Mis días en el palacio interior Capítulo 10
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Capítulo 10

El pabellón abandonado

(Hotaru)

Cumplió su palabra de la manera más inesperada. Dejó de buscarme.

Durante los días que siguieron a lo del estudio, Akiharu no volvió a reclamarme.

No me hizo llamar para el té. No preguntó por mí cada mañana, o si lo hizo, dejó de hacerlo en voz alta, donde los oídos del palacio pudieran recogerlo.

Para las demás, el capricho del emperador se había apagado tan de repente como se encendió.

Y funcionó. Al ver que él ya no me distinguía, las concubinas fueron perdiendo interés.

El acoso no cesó del todo —Otome seguía dándome los peores turnos, y la sombra de ladrona no se me quitaba de encima—, pero la saña bajó.

Cuando una deja de ser el juguete del emperador, ya no merece tanto esfuerzo. Volví a ser, casi, invisible.

Me curó la mano, además, como había prometido.

Me mandó al médico de palacio con la excusa de una torpeza en su servicio, y el hombre me trató la quemadura con ungüentos de verdad, no con mis pobres hierbas, y aunque la cicatriz no se iría nunca, al menos la carne cerró sin pudrirse.

Le debía eso, y me lo callaba, porque no había manera de agradecérselo sin exponernos a los dos.

Pensé que hasta ahí llegaría todo. Que había ganado lo que quería, que me dejara en paz. Y me dije que me alegraba, que era lo mejor, que aquel resquicio absurdo que se me había abierto en el corazón se cerraría solo con la distancia.

Me equivoqué. Con la distancia no se cerró. Se hizo más hondo.

Porque una cosa es no querer sentir algo y otra muy distinta lograrlo.

Yo no quería echarlo de menos, ni tenía ningún derecho a hacerlo.

Y sin embargo, al pasar por delante de su estudio, sorprendía a mis ojos buscando la puerta.

Al servir en las estancias cercanas a las suyas, aguzaba el oído por si oía su voz.

Me descubría pensando en él a deshoras, recordando cómo se había llamado ciego a sí mismo, cómo me había escuchado, cómo había prometido protegerme desde las sombras aun sabiendo que no ganaba nada.

Lo enterraba una y otra vez, y una y otra vez volvía a desenterrarse.

Fue Kaede quien me trajo el mensaje.

Una tarde, al cruzarnos en el corredor de la colada, me deslizó un trozo de papel doblado en la mano sin detenerse, con la naturalidad de quien lleva años pasando cosas a escondidas.

—Me lo dio un eunuco de confianza —murmuró—. No sé de quién viene. No preguntes. Léelo y quémalo.

Esperé a estar sola para abrirlo. La letra era firme, elegante, de alguien acostumbrado a escribir. Solo unas líneas, sin firma:

El pabellón del ala oeste, el que nadie usa, junto al ciruelo seco. Después de la última campana. Si no quieres venir, no vengas, y no volveré a pedírtelo. Pero me gustaría verte donde nadie nos vea.

No hacía falta firma. Sabía quién era.

Tendría que haberlo quemado y no acudir.

Verme a solas con el emperador, aunque fuese a escondidas y en el rincón más apartado del palacio, era la mayor locura que podía cometer.

Si nos descubrían, no habría varazos que valieran; sería el fin, para mí y quizá para Kaede por haber traído el mensaje.

Todo lo que había sufrido por esconderme, por hacerme pequeña, por volver a las sombras, lo tiraría por la borda en una sola noche.

Y lo sabía perfectamente.

Y fui igual.

No sé explicarlo del todo. Puedo decir que fui por curiosidad, y sería cierto a medias.

También que le debía la curación de la mano y quería agradecérsela, y otro tanto de lo mismo.

Pero la verdad entera es más simple y más peligrosa.

Fui porque quería ir. Porque llevaba días pensando en él.

Porque en toda mi vida gris de criada invisible aquel hombre imposible era el único hombre de aquel mundo que me había mirado como a una persona y no como a una criada, y una parte de mí, la más hambrienta, la que se lo tragaba todo desde hacía meses, quiso por una vez darse ese capricho prohibido. El lujo de que alguien la viera.

El pabellón del ala oeste era un lugar olvidado.

Uno de esos rincones que en su día fueron hermosos y que el palacio había ido abandonando, demasiado grande para cuidarlo entero.

La madera crujía, el tejado tenía goteras, el jardín que lo rodeaba se había vuelto salvaje.

Junto a la entrada había un ciruelo seco, retorcido, muerto hacía años, que le daba al lugar un aire de abandono que a mí, no sé por qué, me resultó acogedor.

Él ya estaba allí cuando llegué.

Sin guardias a la vista. Sin séquito. Los había dejado a distancia, como hacía cuando quería caminar solo.

Sin las sedas del rango. Vestía sencillo otra vez, como la noche del jardín, y al verlo así, de pie en aquel pabellón medio en ruinas iluminado por una sola lámpara, casi pude olvidar que era el emperador. Casi.

