Mis días en el palacio interior Capítulo 2
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Capítulo 2

El desconocido del jardín

(Hotaru)

Lo encontré al anochecer, junto a la piedra grande del segundo jardín, en el mismo rincón donde crecían mis hierbas.

Al principio pensé que era un montón de hojas caídas.

Después aquel bulto se movió, soltó un sonido pequeño y lastimero, y comprendí que era un animal.

Me acerqué despacio, agachada, con esa cautela que se aprende de niña cuando una crece entre gallinas y perros y sabe que un bicho asustado muerde antes de pensar.

Era una grulla joven, no de las grandes, sino de esas pequeñas de patas finas que a veces se colaban en los jardines interiores atraídas por los estanques.

Tenía un ala caída, torcida en un ángulo que no era el suyo, y una herida en el costado de la que le salía un hilo oscuro de sangre.

Debía de haberse enganchado en algo, o caído desde lo alto, o quizá alguien le había tirado una piedra por diversión.

Me quedé mirándola un momento, en cuclillas, sin saber qué hacer.

Lo sensato era marcharme. Una criada no tiene tiempo para grullas heridas, y la que se demora en un jardín donde no debería estar, curando a un animal que a nadie importa, se está buscando un problema. Yo me había hecho experta en esquivarlos, tanto que se me había convertido en oficio.

Pero la grulla me miró.

Los animales heridos miran de una manera que no se parece a ninguna otra. No piden. No saben pedir. Solo miran, con esos ojos que no entienden por qué de pronto todo duele, y una tiene que ser de piedra para levantarse y darles la espalda.

Yo no era de piedra. Por mucho que me hubiera esforzado en parecerlo, por dentro seguía siendo la niña que curaba pájaros en el corral de su madre. Así que me arremangué, saqué el paño de las hierbas que llevaba en la manga y me puse a ello.

—Quieta —le dije en voz baja—. No voy a hacerte daño. O sí, un poco, pero para bien. Tú resiste.

Le hablaba igual que me habría hablado mi madre, del modo en que uno se dirige a las criaturas que sufren y no entienden lo que se les dice, porque no es el significado lo que las calma sino el tono, esa música baja y sin prisa que promete estoy aquí, no te voy a soltar.

Machaqué unas hojas de las que había recogido, las que servían para cerrar heridas, y las mezclé con un poco de agua del estanque hasta formar una pasta.

Mi madre las llamaba «hojas de sangre parada», porque detenían el hilo rojo de los cortes pequeños y, según ella, ahuyentaban la podredumbre que a veces se mete en la carne abierta.

Se las había visto usar mil veces, en las manos de mi padre cuando se descuidaba con la hoz, en las rodillas peladas de mis hermanos.

Los dedos se me movían solos, con una memoria vieja que no había perdido el gesto por mucho que llevara barriendo suelos ajenos.

La grulla temblaba. Le sujeté el cuerpo con una mano, con firmeza pero sin apretar, y con la otra le limpié la herida del costado. Se revolvió, clavándome el pico en el antebrazo, un picotazo seco que me dejó una marca roja. No la solté. Le clavé la mirada y seguí.

—Ya está lo peor. Ya casi está.

No estaba casi. Quedaba el ala, que era lo difícil. Pero a veces hay que engañar un poco a los que sufren para que resistan lo que queda, y esa es de las pocas mentiras que se dicen sin mancharse.

Le extendí la pasta sobre la herida con dos dedos, despacio, y noté cómo el ave iba cediendo bajo mi mano, no porque dejara de dolerle, sino porque empezaba a entender que aquellas manos no venían a hacerle más daño.

Los animales distinguen antes que nosotros si unas manos vienen a curar o a golpear.

Ojalá pudiéramos hacer lo mismo con la gente, así, con solo dejarnos tocar. Nos ahorraríamos muchos disgustos.

Estaba tan concentrada en el ala, buscando cómo entablillarla con una ramita y una tira que arranqué de mi propio delantal, que no oí los pasos.

—No creo que vuele.

La voz vino de detrás de mí, y me quedé inmóvil con las manos en el aire.

No había nadie a esas horas en el segundo jardín. Nunca había nadie. Ese era el motivo de que yo fuera allí. Y sin embargo alguien acababa de hablar a mi espalda, un hombre, con una voz tranquila que no reconocí.

Me giré despacio, todavía agachada, protegiendo a la grulla con el cuerpo por instinto.

Era un hombre joven, bastante más de lo que su voz me había hecho imaginar.

Vestía ropas oscuras, sencillas para lo que se veía en palacio, sin bordados llamativos ni colores de rango.

Podía ser un funcionario. Un secretario de los que iban y venían con documentos.

Alguien de la corte exterior que se había perdido por los jardines, quizá.

No llevaba nada que me dijera que debía temerle más que a cualquier otro, y en el palacio una aprende eso en un instante, cuánto hay que bajar la cabeza, cuánto miedo hay que tener.

Con él no supe distinguirlo.

—Perdone, señor —dije, bajando la vista como debía—. Ya me marcho. No... no debería estar aquí.

—¿Por qué no?

