Mis días en el palacio interior Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

Kaede se desesperaba. Una noche, después de que me hubieran tenido tres horas de rodillas por una falta inventada, me encontró intentando ponerme de pie sin conseguirlo, agarrada a la pared, con las piernas que no me respondían.

Me ayudó a llegar hasta el jergón medio a rastras, y cuando me tumbó y me vio las rodillas, en carne viva, se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Esto tiene que parar —dijo, con una rabia que no le había oído nunca—. Esto no puede seguir. Se lo voy a decir a alguien. Al mayordomo. A quien sea. Alguien tiene que...

—No.

—Hotaru, te van a matar. Despacio, pero acabarán haciéndolo. ¿No lo ves?

—Lo veo. —Le agarré la mano para que se calmara—.

Pero si hablas, será peor. ¿No lo entiendes tú?

Si esto llega a oídos del emperador y vuelve a intervenir, mañana no me tocará fregar letrinas, sino algo de lo que no me levante.

Cada vez que él me protege, subo un escalón que no quiero subir, y desde más alto la caída es peor.

Kaede me miró en la penumbra, y vi que empezaba a entenderlo, y que aquello la aterraba tanto como a mí.

—Entonces ¿qué? —dijo—. ¿Resistir? ¿Hasta cuándo?

No supe qué responderle. Porque esa era la trampa perfecta en la que me habían metido.

No podía defenderme, ya que hacerlo llamaba la atención, y eso era veneno.

Tampoco pedir ayuda, porque la única posible venía de arriba, y todo lo que bajaba de allí me caía encima con más fuerza.

Solo podía aguantar. Encajar. Hacerme pequeña y esperar a que se cansaran.

—¿Y si hubiese forma de que le contaras la verdad? —insistió Kaede, bajando aún más la voz—. Al emperador. Que le explicaras que cuanto más te ayuda, peor te va. A lo mejor lo entiende, deja de fijarse en ti y todo esto para.

Me quedé callada un momento, mirando el techo.

—Para eso tendría que verlo —dije—, y para verlo haría falta que me acercara a él, que le hablara, que lo buscara.

¿Qué pasaría si me vieran a solas con el emperador?

¿Qué dirían? —Negué con la cabeza—. No, Kaede.

Esto no se deshace hablando. Sea con quien sea, salgo perdiendo.

Si me acerco a él, confirmo lo que dicen.

Si me alejo de él, seguirán diciendo que le gusté, y eso ya no me lo quita nadie.

Estoy señalada para siempre. La única salida es hacia fuera. Cumplir mi tiempo y marcharme.

Kaede no dijo nada durante un rato. Luego me apretó la mano.

—Ojalá pudiera darte mi turno de la cocina —murmuró—. Al menos comerías caliente.

Se me hizo un nudo en la garganta. En aquel lugar donde todas se apartaban de mí, donde el miedo había convertido a mis compañeras en carceleras, y Kaede seguía ofreciéndome lo poco que tenía.

No sé qué habría sido de mí sin ella. Creo que no lo habría soportado.

Nadie resiste un sitio así en soledad; hace falta al menos una mano en la oscuridad que te recuerde que sigues siendo humana cuando todo lo demás se empeña en demostrarte lo contrario.

Pero por dentro empezaba a temer que no se cansaran nunca.

—Hasta que pueda irme —dije por fin—. Aguantar hasta entonces.

Era mi único plan. El que había tenido desde el principio, desde que entré por la puerta de servicio con quince monedas de adelanto y el estómago cerrado.

Reunir lo suficiente, cumplir mi tiempo, y marcharme de aquel lugar para no volver jamás.

Recuperar mi nombre, mi cara, mi vida. Volver a ser alguien en un sitio donde la gente me saludara por la calle.

Ese sueño era lo que me mantenía en pie cuando las piernas ya no podían.

Me lo decía de rodillas sobre el arroz, fregando letrinas, con el estómago vacío en la oscuridad del cuarto de las criadas.

Un día me iré. Un día cruzaré esa puerta hacia fuera y nada de esto habrá sido más que un mal recuerdo.

Aguanta. Como decía Kaede, resistir es ganar.

Pero había noches, y aquella fue una de ellas, en que el sueño se me hacía pequeño y lejano, una lucecita al final de un túnel que se alargaba cada día, y me preguntaba si de verdad llegaría a cruzar esa puerta o si me romperían antes.

Aquella noche, tumbada boca arriba con las rodillas ardiéndome, hice algo que no hacía desde niña. Lloré.

Sin ruido, para no despertar a las demás.

Las lágrimas me caían por las sienes y se perdían en el pelo, y yo las dejaba caer porque ya no me quedaban fuerzas ni para tragármelas ni para ser piedra.

Kaede, en el jergón de al lado, alargó el brazo en la oscuridad, buscó mi mano y me la apretó sin decir nada.

Se quedó así, agarrándomela, hasta que me dormí.

Y a la mañana siguiente me levanté antes que las demás, me até el paño a la cara y volví a las letrinas.

Porque no había otra cosa que hacer. Porque aguantar era lo único que me quedaba, y porque no lograba entender por qué me castigaban con tanto método, con tanta paciencia fría.

Otros abusos que había visto en palacio tenían el calor de la rabia.

Estallaban, se ensañaban un rato y se agotaban.

Este no. Bajaba sobre mí día tras día, medido, sin cólera, sin que se le viera el final, y esa frialdad me asustaba, aunque no habría sabido explicar por qué.

Me até el nudo del paño, respiré por la boca para no oler, y empujé la puerta de las letrinas.