Mis días en el palacio interior
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Capítulo 1
Las tres reglas
(Hotaru)
En el Palacio Interior aprendí pronto que las cosas importantes no se enseñaban en voz alta.
Nadie se sentó conmigo a explicarme cómo sobrevivir, así que lo fui recogiendo de los gestos de las otras, de las miradas que bajaban a tiempo, de las conversaciones que se apagaban cuando pasaba alguien importante.
Y todo aquel conocimiento, todo lo que de verdad servía para seguir viva entre aquellas paredes, cabía en tres reglas.
No mires al emperador.
No hables con el emperador.
Y, por encima de todo, jamás consigas que el emperador se fije en ti.
Kaede me las recitó cuando yo llevaba tres días en palacio y todavía me perdía en los corredores.
Doblábamos ropa en el cuarto de la colada, con las manos rojas del agua fría, y ella bajó la voz hasta ese tono que da miedo.
Me pareció una exageración de las que se sueltan para asustar a las nuevas, igual que en mi aldea asustaban a los niños con espíritus del río.
Me bastaron unos días para entender que no exageraba nada.
El Palacio Interior era un mundo dentro del mundo, con leyes más rígidas que las del imperio entero.
Fuera de aquellas paredes mandaban el emperador, los ministros y las familias grandes; dentro mandaba el favor, quién lo tenía y quién lo había perdido.
Todo giraba alrededor de un solo hombre que apenas pisaba aquellas estancias y cuya sombra caía sobre cada gesto, cada comida, cada palabra dicha en los corredores.
Las mujeres que vivían allí habían sido escogidas entre las más hermosas del imperio, y muchas venían de familias que llevaban generaciones colocando hijas dentro igual que se colocan piezas sobre un tablero.
Una concubina bien situada elevaba a toda su casa y una caída en desgracia la arrastraba consigo, de modo que no competían solo ellas, sino sus padres, sus hermanos y sus abuelos muertos que habían soñado con aquel ascenso.
Cada sonrisa que le dedicaban al emperador venía cargada de siglos de ambición.
Debajo de todas ellas estábamos las criadas, las que encendíamos los braseros, vaciábamos los orinales y peinábamos aquellas cabezas hermosas para que otro hombre las admirara.
Nosotras no jugábamos al juego del favor porque no nos estaba permitido, y nuestra única aspiración era atravesar el día sin que nos rompieran nada, ni una taza ni un hueso, y llegar a la noche con fuerzas para empezar otra vez al alba.
En esa escala yo estaba abajo del todo, y había aprendido a estar bien ahí.
Aquella mañana me tocó el ala este, la de las estancias que daban al segundo jardín.
Barrer, sacudir, encender los braseros antes de que las señoras despertaran.
Es un trabajo que se hace en la penumbra, mientras el palacio todavía duerme y una puede fingir que está sola en el mundo.
Me gustaba esa hora, la única en que las sedas, las joyas y las intrigas seguían guardadas y solo quedaban los suelos de madera fría y el olor a ceniza vieja.
Trabajaba deprisa y sin ruido. No me había costado aprender aquella manera de moverme, pegada a las paredes, con la escoba por delante a modo de excusa y la cabeza inclinada lo justo, ni tanto que pareciera sumisa hasta el ridículo ni tan poco que alguien pensara que me creía algo.
Ahí quería estar yo, en el punto exacto en que una criada deja de ser una persona y pasa a formar parte del mobiliario.
Había entrado en palacio por dinero, igual que casi todas las de mi rango.
En casa éramos muchos, mi padre había enfermado el invierno anterior y el sueldo de una sirvienta, por miserable que fuera, llegaba entero a mi aldea cada tres meses.
No hubo en aquello ningún sacrificio noble ni ninguna historia bonita que contarme a mí misma; hubo hambre, la mía y la de los míos, y aquella fue la manera que encontramos de ponerle remedio.
La decisión la tomó mi madre una noche, con la voz rota de quien lleva horas dándole vueltas antes de atreverse a hablar.
Buscaban muchachas jóvenes y sanas para el palacio y pagaban por adelantado la mitad del primer trimestre, y con ese dinero podíamos comprar la medicina de mi padre y arroz para el invierno.
Sin él, ninguna de las dos sabía si llegaría a la primavera.
