Capítulo 7
¿Dónde está Hotaru?
(Akiharu)
Descubrí que había una manera de tenerla cerca sin ponerla en peligro. O eso creí.
No podía volver a hacer lo que hice en el salón de Koharu.
Aquello había sido un error; lo comprendí en cuanto vi la cara de Hotaru arrodillada en el suelo, negándose a levantarse, pidiéndome disculpas por una falta que no había cometido.
Había querido protegerla y solo había conseguido exponerla.
Masanori tenía razón. Mi atención, en aquel lugar, era un arma que yo no sabía manejar sin herir a quien pretendía defender.
Pero no exponerla no equivalía a renunciar a ella, sino a ser más hábil.
Un emperador tiene derecho a elegir quién lo sirve.
Nadie discute que el hombre más poderoso del imperio prefiera tal criada a tal otra para tareas concretas; es un capricho menor, de los muchos que se le consienten.
Así que empecé a pedirla. No con estridencia.
Con la naturalidad de quien ha desarrollado una preferencia doméstica sin mayor trascendencia.
—Que sea la criada Hotaru quien traiga el té a mi estudio —dije un día, sin levantar la vista de mis documentos.
El mayordomo anotó la orden sin inmutarse. ¿Por qué iba a hacerlo? Los emperadores tenemos manías. A mi padre le gustaba que le sirviera siempre el mismo mozo el sake, y nadie vio en ello nada extraño. Que yo prefiriera a una criada para el té entraba dentro de lo normal.
Y así, un rato cada día, la tenía delante.
Entraba en mi estudio con la bandeja, los ojos bajos, y dejaba el servicio sobre la mesa sin decir palabra.
Se movía con un cuidado extremo, midiendo cada gesto, deseando terminar cuanto antes y desaparecer.
No me miraba. Ni una sola vez. La muchacha que en el jardín me había llevado la contraria sin saber quién era ahora, sabiéndolo, se comportaba como cualquier otra sirvienta, invisible, muda, apresurada por marcharse.
Recuerdo una tarde en particular. Yo fingía leer un informe sobre las cosechas del sur mientras ella servía, y en realidad la observaba por encima del papel, buscando en aquella criada encogida el rastro de la mujer del estanque.
Le temblaba un poco el pulso al verter el té.
No mucho; lo justo para que la porcelana tintineara una vez contra el borde de la taza.
Se detuvo en seco, corrigió el gesto, y terminó de servir sin otro fallo.
Pero yo había visto el temblor, y algo en él me inquietó, aunque no habría sabido decir qué.
—No hace falta que tengas miedo —le dije.
Fue lo peor que podía haber dicho. Ella se quedó inmóvil un instante, con la tetera aún en la mano, y luego bajó todavía más la cabeza.
—No tengo miedo, majestad —respondió. Y era mentira, y ambos lo supimos.
—En el jardín no lo tenías —insistí, más suave—. Me dijiste que la grulla volaría. Me llevaste la contraria.
—En el jardín no sabía con quién hablaba, majestad. —Dejó la tetera en la bandeja con un cuidado extremo—. Fue un error que no volveré a cometer.
Y ahí estaba. La distancia entera resumida en una frase. Para mí, aquel encuentro había sido lo mejor que me había pasado en años. Para ella, un error. Una desgracia. La causa de algo que yo todavía no alcanzaba a ver pero que empezaba a intuir en cada uno de sus gestos.
—¿Puedo retirarme, majestad?
Quise decirle que no, pedirle que se quedara, que se sentara, que volviera a hablarme igual que aquella noche junto al estanque.
Pero solo asentí, y la vi marcharse con esa prisa contenida de quien escapa sin correr, y me quedé con la taza enfriándose entre las manos y la incómoda sospecha de que cada vez que la llamaba le hacía un daño que no comprendía.
Aun así, al día siguiente volví a llamarla. En eso me había convertido el poder. En un hombre capaz de intuir que algo dañaba a otra persona y hacerlo igualmente, porque su propio deseo pesaba más. No me enorgullece.
Al principio me dije que era natural, que quien discute con un funcionario cualquiera no puede permitirse hacerlo con el emperador. Que aquella distancia era el respeto debido, y que con el tiempo, si lograba que se acostumbrara a mi presencia, quizá volviera a asomar la mujer del jardín.
Empecé a buscar excusas para retenerla.
—Ordena esos libros mientras bebo —le decía. O—: Espera, por si necesito más agua caliente. O simplemente le hacía una pregunta cualquiera, sobre el clima, sobre las flores del jardín, sobre nada, con tal de oírla hablar.
Ella respondía lo justo. «Sí, majestad.» «Como ordenéis.» «No sabría deciros.» Frases cerradas, corteses, vacías, sin un resquicio por donde colarse. Después se marchaba y yo me quedaba con la sensación de haber tenido el agua en las manos y habérseme escurrido entre los dedos.
No lo entendía. Estaba tan poco habituado a que alguien no quisiera hablarme que confundí su reticencia con timidez, con torpeza, con no sé qué defecto suyo que yo, con paciencia, podría corregir.
