Capítulo 4
La mano detenida
(Hotaru)
Los días que siguieron al jardín los pasé esperando el golpe.
Ignoraba de dónde vendría y cuándo, pero no dudaba de que acabaría llegando.
Así funcionaba el Palacio Interior. Una hacía algo que no debía, y el castigo no llegaba en seguida, sino que se quedaba flotando sobre tu cabeza, dándote tiempo a imaginarlo mil veces peor de lo que resultaría.
La espera formaba parte de él. Quizá la peor parte.
El rumor había corrido, tal como Kaede predijo.
Los siguientes días no quedaba en aquella ala una sola criada que ignorase que Hotaru, la del jardín, había estado a solas con el emperador.
Lo notaba en cómo me miraban. En las conversaciones que se cortaban a mi paso y volvían a empezar a mi espalda.
En la manera en que algunas se apartaban de mí, no por desprecio, sino por miedo al contagio, temerosas de que la desgracia fuera una fiebre y yo la llevara encima.
Rin fue la peor. Ella había sido quien me vio en el jardín, y desde entonces se paseaba con el aire importante de quien guarda un secreto valioso y saborea cada instante antes de gastarlo.
Me miraba y sonreía de medio lado. No me decía nada.
No hacía falta. Su sonrisa lo decía todo.
Yo sé lo que hiciste, y en cuanto me convenga, lo usaré.
Kaede me aconsejó paciencia. Trabaja, agacha la cabeza, no des motivos, me decía. Que se cansen de esperar a que caigas. Con suerte, aparece otro chisme más jugoso y se olvidan de ti.
Lo intenté. Trabajé más y mejor que nunca. Me levanté antes, me acosté después, hice mis tareas y la mitad de las ajenas sin quejarme. Quería ser tan intachable que no encontraran por dónde atacarme.
Pero en el Palacio Interior, cuando alguien decide que vas a caer, no necesita un motivo. Se lo inventa.
Fue la dama Koharu quien decidió que yo cayera.
Debí haberlo visto venir. Koharu llevaba semanas agriándose, sin visitas del emperador, viendo cómo su ventana de oportunidad se cerraba mes a mes.
Y de pronto una criada suya, una don nadie, una miserable sirvienta a la que ella misma humillaba por deporte, había conseguido en una sola noche lo que ella perseguía en vano desde hacía tanto, que el emperador se fijara.
La atención que Koharu mendigaba, yo la había recibido sin pedirla.
Para una mujer como ella, eso no era una casualidad desafortunada. Era una afrenta personal.
Ocurrió una mañana, en el salón grande, cuando el ala estaba más concurrida.
Koharu había convocado a varias damas a tomar el té.
Era una de esas reuniones que en el Palacio Interior parecen inocentes y no lo son nunca.
Son una excusa para medirse unas a otras, para exhibir un vestido nuevo o una joya recién llegada, para dejar caer, entre sorbo y sorbo, la información que a una le interesa repartir y el veneno que las demás deben tragarse.
Koharu llevaba días preparándola. Había hecho sacar la vajilla buena, ordenado colocar flores de invernadero, elegido su túnica más favorecedora.
Quería deslumbrar. Lo necesitaba. Una concubina olvidada por el emperador solo conserva su lugar mientras las demás la sigan tratando como a una igual, y Koharu presentía que ese trato empezaba a resquebrajársele.
Aquel té era un intento de recomponerlo.
Y yo, sin comerlo ni beberlo, era la pieza perfecta para su función.
Porque humillar a la criada del jardín delante de las otras damas era, a los ojos de Koharu, una manera de recordarles a todas de qué lado estaba ella.
De demostrar que aquella muchacha por la que el emperador supuestamente se había interesado no era, al fin y al cabo, más que una sirvienta a la que ella podía pisotear cuando quisiera.
Yo servía el té. Llevaba la bandeja con el juego de porcelana buena, el que Koharu sacaba cuando había otras damas presentes para presumir de él, y aquella mañana había varias.
Damas de distinto rango, sentadas sobre los cojines, envueltas en sedas, con esa cortesía afilada que gastan las mujeres del Palacio Interior entre ellas, toda sonrisas por fuera y cuchillos por dentro.
Serví con más cuidado del habitual, porque sabía que me observaban.
Notaba las miradas siguiéndome por la sala, midiéndome, buscando en mí lo que el emperador había podido ver, sin dar con ello, porque no había nada que hallar salvo una criada con las manos rojas y el vestido remendado.
Fui de dama en dama, inclinándome, escanciando el té caliente en las tazas sin derramar una gota, retirándome después dos pasos con la cabeza baja.
Lo hice bien. Perfecto, diría. Cuando llegué a Koharu, le serví su taza como a las demás, sin un temblor, y me aparté.
—Está frío —dijo Koharu.
No lo estaba. Acababa de servirlo de la tetera humeante. Del pico había salido vapor. Pero levantó la taza, la olió con desdén y repitió, más alto, para que todas la oyeran:
—Está frío. ¿Pretendes que reciba a mis invitadas con té frío, como si fuéramos mendigas?
—Lo lamento, señora —dije, bajando la cabeza—. Ahora mismo traigo té caliente.
