Capítulo 9
Las marcas
(Hotaru)
Aguanté tres días escondiendo la mano. Al cuarto, me delató un temblor.
Fue en su estudio, sirviéndole el té, como cada tarde.
Llevaba la mano quemada envuelta en un vendaje que ocultaba bajo la manga larga, y había aprendido a servir solo con la derecha, apoyando el peso de la tetera de una manera que no me obligara a usar la izquierda.
Lo hacía bien. Lo había ensayado. Pero aquella tarde la tetera estaba más llena de lo normal, y al inclinarla el peso me venció, y por instinto acudí con la mano mala a sujetarla.
El dolor me atravesó como un relámpago. Solté un siseo entre los dientes, se me escapó sin querer, y la tetera bailó en mis manos. No llegué a derramarla. La sujeté a tiempo. Pero el gesto me subió la manga, apenas un dedo, lo justo para que el borde del vendaje asomara sobre la muñeca.
Akiharu lo vio.
Levantó la vista de sus documentos con esa rapidez que tienen los que están más pendientes de lo que aparentan, y sus ojos se clavaron en mi muñeca antes de que yo pudiera bajar la manga.
—¿Qué es eso?
—Nada, majestad. —Escondí la mano a la espalda—. Me quemé ayudando en las cocinas. Una torpeza mía. No es nada.
—Enséñamelo.
—Majestad, de verdad que no...
—Hotaru. —Nunca me había llamado por mi nombre en el estudio. Siempre había sido «tú», o nada. Oírlo me detuvo—. Enséñame la mano.
Había en su voz algo que no admitía negativa, y a la vez algo que no era una orden, sino casi un ruego.
Y yo ya no podía más. Estaba agotada hasta los huesos, harta de esconder, de fingir, de aguantar.
Así que hice lo que no debía. Saqué la mano de detrás de la espalda y empecé a desenvolver el vendaje, despacio, con los dedos torpes de la derecha, hasta dejar al descubierto lo que había debajo.
Oí cómo contenía el aliento. Estaba horrible. Roja, ampollada, con la piel levantada a trozos y en carne viva en otros, más propia de un cadáver que de una muchacha de mi edad. Bajo la luz de las lámparas del estudio se veía aún peor que en la penumbra del cuarto.
Akiharu se levantó. Rodeó la mesa. Me tomó la muñeca con un cuidado infinito, temiendo hacerme más daño, y contempló la quemadura durante un largo rato, sin una palabra.
Cuando habló, su voz había cambiado. Estaba muy baja, y muy tensa, la voz de un hombre que aprieta algo por dentro para que no estalle.
Lo vi acercarse a mirarla, recorrer con los ojos cada ampolla, cada jirón de piel, cada centímetro de aquella carne roja que había sido mi mano y ya no lo parecía.
Y le vi tragar, mover la garganta, luchar contra lo que aquello le producía.
Un emperador no ha visto muchas heridas de cerca.
Ha ordenado guerras, ha rubricado ejecuciones, ha decidido la muerte de hombres a los que nunca miró a la cara.
Pero el sufrimiento a distancia de un sello no se parece en nada al que puedes tocar, que tienes entre las manos, que pertenece a alguien cuyo nombre pronuncias cada mañana.
Vi que aquello lo desarmaba. Vi que le dolía casi físicamente, que sentía aquella quemadura en su propia piel intacta.
—¿Quién ha hecho esto?
—Nadie, majestad. Fue un accidente.
—No me mientas. —Alzó los ojos hacia los míos, y en ellos ardía algo que me asustó—. Esto no es un accidente. El agua no salta así por sí sola. Alguien te la echó. ¿Quién?
—Me caí. Yo sola.
—¿Y la espalda?
Me quedé fría. No sabía cómo podía saber lo de la espalda. Debió de leérmelo en la cara, en cómo me movía, en las mil cosas que una cree ocultar y que gritan a quien sabe mirar.
—Te mueves igual que alguien con la espalda herida —dijo—. Llevas días haciéndolo. Creías que no lo notaba. —Me soltó la muñeca con delicadeza—. Enséñame la espalda, Hotaru.
—Eso sí que no puedo, majestad. —Retrocedí un paso—. No sería... no está bien. Una criada no puede...
—Entonces dímelo tú. ¿Qué tienes en la espalda?
No respondí, y eso se lo dijo todo.
Vi cómo lo entendía. Vi cómo la comprensión le subía por la cara y se convertía en algo terrible, una furia que no le había visto nunca, ni siquiera en el salón de Koharu. Se apartó de mí. Anduvo hasta la ventana, volvió, con los puños apretados, y respirando fuerte.
—Varazos —dijo. No era una pregunta—. Te han azotado.
—Majestad...
—¿Cuántos?
—No importa.
—¡¿Cuántos?!
