Mis amigos Chapter 59 #2
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Chapter 59 #2

Ted se queda en el pueblo junto al mar. Vuelve a ser profesor.

Lleva una vida normal que avanza lentamente, aunque puede que esté preparado para volverse a enamorar.

Alquila una casita en la misma calle donde creció.

Desde la ventana de su dormitorio ve la intersección donde siempre se despedía de sus mejores humanos con un «hasta mañana».

Las cuatro piedras en las que escribieron sus nombres siguen enterradas bajo el césped.

Los fines de semana acude en tren a una ciudad a una hora de distancia.

Su hermano mayor trabaja allí y su madre se ha mudado al sótano de este.

Ted se sienta en la cocina y juega a las cartas con ella.

Antes de irse, da las buenas noches, primero a ella, después, a todos los fantasmas.

Se lleva bien con su hermano, salvo por el hecho de que tiene perros que no aprecian a Ted, pero el sentimiento es totalmente mutuo.

La esposa de su hermano es una mujer gritona y graciosa a la que le gustan los sándwiches fríos de queso fundido, la Coca-Cola sin gas y los gusanitos de queso revenidos.

No tienen hijos, pero hay niños en la casa de al lado y una tarde uno de ellos llama a la puerta y pregunta al hermano de Ted si da clases de piano, porque lo han oído tocar. Ese fue un gran día.

De vez en cuando, Ted va a ver a la madre de Christian y hablan de poesía y, a veces, leen cuentos de hadas, pero lo más habitual es que se queden los dos sentados juntos y en silencio.

El pastor de la iglesia acaba dándose cuenta de que hay una lápida de más en el camposanto, pero no dice nada.

¿A quién le va a molestar? ¿A los muertos?

Están ocupados jugando a «¿Quién está ahí?

». Cuando los del pueblo descubren dónde está la tumba de Kimkim, se forma una cola que se sale del cementerio de gente que va a dejarle flores.

Al caer la tarde, la madre de Christian acude a ayudar al pastor a recoger las flores y colocarlas en las tumbas que nadie visita.

Un puto sábado, Ted llama a la puñetera puerta de Joar.

Es temprano que te cagas, dice Joar, pero Ted le pide que se dé prisa, tienen que estar allí cuando abra, antes de que llegue todo el mundo.

Cuando salen, Joar bosteza y dice que a lo mejor estar en la cárcel y llevar el grillete no estaba tan mal.

Cogen el viejo coche del padre de Joar, nadie entiende cómo ha conseguido que esa vieja cafetera siga funcionando, pero a él se le da bien mantener las cosas con vida, lo ha heredado de su madre.

Ted y él toman una puta taza de café y conducen hasta un puto museo.

Llegan antes de que no quepa ni un puto alfiler.

Pagan las putas entradas y caminan hasta el final, donde hay un puto cuadro colgado.

Se quedan mirándolo una hora, aunque en realidad es un verano entero.

Ted siente entonces que algo le toca las yemas de los dedos; tarda unos segundos en darse cuenta de que es Joar cogiéndole la mano.

Una noche, Ted se despierta de madrugada porque suena el teléfono. Contesta medio dormido y la voz al otro lado comienza a balbucear de inmediato:

—¿Louisa?—farfulla Ted, desorientado.

—¡Pues claro que soy yo!—exclama ella.

Nunca dice «hola» cuando llama, se pone a hablar sin más porque sabe que hay dos segundos en los que a Ted se le cae el alma al suelo si no dice nada, porque siempre piensa que ha sucedido algo terrible.

De hecho, es incomprensible que un hombre que se preocupa tanto como él no haya sufrido un infarto.

Sobre todo teniendo en cuenta que es tan tan tan viejo.

—¿Va todo bien?—gruñe.

—¿Por qué tienes esa voz tan rara?—pregunta Louisa.

—Es de madrugada.

—¡Ah! Claro, sí, la diferencia horaria. ¡Aquí es por la tarde!

—Qué considerado por tu parte.

—¿Estabas durmiendo?

—¿De madrugada? Sí, la mayoría de las personas normales lo hacen.

—Tú no eres para nada normal—ríe ella haciendo crujir el auricular.

—¿Podemos hablar mañana?—pregunta Ted cerrando los ojos.

—¡No, no, espera! ¡Quiero decirte una cosa!

—¿Qué cosa?

—He encontrado a uno.

—¿Un qué?—musita.

—Uno de los nuestros—responde ella con mucha seguridad.

Primero, Louisa oye un golpe, es cuando Ted deja caer el teléfono. Luego vuelve a oír su voz, muy despierta esta vez.

—Cuéntame—susurra.

Y Louisa se lo cuenta todo: lo del adolescente del callejón y lo de la pintura en el muro del edificio.

Le habla de la velocidad a la que puede latir un corazón que nadie que haya dejado de ser joven recuerda.

Habla sin parar y Ted la escucha, y el Cielo se acerca al tejado de la casa para escuchar también.

Louisa le habla de un arte tan bello que al verlo sientes que dejas de caber en tu propio cuerpo, de una especie de felicidad tan abrumadora que es casi insoportable.

—Estaba delante de la pintura y se me ha olvidado que estoy sola y asustada, ¿lo comprendes?

Pues claro que Ted lo comprende. Si lo has experimentado una vez, no lo olvidas jamás. Si no lo has vivido, no hay manera de explicarlo.

—Si ese artista es de verdad uno de los nuestros, tienes que hacer todo lo que esté en tu mano para ayudarlo—dice Ted.

—Lo sé—responde ella con orgullo.

Y así comienza la siguiente aventura.

—Suenas feliz—dice Ted con una sonrisa.

—Lo estoy. Tú también.

—A lo mejor estoy en camino.

—Eso es lo único a lo que podemos aspirar, Ted. A estar en el camino.

—Suenas a adulta.

—Y tú a viejo.

—Yo siempre he sido viejo.

Más crujidos en el auricular.

—¿Puedo preguntar una cosa?

—Mejor no—bosteza Ted.

—Bueno, más que una pregunta, es una sugerencia.

Él responde con un suspiro, cosa que ella interpreta como una señal de entusiasmo, por supuesto.

—¡Sé lo que deberías hacer con el resto de tu vida, Ted! ¡Deberías escribir un libro!

Ted está sentado en el borde de la cama. El sol comienza a ascender al otro lado de su ventana. Aprieta los pies suavemente contra el suelo y uno de los listones de madera cruje. Ríe sin hacer mucho ruido.

—¿Y sobre qué iba a escribir un libro un tipo como yo?