Capítulo 25
La puerta principal
(Hotaru)
No respondí en seguida. Sé que la corte aguardaba un sí inmediato, arrebatado, la fregona deshecha en gratitud ante el emperador que la encumbraba.
Habría sido lo lógico, lo que otra cualquiera hubiera hecho en mi lugar.
Pero yo no lo era, y él lo sabía mejor que nadie; por eso me miraba con miedo y no con la seguridad de quien se cree ya aceptado.
Miré alrededor. La sala inmensa, la corte magnífica, el oro, las sedas, los rostros pendientes de mí.
Y por un momento me vi desde fuera, una chica de aldea con una cicatriz de agua hirviendo en la mano a la que un emperador acababa de ofrecerle el mundo delante de los más poderosos del imperio. Otra habría aceptado sin respirar.
Pero yo pensé en lo que significaba de verdad. No el oro. No el título. Pensé en él. En Akiharu. En el hombre, no en el emperador.
—Antes de contestarte —dije, y me salió una voz firme en aquella quietud, más de lo que yo misma esperaba—, necesito preguntarte algo. Y que me respondas la verdad ante todos, porque ante todos me lo has preguntado tú a mí.
Algo le cruzó la cara. No miedo. Casi alivio, creo, el de comprobar que hasta allí, hasta en aquel momento, yo seguía siendo yo.
—Pregunta —dijo.
—Todo esto que has hecho. El título. Reunir a la corte. Renunciar al Palacio Interior. —Lo miré a los ojos—. ¿Ha sido para tenerme? ¿O para que yo pueda decidir, aunque decida marcharme?
La sala contuvo el aliento. Era una pregunta peligrosa, y los dos lo sabíamos. Le estaba dando, ante los suyos, la ocasión de quedar como un hombre generoso mintiendo. Bastaba con que dijera lo bonito y nadie lo habría sabido. Pero no mintió. Nunca lo hizo conmigo.
—Las dos cosas —dijo—. No voy a engañarte, y menos ahora.
Lo he hecho porque quiero tenerte a mi lado más que nada en el mundo, y sería falso negarlo.
Pero sobre todo lo he hecho para que puedas decidir de verdad.
Porque aprendí contigo que a nadie se le tiene si no es libre de irse, que el amor que retiene no es amor, sino otra clase de celda.
Y ya te he tenido en una por mi culpa, aunque fuera para salvarte, y no pienso volver a encerrarte de ninguna manera, ni siquiera con cadenas de oro.
Así que sí, si me eliges seré el hombre más feliz del imperio.
Y si prefieres marcharte, te abriré yo mismo la puerta y te dejaré ir, y seguiré queriéndote toda mi vida desde lejos.
Porque eso es lo que aprendí de ti. Que querer es soltar.
Y entonces lo supe. No lo decidí, lo supe, que es distinto. Con todo el cuerpo, del mismo modo en que sabía mi propio nombre.
Porque aquella respuesta era la única capaz de convencerme.
Si hubiera contestado que lo había hecho para tenerme, habría sido un dueño más generoso que los otros, pero un dueño al fin.
Al decir que lo había hecho para que yo fuera libre, dejaba de serlo y se convertía en otra cosa.
En un igual. En un compañero. En alguien que me quería lo suficiente para arriesgarse a perderme.
Y a un hombre que me ofrecía la libertad de irme era al único al que yo podía quedarme.
Me acordé en aquel instante de todo el camino que me había llevado hasta allí.
De las tres reglas que Kaede me enseñó a los pocos días de llegar.
No mires al emperador. No hables con el emperador.
Y, por encima de todo, jamás consigas que el emperador se fije en ti.
Las había roto todas, una tras otra, sin proponérmelo, y cada una me había costado sangre.
Y ahora estaba en el salón del trono a punto de romper la última y la mayor, la que decía que una criada y un emperador no podían quererse como iguales.
También ésa iba a saltarla. Con él. Delante de todos.
Pensé en mi madre, que me había mandado a aquel palacio con el corazón roto, por dinero, porque no existía otra forma de salvar a mi padre.
En lo que diría si me viese. En que quizá, después de todo, aquel viaje que empezó como una desgracia iba a terminar de un modo que ninguna de las dos habría podido imaginar.
Y pensé en Sayuri. Siempre en Sayuri. En su mano dentro de la mía. En el río al que no volvió. Y me dije que a ella, que no pudo escoger, le debía escoger yo por las dos.
Di un paso hacia él. Uno solo. Pero en aquella sala, ante aquella corte, bastó para decirlo todo antes de que abriera la boca.
—Entonces me quedo —dije.
