Capítulo 8
Lo que se esconde bajo la manga
(Hotaru)
Hay una diferencia entre el dolor que pretende doblegarte y el que viene a romperte. Aprendí a distinguirlos aquel invierno.
Lo de las letrinas, el hambre, las rodillas sobre el arroz, todo aquello buscaba doblegarme, que agachara la cabeza, que suplicara y me marchara por mi propio pie. Era cruel, pero obedecía a una lógica, y mientras algo la tiene una puede resistirlo, porque sabe qué esperar.
Lo que vino después carecía de ella. Solo tenía sed.
Empezó con el robo. Una mañana, la dama Koharu descubrió que le faltaba un peine.
No un peine cualquiera, sino uno de nácar y plata, regalo de su familia, de esos que valen más que todo lo que una criada gana en su vida.
Se organizó un revuelo. Koharu gritaba que la habían robado, que había una ladrona entre las criadas, que no descansaría hasta encontrarla.
Y había en sus gritos algo que no encajaba, un exceso, una falsedad de quien representa una escena que ha ensayado.
La oí desgañitarse y sentí, antes incluso de saber nada, que aquello iba dirigido a mí.
Otome registró el cuarto de las sirvientas una por una, abriendo hatillos, sacudiendo mantas, volcando el mísero contenido de nuestras pertenencias sobre el suelo.
Fue avanzando de un jergón a otro, y yo la veía acercarse al mío con el estómago encogido, sabiendo lo que iba a pasar y sin poder hacer nada por evitarlo.
Cuando llegó a mi jergón, ni siquiera fingió buscar.
Metió la mano directamente debajo, en el punto exacto, con la seguridad de quien conoce de antemano el escondite, y sacó el peine de nácar envuelto en un paño que yo no había visto nunca.
Lo levantó en alto para que todas lo vieran.
—Ladrona —dijo.
No me molesté en negarlo. ¿De qué habría servido?
Estaba allí, bajo mi jergón, envuelto. Yo no lo había puesto allí, y ellas lo sabían de sobra.
Otome, que fue derecha al escondite sin rebuscar en otra parte, mejor que nadie.
Pero la verdad no valía nada en aquella habitación.
Solo contaba el peine, que estaba entre mis cosas, y con eso bastaba.
Miré a Koharu, que presidía la escena con los brazos cruzados y una satisfacción mal disimulada, y por un instante nuestras miradas se cruzaron.
Sonrió, una mueca pequeña de triunfo que me confirmó cuanto necesitaba saber.
El peine le daba igual. Lo que quería era verme hundida, marcada y convertida en ladrona ante todo el Palacio Interior.
Y ni siquiera era ella quien lo había pensado, de eso estaba segura; a Koharu le faltaba la paciencia para algo tan bien tramado.
Ella solo era la mano. La cabeza estaba en otra parte.
El castigo por robo a una dama es severo.
Podían haberme echado, y una parte de mí, la más rendida, casi lo deseó, porque así al menos habría podido volver a casa.
Pero no me expulsaron. Habría sido demasiado fácil.
En lugar de eso me llevaron al patio de los castigos, ese rincón apartado donde el Palacio Interior guarda lo que no quiere que se vea, y allí me hicieron pagar.
El patio de los castigos es un lugar que conocen todas las criadas y del que ninguna habla.
Un rectángulo de piedra rodeado de muros altos, sin más adorno que un poste de madera gastada por el roce de muchas muñecas atadas antes que las mías.
Huele a humedad y a algo más viejo, algo que se te mete en la nariz y que juraría que es miedo, el miedo de todas las que pasaron por allí antes.
Me hicieron arrodillarme. Me bajaron la camisa hasta la cintura, delante de los guardias que ejecutarían el castigo y de Otome, que supervisaba con la cara de piedra de quien cumple un trámite.
No hubo juicio ni ocasión de defenderme.
En el Palacio Interior una criada no tiene ese derecho; solo el de callar y recibir.
Diez varazos en la espalda. La vara es de bambú, flexible, y silba en el aire antes de caer.
El primero no duele tanto como esperas; el cuerpo todavía no sabe lo que viene.
El segundo cae sobre la marca anterior y ahí empieza a entenderlo.
Hacia el cuarto o el quinto la piel se ha abierto y cada golpe nuevo cae sobre carne ya rota, y entonces el dolor deja de ser algo separado de ti, algo de lo que puedas escapar refugiándote dentro.
Lo ocupa todo. Se convierte en el mundo entero.
No hay cuarto interior que valga cuando la vara silba y cae, y cuentas los golpes con los dientes apretados, porque llorar en voz alta les daría demasiado gusto.
