Mis amigos Chapter 58
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Chapter 58

CINCUENTA Y OCHO

Louisa encuentra la forma de poner a Ted de los nervios antes de que acabe la noche. Cuando se trata de molestarlo, la joven da muestras de una gran creatividad, eso hay que reconocérselo.

—Es una idea horrible—repite él una y otra vez en el coche.

Conduce la madre de Christian, Louisa va sentada de copiloto y Ted en el asiento de atrás siseando «¡cuidado!» entre dientes cada vez que una hoja de tamaño mediano planea por la carretera.

—A Ted no le gusta mucho estar dentro de un coche—dice con tono de disculpa la madre de Christian.

—A Ted no le gusta mucho nada—dice resoplando Louisa.

—¡Me gustan muchas cosas! ¡Pero no las que se mueven, nada más!—rezonga Ted.

La madre de Christian le dirige una sonrisa a Louisa.

Solo le gustan los libros. Cuando todos sus amigos se fueron, Kimkim a estudiar Arte, Ali al extranjero y Joar a la otra punta del pueblo, le dije a Ted que podía venir a verme y leer libros siempre que quisiera. Desde entonces ya no he podido deshacerme de él.

—Tienes una cantidad monumental de libros—se defiende Ted desde el asiento trasero.

La madre de Christian procede entonces a hablarle de la habitación grande que convirtió en una biblioteca en su casa después de la muerte de su hijo.

Ted iba allí cada día. Había un sillón cómodo, un lugar seguro y estanterías llenas de amigos imaginarios.

Por eso se hizo profesor, porque quería darles la misma seguridad a otros niños, enseñarles a vivir aventuras sin moverse del sitio.

—Y te hiciste profesor de Historia. La asignatura más aburriiiiida del mundo—anuncia Louisa.

—¡Aburrida serás tú!—replica Ted.

La madre de Christian lanza una mirada severa por el retrovisor.

—¡Ted! ¡Deja de ser tan inmaduro!

Ted mira por la ventana malhumorado.

—Ha empezado ella.

En ese momento, por desgracia, la madre de Christian ve otra cosa en el espejo y exclama ansiosamente:

—¡Oh, oh! La policía.

Louisa levanta las cejas.

—No me digas que tú tampoco tienes carnet, como la madre de Joar...

—Claro que tengo carnet, cariño.—Y tras una breve pausa, añade—: Solo que no en este preciso momento. Me lo han retenido un tiempo.

Es el turno de Ted de ponerse ansioso:

—¿Cómo te retienen un carnet de conducir?

—Iba un poco demasiado deprisa—gruñe la mujer—. Así que me lo quitó un juez. Pero, si lo pensáis bien, eso pasó porque soy muy buena conduciendo y sé hacerlo deprisa.

—¿O sea que el juez te lo quitó porque te tenía envidia?—inquiere Ted.

—Desde luego. Eso suena bien. Lo usaremos de excusa—asiente la mujer.

—Si la policía trae perros, no te lo perdonaré nunca—dice Ted con voz entrecortada.

—Por el amor de Dios, Ted, ¿puedes tratar de no ser tú mismo un segundo?—resopla Louisa.

—¡Esto ha sido idea tuya!—se defiende Ted—. ¡Ni siquiera Ali y Joar tenían ideas tan malas!

Si la policía nos para, voy a decir que Ted me ha secuestrado—le susurra Louisa a la madre de Christian.

—¡Louisa! ¡No tiene gracia!—exclama Ted.

En cambio, a la madre de Christian le parece tan gracioso que se ríe con todas sus ganas y, sin querer, pone el pie en el freno y lo aprieta hasta el fondo; el coche patrulla está a punto de darse de morros con ellos. Uno de los agentes sale y se acerca para preguntarles si va todo bien.

—Bueno, al parecer conduzco demasiado deprisa o demasiado lento, nunca estáis contentos...—dispara la mujer.

El policía la mira sin saber qué pensar.

—¿Adónde se dirige?

—Nos ha secuestrado—dice inmediatamente Louisa señalando el asiento de atrás.

El agente mira a Ted, el hombre más desdichado del mundo, con la americana sucia, las gafas enganchadas con cinta y la cara cubierta de moratones. El agente se echa a reír.

—Un secuestrador, claro, claro...

El policía les desea una agradable velada y se aleja en su coche patrulla. Ted no se ha sentido más insultado en toda su vida. Las mujeres, tanto la mayor como la joven, se ríen con tanto ímpetu que el coche se balancea. No es una mala noche, en absoluto.

Se detienen al llegar al museo. Louisa se cuela por una de las ventanas del lavabo.

Ted se golpea la cabeza al entrar y tiene que volver a enganchar las gafas con cinta.

La madre de Christian busca un hueco libre en una de las paredes y los tres cuelgan el cuadro de Kimkim.

Se sientan uno al lado del otro y contemplan la obra.

—¿Sigues pensando que es una mala idea?—pregunta Louisa.

—¡Sí! Deberías venderlo, coger el dinero y tener una vida fabulosa—responde Ted.

Louisa sacude la cabeza apenada.

—Eso no funcionaría. Si veo este cuadro como si fuera dinero, veré todos los cuadros de la misma manera y nunca podré pintar nada.

La madre de Christian está sentada a su lado y hay un silencio tan largo que siente que quizá estén esperando que diga algo, de manera que hace lo que suele hacer y cita al poeta Tomas Transtrómer: «No te avergilences de ser humano; ¡enorgullécete!

En tu interior se abre perpetuamente una caja tras otra. Nunca estarás completo. Así debe ser».

Louisa se abraza a sí misma. Ted limpia con delicadeza las gafas.

—Kimkim solía sentarse en una ventana a mirar la calle desde arriba y preguntar cómo se las apañaba la gente para ser humana.

—¿Qué le contestabas?—pregunta Louisa.

—Le decía que quizá se aprendiera.

—¿Y ya sabes cómo?

—Quizá esté en camino de hacerlo. Solo podemos aspirar a eso.

A Louisa se le ilumina la cara.

—¿En camino? ¿Más viajes aún?

—Calla—contesta sonriendo Ted. Ella no sonríe, claro.

—Su sitio es un museo—dice Louisa mirando el cuadro.

—El tuyo también—añade Ted.

Le ha dicho unas cuantas cosas bonitas, pero esta pelea por la primera posición.

—¿Qué hacemos ahora?

—¿A mí me preguntas? ¡Esto ha sido idea tuya!—dispara Ted.

—¿Y? ¿Debería tener otro plan? Tú eres el adulto.

—(¿Debería tenerlo yo entonces? Si no puedo ni dormirme en un tren sin que me abandones.

—Te dejé una vez. ¡UNA SOLA! ¿Puedes parar de hablar de eso?

—¡NO!

Louisa esconde la mirada en el cuadro un buen rato.

—Vale, no lo volveré a hacer—masculla por fin.

—Vale—musita Ted.

—¡Vale!—repite la joven.

—Ya se nos ocurrirá un plan—musita Ted, disgustado.

Como haría un padre.

La madre de Christian carraspea, coloca la mano con ternura sobre el hombro de Louisa y dice:

—Cariño, tengo una sugerencia sobre qué es lo próximo que deberías hacer...

Ese es el final feliz.