No lo grité, no hacía falta. Lo dije bajito, casi solo para él, y sin embargo lo oyeron todos, porque todos aguardaban callados a que lo dijera.
—Me quedo, Akiharu. No porque me hayas dado un título, ni porque me ofrezcas un trono.
Podría marcharme con todo eso y ser libre y feliz en mi aldea, y lo sabes.
Me quedo porque me has dado lo único que de verdad quería, la libertad de irme.
Y resulta que, teniéndola, escojo quedarme.
Contigo. Como igual. Como la única. —Se me quebró la voz, pero seguí, porque quería decirlo entero—.
Te escogí junto a una grulla herida, cuando no sabía quién eras.
Te escogí bajo un cerezo, cuando lo sabía imposible.
Y te escojo ahora, cuando por fin es posible, y lo hago yo, libre, sin que nadie me obligue ni me compre ni me rescate. Te elijo. ¿Me oyes? Te elijo yo a ti.
Y añadí, más bajo, solo para él, lo que llevaba dentro desde hacía mucho:
—Toda mi vida han decidido otros por mí.
Ni una sola vez, hasta hoy, había podido gobernar lo mío.
Y ahora que por fin puedo, con esa libertad que tú mismo me has dado, la gasto en lo único para lo que siempre quise gastarla.
En elegirte. No me quedo porque no pueda irme.
Me quedo porque puedo y no quiero. Ahí está toda la diferencia del mundo, Akiharu.
Y es la única forma en que yo podía quererte.
Akiharu, ante su corte entera, hizo lo que ningún soberano había hecho jamás.
Cruzó los pasos que nos separaban, me tomó la cara entre las manos y me besó.
Allí. Delante de todos. De los ministros y los grandes señores y lo que quedaba de las casas nobles, ante un imperio que nunca había visto a su soberano besar a nadie, y menos a una mujer que días atrás fregaba aquellos suelos.
Hubo revuelo, murmullos, algún grito ahogado de escándalo.
Nadie se desprendió de siglos de prejuicio en un instante, y habría sido mentira contarlo así.
Algunos rostros siguieron mirándome con el mismo desprecio de antes.
Otros parecían sencillamente atónitos. Pero uno de los ministros inclinó la cabeza conforme exigía el rango que acababan de reconocerme.
Después lo hizo otro. Unos con respeto verdadero, otros por obediencia y alguno a regañadientes.
Me bastó. No necesitaba que todos me quisieran aquella tarde.
Solo que ya no pudieran fingir que yo no existía.
No me convertí en emperatriz aquella tarde.
Eso vino después, con sus ceremonias y sus ritos, y es harina de otro costal.
Pero allí ocurrió lo que de verdad importaba.
Una criada y un emperador se eligieron mutuamente, libremente, como iguales, y un imperio entero lo vio, y el mundo, sin llegar a darse cuenta, cambió un poco.
Después no fue fácil. No quiero contarlo como un cuento donde todo se arregla con un beso.
Hubo quien nunca me aceptó, quien siguió viendo en mí a la fregona por muchos títulos que llevara, quien murmuró a mis espaldas y me complicó la vida durante años.
El poder no se rinde de golpe y las costumbres viejas tienen la piel dura.
Tuve que ganarme uno a uno el aprecio de gente que me lo negaba de entrada, y algunos murieron sin dármelo.
Pero eso también lo había aprendido en las letrinas y en la celda, que el respeto que de verdad vale es el que se conquista y no el que se regala, y que una tiene toda la vida para conquistarlo si hace falta.
Lo importante es que se abrió una grieta donde antes solo había muro.
A partir de entonces dejó de ser completamente impensable que una mujer nacida abajo pudiera recibir rango por su propio mérito.
Y la disolución del Palacio Interior devolvió a muchas mujeres una elección que Sayuri nunca tuvo: marcharse, volver a casa o empezar una vida que no dependiera de que un emperador recordase su nombre.
No cambiamos el imperio entero de un día para otro, claro.
Las costumbres viejas no se derrumban con un decreto.
Pero algo se movió en los cimientos de aquel palacio, y nunca volvió del todo a su sitio.
Meses más tarde, cuando por fin se celebraron las ceremonias, pedí una cosa. Una sola. La pedí como se piden las que de verdad importan, en voz baja y sin dar explicaciones, y Akiharu, que me conocía, no me exigió ninguna.
Aquella jornada no entré por el acceso que me correspondía por rango, el de los grandes acontecimientos, el del ala noble.
Pedí entrar por la puerta principal. La grande.
La del frente. La que había visto el primer día, meses atrás, cuando llegué muerta de miedo con mi hatillo, y por la que no me dejaron pasar, porque las criadas entran por la de servicio, la de atrás, la que nadie mira.
