Mis amigos Chapter 59
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Chapter 59

CINCUENTA Y NUEVE

La alarma salta justo cuando están a punto de volver a salir por la ventana.

Casi toda la culpa es de Ted, como le dirá Louisa a todo el mundo.

Saltan al césped y corren hacia el coche sin parar de discutir.

La madre de Christian conduce como una persona que bajo ningún concepto debería tener carnet de conducir.

Al día siguiente los periódicos hablan del allanamiento, pero tienen que pasar unos cuantos días hasta que alguien descubra que los ladrones no han robado nada. Al contrario, han dejado algo.

Cuando finalmente se difunde, los noticiarios de todo el planeta retransmiten la noticia del cuadro de fama mundial que un comprador anónimo había adquirido en una subasta antes de la muerte del artista y que ha aparecido de pronto en un museo de su pueblo natal.

Los turistas vienen de todo el mundo para contemplarlo.

Los periodistas tratan de desvelar la verdadera historia tras el misterio, que han bautizado como el «golpe a la inversa», y algunos han llamado al propietario de la casa de subastas que vendió el cuadro a Ted.

Es precisamente el señor de la casa de subastas quien llama a Ted disculpándose porque, lamentablemente, ha perdido el número de teléfono de Ted. Este al principio no entiende qué quiere decir y el hombre le explica amablemente que ama el arte, lo ama tanto que a veces pierde la cabeza.

—Al final, cuando llevas mucho tiempo vendiendo cuadros que valen millones, se te olvida que todo empezó por un enamoramiento.

Pero cuando leí la historia de El del mar, me acordé de lo mucho que me gustaba.

Me pasaba horas mirándolo antes de venderlo.

No porque sea perfecto, sino porque no lo es.

Es una de las obras de arte más humanas que he visto nunca.

Me encantó oír que está colgado en un museo.

Algunas obras no las debería poseer nadie. Deberían ser de todo el mundo.

—Estoy de acuerdo—dice Ted.

—Así que me temo que no encuentro su teléfono—repite el hombre—. Me temo que todos los documentos sobre la venta donde aparece su nombre han desaparecido. Así que, cuando los periodistas me llamen para preguntarme, no les podré ayudar.

Y cuelga. El cuadro se queda en el museo y nadie descubre cómo llegó allí. Esa también ha llegado a ser una historia genial.

Ted recibe otra llamada. Es del revisor del tren.

Sigue teniendo las cenizas del artista y ha estado intentando dar con Ted desde la noche que este se bajó a toda prisa del tren.

Finalmente consiguió contactar con la madre que se había llevado su maleta y el cuadro, que conservaba su teléfono en el trozo de papel que Ted le dio en el andén. En fin... Una larga historia.

El revisor promete enviar las cenizas, pero no por correo, claro, que no es nada fiable. Lo envía vía revisores. De un tren a otro hasta llegar a su destino.

—Llámame si te apetece—dice el revisor.

—SÍ, por supuesto, te llamaré para informarte cuando llegue—dice Ted, que ha malinterpretado la invitación.

El revisor ríe.

—No, me refiero a que me llames alguna vez. Si te apetece.

Ted se ruboriza. Quizá no esté preparado para volverse a enamorar aún, pero es bonito que se lo pidan.

—Puede que hasta haga otro viaje en tren—contesta tímidamente.

—Estaré pendiente de los nuevos pasajeros—promete el revisor.

Entierran a Kimkim un día que huele a principios de verano.

El pastor lee la Biblia, la madre de Christian lee poesía y Louisa pinta alas pequeñitas en la lápida.

Una vez que el pastor se ha ido, Louisa y Joar se escabullen para coger la lápida de Ali y colocarla junto a la de Kimkim.

A Joar le han dado permiso para asistir al funeral, aunque lleva su grillete en el tobillo, porque Ted se enteró de que existen ese tipo de excepciones.

Mientras cubren las tumbas con flores adoptadas, Joar pregunta muy serio si pueden fingir que Ted ha muerto y lo van a enterrar al día siguiente, porque le encantaría ir al cine.

De vuelta del cementerio ven a unos niños dibujando con tiza en la calle.

Louisa se detiene y pregunta si puede unirse a ellos, y dibuja calaveras y cucarachas que parecen tan vivas que a los niños por poco no se les salen los ojos de las cuencas.

Cuando los padres los llaman para ir a cenar, una niña se gira y dice: «Te puedes quedar la tiza. ¡Tengo más!».

Louisa obedece y dibuja en todas las paredes que encuentra en el camino entre la iglesia y el mar.

Por fin consigue ver el embarcadero. El viejo barrio del puerto ha cambiado, han construido pisos de lujo y hay restaurantes con nombres enrevesados y tiendas que nadie entiende qué venden, por doquier pululan personas cabreadas con perros pequeñitos.