Ni por un momento se me ocurrió la explicación verdadera.
Que no era que no supiera hablarme. Era que no quería.
Que cada minuto que pasaba en mi estudio le costaba un precio que yo no imaginaba, y que su mutismo no era timidez, sino defensa.
Los sirvientes, en cambio, lo entendieron todo mucho antes que yo.
Empecé a notarlo en pequeñas cosas. En cómo me miraban al pedir por ella.
En las pausas que se abrían cuando pronunciaba su nombre.
En la manera en que el mayordomo apretaba los labios al anotar mis órdenes, con el gesto de quien ve venir un problema y sabe que no le corresponde advertirlo.
En el palacio nada pasa desapercibido, y menos las preferencias de un emperador.
Yo creía estar siendo discreto. No lo estaba en absoluto.
—¿Dónde está Hotaru? —pregunté una mañana, al ver que era otra criada la que traía el té.
—Indispuesta, majestad —respondió el mayordomo—. Enviaré a otra en su lugar.
—No quiero a otra. ¿Qué le ocurre?
—No sabría precisarlo, majestad. Una dolencia menor, imagino.
Me quedé con la taza en la mano, insatisfecho, molesto sin saber bien por qué. «Indispuesta.» La palabra no me convenció. Pero no pregunté más, porque hacerlo habría sido admitir cuánto me importaba, y algún resto de prudencia me decía que no debía dejarlo ver.
Al día siguiente volví a preguntar.
—¿Dónde está Hotaru?
Y al otro.
—¿Dónde está Hotaru?
Se convirtió en la primera pregunta de cada mañana.
Antes de los asuntos de Estado, antes de las audiencias, antes de nada, quería saber dónde estaba ella, si vendría, si la vería.
Y me di cuenta, con cierto asombro, de que era el único nombre del Palacio Interior que pronunciaba con seguridad.
Podía sentarme ante una sala llena de concubinas y no recordar cuál era la dama Tal ni la consorte Cual; sus rostros se me confundían, se me escapaban al momento, por más que sus familias hubieran movido cielo y tierra para que los aprendiera.
Pero el nombre de una criada sin apellido lo tenía grabado.
Hotaru. Luciérnaga. La que hace luz sin pedir permiso.
Aquella semana, obligado por el protocolo, tuve que presidir una velada en el Palacio Interior.
Las concubinas se habían engalanado para la ocasión.
Hubo música, danza, versos recitados con voz temblorosa por muchachas que llevaban días ensayándolos.
Una tras otra desfilaron ante mí con sus mejores galas y sus sonrisas más estudiadas, todo aquel esfuerzo tenaz por grabarse en mi memoria.
Y yo asentía, y sonreía cuando tocaba, y no retuve una sola cara.
Al terminar la velada no habría sabido decir quién había cantado ni quién había bailado.
Se me borraron en cuanto dejaron de estar delante, igual que las nubes de un día cualquiera.
En un momento de la noche, una de ellas —una dama de rango alto, hermosísima, de familia poderosa— se acercó a servirme el vino personalmente, un honor que se había disputado con las demás.
Me habló con dulzura. Elogió no sé qué de mi reinado.
Y mientras la escuchaba, sonriente, cortés, tenía la cabeza en otra parte.
En unas manos rojas sujetando a una grulla.
Pensaba en una voz sin miedo diciéndome que las alas se curan.
Aquella consorte perfecta, que lo había apostado todo a aquella noche, no consiguió de mí más que una sonrisa vacía, y ni siquiera supe después cómo se llamaba.
Mientras tanto, una criada que hacía todo lo posible por no acercarse a mí ocupaba cada rincón de mi pensamiento.
Es injusto, lo sé. El corazón lo es. No premia el esfuerzo ni el mérito ni el linaje.
Se va donde quiere irse, y no atiende razones, y a menudo elige del modo más inconveniente posible.
El mío había elegido a la peor candidata del imperio, sin familia, sin poder, sin nada que ganar conmigo y con todo que perder.
Y no había forma de hacerlo cambiar de idea. Lo había intentado. No se puede.
Masanori lo notó, cómo no.
—Majestad pregunta mucho por esa muchacha —dijo una tarde, con esa neutralidad suya que siempre esconde una advertencia.
—¿Y?
—Y el Palacio Interior tiene oídos, majestad. Muchísimos. Cada vez que preguntáis por ella en voz alta, alguien lo anota, y lo que se anota en palacio termina siempre en las manos equivocadas.
—Hablas como si preguntar por una criada fuera un crimen.
—No es un crimen. —Dejó el pincel—. Es un peligro. Para ella, quiero decir. No para vos.
Aquello me detuvo.
—Explícate.
Masanori me miró un largo rato, sopesando cuánto podía decir. Es un hombre que pesa las palabras igual que un boticario los venenos, gota a gota, consciente de que la dosis lo es todo.
—Majestad —dijo al fin—, ¿os habéis preguntado por qué esa muchacha, a la que tanto reclamáis, aparece cada vez más a menudo «indispuesta»?
