Chapter 57 #2
—Cuando nos conocimos casi ni sabías nadar y ahora lo haces mejor que cualquiera de nosotros. Puedes aprender lo que te dé la puta gana.
Ali lo besó tan fuerte que Joar se cayó del escalón. Al marcharse, él le dio una manta roja, como la capa de Superman. Y ella se fue volando.
Se escribieron cada semana durante varios años.
No es por presumir, pero Joar tenía razón: Ali acabó siendo la mejor surfista.
Le escribió que se sentía más feliz que nunca cuando se adentraba en el mar dando brazadas en dirección al amanecer.
En sus cartas decía que tenía la sensación de saber qué estaba haciendo en este planeta.
¿Cuántas personas descubren algo que las hace sentir de ese modo? ¡Qué afortunada!
Una mañana temprano, poco después de su decimoctavo cumpleaños, Ali se adentró en el mar y no volvió.
Al oírlo, Louisa llora con tanto desconsuelo que el tejado entero zozobra.
Se arrepiente amargamente de haber preguntado.
Porque ¿quién puede provocar este dolor por alguien a quien ni siquiera has conocido?
Louisa llora hasta que parece que se le van a romper las costillas.
Joar se desespera con su llanto y, finalmente, murmulla:
—Pasó... Pasó hace veinte años.
—¡Para mí NO! ¡Para mí se acaba de morir!—exclama Louisa.
Eso es lo peor de las historias.
—Para mí también—susurra Ted.
En ese momento, Joar, sentado en el tejado bajo las estrellas, también vuelve a perder a Ali. Eso es lo peor de la muerte, que sucede una y otra vez. Que el cuerpo humano puede llorar eternamente.
—¿Cómo era eso que dices tú siempre? ¿Lo de que la gente vive en silencio...?—musita Joar.
—Es de Henry David Thoreau—susurra Ted—: «La mayoría de los hombres llevan vidas de silenciosa desesperación».
Joar asiente despacio.
—Bueno, se pueden decir muchas cosas de Ali, pero eso seguro que no lo hizo nunca. No fue silenciosa ni un día de su vida.
Ríen. Has vivido una vida bastante extraordinaria si aún puedes hacer reír a tus humanos más de veinte años después.
—Ojalá Pez y ella se encuentren en el Cielo—desea Louisa.
—¡Espero que no! O no quedará Cielo para cuando lleguemos nosotros...—añade Ted.
—¿Puedo preguntar una cosa?—dice Louisa, y pregunta inmediatamente—: ¿Cómo se lidia con la muerte?
Es la madre de Christian la que responde a la pregunta.
—En mi caso me ayuda el arte. Porque el arte es una magia frágil, igual que el amor, y esa es la única defensa que la humanidad tiene contra la muerte.
Crear, pintar, bailar y enamorarnos es nuestra rebelión contra la eternidad.
Todo lo bello es una armadura. Van Gogh escribió: «Siempre pienso que la mejor manera de conocer a Dios es amar muchas cosas».
—Es una pasada total que hayamos ocurrido—susurra Louisa.
—Algo así—sonríe la madre.
Ted le cuenta entonces a Louisa la historia del regreso de Kimkim para enterrar a sus padres, poco después de acabar los estudios.
Y que ellos tres, Kimkim, Joar y él, hicieron una tumba también para Ali, para tener un lugar donde dejar flores adoptadas.
Eligieron una piedra grande, la colaron por la noche en el cementerio de la iglesia y buscaron un sitio vacío.
Kimkim pintó «Ali» en la piedra y rodeó el nombre de alas pequeñitas.
Luego robaron un carro del supermercado y se tiraron por la cuesta más empinada del pueblo, y casi se matan, y así Ali estuvo con ellos. Se quedó con ellos para siempre.
Esa misma noche, sentados en el embarcadero a oscuras, Kimkim musitó: «Creo que me voy a quedar aquí», y todo cambió.
—¿A hacer qué?—preguntó sorprendido Ted.
—No lo sé. ¿Trabajar en el puerto, quizá?—dijo Kimkim encogiéndose de hombros.
Ahí fue cuando Joar explotó con una rabia que no le habían visto nunca. Le estuvo gritando tanto rato y con tanta furia a su amigo que incluso Ted acabó enfadándose. Discutieron horriblemente los tres y, al final, Kimkim y Ted se fueron cabreados y Joar se quedó sentado solo en el embarcadero.
Joar se acurruca en el filo del tejado.
—Si se lo hubiera pedido, se habría quedado para siempre—masculla—.
Joder, yo quería que se quedara, por eso tuve que gritarle cosas tan horribles.
Le grité que había tenido que cuidar de él desde preescolar, pero que ya no podía seguir haciéndolo porque no puedo estar cuidando de un puto número infinito de personas.
Que ahora tenía que cuidar de mí mismo. Fui todo lo cruel que pude...
Ted acerca la cabeza al hombro de su amigo todo lo posible sin llegar a tocarlo.
—Tardé mucho tiempo en entender por qué lo hiciste.
Pero tú sabías que lo único que mantenía a Kimkim en este pueblo eras tú.
