Capítulo 5
La consorte
(Ayame)
Me educaron para ser emperatriz antes de que supiera caminar.
Otras niñas juegan. A mí me enseñaron a sentarme.
Horas enteras sobre los talones, con la espalda recta y las manos quietas sobre el regazo, mientras mi madre me observaba desde un rincón y corregía con una vara cada centímetro que mi cuerpo se desviaba de la perfección.
No era crueldad. Era inversión. Una hija bien situada eleva a toda una casa, y la mía llevaba tres generaciones colocando hijas cada vez más cerca del trono, acercándose al centro del poder con la paciencia de la hiedra que trepa un muro, despacio, sin ruido, sin soltarse jamás.
Yo era el fruto de esa paciencia. La culminación. La flor que aquel muro llevaba tres generaciones preparándose para dar.
Mi abuela fue concubina de cuarto rango y murió sin ver al emperador tres veces en su vida.
Mi tía llegó a consorte, pero no dio herederos y la olvidaron en un pabellón lejano, donde envejeció rodeada de un lujo que nadie visitaba.
Cada una había subido un peldaño y lo había pagado, y todos ellos sirvieron para que yo naciera un poco más arriba.
Me sabía sus historias como otras niñas se saben los cuentos. No para llorarlas. Para no repetirlas.
Recuerdo el día en que mi madre me llevó a ver a mi tía, la consorte olvidada.
Yo tendría ocho años. Cruzamos medio palacio hasta su pabellón, uno de esos rincones hermosos y muertos donde el imperio guarda a las mujeres que dejaron de serle útiles.
Mi tía nos recibió pintada y enjoyada, vestida para el emperador que no venía desde hacía años.
Sonreía. Hablaba de banalidades. Y en sus ojos había un hueco que reconocí sin que nadie me lo explicara, el de quien vive esperando una llamada que sabe que no llegará.
Cuando salimos, mi madre no me consoló ni me dijo que aquello era triste.
Se agachó a mi altura, me sujetó la barbilla con dos dedos fríos y me dijo: «Mírala bien.
Eso le pasa a la que sube sin asegurarse.
Tú vas a subir y te vas a atar bien. ¿Me has entendido?
». Le dije que sí. Tenía ocho años y lo entendí perfectamente.
Nunca lo he olvidado. Aquella tarde aprendí que en el Palacio Interior no basta con ganar, sino que hay que hacerlo de tal manera que no puedan quitártelo después. Lo demás es adorno.
Yo era el fruto de esa lección. La culminación. La flor que aquel muro llevaba tres generaciones preparándose para dar, y que no pensaba marchitarse en ningún pabellón olvidado.
Porque yo no iba a ser una concubina más.
No iba a esperar en un pabellón a que un hombre se acordara de mí.
Yo iba a ser la esposa. La emperatriz. La mujer cuyo hijo heredaría el imperio.
Eso me habían prometido desde la cuna, eso había organizado mi familia moviendo alianzas y fortunas y matrimonios durante décadas, y eso era, sencillamente, lo que iba a ocurrir.
No como un deseo. Como un hecho que todavía no había terminado de suceder.
Entré en el Palacio Interior con quince años y la seguridad de quien llega a su casa, no a un lugar ajeno.
Las otras me recibieron con esa mueca tensa que se le dedica a la rival que una sabe superior.
Yo se la devolví con la calma de quien no considera contrincante a nadie.
Y durante un tiempo todo fue según el plan.
El emperador me visitó. Al principio lo justo, luego con cierta frecuencia.
No me amaba. Yo no aspiraba a que me amara; el amor es un lujo de campesinos, una debilidad que la gente como nosotros no puede permitirse.
Quería algo más sólido. Contaba con la costumbre, el reconocimiento, la lógica implacable de mi posición.
Era la mejor situada, la de familia más alta, la más hermosa y la más preparada.
Convertirme en emperatriz no exigía que Akiharu me amara, sino que hiciera lo razonable.
Y eso acaba imponiéndose tarde o temprano, porque un soberano tiene a cien consejeros alrededor para recordárselo.
Así que esperé. Con la paciencia de la hiedra.
Y entonces empezó a espaciar sus visitas.
No solo a mí. A todas. El emperador se apartó del Palacio Interior igual que el mar abandona la orilla, sin prisa, dejándonos varadas y preguntándonos qué habíamos hecho mal.
Corrían rumores. Que estaba agotado. Que los asuntos de la corte lo absorbían.
Que no encontraba en ninguna de nosotras lo que fuera que buscaba.
Yo no me inquieté. Un hombre puede aburrirse de las flores que tiene, pero acaba volviendo al jardín, porque no dispone de otro.
Bastaba con seguir siendo la más hermosa cuando decidiera regresar.
Hasta que me llegó el rumor.
Me lo trajo una de mis criadas, una tarde, mientras me peinaba.