¿Por qué cuando la veis parece más delgada, más apagada que la vez anterior?
¿Por qué la mujer que os llevó la contraria en un jardín ahora no se atreve ni a levantar los ojos?
No supe qué responder. Porque llevaba razón en todo, y porque yo, ocupado en mi propio deseo de tenerla cerca, no había querido leer lo que sucedía delante de mis ojos.
—¿Qué me estás diciendo, Masanori?
—No os digo nada, majestad. No sé nada que pueda probar.
—Recogió sus documentos, dando por terminada la conversación de esa manera suya que no admite réplica—.
Solo os pido que penséis en una cosa. En este palacio, vuestro favor es lo más valioso que existe.
Y cuando algo así cae sobre quien no tiene con qué defenderlo, no lo eleva. Lo aplasta.
—Entonces la protegeré yo —dije—. Si alguien le está haciendo daño, encontraré a los responsables y...
—¿Y qué? —Masanori alzó una ceja, y hubo en su voz un filo que rara vez se permitía conmigo—.
¿Los castigaréis? Perdonad mi franqueza, majestad, pero ¿no es eso, precisamente, lo que ya hicisteis en el salón de la dama Koharu?
Levantasteis la mano contra quien la maltrataba.
¿Y mejoró en algo la suerte de la muchacha, o empeoró?
Callé. Empeoró. Lo sabíamos ambos, aunque me doliera oírlo.
—El poder tiene un problema que los poderosos rara vez comprenden —continuó, más suave, casi con lástima—.
Cuando amparáis a alguien indefenso delante de todos, no le prestáis vuestra fuerza.
Le señaláis su debilidad. Le ponéis una diana en la espalda y os marcháis, y a solas, sin vos, es ella quien recibe las flechas.
Vuestra espada no puede estar en todas partes, majestad.
Pero el rencor de las mujeres de este palacio, ese sí.
Aquellas palabras me golpearon más fuerte que ninguna verdad de Estado.
—Preguntáis dónde está Hotaru —terminó, poniéndose en pie—. Quizá deberíais plantearos, más bien, qué le cuesta a esa muchacha cada vez que lo hacéis.
Y se marchó, dejándome con aquella idea clavada en el pecho como una astilla.
Aquella noche no pude quitármela de encima.
Repasé mentalmente las últimas semanas. Las veces que la había hecho llamar.
Su delgadez creciente, que yo había atribuido a no sé qué, a nada, porque no había querido pensar en ello.
La manera en que apretaba las mandíbulas al inclinarse, porque el mero gesto de agacharse debía de dolerle.
Las «indisposiciones» cada vez más frecuentes.
Una vez, al dejar la bandeja, se le había subido la manga un instante, y yo había visto en su muñeca algo que entonces no quise mirar y que ahora, a solas en mis estancias vacías, volvía a mí con una claridad insoportable.
Una marca. Una rojez larga, de quemadura, o de atadura, o de algo peor.
No la había protegido. La había marcado, y luego, día tras día, con cada «¿dónde está Hotaru?», con cada té reclamado, con cada excusa para retenerla, había apretado un poco más la soga que yo mismo le había echado al cuello.
Me levanté. Anduve por la estancia. Fuera, los jardines descansaban bajo la luna, y en un rincón cualquiera de aquel palacio inmenso, en un cuarto de sirvientas que yo nunca había pisado ni pisaría, dormía —o velaba— la única persona que me había hablado como a un hombre sin saber que hablaba con un emperador.
Y le estaba haciendo daño. Yo. Precisamente yo, que solo quería lo contrario.
Comprendí que tenía que verla. No en mi estudio, con la bandeja y los ojos bajos y las respuestas vacías. A ella. A la de verdad. Tenía que encontrar la manera de hablarle sin testigos, de preguntarle qué estaba pasando, de oír de su boca lo que Masanori solo había insinuado.
Y comprendí también, con un peso nuevo en el pecho, que si lo que sospechaba era cierto, entonces cada cosa que yo hiciera para acercarme a ella tendría que pensarla dos veces, porque en aquel juego que no entendía, mis gestos de afecto se transformaban, al llegar a ella, en castigos.
Nunca me había sentido tan poderoso y tan inútil a la vez.
Podía ordenar la muerte de un hombre con una palabra. Podía mover ejércitos, alzar o hundir familias enteras, decidir el destino de provincias que jamás visitaría. Y no era capaz de proteger a una sola muchacha de cubo y escoba sin hacerle, al intentarlo, más daño del que pretendía evitar.
Aquella noche, como no me había ocurrido en todo el tiempo que llevaba ocupando el trono, sentí de verdad el peso de la corona. No como un honor. Como lo que era. Una jaula de oro que me separaba del único jardín en el que habría querido entrar.
Y decidí que, jaula o no, encontraría la manera de volver a ese jardín.
Aunque tuviera que dejar la corona a la entrada.
Aunque fuera lo único, en todo mi reinado, que hiciera solo para mí.
Pero antes de que pudiera cambiar aquella rutina o encontrar un lugar seguro donde hablar con ella, los acontecimientos se adelantaron.