Conté los diez. No grité. No sé de dónde saqué las fuerzas para no gritar; supongo que del mismo sitio de donde las saco siempre, ese pozo terco que llevo dentro y que se niega a darles la satisfacción.
Pero cuando me soltaron y quise levantarme, la espalda no me respondió, y me quedé a cuatro patas sobre las piedras del patio, temblando, con la camisa pegada a la carne por la sangre.
Kaede me curó aquella noche. Me limpió la espalda con agua y con las hierbas que yo misma le había enseñado a preparar, las de cerrar heridas, las mismas de la grulla.
Le temblaban las manos de rabia mientras lo hacía.
No de asco. Y no dijo «esto tiene que parar», porque ya sabía que decirlo no servía de nada.
Solo me curó, callada, mordiéndose lo que fuera que quería gritar.
Pensé que con el castigo se darían por satisfechas. Que el peine había sido el golpe grande y que ahora volverían al goteo de antes. Me equivoqué.
El robo solo había servido para señalarme como ladrona, de modo que cualquier cosa que me hicieran a partir de entonces pareciera merecida.
Nadie compadece a quien roba. A una ladrona se le puede hacer cualquier cosa y siempre habrá quien piense que se lo tenía ganado.
Me habían quitado, con aquel peine, lo último que me quedaba, el derecho a que alguien me creyera inocente.
Y entonces vino el agua. Fue en las cocinas.
Me habían mandado allí a ayudar, un cambio de tarea que debí haber visto como lo que era, una trampa.
En las cocinas hay fuego, hay aceite, hay agua hirviendo, hay mil maneras de que a una criada torpe le ocurra una desgracia que nadie podrá demostrar que fuera provocada.
Yo acarreaba una marmita de agua para el té de las damas. Pesaba, y estaba débil, más hueso que carne después de semanas de hambre, y las manos todavía no me respondían bien por lo de la espalda. Iba con todo el cuidado del mundo.
No sirvió de nada, porque el cuidado no estaba en mis manos, sino en las de otra.
Una criada —una de las que se habían sumado por miedo, una a la que le había aprendido la cara sin saber que la usaría contra mí— pasó por mi lado y me empujó.
No fuerte. Lo justo. Un empujón que cualquiera habría tomado por un tropiezo, un descuido en una cocina llena de gente.
Pero yo iba con la marmita, perdí el equilibrio, y el agua hirviendo saltó.
Alcancé a girarme. Ese instinto me salvó la cara. El chorro me cayó entero sobre el brazo y la mano izquierda, a punto de hervir, sobre la piel desnuda.
No hay palabras para eso. Lo he intentado y no las hay.
Un golpe estalla y pasa; el agua hirviendo se queda.
Sigue quemando después de caer, te come la piel mientras intentas apartarla, y cuando por fin lo consigues, lo que hay debajo ya no es tu mano.
Es otra cosa. Una cosa roja y en carne viva y ampollada que apenas reconoces como tuya, y que grita con un ardor que no cesa ni baja, instalado en ti hora tras hora sin un momento de tregua.
Me caí al suelo de la cocina con el brazo pegado al pecho, y esa vez sí grité.
No pude evitarlo. Grité hasta quedarme sin voz mientras a mi alrededor las cocineras se apartaban y la criada que me había empujado exclamaba, con una preocupación perfectamente fingida, que qué torpe era, que me había tirado el agua encima yo sola.
Nadie la contradijo. ¿Para qué? Ya lo sabían todas, lo que estaba pasando y por qué, y ninguna iba a arriesgar el pellejo por defender a la ladrona del segundo jardín, la caída en desgracia, la que traía la mala suerte pegada a la piel.
Me llevaron a un rincón. Alguien, no sé quién, tuvo la decencia de meterme el brazo en un cubo de agua fría, que es lo único que alivia una quemadura así, y de no ser por eso quizá habría perdido la mano entera.
Estuve allí sentada horas, con la mano en el agua, temblando, mientras el dolor subía y bajaba en oleadas que me nublaban la vista.
Cada vez que sacaba la mano del agua, aunque fuera un instante, el ardor volvía multiplicado, y tenía que meterla otra vez y morderme el labio para no gritar de nuevo.
Vi cómo la piel se me iba levantando en ampollas, algunas del tamaño de una moneda, tensas y translúcidas, y supe que aquello, cuando cerrara, si cerraba, me dejaría una marca para toda la vida.
Una mano de criada quemada. Otra cosa más que esconder.
Otro trozo de mí que aquel palacio me había arrancado y no me devolvería.
Y mientras miraba mi propia mano deshecha dentro del cubo, lo que sentía no era solo dolor.
