Mis amigos Chapter 57
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Chapter 57

CINCUENTA Y SIETE

Es duro escuchar el final de una larga historia. Especialmente cuando tienes una pregunta muy importante que no te atreves a hacer.

Hace una noche preciosa, el aire es ligero y claro y viene cargado de promesas. Pronto llegarán el calor y el verano, y todo será mejor. Joar, Ted y la madre de Christian están sentados en el tejado, bajo las estrellas, y hacen turnos para contárselo todo a Louisa.

Le hablan de la vuelta en coche a casa desde el museo. De que la madre de Christian le preguntó a Kimkim si había pintado otros cuadros. Cuando él negó con la cabeza, ella musitó asombrada:

—¿Este ha sido el primero? ¡Qué don para el planeta! ¡Cuántas cosas vas a crear...!

A decir verdad, ninguno de los presentes entendía una palabra de lo que había dicho, pero entonces ella lanzó otra pregunta.

—¿Has hecho dibujos?

En ese momento, los cuatro adolescentes la miraron como si la mujer hubiera perdido la cabeza: «¿Que si ha hecho dibujos?».

Cuando la madre de Ted llegó a casa esa noche, descubrió horrorizada que había una señora desconocida en su sótano. El cuarto de Ted estaba lleno de dibujos de Kimkim, los había por cientos, diseminados con mucho cuidado por todo el suelo, como un mapa del corazón del chico.

La madre de Ted se quedó de pie en la puerta, incapaz de entender lo que estaba ocurriendo. Entonces la madre de Christian se giró y le dirigió una sonrisa.

—Algún día presumirás ante todo el mundo de que este joven se sentaba en tu sótano a dibujar.

En defensa de la madre de Ted hay que decir que no fue presumiendo por ahí.

Ni siquiera cuando Kimkim alcanzó la fama mundial.

Se alejó de la habitación y se encontró a Ted, Joar y Ali sentados en las escaleras para no estorbar, así que les preguntó si tenían hambre.

Ali no pudo evitar preguntarle si había lasaña.

En ese momento, la madre de Ted hizo algo increíblemente inusual: sonreír.

—¿Eres tú la que se ha estado comiendo mi lasaña? Me preguntaba dónde iba a parar. A ninguno de mis hijos les gusta demasiado.

—Es mi comida favorita del mundo mundial—confesó tímidamente Ali.

—¿La lasaña?—repitió la mujer, sorprendida, porque nunca había oído a una adolescente decir eso.

Ali negó con la cabeza y la corrigió:

—Tu lasaña.

La madre de Ted se empezó a estrujar las manos sin saber dónde mirar. Es lo que pasa cuando no estás acostumbrada a los cumplidos.

—Puedo enseñarte a hacerla—dijo al fin.

Ali la miró entonces como si la mujer le acabara de prometer que le iba a enseñar a hacer aparecer gatitos de la nada.

—¿En serio me vas a enseñar a hacer lasaña?

—No es difícil—dijo sonriendo la madre de Ted, y esa fue la primera vez que su hijo recuerda haberle visto dos sonrisas en una misma noche.

Dicho y hecho, la mujer subió en dirección a la cocina seguida de Ali, y nunca en la historia se ha cocinado una lasaña mejor, ni en esa casa ni en ninguna otra.

Ted y Joar se quedaron en la escalera oyéndolas reír, luego a Ali hablar de la muerte de su madre y a la madre de Ted hablar de la muerte del padre de Ted, que no había oído a su madre decir tantas cosas desde mucho antes del funeral.

—¿Lo querías mucho?—preguntó Ali.

—Y lo quiero. Todavía lo quiero mucho—respondió.

—¿Ser adulto es horrible?

—Insoportable. Fracasas en casi todo constantemente.

—Haciendo lasaña no—señaló la joven.

—Puede que no con la lasaña, a lo mejor por eso la hago. Una sola cosa que no se me da mal.

Entonces Ali enunció con el tono de estar lanzando una observación objetiva:

—No se te da mal ser madre. Todo funciona en tu casa. Todas las luces se encienden al darle al interruptor, el baño está limpio y siempre hay comida en el congelador.

Ted y Joar, sentados en los escalones, oyeron la respuesta de la madre:

—Tú solo me conoces a través de mi hijo. Es normal que pienses que soy una buena madre. Pero Ted no es obra mía, es... un pequeño milagro. La verdad es que él me ha dado mucho más amor a mí del que yo le he dado a él.

Ali se quedó pensativa mucho rato antes de contestar.

—Ted le da más amor a todo el mundo. Pero yo creo que los dos os habéis dado la misma cantidad el uno al otro: todo el que tenéis.

Y entonces se comieron la lasaña.

La madre de Christian reunió todos los dibujos de Kimkim que había desperdigados por el suelo del sótano y salió a la calle, al sol matutino, al mundo, acarreándolos con sumo cuidado. Y así es cómo comenzó la siguiente aventura.

Aproximadamente una semana después, Kimkim estaba sentado con sus amigos en la intersección despidiéndose con un «hasta mañana».

Fue idea de Ted que escribieran sus nombres en cuatro piedras y las enterraran en el césped entre las casas donde habían crecido y que, cuando se volvieran a encontrar, las desenterraran.