Yo dije que no. Lloré y dije que no, que no quería encerrarme en un sitio del que las mujeres no salían en años, porque había oído las historias que habíamos oído todas, las de muchachas que entraban por aquella puerta y de las que nunca volvía a saberse, tragadas por un palacio tan grande que una familia entera cabía en uno solo de sus patios.
Después miré a mi padre en el jergón, delgado y amarillo, tosiendo aquella tos que no se le iba, y a mis hermanos pequeños comiendo de a poco para que sobrara.
Al día siguiente me presenté al reclutamiento por mi propio pie, con los ojos secos y el estómago cerrado, y dije que sí a todo lo que me preguntaron.
Me marché sin despedirme apenas, porque una despedida larga me habría roto, y me subí a la carreta de las nuevas sin volver la vista atrás ni una sola vez.
El acuerdo tampoco me permitía marcharme cuando quisiera: debía cumplir el tiempo pactado y, si huía, irían a buscarme y mi familia acabaría pagando las consecuencias.
A cambio entregué las manos, la espalda y las horas, y entregué también algo más difícil, la costumbre de ser mirada. En mi aldea tenía nombre y cara y la gente me saludaba por la calle. Allí dentro aprendí a no ser nadie, y al principio dolió más que el trabajo.
—Vas a gastar el suelo de tanto frotarlo —dijo Kaede detrás de mí.
No la había oído llegar. Traía dos cubos y el gesto de quien lleva despierta desde antes que yo.
Es mayor, aunque no por muchos años; lo que la hace parecer mayor es una calma que a mí todavía me falta.
Llevaba más tiempo que nadie en aquella ala y conocía a las señoras mejor que ellas mismas, sabía cuál pegaba y cuál solo gritaba, cuál olvidaba en seguida y cuál guardaba rencor durante meses, y ese saber valía más que el oro allí dentro.
—Si lo dejo a medias, la dama Koharu se dará cuenta —respondí sin levantar la cabeza.
—La dama Koharu se dará cuenta lo mires como lo mires. Le paga a alguien para que se dé cuenta.
Tenía razón. Koharu era una concubina menor de las que no recibían la visita del emperador desde hacía meses y quizá no volverían a recibirla, y toda esa espera se le había agriado por dentro hasta convertirse en un humor que descargaba sobre nosotras.
Servir a una concubina en ascenso es duro; servir a una que siente cómo se le escapa el ascenso resulta mucho peor.
Terminé el suelo de todas formas, porque la manera de hacer mi trabajo era de las pocas cosas que seguían siendo mías aunque nadie lo notara.
Dejamos los cubos, cargamos la ropa limpia y enfilamos el corredor largo que lleva a las estancias de las damas.
El palacio empezaba a despertar y se oían pasos arriba, voces amortiguadas, y el tintineo de alguien preparando el primer té.
Kaede caminaba delante y yo detrás, las dos con los brazos llenos y la vista baja.
Al pasar junto al corredor que conducía al segundo jardín, miré hacia allí apenas un instante.
—No te entretengas hoy —murmuró Kaede, sin girarse—. Koharu lleva toda la mañana buscando a quién culpar de su mal humor.
—No pensaba hacerlo.
Kaede soltó un sonido que no era exactamente una risa. Me conocía demasiado bien.
Yo no cuidaba el segundo jardín, al menos de manera oficial, pero a veces, en esa hora muerta antes del amanecer, me escapaba hasta él para estar un rato donde nadie me diera una orden.
Junto al estanque crecían unas hierbas que mi madre usaba para las heridas, y yo las recogía a escondidas y las guardaba secas en un paño, porque en un sitio como aquel siempre acaba habiendo una herida que curar.
No se lo había contado a nadie, ni siquiera a Kaede.
Una aprende a guardarse hasta las costumbres inocentes.
Llegamos a las estancias de Koharu y Kaede me lanzó una de sus miradas antes de separarnos, de las que dicen ten cuidado sin gastar palabras.
La dama estaba despierta, sentada ante el espejo mientras dos sirvientas le peinaban el cabello. No se volvió cuando dejé la ropa donde debía, pero me vio en el reflejo, con esos ojos suyos que llevaban buscándome un motivo desde primera hora.
—Tú —dijo.
Me detuve y bajé más la cabeza.
—¿Señora?
—El brasero de anoche se apagó. Pasé frío.