Lo dijo con cuidado, midiendo mi reacción en el espejo, porque sabía que traía fuego.
El emperador se había interesado por alguien.
Se le había visto buscar a esa persona por los corredores, preguntar por ella, alterar sus costumbres para cruzársela.
Una mujer. Después de tantos meses de indiferencia, alguien había vuelto a encender el interés del emperador.
Sentí, una punzada de algo parecido a la satisfacción. Al fin. Si Akiharu volvía a fijarse en alguien, solo podía tratarse de mí o de alguna de mi rango, alguien por quien mereciera la pena molestarse. El juego se reanudaba, y yo era la mejor jugadora del tablero.
—¿Quién? —pregunté, sin dejar de mirarme en el espejo—. ¿Cuál de ellas?
Mi criada bajó los ojos. No respondió en seguida.
—No es una dama, mi señora.
—¿Cómo que no es una dama?
—Es... es una criada. Una sirvienta del ala este. La que cuida el segundo jardín.
Recuerdo que me reí. Una risa breve, incrédula, porque aquello no tenía sentido, porque era absurdo, porque el emperador del mayor imperio bajo el cielo no se interesa por una fregona.
Pensé que mi criada lo había entendido mal, que el rumor se había ido deformando hasta convertirse en un disparate.
Y luego dejé de reírme.
Porque en el Palacio Interior los rumores se deforman, sí, pero no se inventan de la nada. Bajo cada disparate hay siempre una semilla de verdad, y la tarea de cualquier mujer que quiera sobrevivir en ese lugar consiste en encontrarla antes de que germine.
Investigué. No me costó. Las bocas se abren con monedas, y a mí no me faltan.
En dos días sabía todo lo que había que saber.
La criada se llamaba Hotaru. Sin apellido de importancia, sin familia, sin nada.
Una campesina que había entrado a servir para mandar unas monedas a su aldea.
Había un encuentro en un jardín, de noche, con una grulla de por medio, y el emperador tomando parte en él sin que ella supiera quién era.
Y luego, aquella misma mañana, algo más grave.
Akiharu había entrado en el salón de una concubina menor y había detenido en el aire la mano que iba a castigar a esa criada.
En público. Delante de media docena de damas.
«No vuelvas a tocarla.»
Cuatro palabras. El emperador, que en meses no había dedicado a ninguna de nosotras una frase que no fuera de cortesía, había cruzado un salón para proteger a una sirvienta.
Yo estuve allí. Lo vi con mis propios ojos, aunque entonces no sabía aún toda la historia.
Vi la mano detenida, vi el rostro de Akiharu, y vi a la criada arrodillada en el suelo con su bandeja, temblando, sin atreverse a levantar la cabeza.
La miré bien. Quise entender qué había en ella que pudiera haber apartado al emperador de todas nosotras.
Y no encontré nada.
Era bonita, sí. De una manera vulgar, sin arte, la belleza tosca de las campesinas que se marchita pronto.
Pero no era ni la mitad de hermosa que yo.
No tenía educación, ni gracia, ni linaje, ni una sola de las mil cosas que hacen a una mujer digna de un emperador.
Era una nadie. Una mancha en el suelo del palacio.
La observé mientras las demás la miraban con odio y con miedo.
Yo no hago ninguna de las dos cosas cuando estudio a alguien; miro, sin más, del modo en que se examina una herramienta para saber si sirve o un enemigo para averiguar por dónde romperlo.
Y lo que vi me interesó más de lo que me convenía admitir.
La muchacha estaba aterrada, cualquiera lo veía, pero no suplicaba ni lloraba pidiendo clemencia como habría hecho otra en su lugar.
Aguantaba. Se replegaba, se hacía pequeña, se protegía con una quietud que yo conocía bien porque también tiene su técnica, aunque sea de pobres, la de recibir el golpe de manera que duela lo menos posible.
Aquella criada sabía encajar. La habían golpeado antes, muchas veces, y había aprendido a sobrevivirlo.
Eso la hacía más peligrosa, no menos. Las que se rompen a la primera se van solas. Las que saben encajar, esas se quedan, y hay que ocuparse de ellas.
Y sin embargo Akiharu la había mirado a ella y llevaba meses sin mirarme a mí.
Fue entonces cuando lo comprendí, y aquel entendimiento me dejó más fría por dentro que cualquier insulto.
No era que la criada fuera especial. Era precisamente que no lo era.
El emperador, hastiado de todas y del juego entero, había encontrado una mala hierba brotada entre las piedras y le había parecido, por eso mismo, más verdadera que su jardín completo.
Buscaba lo que ninguna de nosotras podía darle, alguien que no lo quisiera por lo que era.
Y esa criada, que ni siquiera lo había reconocido, se lo había dado sin proponérselo.
A una rival hermosa yo sabía cómo ganarle. A una poderosa, también. Pero ¿de qué manera se combate la novedad de lo humilde? ¿Cómo compite una diosa de mármol con una florecilla del camino, cuando lo que el hombre quiere es precisamente dejar de adorar piedra?