La pregunta me desconcertó. Volví a mirarlo apenas un segundo, y él seguía allí plantado con las manos a la espalda, observando a la grulla con una curiosidad genuina, tan tranquilo que parecía que el obligado a dar explicaciones era él, y no yo.

—Porque es el segundo jardín, señor. Las criadas no... —Me detuve. No hacía falta explicarle a un funcionario las normas de las criadas—. No es mi sitio.

—Y sin embargo estás aquí. Curando a un pájaro que no va a volar.

Había algo en cómo lo dijo que me molestó.

No era crueldad. Era otra cosa, una seguridad tranquila, la de quien está tan acostumbrado a tener razón que ya ni se molesta en comprobarlo.

Y yo llevaba el día entero en pie, me dolían las rodillas del castigo de aquella mañana y tenía a una grulla temblando entre las manos.

Así que hice lo que no debía. Le contesté.

—Volará.

—El ala está rota.

—Las alas se curan.

—No siempre.

—No —admití—. No siempre. Pero esta tiene más posibilidades si la entablillo que si la dejo aquí para que se la coma un gato. Así que, con su permiso, señor, voy a intentarlo.

Y me di la vuelta y seguí a lo mío.

A mi espalda dejó de oírse hasta el aire.

Pensé que ya estaba, que la había fastidiado, que me denunciaría y al día siguiente estaría en la calle o algo peor.

Le hablé mal a un señor. A una criada la azotan por mucho menos.

Pero tenía las manos ocupadas y a la grulla revolviéndose, y una parte de mí, la más harta, pensó que si me iban a castigar de todas formas, al menos que fuera por terminar lo que había empezado.

Entonces oí algo que no esperaba.

Una risa. Baja, breve, sorprendida. La risa de alguien que no ríe a menudo y que se ha reído sin querer.

—Enséñame —dijo.

Me volví, esta vez del todo.

—¿Señor?

—Cómo se entablilla un ala. No lo he visto nunca.

—Se acuclilló a mi lado, sin ninguna preocupación por mancharse aquellas ropas oscuras en la tierra húmeda del jardín.

De cerca era más joven todavía. Tenía un rostro que no encajaba con la seguridad de su voz, casi de muchacho, y unos ojos oscuros que miraban las cosas con demasiada atención—.

Nunca me habían dicho que no en algo así.

Tengo curiosidad por ver quién de los dos tiene razón.

No supe qué decir. Un señor acuclillado en la tierra junto a una criada, pidiendo que le enseñara a curar un pájaro, era algo tan fuera de todo lo que yo conocía que por un momento me pregunté si no me habría dormido al lado del estanque y estaría soñando.

Pero la grulla seguía temblando, muy real, entre mis manos.

—Hay que alinear el hueso —dije al fin, porque no se me ocurrió otra cosa que hacer—. Con cuidado. Si tira, le duele, pero si no se alinea, suelda torcido y entonces sí que no vuela. Sujétela usted por el cuerpo. Así. Sin apretar. Solo que no se mueva.

Y él lo hizo. Aquel señor de ropas oscuras hizo lo que le pedí, sobre el cuerpo tembloroso de la grulla, con un cuidado torpe pero sincero.

Tenía las manos limpias, sin un callo, de alguien que jamás había tenido que ganarse nada.

Y aun así las mantuvo firmes donde le indiqué mientras yo alineaba el ala y la sujetaba con la ramita y la tira de mi delantal.

Trabajamos así un rato, los dos en cuclillas en la tierra, sin apenas hablar.

Él seguía mis instrucciones. Yo se las daba en voz baja, olvidándome de a ratos de quién podía ser, concentrada solo en el animal.

Era raro. Era la conversación más natural que había tenido con alguien que estaba por encima de mí desde que entré en el palacio, y la estaba teniendo con un desconocido, sobre las patas de una grulla, en un jardín donde ninguno de los dos debía estar.

—Ya está —dije por fin, atando el último nudo—. Ahora hay que dejarla tranquila. En un rincón, con agua cerca y sin gatos. Si el ala suelda, en unas semanas vuela. Si no... —Me encogí de hombros—. Al menos no morirá de la herida.

Él miraba a la grulla, que se había quedado quieta, agotada, con el ala entablillada pegada al cuerpo.

—¿Y quién la va a cuidar unas semanas? —preguntó—. ¿Tú?

—Puedo pasarme al anochecer. Cambiarle el agua. Ver que la tira aguanta.

—¿Aunque no sea tu sitio?

Lo miré. Había un punto de burla en la pregunta, aunque no de la mala clase. Casi parecía estar poniéndome a prueba, o divertirse por haberme pillado en una contradicción.

—Hay cosas que una hace, aunque no sean su sitio, señor —dije—. Si no, no se haría nada bueno en ninguna parte.

Se quedó callado mirándome. Fue una mirada larga, distinta a las de antes, que me incomodó de una manera que no supe nombrar.

Los señores miran a las criadas igual que el viento sopla sobre la hierba, sin detenerse en ninguna brizna.

Aquella se detenía, y me veía, y yo llevaba tanto tiempo esforzándome en que nadie me viera que había olvidado lo que se sentía.

