Capítulo 6
El precio de una frase
(Hotaru)
El castigo no cayó de golpe. Vino igual que el invierno. Un día hace un poco más de frío que el anterior, y no le das importancia, y para cuando quieres darte cuenta ya no recuerdas lo que era el calor.
Empezó con los turnos.
A la mañana siguiente de lo del salón, la encargada de las criadas del ala este, una mujer seca llamada Otome que repartía el trabajo según convenía a quien le pagara mejor, me cambió las tareas.
Hasta entonces yo tenía las mías, duras pero conocidas, el ala este, los braseros, la colada.
Aquella mañana me las quitó todas y me dio otras. Las peores. Las que nadie quería.
Me mandó a las letrinas. A vaciar los orinales de las damas y a fregar los pozos donde se tiraban los desperdicios, un trabajo que solía repartirse entre varias criadas para que ninguna lo hiciera más de un día seguido, porque el hedor se te mete en la ropa, en el pelo y en la piel y no se va por más que te laves.
A mí me lo dio entero. Solo para mí. Todos los días.
—Órdenes —dijo Otome cuando la miré sin entender, y no añadió de quién.
No hacía falta. En el Palacio Interior las órdenes bajan por un hilo invisible, y una nunca ve la mano que las suelta arriba del todo, pero sabe que está.
Alguien había decidido que yo fregara letrinas.
Alguien con poder suficiente para torcer los turnos a su antojo.
Y yo solo era el último eslabón de ese hilo, el que recibe el tirón sin ver quién lo da.
Fregué las letrinas. No dije nada. Me até un paño a la cara para soportar el olor y trabajé de sol a sol, y cuando terminé, con las manos en carne viva de la sosa de ceniza y la ropa impregnada de una peste que ninguna colada quitaría, volví al cuarto de las criadas y me encontré con que las demás se apartaban de mí.
No solo por el hedor, sino por lo que aquel olor significaba.
Yo era ya la que fregaba letrinas, la caída en desgracia, y allí dentro eso se contagia, de modo que nadie quería sentarse a mi lado.
Hay una crueldad particular en ese trabajo, más allá del asco.
Vaciar los orinales de las damas es recordar cada día, con las manos metidas en su inmundicia, que para ellas no eres más que eso, lo que se ocupa de lo que ellas no quieren ni ver.
Las mismas mujeres que se perfumaban con esencias traídas del otro extremo del imperio producían la misma inmundicia que cualquiera, y la limpiaba yo, de rodillas junto al pozo, mientras arriba ellas se peinaban para un hombre.
Nadie te lo dice, pero esa tarea busca algo más que mancharte el cuerpo.
Va a por lo de dentro. Para que empieces a creer que eres lo que limpias.
No dejé que lo consiguiera. Me repetía, frotando aquellos pozos, que las manos se lavan y que lo que una es no está en lo que la obligan a hacer, sino en cómo lo hace y en lo que guarda dentro mientras lo hace. Pero costaba, y algunos días muchísimo.
Kaede se sentó conmigo aquella noche, como todas las noches, aunque yo apestara, aunque acercarse a mí empezara a ser peligroso también para ella. Me trajo un cubo de agua limpia que había conseguido no sé cómo, y un poco de jabón de ceniza, y me ayudó a frotarme las manos sin decir gran cosa.
—Esto no es casualidad —murmuró al fin, mientras me quitaba la sosa de ceniza de entre los dedos—. Otome no cambia los turnos porque sí. Le han pagado.
—Llevo días notándolo —dije—. No es ella. Otome solo obedece. Alguien le paga para que me haga la vida imposible.
—¿Sabes quién?
Negué con la cabeza. Lo cierto es que lo ignoraba, aunque no me faltaban sospechas.
La primera y más lógica era Koharu. Yo la había visto humillada delante de sus iguales por mi culpa, con aquel odio nuevo en la cara, y una mujer así no perdona.
Tenía motivos de sobra para querer hundirme, y trato con Otome para conseguirlo.
Era la explicación que encajaba sin esfuerzo.
Y sin embargo, al fondo de mi mente, rondaba otra cara que prefería no nombrar.
La de la dama que no se había arrodillado.
La única de todo aquel salón que se había quedado en pie, mirándome con aquella calma que me dejó sin sangre en las venas, antes de inclinar la cabeza y sonreírme.
Kaede me había dicho su nombre aquella misma tarde, y me había hecho jurar que me mantendría lejos de ella. La Consorte Ayame.
Pero no tenía nada. Ni una prueba, ni un indicio, solo el recuerdo de una sonrisa y el miedo instintivo que me había dejado.
Y acusar en susurros, aunque fuera solo ante Kaede, a una mujer del rango de Ayame por una simple corazonada, era peligroso de una manera que ninguna de las dos podíamos permitirnos.
Así que me guardé el nombre. Me dije que serían cosas de Koharu, que era lo razonable, y no dejé que aquella otra sospecha subiera más allá del sitio oscuro donde la tenía encerrada.