Por eso lo apartaste. Lloró esa noche, pero sé que tú lloraste más.
Y yo le dije que debía viajar, ver mundo, y al final accedió.
Se fue. Yo te vi, encaramado a un árbol observando el taxi que se alejaba.
La voz de Joar oscila entre dos edades: los quince años y la actual.
—Luego me llamó, meses después, desde algún lugar de Asia.
¡En plena noche! El muy imbécil no entendía que había una diferencia horaria.
Había encontrado un mural o como mierdas se llame eso.
Sonaba a que estaba enamorado, dijo que quería que yo fuera el primero en enterarse.
Y luego parece que se le olvidó que yo soy gilipollas.
Recuerdo que hablaba y que yo pensaba que sonaba tan feliz...
Él sí que podía ser feliz. Pero no aquí.
—¿Os volvisteis a ver alguna vez?—pregunta Louisa, y Joar esgrime una leve sonrisa descompuesta.
—Tuve problemas unos años. Fui un idiota total. Bebía mucho. Me planté en el aeropuerto un par de veces, pero no me atreví a subir al avión. No quería que me viera tan hecho polvo. Quería que me recordara joven y bello.
—Ser adulto es duro—interviene Ted.
—Ser niño también—señala Louisa.
—Habla por ti, ¡a mí se me daba de miedo ser niño!—dice Joar.
—SÍ, ya, me lo puedo figurar—reconoce Louisa.
—Pensaba que lograría asustar a Ted para que se largara también—dice Joar mirando a Ted—. Pero no paraba de venir a visitarme, todo el rato, hasta cuando estaba borracho y lo mandaba a la mierda. Se le da muy mal eso a Ted, no sabe irse a la mierda...
—No le gusta viajar—apunta Louisa.
Joar se ríe con tantas ganas que sacude todo el cuerpo y una parte del tejado se suelta. A partir de ahora la lluvia se colará por ahí y tendrá que echarle la culpa a Ted.
—¿Y Kimkim no volvió nunca?—pregunta Louisa.
—No. Él también se plantó en el aeropuerto unas cuantas veces—contesta Ted—. Pero da miedo volver a un lugar donde has sufrido tanto y te has sentido tan pequeño. Crees que te vas a convertir en la misma persona otra vez. Puede que lo entiendas cuando seas más mayor.
—Lo entiendo ahora—dice Louisa.
—Es probable, claro. Perdona—contesta Ted avergonzado.
—¿Y al final? ¿Cuando se puso enfermo?
Joar sacude el tobillo con el grillete.
—Yo entonces no podía viajar. Buena excusa para un cobarde.
—¿Hablabais por teléfono?
—SÍ. La última vez fue unas semanas antes de su muerte.
—¿Qué os dijisteis?
—Hablamos de Ali. Contamos chistes tontos. Le dije que le quería.
—¿Qué dijo él?
Joar mira a la madre de Christian antes de responder:
—Dijo eso que tú decías siempre, lo que dijo el pintor ese. Que deberías pintar como cantan los pájaros. Pero Kimkim decía que para él nunca fue así, que él pintaba como nos reíamos nosotros.
Dentro de unas pocas horas saldrá el sol, el aire será uno o dos grados más cálido y el verano estará de camino.
Puede que sea solo su imaginación, pero Louisa juraría que oye a un gato maullar en la oscuridad, soñoliento, feliz y volviendo a casa.
Puede que se lo esté imaginando también, pero Ted oye al gato y el sonido de los pájaros alzar el vuelo, el amable agitar de unas alas.
En ese momento desea de pronto que el gato no parezca tan feliz porque falta un pájaro.
Eso arruina de verdad el romanticismo del momento.
Dentro de un rato el mundo olerá a lluvia. Cuando las primeras gotas aterrizan en el tejado, los cuatro se incorporan y se meten gateando en la casa.
A Ted le pilla un poco desprevenido encontrar en el frigorífico de Joar el dibujo de Kimkim que Louisa había pintado.
—¡Me lo regalaste a mí!
—¡Me lo devolviste! ¡Tuviste tu oportunidad!—espeta enseguida Louisa.
—¡No puedes hacer eso!—lanza Ted, como si se estuviera planteando contratar a un abogado.
—¿Que no? Es superfácil, lo acabo de hacer—señala como si tuviera cinco años y se estuviera inventando sus propias reglas para un juego.
Se pasan un rato discutiendo, y eso harán muchas veces más, porque Joar tiene razón: Ted nunca la abandonará.
—Niñata—masculla Ted.
—Viejo amargado—dice ella riendo.
Con mucho cuidado, Joar saca el cuadro de la caja mientras los otros discuten, justo en el momento en que la madre de Christian entra en la cocina. La mujer, antigua profesora de Historia del Arte, tiene que apoyarse en la pared.
—Dios mío... Es increíble... Absolutamente extraordinario—exclama arrebatada.
Al principio, Louisa no entiende su reacción, porque parece que la madre de Christian está viendo el cuadro por primera vez. Tarda unos segundos en darse cuenta de que la mujer no está mirando esa pintura, sino el dibujo de Louisa.