—Ahora mismo. —Soltó una risa seca—. Siempre «ahora mismo». ¿Sabéis? —Se volvió hacia las otras damas, encantada de tener público—. Esta es la criada de la que todas hemos oído hablar. La del jardín.
El salón entero se quedó quieto y sentí todas las miradas caer sobre mí a la vez, pesadas como piedras.
—No sé de qué me habla, señora.
—Claro que no. —Koharu se levantó, y su voz cambió, se afiló—. Una simple criada. Que no sabe servir un té a la temperatura debida. Que se pasea de noche por jardines que no le corresponden. Que ha olvidado cuál es su lugar. —Dio un paso hacia mí—. Voy a recordártelo yo.
Las demás damas se removieron sobre sus cojines.
Ninguna dijo nada ni iba a interponerse, claro que no; aquello era teatro y ellas el público, y nadie interrumpe una función por una criada.
Alguna incluso se inclinó hacia delante, con ese brillo de interés mal disimulado que sale a los ojos cuando va a hacerse daño a alguien y una no es la víctima.
La crueldad, en el Palacio Interior, era un entretenimiento como cualquier otro.
Más barato que la música y más frecuente que las flores.
—Acércate —ordenó Koharu.
Me acerqué. Tenía que acercarme. Dejé la bandeja en el suelo con cuidado, para que no se rompiera la porcelana buena y me lo cobraran encima, y di los pasos que ella me exigía, hasta quedar a su alcance.
Sabía lo que venía. Lo había visto hacer otras veces, a otras criadas.
Bajé la cabeza y me preparé para recibirlo, porque resistirse era peor, porque cualquier gesto de defensa se pagaba doble.
Me dije que aguantara. Que fuera piedra.
Que me retirara por dentro a ese cuarto pequeño donde ella no podía entrar, dejando el cuerpo a la intemperie para que aguantara lo que viniera.
Koharu levantó la mano.
La vi alzarse contra la luz de las ventanas, con sus anillos y sus uñas largas, y cerré los ojos.
El golpe no llegó.
Hubo un movimiento a mi alrededor, un rumor de telas, un cambio en el aire de la sala, y cuando abrí los ojos porque nada sonaba y aquella quietud se había vuelto extraña, vi que la mano de Koharu ya no estaba en el aire.
Alguien la sujetaba por la muñeca.
Me llevó un instante comprender qué miraba. Una mano de hombre, firme, cerrada en torno al brazo de Koharu, deteniéndolo a medio camino de mi cara. Y cuando seguí ese brazo hasta su dueño, el corazón se me detuvo.
Era él.
El emperador. Akiharu. El de las ropas oscuras del jardín, solo que aquel día no iba de oscuro ni de sencillo.
Llevaba las sedas del rango imperial, y su rostro, que aquella noche me había parecido casi de muchacho, estaba ahora tan serio, tan frío, que costaba reconocer en él al hombre que se había acuclillado en la tierra para sujetar a una grulla.
¿Cuándo había entrado? No lo sabía. Nadie lo había anunciado. Debía llevar allí el tiempo suficiente para haberlo visto todo, y sin embargo ninguna lo había advertido, tan pendientes estaban todas de mi humillación.
Koharu se había quedado blanca. Intentó bajar el brazo y no pudo, porque él seguía sujetándoselo. La vi comprender por oleadas de espanto la magnitud de lo que ocurría. El emperador. En su salón. Sujetándole la mano que había alzado contra una criada.
—Ma... majestad —balbuceó—. Yo no... esta muchacha, majestad, os aseguro que...
—No vuelvas a tocarla.
Lo dijo en voz baja. No gritó. No hizo falta que gritara. Aquellas cuatro palabras cayeron sobre el salón con más peso que cualquier grito, pronunciadas con una calma que daba más miedo que la furia, y todas las que estábamos allí las oímos con una claridad terrible.
Soltó la muñeca de Koharu. Ella la retiró contra su pecho de un tirón, con el gesto de quien se ha quemado, y se dejó caer de rodillas, y todas las demás damas se derrumbaron tras ella en una ola de seda, y las criadas nos arrodillamos también, y yo con ellas, con la bandeja todavía temblando en mis manos y la cabeza tan baja que veía el dibujo de la madera del suelo.
—Majestad —repetían las voces alrededor, en un murmullo asustado.
Él no les hizo caso. Lo oí moverse, acercarse a mí, con sus pasos sobre la madera, y me encogí deseando con toda el alma volverme invisible de verdad, desaparecer, dejar de ser el centro de aquello.
Se detuvo delante de mí.
—Levántate —dijo. Y esta vez su voz era otra. Más suave. La del jardín.
No podía. Sabía que no debía. Levantarme ante el emperador, ponerme a su altura delante de todas aquellas damas, era darles la razón, confirmar todo lo que sospechaban, firmar mi sentencia con mi propia mano. Me quedé abajo, con la frente casi rozando el suelo.
—Le ruego que me disculpe, majestad —dije, con un hilo de voz—. Una criada no debe.
Durante unos instantes nadie habló, y sentí que él dudaba, que quizá empezaba a comprender algo, aunque fuera tarde. Luego oí que se incorporaba.