Recordaba aquella llegada con todo detalle.
La carreta de las nuevas deteniéndose junto a la entrada de servicio, el hatillo apretado contra el pecho, las muchachas bajando una detrás de otra sin saber qué nos esperaba.
Alcancé a ver a lo lejos la puerta principal antes de que nos condujeran por detrás.
Nadie me dio entonces las tres reglas; esas me las enseñó Kaede tres días después, en el cuarto de la colada.
Pero el palacio ya me había enseñado una antes de que ella abriera la boca: las de mi clase entrábamos por detrás.
Había umbrales que no eran para nosotras, y yo había creído que aquel sería uno de ellos para siempre.
Aquella mañana la crucé. Despacio. Con la cabeza alta.
Con la misma ropa sencilla de mi llegada, que guardé a propósito para eso, en lugar de las sedas que me ofrecían.
Quería pasar siendo la de entonces y no una versión disfrazada de mí.
Quería que fuese Hotaru la de la aldea, la del hatillo, la de la entrada trasera, quien cruzara por fin la de delante.
No una dama nueva que se hubiera olvidado de ella. Ella. Yo. La misma.
Y al pasar pensé en la muchacha que había entrado por detrás con el estómago encogido, convencida de que aquel lugar iba a tragársela.
Y quise decirle, a través del tiempo, que resistiera.
Que iba a perder mucho, sí, que iba a sangrar y a llorar y a rozar la muerte, y que se le iría una amiga que no merecía perder.
Pero que un día, no muy lejano, cruzaría la puerta grande con la cabeza alta, dueña de sí misma, libre, elegida y eligiendo.
Que resistiera, porque valía la pena. Que no se rompiera, porque al final de todo aquel dolor había un umbral abierto y un hombre bueno esperando al otro lado.
Pensé también en Sayuri. En que ella no cruzó ninguna salida hacia la libertad y en que yo pasaba aquel umbral un poco por las dos.
En el río al que no volvió. Me prometí, bajo el dintel, que su nombre no se perdería, que mientras yo viviera habría alguien que recordara a la concubina olvidada que fue amable con una criada cuando serlo resultaba peligroso, y que pagó esa bondad con la vida.
Y cumplí. Pero eso es cosa mía y de ella, y no hace falta contarlo aquí.
Akiharu aguardaba al otro lado. No en un trono.
De pie, en el patio, como un hombre aguarda a la mujer que quiere.
Y cuando llegué hasta él, no me recibió como un emperador recibe a una consorte.
Me tomó la mano marcada, sin ningún reparo, ante todos, y me sonrió con aquel gesto que solo tenía en el jardín del cerezo.
—Bienvenida a casa —dijo—. Por la puerta principal. Como debe ser.
—Como debe ser —repetí.
Y entré, por fin, no como criada, no como concubina, no como propiedad de nadie. Entré como Hotaru. Entera. Libre. La única.
Y esta vez, al cruzarla, supe que aquella puerta no se cerraba para mí como se habían cerrado la del Palacio Interior y la de la celda.
No porque fuera a permanecer físicamente abierta día y noche, sino porque yo conservaba el derecho a atravesarla en los dos sentidos.
Podía entrar. Podía salir. Podía volver.
Un umbral que puedes cruzar porque eliges hacerlo ya no pertenece a una jaula.
Es, sencillamente, la puerta de tu casa.
Nunca la crucé de vuelta para marcharme para siempre.
En todos los años que vinieron después, en todo lo que fuimos levantando juntos, jamás quise irme.
Pero cada mañana sabía que podía hacerlo.
Y saberlo, conservar la salida y escoger quedarme un día y otro, fue lo que hizo que aquello no fuera nunca una jaula, sino un hogar.
Aquella chiquilla que llegó muerta de miedo por detrás, con un hatillo y tres reglas prohibiéndole existir, no podía ni soñarlo.
Ojalá pudiera volver y decírselo. Que resistiera.
Que no agachara la cabeza. Que un día entraría por la puerta grande, con su propio nombre, elegida y eligiendo, dueña de sí misma hasta el final.
Pero no puedo volver atrás. Con los años aprendí a escribir de verdad, con la misma paciencia con que antes aprendí a moverme sin hacer ruido por los corredores. Así que lo dejo escrito aquí, por si otra muchacha, en algún otro palacio, con sus propias tres reglas encima, llega a leerlo un día.
Aguanta. No bajes la cabeza. Y no entregues nunca, por nada ni por nadie, ni siquiera por amor, lo único que de verdad es tuyo.
Tú misma.