Capítulo 3
Donde antes no había nadie
(Akiharu)
Me habían enseñado desde niño que un emperador no está nunca solo.
Era cierto, y era la mayor mentira que me habían dicho jamás.
Nunca estaba solo. A cada hora del día había alguien conmigo.
Al despertar, los ayudantes de cámara que me vestían.
En el desayuno, los que probaban la comida antes que yo por si alguien había decidido acortarme el reinado.
En las audiencias, los ministros, los secretarios, los guardias inmóviles junto a las puertas.
Hasta al dormir había centinelas al otro lado de los biombos, respirando en la oscuridad, velando un sueño que rara vez llegaba.
Estaba rodeado de gente de la mañana a la noche.
Y sin embargo no conocía la soledad de estar sin nadie, sino otra peor, la de vivir entre muchos y que ninguno te hable de verdad.
Porque casi todos aquellos que me rodeaban querían algo.
No siempre por maldad. A veces era simple temor, el que despierta un hombre capaz de ordenar tu muerte con un gesto.
Pero el resultado no cambiaba. Salvo contadas excepciones, nadie me decía lo que pensaba ni me llevaba la contraria, y si yo afirmaba que hacía un día espléndido, nadie miraba la lluvia.
Cuando me equivocaba tampoco me corregían; esperaban a que otro cargara con la culpa.
Vivía envuelto en una capa de asentimientos y debajo me estaba muriendo de una sed que ni yo mismo sabía nombrar.
Aprendí a desconfiar antes que a montar a caballo.
Un emperador que se cree las sonrisas que recibe dura poco.
Mi padre me lo repitió hasta el final. Cada persona que se te acerque viene a pedirte algo, y las más peligrosas son las que sonríen fingiendo no querer nada.
De él heredé el trono y esa lección, y no sé cuál de las dos cosas me ha pesado más.
Recuerdo que siendo niño le pregunté una vez si no tenía ningún amigo.
Estábamos en el jardín de los ciruelos, él y yo solos, uno de los pocos ratos en que lo tuve para mí.
Se quedó callado un momento, mirando los árboles, y luego me dijo que un emperador no puede permitirse amigos, porque un amigo es alguien a quien entregas un arma fiándote de que no la usará contra ti, y hasta ese punto no le está consentido fiarse.
Yo tenía siete años y no lo entendí; me pareció muy triste.
Ahora, sentado en su mismo trono, lo comprendo demasiado bien y me sigue doliendo igual, solo que ya no me sorprende.
Uno se hace a la tristeza que trae el oficio igual que el herrero al calor de la fragua, y termina creyendo que las cosas no pueden ser de otra manera.
El Palacio Interior era el mejor ejemplo.
Cientos de mujeres, escogidas entre las más hermosas del imperio, todas dispuestas a amarme con una devoción que ninguna sentía.
Sus familias las habían mandado allí igual que se lacra una carta, con un mensaje dentro que decía dadnos poder .
Yo lo sabía, y ellas sabían que yo lo sabía.
Aun así el juego continuaba, noche tras noche, con las mismas reverencias y las mismas sonrisas, porque siempre había sido de ese modo y se esperaba que no cambiara.
Iba poco al Palacio Interior. Me agotaba.
Poner un pie allí era adentrarse en un jardín de flores idénticas, todas perfumadas, todas abiertas hacia mí, y ninguna verdadera.
Cumplía lo justo para no ofender a las familias grandes cuyas hijas esperaban su turno, y me marchaba en cuanto podía.
No recordaba sus nombres, y lo confieso sin orgullo.
Eran muchas, se parecían entre ellas y ninguna me había dado un motivo para distinguirla.
La última vez que había estado allí antes de aquella noche, una concubina de familia poderosa me había recibido con una función preparada durante semanas.
Músicos, versos, un vestido cosido con hilo de oro.
Me cantó una canción que hablaba de la fidelidad de las grullas, que se emparejan una sola vez y para siempre.
Cantaba bien. Era hermosa. Y mientras la escuchaba, yo pensaba en su padre, un hombre que había votado en contra de tres de mis decretos y que ahora me enviaba a su hija envuelta en seda con la esperanza de recuperar por la almohada lo que había perdido en el consejo.
No fue culpa de ella. La compadecí, incluso.
Pero no volví a llamarla, y sé que aquello la hundió, porque en el Palacio Interior una concubina a la que el emperador no visita está muerta y todavía respira.
Así funcionaba aquel lugar. Y yo lo alimentaba con mi sola presencia, quisiera o no.
Cada mirada mía valía una fortuna. Cada palabra podía elevar a una mujer o condenarla.
Era un poder que no había pedido y que no sabía ejercer sin hacer daño, así que prefería no mirar siquiera.
Cuesta menos no herir con los ojos cerrados.
Así vivía. Rodeado y solo. Servido y hambriento. Emperador de un imperio entero y dueño de nada que de verdad quisiera tener.