—Nadie —dijo, dirigiéndose ya no a mí sino a toda la sala, con esa voz de hielo que había usado con Koharu— volverá a levantar la mano contra esta muchacha. Tampoco sobre ninguna otra criada por capricho. ¿Ha quedado claro?
—Sí, majestad —respondió el coro de voces temblorosas.
—Bien.
Y se marchó. Oí sus pasos alejarse, oí el roce de las sedas de su séquito siguiéndolo, y solo cuando el sonido se apagó del todo me atreví a respirar.
Pero no levanté la cabeza. Porque sabía, con una claridad que me revolvía las tripas, que acababa de ocurrirme lo peor. Mucho más grave que el golpe de Koharu. Peor que cualquier castigo.
El emperador me había protegido. En público. Delante de todas.
Y con eso me había señalado.
Quise llorar y no me lo permití. Hacerlo allí, en aquel suelo, delante de todas, habría sido regalarles una debilidad que guardar y usar.
Me tragué las lágrimas como me tragaba las respuestas, entera, sin que se me notara en la cara.
Pero por dentro algo se me había roto, y no era miedo, o no solamente.
Era rabia, una rabia sorda contra aquel hombre que creía estar defendiéndome y acababa de hacerme más daño del que Koharu me habría hecho con la mano abierta.
Un golpe se cura en unos días. Lo que él acababa de hacerme no iba a curarse nunca.
Me había señalado a fuego delante de todo el Palacio Interior, y allí dentro esas cosas no se borran.
Se hereda de una humillación a la siguiente hasta que te consume.
Él no lo comprendía. ¿Cómo iba a hacerlo?
Nunca había sido invisible. Nunca había necesitado serlo.
Para Akiharu, defender a alguien era un acto de fuerza, la cosa más natural del mundo.
No sabía que hay personas para las que la mayor protección posible es que nadie repare en ellas, y que arrancarlas de esa sombra, aunque sea para salvarlas, es empujarlas a la intemperie.
Cuando por fin me atreví a alzar los ojos, lo primero que encontré fue el salón entero mirándome.
Koharu, todavía de rodillas, con una mezcla de terror y de un odio nuevo, recién nacido, el odio de quien ha sido humillada delante de sus iguales por culpa de una don nadie.
Las otras damas, midiendo ya, calladas, lo que aquello significaba, reordenando en sus cabezas el mapa del poder del Palacio Interior para incluir en él, de pronto, a una criada.
Las sirvientas, apartando de mí la vista, porque acercarse a mí a partir de ese momento era peligroso.
Y al fondo del salón, junto a la puerta que daba al jardín interior, una mujer a la que hasta entonces no había visto.
Estaba de pie, muy quieta, entre dos criadas que le sostenían el borde del manto.
No se había arrodillado. Nadie se lo había exigido, de modo que su rango debía de permitírselo.
En todo el revuelo, en toda aquella marea de mujeres postradas, ella era la única que había permanecido en pie, con una serenidad que no encajaba en la escena, ajena por completo a cuanto acababa de ocurrir.
Era la mujer más hermosa que había visto nunca. No con la belleza pintada de las concubinas, sino con otra más honda, más fría, la de una imagen tallada en un templo. Alta. De rasgos perfectos. Vestida con una elegancia que hacía que las sedas de las demás parecieran disfraces. Y me miraba.
Me miraba a mí. Directamente. Sin disimulo.
Con unos ojos oscuros y tranquilos en los que no había odio, ni desprecio, ni curiosidad siquiera.
Había algo peor. Una atención serena y absoluta, la de quien estudia un problema para resolverlo.
La de quien mira una mancha en el suelo y decide, sin prisa y sin pasión, cómo va a limpiarla.
Nuestras miradas se cruzaron apenas un instante. Después, muy despacio, ella inclinó la cabeza hacia un lado, un gesto mínimo, casi de cortesía, un saludo. Y sonrió.
Fue una sonrisa hermosa. Perfecta. Y la cosa más aterradora que he visto en mi vida.
No supe entonces quién era. Lo averigüé esa misma tarde, cuando le pregunté a Kaede por la dama que no se había arrodillado; palideció al oír la descripción y me hizo jurar que me mantendría lejos de ella.
La Consorte Imperial Ayame.
La mujer que llevaba media vida preparándose para ser la esposa del emperador.
La mujer cuyo sitio, sin saberlo, sin quererlo, sin haber hecho nada por merecerlo, yo acababa de amenazar.
Aquella noche no dormí. Me quedé despierta en el jergón, escuchando la respiración de las otras criadas, viendo una y otra vez aquella sonrisa perfecta recortada contra la puerta del jardín.
Había esperado el golpe de Koharu durante días, y al final llegó, y pasó, y yo seguía entera.
La sonrisa de aquella mujer no se parecía en nada a esa furia, que estalla y se agota.
Aquella serenidad, en cambio, no tenía prisa.
Y algo en mí, esa parte que llevaba dentro desde niña y que siempre sabía oler el peligro antes de verlo, me decía que a esa no iba a poder tragármela como a todas las demás.