Bajé la cabeza y me puse en pie, limpiándome las manos en lo que quedaba del delantal.

—Debo irme, señor. Me esperan. Si me demoro más, lo notarán.

—¿Cómo te llamas?

La pregunta me detuvo. No debía darle mi nombre.

Cuanto menos sepan de ti, mejor; esa era otra de las reglas no escritas.

Un nombre es un asidero, y una criada no se los reparte a quienes están por encima de ella.

Pero él lo había preguntado con una sencillez tan desarmada, sin el tono de quien exige, que la negativa se me quedó atascada.

—Hotaru —respondí. Y en cuanto salió de mi boca me arrepentí, sin saber bien de qué.

—Hotaru —repitió él, despacio, como probando la palabra—. Luciérnaga.

—Mi madre decía que nací en verano, cuando el río se llenaba de ellas.

No sé por qué le conté eso. No solía contarle nada a nadie. Pero se me escapó, y él sonrió apenas al oírlo, una sonrisa pequeña que le cambió la cara entera.

—Un buen nombre —dijo—. Las luciérnagas hacen luz sin pedir permiso.

No supe qué responder a eso. Nadie me había dicho nunca nada parecido, y menos un señor en un jardín. Así que hice una inclinación, la justa, y me despedí.

—Que tenga buena noche, señor.

—La tendré. —Y luego, cuando ya me alejaba, añadió—: Cuida bien de esa grulla, Hotaru.

—Lo haré.

Me marché sin mirar atrás, deprisa, con el corazón latiéndome más de lo que aquel encuentro justificaba.

Me dije que había sido una tontería. Un señor aburrido que se había entretenido un rato con una criada y un pájaro, nada más.

Al día siguiente ni se acordaría. Los señores no se acuerdan de las criadas.

Es una de las pocas ventajas de ser invisible, que te olvidan en cuanto dejas de estar delante.

Volví al ala de las sirvientas, cené lo poco que quedaba, y me acosté. Y mientras me dormía pensé, no en el señor, sino en la grulla, en si aguantaría la noche, en si el ala soldaría recta. Cosas mías. Cosas pequeñas.

Fue a la mañana siguiente cuando lo entendí.

Kaede me despertó antes del alba, sacudiéndome el hombro con una cara que no le había visto nunca. Blanca. Descompuesta.

—Hotaru. Hotaru, despierta. Dime que no es verdad.

Me incorporé, aún medio dormida.

—¿Qué? ¿El qué?

—Anoche. En el segundo jardín. —Bajó la voz hasta casi no oírse—. Están diciendo que una criada estuvo allí con un hombre. Que los vieron juntos, agachados en la tierra, hablando. Rin los vio al volver de la cocina. Y hay quien dice ya tu nombre, Hotaru.

Un frío empezó a subirme desde el estómago.

—Fue... fue por un pájaro. Había una grulla herida y la curé, y apareció un señor, un funcionario, y me ayudó a...

—No era un funcionario. —Kaede me agarró de la muñeca, y le temblaba la mano—. Media servidumbre lo vio volver a esa hora. Por el segundo jardín. Y a esa hora, por ahí, no pasa nadie más que...

Se calló. No hizo falta que lo dijera. Lo dijo el miedo de su cara, lo dijo el modo en que me apretaba la muñeca, lo dije yo por dentro, con una voz que no quería reconocerlo.

El hombre de las ropas oscuras. El de las manos sin callos. El que nunca había oído un no.

No era ningún funcionario.

Era el emperador.

Y yo le había llevado la contraria, le había dado órdenes con una grulla, le había dicho mi nombre y le había contado lo de las luciérnagas del río. Con testigos. Rin y quién sabe quién más, agazapadas en la penumbra, viéndolo todo, guardándolo para contarlo en cuanto saliera el sol.

Me quedé sentada en el jergón, con la manta caída y el corazón en la garganta, entendiendo demasiado tarde lo que había hecho. Había roto las tres reglas de una vez. Lo había mirado. Le había hablado. Y, por encima de todo lo demás, había logrado lo único que jamás debe conseguir una criada.

Que el emperador se fijara en mí.

—Puede que no sepan quién era él —dije, más para mí que para Kaede—. Puede que solo vieran a un hombre. Puede que...

—Lo saben. —Kaede no me soltó la muñeca.

Me miraba con una pena que me asustó—. En este sitio siempre se sabe.

Para el mediodía lo sabrá todo el Palacio Interior.

Una criada a solas con el emperador, en un jardín, de noche.

—Cerró los ojos un momento—. No hay nada que puedan inventar peor que la verdad, y esta vez ni siquiera les hace falta.

Quise decirle que se equivocaba, reírme, quitarle importancia, volver a acostarme y que el día empezara igual que todos los demás.

Pero por dentro sabía que en estas cosas Kaede no fallaba nunca.

Llevaba media vida allí y conocía aquel palacio como yo el río de mi aldea, cada recodo, cada corriente, cada sitio donde el agua se traga a los descuidados.

Y en su cara, blanca todavía en la penumbra del cuarto, leí lo que ella no se atrevía a decirme.

Que una criada de la que todos hablaban tenía los días contados, de una forma u otra.