Hasta la noche de la grulla.
No sé bien por qué salí a los jardines aquella noche.
A veces lo hacía, cuando el peso del día no me dejaba dormir y las paredes de mis estancias se me venían encima.
Despedía a los guardias con la excusa de querer caminar, y ellos me seguían de lejos fingiendo que no lo hacían, y yo aparentaba no verlos.
Era el único rato del día en que podía respirar como un hombre y no como un símbolo.
Fui hacia el segundo jardín porque era el más apartado, el que menos gente pisaba. Y allí, junto al estanque, encontré a alguien.
Una muchacha, arrodillada en la tierra. No me vio llegar.
Estaba inclinada sobre algo, murmurando, y al acercarme comprendí que le hablaba a un animal.
Una grulla herida. Le hablaba en voz baja, con una ternura sin ceremonia, del modo en que uno se dirige a las cosas cuando cree que nadie escucha.
Y algo en aquella escena me detuvo, no sé qué.
Quizá que era la primera cosa auténtica que veía en mucho tiempo.
Una mujer curando a un pájaro en la penumbra, sin saber que la observaban, sin nada que ganar.
Podría haberme marchado. Debí hacerlo. Un emperador no se entretiene con criadas y grullas. Pero me quedé, y hablé, y lo que ocurrió después no lo esperaba de ninguna manera.
Me llevó la contraria.
Le aseguré que el pájaro no volaría, con esa suficiencia mía de hombre acostumbrado a tener razón, y ella, sin saber quién era yo, me respondió que sí.
Le dije que el ala estaba rota. Me contestó que las alas se curan.
Discutió conmigo. A mí. Con la naturalidad de quien discute con un vecino en el mercado, sin miedo, sin medir nada, defendiendo a su grulla contra mi pesimismo convencida de que mi opinión valía exactamente lo mismo que la suya. Ni más ni menos.
Hacía tanto que nadie me trataba como a un igual que al principio no supe reconocer lo que sentía. Me llevó un momento ponerle nombre.
Era alivio.
Me acuclillé a su lado en la tierra, yo, con mis ropas oscuras que ella tomó por las de cualquiera, y le pedí que me enseñara a entablillar un ala.
No sé qué me empujó a hacerlo. La curiosidad, en parte.
Y en parte el deseo egoísta de alargar aquel momento en que era, sencillamente, un hombre al que una mujer daba órdenes sobre cómo sujetar a un pájaro.
«Sin apretar», me dijo. «Solo que no se mueva.
» Y le hice caso, y resultó extrañamente bueno obedecer, hacer por una vez algo útil con las manos, guiado por alguien que sabía más que yo.
Me dijo su nombre cuando se lo pregunté. Hotaru. Luciérnaga. Y me contó, casi sin querer, que había nacido en verano, junto a un río lleno de ellas. Lo dijo y en seguida pareció arrepentirse de haber dado algo que no debía. Pero ya estaba dicho, y yo me lo guardé.
Cuando se marchó, me quedé un rato más junto al estanque, con la grulla entablillada temblando en su rincón, dándole vueltas a una sensación que no tenía desde niño.
La de haber conversado con alguien que no quería nada de mí.
Que ni siquiera sabía quién era. Que me había mirado como se mira a una persona y no a un trono.
Volví a mis estancias andando despacio. Los guardias me siguieron de lejos, según su costumbre. Y esa noche, por una vez, dormí.
A la mañana siguiente, sin proponérmelo, la busqué.
No fue una decisión. Fue algo más torpe que eso, más parecido a un tirón.
Durante la audiencia de la mañana, mientras un ministro me explicaba no sé qué asunto de impuestos en las provincias del sur, me sorprendí pensando en si el pájaro habría pasado la noche.
Y de ahí pasé a ella. A la muchacha que curaba pájaros y discutía con emperadores sin saberlo.
Masanori lo notó. Lo nota todo.
Es mi ministro más antiguo, el único hombre de la corte en cuya lealtad confío sin reservas, porque me la ha demostrado cuando le habría convenido lo contrario.
Sirvió a mi padre antes que a mí, y de niño le tuve miedo, porque era el único adulto que no me reía las gracias.
Con el tiempo aquello se convirtió en otra cosa.
Cuando murió mi padre y me vi de pronto sobre un trono que no sabía ocupar, rodeado de hombres que olían mi debilidad como los perros huelen la sangre, Masanori fue el único que me habló sin adularme y sin aprovecharse.
Me dijo las verdades que nadie más se atrevía a decir.
Algunas me dolieron. Todas me sirvieron.
Es mayor que yo, tiene el pelo gris y una manera seca de decir las cosas que a muchos ofende y a mí me descansa.
En un palacio donde todos endulzan sus palabras para que me pasen mejor por la garganta, él es el único que me da la medicina amarga.
Cuando la audiencia terminó y nos quedamos solos, me miró por encima de sus papeles.