Nunca le había oído alzar la voz. El grito rebotó en las paredes del estudio y me hizo encogerme. Y en cuanto lo soltó se arrepintió; vi cómo se obligaba a bajar la voz y a serenarse, porque le estaba dando miedo su propia furia.
—Diez —dije en voz baja—. Fueron diez.
Cerró los ojos. Cuando los abrió había tomado una determinación, y aquello me dio miedo.
—Se acabó —dijo—. Voy a averiguar quién ha sido. Hoy mismo. Y quien lo haya hecho, quien te haya puesto una mano encima, va a saber lo que le cuesta. Voy a hacer un escarmiento que este palacio recuerde durante...
—No.
La palabra me salió sola, dura, tan alta que me sorprendió a mí misma.
Akiharu se detuvo en seco y me miró sin dar crédito.
Nadie le decía que no. Nadie le había dicho que no desde aquella noche del jardín.
Y aquí estaba yo otra vez, una criada con la mano deshecha y la espalda abierta, plantándome ante el emperador del mayor imperio bajo el cielo.
—¿Cómo dices?
—He dicho que no, majestad. —Me temblaba todo el cuerpo, pero no me callé. Ya no podía callarme—. Le suplico que no haga nada. Nada. Que no averigüe, que no castigue, que no haga ningún escarmiento. Se lo suplico.
—Hotaru, alguien te está torturando. ¿Y me pides que no haga nada?
—Le pido que no me mate.
Se quedó paralizado.
—Porque eso es lo que hará —seguí, y las palabras salían ahora a borbotones, todo lo que llevaba semanas tragándome—.
Si usted castiga a alguien por esto, si vuelve a protegerme en público como hizo en el salón de Koharu, mañana estaré muerta.
¿No lo entiende? ¿De verdad no lo ve? Cada vez que usted me protege, empeora las cosas.
Lo del agua, lo de la espalda, lo del peine que me pusieron para llamarme ladrona...
todo eso empezó por cuatro palabras suyas.
«No vuelvas a tocarla.» ¿Se acuerda? Usted creyó que me salvaba. Y me condenó.
—Yo no podía saber...
—¡Claro que no podía saberlo! —Me di cuenta de que le estaba gritando al emperador y no fui capaz de parar—.
¡Porque usted nunca ha sido invisible! ¡Nunca ha necesitado serlo!
Usted cree que amparar a alguien es un acto de fuerza.
Para mí, su amparo es una sentencia de muerte.
Cuanto más le importo, más peligro corro.
Cuanto más pregunta por mí cada mañana, cuanto más me hace servirle el té, cuanto más me mira en público, más razones les da para odiarme y más fácil les resulta hacerme daño sin que nadie las vea.
Puede defenderme mientras está delante. Pero no lo está siempre.
Y yo pago, sola, en la oscuridad, cada gesto de bondad que usted tiene conmigo.
Me temblaban la voz y las piernas. Sabía que estaba cometiendo una locura, que hablarle así a un emperador podía costarme la cabeza, que la insolencia se castiga aún más duro que el robo.
Pero algo se me había roto por dentro con lo del agua hirviendo, alguna presa que llevaba semanas conteniendo todo aquello, y ya no podía volver a cerrarla.
Las palabras salían solas, meses enteros saliendo de golpe, toda la rabia que me había tragado callando y aguantando y haciéndome piedra.
—¿Sabe lo que es vivir así? —seguí, más bajo, porque me faltaba el aire—.
Levantarme cada día sin saber qué me harán hoy.
Comer menos que un perro. Fregar la inmundicia de las mismas mujeres que me torturan.
Que me marquen como ladrona delante de todas para que nadie me crea nunca.
Que me abran la espalda a varazos por un peine que no robé.
Y encima esconderlo, sonreír, servirle el té con la mano quemada bajo la manga rezando por que no lo note, porque si lo nota y hace algo, será peor.
¿Sabe usted lo que es eso? No. No lo sabe.
No puede saberlo. Usted no ha tenido miedo un solo día de su vida.
Me detuve, sin aliento, temblando, esperando el estallido, el castigo, lo que fuera que hace un emperador cuando una criada se atreve a hablarle así.
No llegó. Akiharu me miraba con una expresión que no supe interpretar, entre el asombro y el dolor y algo más, algo parecido a la vergüenza. Y cuando habló, no había furia en su voz.
—Tienes razón —dijo, tan bajo que casi no lo oí—.
En todo. No conozco tu miedo. Ni el hambre.
Ni el frío. Me han servido desde que nací y he confundido eso con conocer el mundo.
—Bajó la mirada hacia mi mano vendada—. Y he estado tan ciego, tan estúpidamente ciego, que te he hecho daño mientras creía cuidarte.
Aquella confesión me desarmó del todo. Porque era verdad, y porque no muchos hombres, y menos un emperador, son capaces de mirarse y decir en voz alta que han sido ciegos y crueles sin querer.