—Da igual quién sea —dije—. Lo que importa es resistirlo.
Kaede me miró con esa pena suya que me dolía más que las manos.
—No tendrías que aguantar nada de esto. Tú no has hecho nada.
—Curé una grulla —dije, y me salió una risa amarga—. Resulta que era delito.
No era la grulla, claro. Las dos lo sabíamos.
Era lo que vino después, la mano detenida, aquella orden suya en el salón.
«No vuelvas a tocarla.» Con cuatro palabras Akiharu creyó protegerme, y con ellas me echó encima todo aquello.
Cada orinal que vaciaba, cada hora de más que trabajaba, cada centímetro que las demás se apartaban de mí, era el precio de una frase que yo no le había pedido que dijera.
A los orinales siguieron otras cosas. Me quitaron la comida.
No del todo, no de una vez; eso habría sido demasiado evidente.
Empezó con pequeños descuentos. El día que me tocaba servirme la última, resultaba que la olla ya estaba vacía.
El pan que me correspondía había volado.
Mi cuenco aparecía más vacío que los demás, o con el arroz del fondo, el quemado, el que nadie quería.
Otome supervisaba el reparto y siempre encontraba un motivo para que a mí me tocara menos, o nada.
Aprendí a guardar. Escondía un mendrugo en la manga cuando podía, lo racionaba durante el día. Kaede me pasaba parte de su comida sin que nos vieran, aunque ella tampoco nadaba en la abundancia, y yo se lo rechazaba, ella insistía y al final comíamos las dos menos de lo que necesitábamos.
Adelgacé. En pocas semanas la ropa empezó a colgarme.
Se me marcaron los huesos de las muñecas, los de la cara.
Me mareaba al levantarme, veía puntos negros al agacharme, y aun así seguía trabajando el turno doble que Otome me imponía, porque quejarse era darles justo lo que buscaban, que me rompiera. No me rompí.
Lo peor no era el hambre, a la que una acaba acostumbrándose; el cuerpo aprende a funcionar con poco, se encoge, se apaga a fuego lento y sigue.
Lo peor era lo otro. Era descubrir que algunas de las criadas, las mismas con las que había compartido cuarto y penurias, empezaban a sumarse.
No todas por maldad. La mayoría por miedo, porque habían entendido que tratarme bien costaba caro y que lo contrario agradaba a quien repartía los turnos.
Así que se ensañaban. Una escondía mi escoba y me acusaba de haberla perdido.
Otra derramaba agua sucia en el suelo que yo acababa de fregar, y llamaba a Otome para que lo viera.
Una tercera, una noche, me quitó la manta mientras dormía, y desperté tiritando de madrugada y la encontré durmiendo tan tranquila con las dos encima.
No me defendí de ninguna. Aprendí sus caras, eso sí.
No para devolvérselo; nunca he sido de las que guardan cuentas, ni me quedaban fuerzas para eso.
Las aprendí para entender. Para saber que el miedo convierte a la gente corriente en pequeños verdugos, y que la mayoría de quienes te hacen daño no te odian, solo temen más lo que les pasaría si se negaran.
Es una lección triste. Habría preferido no aprenderla.
Pero el Palacio Interior estaba lleno de lecciones así, y no daba a elegir.
Vinieron después los castigos de rodillas.
Cualquier excusa servía. Una mota de polvo en un estante que había limpiado tres veces.
Una arruga en una sábana recién planchada.
Un retraso de un instante en acudir cuando me llamaban.
Y el castigo era siempre el mismo. De rodillas en el corredor, a la vista de todas durante horas.
A veces sobre la madera desnuda. A veces, cuando querían ensañarse, me hacían arrodillarme sobre granos de arroz seco, que se te clavan en la piel y dejan la rodilla marcada de pequeñas heridas redondas que tardan días en cerrar.
He aprendido que el dolor de rodillas empieza como tal y acaba convertido en otra cosa, una especie de fuego blanco que sube por los muslos, se instala en la base de la espalda y ya no te suelta.
Que pasada la primera hora dejas de sentirte las piernas, y eso es peor, porque cuando te dejen levantarte no vas a poder y tendrás que arrastrarte hasta agarrarte a algo, y ellas se reirán.
He aprendido que el cuerpo humano resiste mucho más de lo que una cree, y que esa capacidad no es un consuelo, sino una condena, porque significa que no hay un límite piadoso donde el sufrimiento se detenga por sí solo.
Y he aprendido a marcharme. A ese cuarto de dentro, que me construí de niña sin saber para qué me haría falta.
Me metía en él, echaba el pestillo y dejaba el cuerpo fuera, de rodillas sobre el arroz, para que aguantara lo que viniera mientras yo, la de verdad, estaba en otro sitio.
En el río de mi aldea. En el corral de mi madre. En cualquier parte menos allí.
Fue lo único que me salvó. Aprender a no estar del todo donde estaba mi cuerpo.