Yo misma lo había encendido y lo había dejado bien cargado, pero eso importaba poco, porque la verdad de una criada no pesa nada frente al capricho de una señora. Si ella decía que había pasado frío, había pasado frío, y la culpa era mía aunque el brasero hubiera ardido hasta el alba.
—Lo lamento, señora. No volverá a ocurrir.
—Eso dijiste la última vez.
No lo había dicho, porque no había habido última vez, pero callé, que discutir salía peor. Y callar cuesta más de lo que parece. Hay que tragarse la respuesta que tienes en la punta de la lengua, la que sería tan fácil soltar, y conseguir además que no se te note en la cara que la estás tragando.
Koharu me hizo arrodillarme mientras terminaban de peinarla, sin motivo concreto, solo para tenerme ahí, sobre la madera, recordándome mi lugar mientras se dejaba embellecer para un emperador que no iba a venir.
El suelo de aquella estancia era de una madera oscura y pulida, preciosa a la vista y durísima contra los huesos.
Las tablas tenían junturas apenas marcadas y una de ellas fue a caerme justo bajo la rótula.
Al principio solo resulta incómodo; después empieza a doler de una manera sorda que sube por el muslo y se instala, y pasado un rato las piernas dejan de ser tuyas, se te duermen, se te llenan de agujas.
Sabes que al levantarte vas a tambalearte, que se reirán del tambaleo y que la risa será otro castigo dentro del castigo.
Aprendí a no contar el tiempo, porque contarlo solo lo alarga.
Fijé la vista en una veta de la madera con forma de río y me fui por ella lejos de aquella habitación, lejos de Koharu y de sus peines de nácar, hasta un lugar dentro de mí donde ella no podía entrar por mucho que me tuviera de rodillas.
Cuando por fin me dejó marchar tenía las piernas entumecidas y la juntura del suelo grabada en las rodillas, roja y profunda. Salí sin una palabra, ni de queja ni de despedida, porque esa es otra regla que nadie dice en voz alta. No le des a nadie ni siquiera tu enfado.
El resto de la jornada fue el resto de todas las jornadas, recados y corredores y la espalda doliendo desde media mañana.
Comí de pie, deprisa, un cuenco de arroz con algo que pretendía parecer pescado, porque lo nuestro era lo que sobraba de las mesas de las señoras y llegaba frío y desganado.
Aun así lo agradecía, que en mi aldea hubo inviernos sin ni eso.
Kaede se sentó a mi lado con su propio cuenco y comimos hombro con hombro sin hablar de nada importante. Me preguntó por mis rodillas; debía de habérmelas visto frotar. Le dije que no era nada y no insistió.
—Un día de estos —dijo, mirando su arroz— Koharu recibirá su visita, o no la recibirá y la mandarán a un pabellón lejano, y entonces te tocará otra señora. Puede que peor. Puede que mejor.
—¿Y eso me tiene que consolar?
—Te enseña que nada dura. —Sonrió apenas—. Las que se hunden creen que será para siempre, y las que suben, también. Las dos se equivocan. Aguanta. Aquí, aguantar es ganar.
Guardé esas palabras. Kaede daba pocos consejos, pero los que daba pesaban.
Al caer la tarde, cuando el segundo jardín volvió a quedarse vacío, fui hasta el estanque a recoger unas hojas que había visto crecer junto a la piedra grande, de las que mi madre hervía para las quemaduras.
Me arrodillé, esta vez porque quería, y las fui cortando con cuidado y guardándolas en el paño mientras el agua seguía quieta y el cielo se teñía de ese color que no es día ni noche.
Tenía las manos manchadas de verde y la cabeza vacía de todo lo demás, y durante un rato no fui una criada, sino una mujer en un jardín recogiendo hierbas igual que se lo había visto hacer a su madre.
Guardé el paño en la manga, me limpié las manos en el delantal y volví al trabajo antes de que alguien notara mi ausencia. Aquella noche dormí en el cuarto de las sirvientas, entre otras diez que respiraban en la oscuridad, y no soñé con nada.
Fue un día idéntico al anterior y al siguiente, eslabón de una misma cadena. Me dormí pensando en el dinero del próximo trimestre, en si mi padre habría mejorado, y en las hierbas secándose dentro del paño. Y al alba me levanté antes que las demás para empezar otra vez.