Era una soledad tan honda que daba vértigo.
Porque a mi alrededor todo seguía funcionando, las cocineras con sus pucheros, las criadas entrando y saliendo, la vida del palacio igual que siempre, y a nadie salvo a Kaede le importaba lo más mínimo que una muchacha estuviera sentada en un rincón viendo cómo se le pudría la mano.
Así de barata era mi vida allí, y así de fácil de romper y de olvidar.
Kaede vino en cuanto se enteró. Cuando me vio la mano, se le fue el color de la cara.
Me la curó como pudo, con las hierbas, con paños limpios, con toda la delicadeza de la que era capaz, y aun así cada roce era un tormento y yo apretaba los dientes para no gritarle a ella, que era la única que me quería.
—Te van a matar —dijo, y esta vez no había rabia en su voz, solo un miedo desnudo—. Hotaru, esto ya no es hacerte la vida imposible. Esto es matarte despacio. Lo del agua no ha sido un accidente y lo sabes.
—Lo sé.
—La próxima vez será la cara. O el cuello. O te empujarán a ti en lugar del agua, por unas escaleras, por un pozo. —Me agarró la mano buena, la que no tenía quemada, y me la apretó—. Tienes que irte. Ya. Esta noche. Antes de que...
—No puedo irme sin más. No he cumplido mi tiempo. Si me marcho sin permiso, mandan gente a buscarme, y lo pagarán mi padre y mis hermanos. —Se me quebró la voz—. No puedo llevarles esa desgracia a casa. Eso es lo único que tengo prohibido.
Kaede me miró en la penumbra, con los ojos brillantes, y supe que estaba pensando lo mismo que yo. Que estaba atrapada. Que no había salida ni hacia delante ni hacia atrás, que solo me quedaba resistir allí dentro y que esta vez quizá no bastara para seguir viva.
Aquella noche, tumbada boca abajo porque la espalda no me dejaba de otra manera, con la mano quemada latiéndome como un segundo corazón, entendí algo que no había querido entender hasta entonces.
Aquello no era rabia. La rabia se agota.
La rabia de Koharu, el rencor de las concubinas heridas, todo eso se habría gastado ya, habría encontrado otra víctima.
Lo que me estaba pasando no se agotaba. Bajaba sobre mí con un método frío y paciente, un escalón cada vez, cada golpe peor que el anterior, y aquella falta de cólera solo podía significar una cosa, que detrás no había un arrebato, sino una voluntad.
Alguien que no me odiaba con el corazón caliente, sino que había decidido, con la cabeza fría, que yo desapareciera.
Me acordé, tumbada en la oscuridad, de aquella sonrisa.
La de la mujer que no se había arrodillado.
La calma de aquellos ojos que me estudiaron igual que se mira una mancha en el suelo.
Y aunque no tenía ninguna prueba, aunque me había prohibido a mí misma pensarlo, aquella noche, con la mano en carne viva y la espalda abierta, dejé de mentirme.
Sabía quién era. Lo había sabido desde el salón, en algún rincón callado de mí que no se había atrevido a decirlo en voz alta.
Y saber quién era no me servía de nada. Al contrario.
Frente a Koharu podría haber tenido alguna oportunidad.
Contra la mujer que aspiraba a ser emperatriz, una criada quemada y azotada no tenía ninguna.
A la mañana siguiente escondí la mano bajo la manga, y también la espalda, moviéndome con cuidado para que la camisa no delatara las vendas.
Porque por encima de todo, ahora más que nunca, no debía dejar que él lo viera.
Si Akiharu lo descubría, haría lo que había hecho en el salón de Koharu.
Intervenir, ampararme, castigar a alguien.
Y cada vez que lo hacía, el golpe siguiente venía peor.
La última protección posible, la única que me quedaba, era que él no supiera nada.
Pensé en lo absurdo de mi situación mientras me vendaba la mano bajo la tela con los dedos torpes de la mano buena.
En cualquier otra vida, una muchacha a la que el emperador del imperio quisiera proteger sería la más afortunada del mundo.
A mí esa misma protección me estaba matando, y tenía que emplear las pocas fuerzas que me quedaban no en pedirle ayuda, sino en ocultarle que la necesitaba, porque su ayuda era lo único capaz de hacerme más daño que mis verdugas.
Así que escondí el dolor bajo la manga, apreté los dientes, y fui a servirle el té con la mano quemada temblándome bajo la tela, rezando para que no lo notara.
Rezando por que aquel hombre, el más poderoso del imperio, el único que quería salvarme, siguiera sin ver lo que le estaban haciendo a la mujer por la que preguntaba cada mañana.