Pero cuando llegan al final del embarcadero y se sientan con las piernas colgando, Louisa ve exactamente lo mismo que veían los cuatro amigos veinticinco años antes: un mar infinito, una gran amistad y una historia de amor verdadero.

Los oye reírse. Reconoce el olor de un pedo. Su historia entera.

—¿Crees que puedes aprender a vivir sin Ali y Kimkim?—pregunta cuando regresan caminando despacio a casa de Joar, que se limita a sonreír y señalar una casa enorme.

—No vivimos sin ellos. Kimkim vive ahí, y a veces vive allá. Ali vive por allí, la veo cada día cuando sale a sacar la basura.

Ted señala otras casas y cuenta historias y fantasías. Sus humanos juegan al escondite.

—Yo creo que Pez vive allí hoy—decide Louisa finalmente.

—SÍ, es una buena casa. Una de mis favoritas—asiente con alegría Joar.

Caminan todos juntos y ven a sus amigos en todas partes a todas horas. Son guiños del Cielo.

—¿Has decidido ya?—pregunta Louisa mirando a Ted.

—¿El qué?

—Lo que vas a hacer con tu vida.

Las comisuras de los labios de Ted tiemblan con nerviosismo. Empieza a hablar con mucha vacilación, pero enseguida las palabras le comienzan a salir a borbotones.

—Me he enterado de qué pasó con el chico que me atacó. Está en la cárcel. Tienen escuelas, en la cárcel. Tienen... profesores. Creo que se me daría bien eso. Es una idea estúpida.

Louisa niega con la cabeza.

—No es estúpida.

—Es un poco estúpida—interviene Joar, señalando con la cabeza la pierna en la que le clavaron el cuchillo a Ted.

Sin embargo, a medida que avanzan se dan cuenta de que Ted se mueve cada vez mejor, menos incómodo.

Recibir una puñalada es un trauma para todo el cuerpo, es posible que la pierna se recuperara antes que el resto; eran otras partes de Ted las que cojeaban.

Muy lentamente, se está atreviendo a ser una persona otra vez.

Un día, dentro de no mucho, Joar lo volverá a sacar a montar en bicicleta. Madre mía, lo que discutirán ese día.

—Serías un profe genial en la cárcel—lo anima Louisa—. Además, que haya guardias armados para protegerte es un extra, porque seguro que los vas a necesitar.

Joar ríe a carcajadas y Louisa se gira y pregunta de sopetón:

—¿Y qué vas a hacer tú?

—¿Qué coño quieres decir?—dispara Joar.

—Con el resto de tu vida.

—¿Qué mierda de pregunta es esa?

—A ver, sé que eres viejo, pero no tan viejo. Aún puedes hacer cosas.

Joar la mira como si nunca hubiera pensado en eso. Tras una larga pausa, comenta malhumorado:

—Podría intentar montar un negocio de reparación de motores. Podría abrir un puto taller en mi patio.

—Yo te puedo pintar el letrero—dice sonriendo Louisa.

Joar se queda pensativo un buen rato. Luego suelta un gruñido acompañado de la declaración de amor más irritante de la que es capaz una persona como él:

—Siempre y cuando no te quedes aquí.

Y ella se lo promete.

Al día siguiente, la madre de Christian llama a cierto director que ella conoce.

El hombre suspira y dice que solo lo hace como un favor hacia ella, quien a su vez insiste en que es ella la que le está haciendo un favor a la escuela.

Un día se demostrará que la mujer tiene razón, una vez más.

Ted y Joar vacían sus cuentas corrientes para asegurarse de que Louisa tenga todo lo que necesita cuando se marcha.

Bueno, en realidad es Ted el que pone la mayor parte.

Pero Joar hace café mientras Ted va al banco, y eso también cuenta, según Joar.

Así pues, Louisa va a la escuela de arte y consigue evitar casi por completo las lecciones de los maestros, todo hay que decirlo, pero sí que hace amigos.

Algunos son compañeros de clase, pero la mayoría son hombres y mujeres que llevan muertos cientos de años.

Acude a galerías de arte, llora, descubre lo fuerte que puede latirle el corazón.

Crece, pinta cada día, intenta aprender a ser humana.

Una mañana, hace las maletas y se marcha; viaja en tren, en barco y hasta en avión, todas esas cosas que solo ha visto en las películas.

Ve mundo, y el mundo la ve a ella. Su arte se hace famoso.

Se convierte en la postal de otra persona.

Un día, irá en un gran coche negro por una lejana ciudad bulliciosa y de pronto le gritará al chófer que se detenga.

Al final de un callejón habrá un adolescente con capucha pintando el muro de un edificio.

Louisa se acercará cautelosamente con las manos levantadas y los dedos manchados de pintura para que entienda a qué se dedica.

El adolescente retrocederá suspicaz, pero no saldrá corriendo.

Louisa se plantará delante del muro, respirando la pintura, en medio de una explosión de tormenta y anhelo, y lo sabrá.