—Majestad está distraído esta mañana.
—Majestad está cansado —respondí.
—Cansado tiene otra cara. —Ordenó sus documentos sin dejar de observarme—. Esta es de otra cosa. Esta cara no la había visto en vos desde... —Se detuvo, escogió no terminar la frase—. Desde hace mucho.
No le contesté. Pero por dentro pensé que tenía razón, y que ni yo mismo sabía muy bien de qué otra cosa se trataba.
Los días siguientes empezaron a cambiar de una forma que no supe controlar.
Antes, el Palacio Interior había sido para mí un lugar sin rostros.
Un mar de sedas y peinados y sonrisas iguales.
Ahora, cada vez que pasaba cerca, mis ojos empezaban a hacer algo que no les había ordenado.
Buscaban. Recorrían las estancias llenas de concubinas enjoyadas, pasaban sobre ellas sin detenerse y no paraban hasta dar con el fondo de la sala, los rincones, los lugares donde las criadas aguardaban con las bandejas y la cabeza baja.
La buscaba a ella. A la muchacha del jardín.
Y lo peor es que empecé a encontrarla.
La primera vez fue casi por azar. Pasaba por un corredor que no solía pisar, camino de la biblioteca, y allí estaba, cargando ropa doblada, pegada a la pared con el afán de fundirse con ella.
Bajó la cabeza en cuanto me vio, igual que todas.
Pero yo supe quién era. Reconocí la forma de sus manos, las mismas que habían sujetado a la grulla.
Y algo absurdo, algo impropio de un emperador, me alegró el pecho al verla.
No me detuve. No le hablé. Comprendí, con un instinto que no supe explicarme entonces, que detenerme habría sido peligroso para ella.
Pero a partir de aquel día empecé a inventar excusas.
Rutas nuevas por el palacio. Motivos para pasar por las alas donde servían las criadas.
Me decía a mí mismo que necesitaba estirar las piernas, que quería revisar tal o cual estancia, que me apetecía tomar el té en un pabellón distinto.
Mentiras pequeñas que me contaba con tal de volver a cruzármela.
Y me la cruzaba. Cada vez más. Y cada vez ella bajaba más la cabeza, se pegaba más a las paredes, apuraba más el paso para desaparecer antes de que yo pudiera mirarla dos veces.
Me evitaba.
Al principio no lo entendí. Estaba tan poco acostumbrado a que alguien huyera de mí que confundí su huida con timidez, con el respeto natural de una criada ante su señor.
Miles de mujeres en aquel palacio habrían dado cualquier cosa porque yo las buscara con la mirada.
Y la única que me interesaba hacía cuanto podía por no ser encontrada.
Se lo comenté a Masanori una tarde, sin darle importancia, dejándolo caer entre otros asuntos.
—¿Es posible que alguien del Palacio Interior prefiera no ser vista por su emperador?
Masanori dejó el pincel sobre la mesa. Me miró un largo rato antes de responder, y cuando lo hizo su voz era más grave de lo habitual.
—Majestad —dijo—, en el Palacio Interior, que el emperador se fije en una mujer puede ser lo mejor que le ocurra en la vida. —Hizo una pausa—. O lo peor, según quién sea esa mujer y quién más la esté mirando aparte de vos.
—Habla claro, Masanori.
—Hablo tan claro como puedo sin saber de quién hablamos.
—Volvió a coger el pincel—. Solo os diré una cosa, majestad.
En ese lugar, las mujeres poderosas defienden lo que creen suyo con más ferocidad que cualquier ejército.
Y vuestra atención, para ellas, es el territorio más valioso del imperio.
Quien lo pisa sin un ejército propio que la respalde, lo hace a su riesgo.
No entendí del todo lo que quería decirme, o quizá no quise.
Estaba demasiado ocupado en aquella sensación nueva y tibia que me acompañaba desde la noche de la grulla, esa que me hacía buscar un rostro entre la multitud, esa que me devolvía las ganas de entrar en un lugar que llevaba años detestando.
No pensé en el precio, ni en que allí dentro nada es gratis, ni en que las cosas caras casi nunca las paga quien las desea, sino quien está más cerca y tiene menos con qué defenderse.
Una noche volví a los jardines. Fui hasta el segundo, hasta el estanque, con la excusa tonta de ver cómo estaba la grulla.
Continuaba allí, en su rincón, con el ala entablillada, un poco más fuerte que la primera noche.
Alguien la había estado cuidando. Le habían cambiado el agua, y le habían acercado grano.
Ella había vuelto, tal como prometió, a hacerse cargo de un animal que a nadie importaba.
Me quedé mirando a aquella grulla un buen rato, en la oscuridad, y me sorprendí sonriendo como no recordaba haber sonreído. Y pensé, con una claridad que no tenía derecho a sentir, que quería volver a hablar con ella.
No se me ocurrió, ni por un momento, preguntarme qué le costaría a ella que yo lo quisiera.