

—Lo que quiero —seguí, y se me quebró un poco la voz— no es un rango.

No son estancias, ni criadas, ni sedas. Lo que quiero es ser libre, pertenecerme, mirar a un hombre a los ojos sin que mi vida dependa de que él me devuelva la mirada.

Y eso, ni siquiera tú, con todo tu poder, puedes dármelo convirtiéndome en tu concubina.

Al contrario. Sería quitármelo para siempre.

—Entonces... —Tragó, buscando las palabras—. Entonces me estás diciendo que prefieres las letrinas. El hambre. El peligro. Prefieres todo eso antes que la seguridad que te ofrezco.

—Te estoy diciendo que prefiero seguir siendo una criada que algún día será libre antes que convertirme en una concubina cautiva.

—Lo miré a los ojos—. Sí. Prefiero fregar letrinas ahora y conservar la posibilidad de pertenecerme cuando cumpla mi tiempo a vivir entre sedas sin una salida propia.

Esto se acaba el día que cumpla mi tiempo y cruce la puerta. La jaula de oro, no.

No dijo nada durante un largo rato. Se levantó, caminó hasta la puerta del pabellón, miró el ciruelo seco recortado contra la noche. Y cuando por fin habló, su voz era distinta, más baja, casi rota.

—¿Sabes lo que acabas de hacer? —dijo, sin volverse—.

Me acabas de rechazar. A mí. Y no por orgullo, ni por jugar, ni para hacerte de rogar.

Me has rechazado porque de verdad prefieres tu libertad a todo lo que soy y a todo lo que tengo.

—Se giró, y para mi sorpresa no traía enfado en la cara, sino algo parecido al asombro—.

¿Sabes cuántas mujeres del imperio matarían por lo que acabo de ofrecerte?

Miles. Y tú lo has rechazado sin dudarlo un instante.

—Lo siento.

—No. —Sacudió la cabeza—. No lo sientas.

Es lo más extraordinario que me ha pasado nunca.

—Se rió, una risa breve, incrédula, dolida—.

Todo el mundo me quiere por lo que puedo darles.

Y llega una criada y me dice que lo que puedo darle no vale nada comparado con ser dueña de sí misma.

—Me miró de una manera nueva, con un respeto casi reverente—.

Hotaru. Eres la mujer más libre que he conocido, y ni siquiera eres libre.

—No soy libre —dije—. Pero mando en lo único que me queda, en decir que no.

Es lo último que conservan los que no tienen nada, ¿sabe?

, la palabra «no». Me la han hecho pagar cara muchas veces.

Y sigue siendo mía. Y el día que la venda, aunque sea por amor, aunque sea por ti, no me quedará nada que sea de verdad mío.

Akiharu me miró sin decir nada, y vi pasar por su cara varias cosas a la vez.

Dolor por el rechazo. Frustración por no poder ampararme como quería.

Y por encima de todo, esto fue lo que más me sorprendió, una especie de admiración que rozaba la envidia.

Aquella criada quemada y hambrienta que se negaba a ser suya poseía algo que él, con todos sus ejércitos y sus palacios, no había tenido nunca.

—Mi padre me dijo una vez —murmuró— que el poder consiste en que los demás no puedan decirte que no.

Toda mi vida lo he creído. Y ahora vienes tú, que no tienes poder alguno, y me dices que no con más fuerza que un ejército entero.

—Negó despacio con la cabeza—. Creo que mi padre se equivocaba.

Creo que el poder de verdad es el tuyo. El de poder decir que no aunque te cueste todo.

Me acerqué a él. Le tomé la cara entre las manos, un atrevimiento que nunca me había permitido.

—Puedo quererte —dije en voz baja—. Puedo venir a este pabellón cuantas veces me llames, mientras dure. Pero no puedo pertenecerte. Son cosas distintas, y necesito que entiendas la diferencia, porque de ella depende que yo pueda seguir siendo yo.

Puso sus manos sobre las mías. Cerró los ojos.

—La entiendo —murmuró—. No me gusta. Me duele más de lo que imaginas. Pero la entiendo.

Nos quedamos así, uno delante del otro, con mis manos en su cara y las suyas sobre las mías, más cerca de lo que habíamos estado nunca.

Algo se me desbordó por dentro, algo grande y peligroso, y comprendí que estábamos al borde de un precipicio y que bastaría con que uno de los dos se inclinara para caer.

No caímos aquella noche tampoco. Pero al soltarnos lo supimos los dos, que aquel borde seguiría esperándonos, que tarde o temprano llegaría una noche en la que no bastaría con querernos a distancia prudente, y que ninguno tendría entonces fuerzas para dar un paso atrás.

Volví al ala de las criadas con el rechazo pesándome en el pecho y, a la vez, con una extraña ligereza.

Le había dicho que no al emperador. Le había explicado quién era y por qué no podía ser suya, y él, en lugar de aplastarme por ello, me había mirado con respeto.

Nunca me había sentido tan pequeña y tan grande a la vez, tan sin porvenir y tan dueña de mí.