—Has venido —dijo, y había en su voz una sorpresa genuina, la de quien de verdad no lo esperaba.

—He venido —respondí, quedándome junto a la puerta, sin atreverme a entrar del todo—. Aunque no debería. Esto es una locura, majestad.

—Aquí no.

—¿Cómo?

—Aquí no soy majestad. —Señaló alrededor, el pabellón vencido, la lámpara solitaria—.

Aquí no hay corte, ni ministros, ni concubinas, ni nadie que se incline.

Aquí solo hay un hombre que ha pedido a alguien que venga a verlo, sin ninguna seguridad de que fuera a venir.

Llámame por mi nombre. Solo aquí. Solo esta noche, si quieres.

Dudé. Llamar al emperador por su nombre era impensable, un atrevimiento de los que costaban la vida.

—No puedo.

—Sí puedes. La noche del jardín no sabías quién era y me hablaste de tú, y me dijiste que la grulla volaría, y fue lo mejor que me había pasado en años.

—Dio un paso hacia mí, despacio—. No te pido que finjas que no soy el emperador, sino que aquí dentro, durante un rato, me trates igual que a aquel desconocido.

Como a un hombre. Nadie lo hace, Hotaru. Y estoy tan cansado de que no lo hagan.

Había tanta verdad en aquello, tanta necesidad desnuda, que se me deshizo la última resistencia.

—Akiharu —dije.

Fue solo su nombre. Pero al pronunciarlo vi cómo algo se le encendía en la cara, una alegría casi infantil, la de un niño al que por fin dejan jugar. Y supe que, dijéramos lo que quisiéramos el resto de la noche, para él aquella palabra ya había valido la pena.

—Ven —dijo—. Siéntate. No voy a morderte. Y aquí nadie va a hacerte daño por hablar conmigo. Tienes mi palabra.

Entré. Me senté, a una distancia prudente, sobre un cojín gastado que él había traído. Y empezamos a hablar.

No sé cuánto duró aquella primera noche.

Se me pasó volando y a la vez me pareció que abarcaba años.

Hablamos de todo y de nada. Le pregunté por la grulla, y me contó, riéndose, que la había mandado cuidar en secreto por un hombre de confianza, y que el ala había soldado y el animal ya volaba por los jardines interiores, libre, y que a veces lo veía pasar y pensaba en mí.

Le conté cosas de mi aldea, del río de las luciérnagas, de mi madre y sus hierbas.

Le hablé de mis hermanos, de mi padre enfermo, del hambre que me había traído a palacio.

Él escuchaba con una atención que no le había visto dedicar a nada, inclinado hacia delante, pendiente de cada detalle de mi vida miserable más que de todos los asuntos de su imperio.

Y él también habló. Me contó cosas que estoy segura de que no le había contado a nadie.

Lo solo que se sentía. El peso de no poder confiar en una sola persona.

El miedo, constante, a que cada sonrisa escondiera un cuchillo.

Me habló de su padre, el emperador viejo, que le había enseñado a desconfiar de todos antes que a quererlos.

Y de las noches en que no dormía. De lo raro que era, para él, poder decir en voz alta «estoy cansado» sin que nadie lo interpretara como una debilidad que aprovechar.

—¿Puedo preguntarte algo? —dije en un momento, y me di cuenta de que lo tuteaba sin esfuerzo, de que ya había dejado de costarme—.

¿Por qué yo? Hay cientos de mujeres en este palacio, cada una más hermosa y más preparada que la anterior, educadas desde niñas para agradarte.

Y te fijas en una criada que fregaba letrinas. No lo entiendo.

Se quedó pensándolo un rato, mirando la llama de la lámpara.

—Porque no buscabas agradarme —dijo al fin—.

Todas las demás intentan ser lo que creen que quiero que sean.

Tú solo eras tú. Discutías conmigo por una grulla sin saber quién era yo, y no había en ti ni una gota de doblez, ni una intención escondida.

—Me miró—. ¿Sabes lo que significa, para un hombre que recela de todo el mundo, encontrar a alguien de quien no tiene que sospechar?

Es como respirar después de años ahogándose.

No me enamoré de tu cara, Hotaru, aunque me guste. Me enamoré de que fueras verdadera.

La palabra quedó ahí, entre los dos, sin que ninguno la hubiera buscado.

Enamoré. La había dicho sin pensar, y en cuanto la dijo se dio cuenta, y por un momento pareció tan asustado como me sentía yo.

Ninguno la recogió ni la negó tampoco. La dejamos flotando en el aire del pabellón, demasiado grande para tocarla.

—No deberías decir esas cosas —murmuré al fin—. No a mí. No lleva a ninguna parte.

—Lo sé.

—Yo soy una criada. Tú eres el emperador. Da igual lo que sintamos aquí dentro, en este pabellón medio caído. Ahí fuera esto no puede ser. Nunca.

—Lo sé —repitió, y había una tristeza serena en su voz—.

Créeme que lo sé mejor que nadie. Llevo toda la vida sabiendo lo que puede y lo que no puede un emperador.