Me miré en el espejo aquella noche, largo rato, estudiando el rostro que tres generaciones de mi familia habían cultivado. Y por una vez no me tranquilizó. Porque frente a Hotaru no me servía de nada. Al contrario. Era parte del problema.
Otra mujer, en mi lugar, se habría desesperado. Yo no.
Yo hice lo que me habían enseñado desde la cuna. Pensar sin sentimiento, con la cabeza fría, igual que se piensa un movimiento sobre un tablero.
Una criada no es una rival. A una rival hay que derrotarla, y eso lleva tiempo y nunca ofrece un resultado seguro. Una criada es otra cosa. Es un estorbo, y los estorbos no se vencen.
Se retiran del camino.
No sentía odio hacia ella. Odiar es una pasión, y las pasiones enturbian el juicio, y yo no me permito ninguno turbio.
Aquella muchacha me inspiraba lo mismo que la maleza brotada donde no debe, no rencor, sino la fría determinación de arrancarla antes de que eche raíces.
Ni siquiera era culpa suya haber crecido allí.
Pero eso no cambiaba lo que había que hacer con ella.
Las otras concubinas la detestaban con el corazón, y por eso serían torpes.
Ese rencor grita, se delata, comete errores.
Yo las había visto atacarse entre ellas durante meses, arañándose como gatas por un favor o un vestido, y siempre acababan haciéndose más daño a sí mismas que a su enemiga, porque actuaban desde la rabia y la rabia es ciega.
Yo no. Yo iba a usar el odio de las demás igual que el molinero usa el agua del río, dejándolo correr por donde a mí me conviniera, sin mojarme.
Eso es lo que mi madre me enseñó sobre los talones, con la vara golpeándome la espalda cada vez que me encorvaba.
No el arte de sentir, sino el de no hacerlo cuando conviene.
Mirar un asunto humano con la misma serenidad con que se estudia el riego o la cosecha.
Hotaru era eso, un exceso de agua donde no debía haberlo, amenazando con pudrir la raíz que tres generaciones habían plantado.
Y al agua sobrante no se le grita ni se le odia.
Se le abre un canal y se le conduce lejos, o se le deja evaporarse al sol.
Con método. Sin pasión. Sin dejar que en ningún momento se vuelva personal, porque ahí está el resquicio por donde se cuela la derrota.
Empezaría despacio. No conviene precipitarse; la prisa deja huellas, y esas se siguen hasta su dueño.
Empezaría por lo pequeño, por hacerle la vida imposible sin ensuciarme las manos, valiéndome de otras, de esas concubinas resentidas que odiaban a la criada por su cuenta y a las que solo había que dejar hacer, quizá empujar un poco.
Que la muchacha aprendiera que la atención del emperador no es un regalo, sino un peso que puede aplastarla.
Con algo de fortuna aquello bastaría, y se rompería sola, o pediría marcharse, o cometería un error que la condenara sin necesidad de que yo interviniera.
Y si no bastaba, si la muchacha resultaba más resistente de lo que su aspecto prometía, entonces habría otras maneras.
Siempre las hay. Mi familia no había alcanzado su posición sin aprender que ningún obstáculo es permanente cuando sobran paciencia, dinero y falta de escrúpulos. Yo tenía las tres cosas.
Aparté el espejo. Llamé a mi criada de confianza, la que llevaba conmigo desde niña, la que sabía callar mejor que una tumba.
—Quiero saberlo todo sobre esa muchacha —le dije—. Con quién habla. Dónde duerme. En qué turnos trabaja y cuándo descansa. Qué come. Qué teme. Todo.
—Sí, mi señora.
—Y quiero que empiece a resultarle difícil seguir aquí. No de golpe. Como la lluvia, que no parece nada y termina hundiendo los tejados. ¿Me comprendes?
Mi criada inclinó la cabeza. Me entendía sin más explicaciones. Siempre lo hacía.
—Una cosa más. —La retuve un momento antes de que se marchara—. Que nada de esto pueda seguirse hasta mí. Nada. Yo no he dado ninguna orden. Yo ni siquiera conozco el nombre de esa criada. ¿Está claro?
—Clarísimo, mi señora.
Se marchó. Y yo volví a mi espejo, y a mi paciencia, y a la seguridad tranquila de que las cosas volverían a su cauce, porque siempre lo hacen, porque el mundo está ordenado de una determinada manera, las campesinas no se casan con emperadores y quien lo intenta se rompe igual que el agua contra la roca.
Yo era la roca.
Ella, solo el agua.
Dormí bien aquella noche. No tenía ningún motivo para no hacerlo. En mi mundo, cuidadosamente construido a lo largo de tres generaciones, todo seguía en su lugar, y lo único que estaba fuera de él, aquella muchacha del segundo jardín, pronto dejaría de estarlo.