Se sentaron todos juntos con los dedos llenos de tierra.

—No he sido yo—susurró Ali.

Pero sí que había sido ella, claro. Los demás respondieron tirándose un pedo cada uno. Colocaron las piedras bajo tierra y ese fue el último entierro de ese año. Y así acabó el verano.

—Quizá suene a final triste—le dice Ted a Louisa en el tejado—, pero solo si te olvidas de todas las veces que te he dicho a lo largo de mi relato que alguien se echó a reír. ¿Cuántos buenos ahoras supone eso? ¿Cuántas personas tienen más?

Al llegar el otoño, Lechuza volvió a dar Arte en el instituto, pero Kimkim no volvió a su clase.

La madre de Christian visitaba la tumba de su hijo cada día, pero una mañana faltó.

Estaba en el patio de una escuela de arte situada en una localidad a muchas horas de allí, esperando a Kimkim.

El director le había hecho un gran favor, pero ella insistía en que era ella la que se lo estaba haciendo a la escuela.

El director rio entonces, pero llegaría el día en que le daría las gracias, pues estuvo presumiendo de aquel alumno todos los días del resto de su carrera.

Kimkim se despidió de su madre con un apretón de manos, pero ella hizo algo milagroso: lo abrazó.

—Siento mucho no haberte entendido—le susurró al oído—. ¡No seas como los demás niños! ¡No seas normal!

Kimkim no quería soltarla, ella tuvo que retorcerse para liberarse del abrazo.

Los niños no son responsables de la felicidad de los padres, pero lo intentan de todos modos.

En el piso había una pila de dibujos del artista que la madre de Christian había dejado al pasar por allí para que la mujer pudiera entenderlo.

Con el tiempo sucedió, y puede que incluso lo comprendieran los demonios que habitaban su cabeza.

Casi que hicieron las paces con ella a partir de entonces.

El padre de Kimkim lo llevó a la facultad en su viejo coche herrumbroso. No hablaron mucho, pero, justo cuando entraban en el patio con el automóvil, su padre masculló:

—Espero que sepas que no he estado nunca avergonzado de ti, sino de mí.

Kimkim quiso explicar entonces todo lo que sentía, pero le faltaban palabras, así que dijo las más importantes que conocía:

—Te quiero y creo en ti, papá.

Sin duda alguna el padre le habría respondido con las mismas palabras si hubiera sabido cómo.

Tuvo que tomar el autobús para volver a casa.

Todavía conservaba el dibujo de la capilla del hospital de su hijo, lo tenía colgado como un gran tesoro en la pared de la cocina, pero el resto del piso estaba vacío casi por completo.

Tuvo que pasar mucho tiempo hasta que Kimkim se enteró de que sus padres habían vendido prácticamente todo lo que poseían, incluido el coche del padre, para pagar todo lo que él había necesitado para sus estudios de arte.

La madre de Christian fue de gran ayuda también.

Cuando los hombres del puerto lo descubrieron, organizaron una colecta; el padre nunca presumía de hijo, pero todos los compañeros lo hacían por él.

Una única acción buena no puede compensar toda una vida de acciones malas, pero esos hombres estaban dispuestos a intentarlo.

Eran personas duras con vidas duras, pero algún puñetero sábado iban a un puñetero museo a mirar un puñetero cuadro, y ese sentimiento era como un puñetero amanecer en sus pechos: habían formado parte de algo bello.

La madre de Kimkim nunca estaría completa del todo, como les sucede a algunas personas; se perdía cada vez con más frecuencia al volver a casa del supermercado.

Vivió su último año en una residencia. Kimkim enviaba dibujos cada semana y ella cubrió las paredes con ellos.

Él estaba con ella cuando murió, se acababa de graduar y se quedó un buen rato sentado junto a su cama después, cogiéndola de la mano.

Como si los demonios se hubieran dormido en su regazo.

Una semana después, fue a dar un paseo con su padre.

No hablaron mucho, pero alguna que otra sonrisa asomaba de vez en cuando.

Se despidieron con un abrazo. Cuando su padre llegó a casa esa noche, se sentó en la silla de la cocina, rodeado de los dibujos de su hijo, y se quedó dormido, tranquilo y en paz.

Kimkim enterró a su padre y a su madre el mismo día.

Entonces se marchó del pueblo y no volvió. El mundo lo estaba esperando.

El cielo estrellado sobre las casas marea a Louisa. Pasado un rato, sus ojos no saben si miran hacia arriba, al universo, o hacia abajo, dentro de él. Opta por cerrarlos y respirar despacio, y es entonces cuando finalmente pregunta lo que nadie se atreve a preguntar: «¿Qué pasó con Ali?».

Joar y Ted permanecen tumbados en silencio, como esperando a que el otro lo cuente, y entonces los muy idiotas empiezan a hablar a la vez. A Ali eso le habría gustado.

Cuando Joar y ella se despidieron por última vez estaban sentados en los escalones de casa de Ali. Le estaba contando que su padre había encontrado trabajo en otro país, que también tenía mar, pero no como este. Aquel mar en concreto bañaba largas playas blancas y el verano nunca acababa.

—¡Voy a aprender a surfear!

—Seguro que acabas siendo la mejor surfista—asintió Joar.

Ella sonrió, salvaje y feliz.

—¿Tú crees?