—Levantó la vista—. Pero déjame tener esto.

Solo esto. Un pabellón, una lámpara y unas horas en que no soy el emperador y tú no eres una criada.

No te pido más. No puedo pedir más. Pero esto, esto sí lo quiero, y creo que tú también.

No le respondí. Porque llevaba razón, y porque hacerlo habría sido admitirlo en voz alta, y todavía no era capaz.

—Contigo puedo equivocarme —dijo entonces, cambiando de tono, aligerándolo, rescatándonos a los dos de aquel borde—.

¿Sabes lo extraño que es eso? Puedo soltar una tontería y sé que me lo dirás a la cara.

No me vas a reír la gracia. No quieres nada de mí.

Eres la única persona que se acercó a mí sin saber que podía sacar algo de un emperador.

—Se rió, bajito—. Y resulta que eres una criada a la que ni siquiera se me permite proteger.

La vida tiene un sentido del humor cruel.

—Lo tiene —admití, y me sorprendí riéndome yo también.

Reímos juntos. En aquel pabellón medio derruido, a la luz de una sola lámpara, con el ciruelo muerto vigilando desde la puerta, dos personas de mundos opuestos que no tenían ningún derecho a hacerlo se rieron de igual a igual.

Y durante un rato lo fuimos. No hubo trono ni criada, ni corte ni letrinas, ni consorte que aspirara a emperatriz ni sirvienta marcada como ladrona.

Solo Akiharu y Hotaru. Solo dos soledades que habían encontrado, cada una, un hueco exacto donde encajar en la otra.

Cuando la noche empezó a clarear, supe que tenía que irme antes de que el palacio despertara.

—Debo volver —dije, poniéndome en pie—. Si me ven salir de aquí al amanecer...

—Lo sé. —Se levantó también—. Gracias por venir, Hotaru. No sabes lo que ha significado.

—Me lo imagino. —Lo miré, y por un momento no supe qué hacer con lo que sentía, con lo lleno que tenía el pecho—. Yo también... hacía mucho que no me reía así. Gracias a ti.

Nos quedamos uno delante del otro un instante, más cerca de lo prudente, y el aire entre los dos se volvió distinto, cargado de algo que ninguno se atrevió a nombrar.

Vi que él lo notaba también, que dudaba, que quería acortar la distancia y no se decidía, y le agradecí en el alma que no lo hiciera, porque si aquella noche hubiera pasado algo más, yo no habría tenido fuerzas para impedirlo, y no estaba lista. Aún no.

Estuvimos así un momento que se me hizo eterno.

Él levantó la mano, despacio, y por un instante pensé que iba a tocarme la cara, y algo dentro de mí se preparó para dejarse tocar.

Pero se detuvo a medio camino. Bajó la mano.

Y en ese gesto de contenerse, en esa delicadeza suya de no tomar lo que no le habían dado, hubo más ternura que en cualquier caricia.

Porque un emperador está acostumbrado a que cuanto desea sea suyo con solo alargar la mano.

Y aquel, teniéndome delante y queriéndolo, escogió no hacerlo. Prefirió esperar. Por mí.

Creo que fue en ese momento, y no en ningún otro, cuando de verdad empecé a quererlo.

No cuando me protegió, ni cuando me curó la mano, ni siquiera cuando confesó su soledad.

Fue cuando levantó la mano para tocarme y decidió no hacerlo.

Cuando me dio, sin que yo se lo pidiera, el único regalo que nadie me había hecho nunca en aquel palacio. Dejarme elegir.

—Buenas noches, Akiharu —dije, y salí antes de arrepentirme.

Volví al ala de las criadas por los corredores todavía oscuros, pegada a las paredes, invisible igual que siempre. Pero por dentro no lo estaba en absoluto. Me sentía vista como no lo había estado en mucho tiempo, de una manera que me daba miedo y vida a partes iguales.

Me metí en el jergón cuando las demás aún dormían. Kaede abrió un ojo desde el suyo, me miró, y no preguntó nada. Solo alargó la mano, me apretó la mía un momento y volvió a dormirse.

Yo no dormí. Me quedé mirando el techo, con el corazón desbocado y una sonrisa tonta que no me cabía en la cara, sabiendo que acababa de hacer algo imperdonable, algo que podía costarme todo.

Y sabiendo, con una claridad que me asustaba, que lo repetiría. Que en cuanto él me llamara regresaría a aquel pabellón junto al ciruelo seco. Una y otra vez. Porque había probado lo que era que alguien me viera, y ya no sabía cómo dejar de necesitarlo.

Me di la vuelta en el jergón, cerré los ojos y me obligué a no pensar.

Faltaban dos horas para el alba, para las letrinas, para volver a ser la criada marcada del segundo jardín.

Pero por esa noche, solo por esa noche, me permití guardar dentro la risa de un hombre en un pabellón en ruinas, y dormirme abrazada a ella como a un tesoro robado que sabía que tarde o temprano tendría que pagar.