Lo que siguió fue la pausa más larga de mi vida. Akiharu me miraba, blanco, y yo veía cómo mis palabras iban entrando en él, una a una, deshaciendo algo que hasta entonces había dado por cierto.
—Entonces ¿qué se supone que debo hacer? —dijo al fin, y su voz sonó perdida, casi infantil—. ¿Mirar hacia otro lado? ¿Dejar que te hagan esto y no mover un dedo?
—Sí. —Se me llenaron los ojos de lágrimas, pero no las dejé caer—.
Eso es exactamente lo que le pido. Que mire hacia otro lado.
Que no vuelva a preguntar por mí. Que me permita ser invisible otra vez, que es lo único capaz de salvarme.
Su indiferencia es la única protección que usted puede darme que no me mate.
—No puedo hacer eso.
—Tiene que hacerlo.
—¡No puedo! —Y esta vez el grito no fue de furia, sino de impotencia, y me dolió más que todos los varazos—.
No puedo fingir que no existes, Hotaru. Lo he intentado.
He procurado no llamarte, no buscarte, no pensar en ti, y no puedo.
Eres la única persona que me habló como a un hombre antes de saber quién era yo.
¿Sabes lo que es eso para mí? ¿Tienes la menor idea de lo solo que estoy?
Y ahí, por un momento, dejé de ver al emperador.
Vi al hombre del jardín. Al que se había acuclillado en la tierra para sujetar a una grulla.
Al que no había oído un no en toda su vida y a quien aquel no le había sabido a libertad.
Vi su soledad, tan grande como la mía, aunque de una clase distinta, y por un instante se me olvidó el dolor de la mano y sentí el suyo, ese hueco enorme que había dentro de él y que yo, sin querer, había ido a llenar.
—Lo siento —dije, y era verdad—. Me duele su soledad. Ojalá pudiera hacer algo. Pero no puedo pagar su soledad con mi vida, majestad. No es un precio justo. Y usted, si de verdad le importo aunque sea un poco, no puede pedírmelo.
Se quedó mirándome, y noté el momento exacto en que lo comprendía, y resultó peor que verlo furioso, porque en su cara apareció una tristeza tan honda que casi eché de menos la cólera.
—Cúrate la mano —dijo por fin, en voz muy baja—. Ve con el médico. Diré que te envié yo por una torpeza en mi servicio, para que nadie sospeche. Es lo único que puedo hacer sin exponerte. ¿Me dejas hacer al menos eso?
Asentí. Era un gesto pequeño, discreto, que no me señalaba.
—Y Hotaru. —Me detuvo cuando ya recogía la bandeja para marcharme—.
Voy a encontrar la manera. No de protegerte a la vista de todos, que ya sé que eso te hace daño.
Voy a encontrar la manera de que esto pare de verdad.
Aunque tarde. Aunque tenga que hacerlo en la sombra, donde ellas no puedan verlo. Te lo prometo.
No le creí. No porque dudara de su voluntad, sino porque sabía mejor que él lo que podía y lo que no podía un emperador dentro de aquellos muros. Pero no se lo dije. Le dejé su promesa, porque parecía hacerle tanta falta como a mí volver a las sombras.
Salí de su estudio con la mano ardiendo y el corazón revuelto de una manera nueva. Porque le había plantado cara al hombre más poderoso del imperio y seguía viva. Porque alguien de arriba me había escuchado de verdad por una vez, había entendido lo que le decía, había dejado que le dijera que no.
Volví despacio por los corredores hacia el ala de las criadas, sujetándome la mano contra el pecho, e intenté por el camino ordenar lo que sentía, sin conseguirlo.
Estaba enfadada con él, sí, por su ceguera, por el daño que me había hecho sin querer.
Pero también había algo más, algo que me costaba mirar de frente.
Porque en aquel estudio, cuando le grité todo lo que llevaba dentro, él no me había castigado.
Me había escuchado. Me había dado la razón.
Se había mirado a sí mismo y se había llamado ciego y cruel, delante de una criada, sin que nadie lo obligara.
¿Cuántos hombres poderosos hacen eso? Ninguno de los que yo había conocido.
Y ese hombre, el que se acuclillaba en la tierra por una grulla, el que confesaba su soledad a una sirvienta, el que prometía protegerme desde las sombras aun sabiendo que no ganaba nada con ello, ese hombre había empezado a colarse por un resquicio que yo no sabía que tenía.
Uno pequeño, peligroso, que llevaba semanas negándome a mirar y que ya no podía seguir fingiendo que no existía.
Porque en algún rincón de mí que no me convenía en absoluto había empezado a nacer, hacia aquel hombre solo y torpe y poderoso, algo que ninguna criada debe permitirse. Algo que, si dejaba que creciera, me haría más daño que toda el agua hirviendo del mundo.
Apreté el paso. Me convencí de que eran imaginaciones, el aturdimiento del dolor y del miedo, de que aquello no llevaba a ninguna parte y más valía enterrarlo hondo y no sacarlo nunca.