Chapter 56
CINCUENTA Y SEIS
Ted se apea por el lado del copiloto y mira ansiosamente en dirección al tejado.
—¿Qué haces ahí sentada? ¡Te puedes caer!—vocifera a Louisa.
—¿Y yo qué? Me puedo caer también—grita Joar, ofendido.
—Tú eres viejo, no tienes mucho por lo que valga la pena vivir.
Se abre la puerta del conductor y una mujer en la setentena sale del vehículo.
Es bajita y de aspecto severo, se parece mucho al tipo de mujer que podría acabar en prisión si una persona joven le preguntara si necesita ayuda para cruzar la calle.
Ted le pide a Joar que baje a la cocina, pero huelga decir que Joar le espeta desafiante que ni hablar, que tendrán que subir ellos al tejado.
Ted le pregunta entonces si se ha vuelto loco, a lo que su amigo responde que deje de ser tan cobarde.
Ted pone un poco cara de estar a punto de decir que la mujer que tiene a su lado es demasiado mayor para sentarse en el tejado.
La mujer se da cuenta y decide que ella se va a sentar en el tejado, faltaría más.
Dicho y hecho, unos minutos más tarde la señora está allí arriba zarandeando las piernas.
Así conoce Louisa a la madre de Christian.
—A ver, cariño, ¿eres tú la que ha recibido el cuadro más bello del mundo?—pregunta la señora sonriendo.
—Sí—responde Louisa, que se siente de pronto abrumada por la culpa.
La madre de Christian le da una palmadita en la rodilla, cosa que a Louisa no le disgusta en absoluto.
—Desde luego, debiste de gustarle una barbaridad a Kim. Mi pésame por tu pérdida.
—Lo mismo digo—responde Louisa, que añade enseguida—: Y también lamento que perdieras a Christian. Me lo ha contado Ted.
—Gracias, cariño. Ted me ha contado que tú también perdiste a alguien a quien querías.
La mujer alarga un dedo y atrapa una lágrima que bajaba deslizándose por la mejilla de Louisa. Ningún adulto había hecho eso antes, así que la siguiente pregunta se le escapa sin más.
—¿La superaste alguna vez? ¿La muerte de Christian?
La mujer niega con la cabeza, apenada.
—No, no, cariño. Nunca se supera la muerte cuando eres una persona que ama.
Pero es más fácil si eres madre. Ahí no tienes más opción.
Tengo otra hija, la hermana pequeña de Christian, y ahora tengo nietos.
La gente siempre dice que deberíamos vivir como si cada día fuera el último, pero cuando tienes hijos te das cuenta de que tienes que vivir como si cada día fuera el primero de la vida de ellos.
Es difícil que lo entiendas, todavía eres una niña...
—¡Tengo dieciocho!—protesta Louisa, como si la mujer debiera sentirse impresionada.
—Lo siento, tienes mucha vida por delante, muchas pérdidas—prosigue la mujer—. ¿La ves por todas partes? ¿A la persona que has perdido?
—¡Sí! Es como si la viera por el rabillo del ojo, todo el tiempo, entre la multitud...—asiente Louisa.
La mujer coge entonces a Louisa de la mano y, para sorpresa de la propia Louisa, ella la deja.
—Los primeros años me enfadaba cada vez que ocurría—dice la mujer—.
Creía oír la voz de Christian en el supermercado, o veía su jersey favorito doblando una esquina y, cuando iba corriendo detrás, era otra persona.
¡Ay, cómo lo odiaba! ¡Me moría de la rabia!
Hasta que un día me di cuenta de que no era una maldición, sino todo lo contrario, una bendición.
Pequeños guiños del Cielo. Era Christian jugando al escondite conmigo, como cuando era pequeño.
Así que ahora, cada vez que pasa, cuando lo veo por el rabillo del ojo, susurro: «¿Quién está ahí? ».
Los interrumpe un improperio. Es Ted intentando en vano, por supuesto, trepar al tejado sin tropezar. Casi se cae por el borde, pero Joar lo agarra en el último segundo.
—¿Cómo coño sigues vivo? Todo el mundo se muere, pero tú sigues aquí...—musita Joar cuando Ted consigue sentarse finalmente.
—Parece que soy más difícil de matar de lo que parece—reconoce Ted.
El sol se ha puesto y las farolas se han encendido, hay sombras bailando a su alrededor. Louisa mira por encima de su hombro y le susurra a la oscuridad:
—¿Quién está ahí?
Permanecen un rato en silencio. Es la madre de Christian quien carraspea con actitud autoritaria y hace un anuncio:
—Mañana haré algunas llamadas, cariño. No costará vender el cuadro, así que tienes que decidir si tienes alguna preferencia.
—¿Qué significa eso?
—Si quieres venderlo directamente a un coleccionista o si quieres venderlo en una subasta. La segunda opción probablemente atraiga más atención de los medios y quizá consigas más dinero por el cuadro.
Louisa niega con la cabeza.
—No, no. Nada de atención, por favor.
—Muy bien—dice la mujer, como si zanjara el debate.
—¿Podemos bajar ya a la cocina?—pregunta esperanzado Ted.
—¡No! Aún no he acabado mi historia de cuando nos colamos en el museo—gruñe Joar—. ¿Te crees que eres el único con derecho a contar historias?
Pero deja que sea la madre de Christian quien cuente el resto de la historia, porque esta parte le pertenece.
Es la de cuando sonó su teléfono en mitad de la noche y ella sintió un miedo terrorífico, porque no podía oír ese sonido sin pensar que algo terrible había sucedido.
Un chico asustado al otro lado le dijo tartamudeando que Christian le había dado ese teléfono.
Ella balbuceó medio dormida:
—¿Eres... tú?
Kimkim, bastante desconcertado, susurró a su vez:
—¿Cómo? ¿Quién soy... yo?
Entonces ella contestó, casi sin poder respirar:
—Eres el chico del que me habló mi hijo cuando me llamó por última vez, cuando me dijo que había encontrado a uno de los nuestros.
Kimkim se puso tan nervioso que farfullaba al tratar de explicarle la situación, pero ella ni siquiera lo dejó acabar.
Preguntó por la dirección mientras se vestía, y entonces tomó un taxi para ir al museo y le lanzó el dinero al taxista saliendo a toda prisa del vehículo.
Al entrar en el museo chocó con el vigilante, quien, por desgracia, le preguntó inmediatamente si estaba bien en un tono que sugería que la mujer era extremadamente frágil.
Típico de los hombres, ¿no? Así que el ambiente al principio no fue muy bueno que se diga.
El vigilante le explicó que debía identificar un cuadro y confirmar si uno de los jóvenes era el autor. Entonces vio el cuadro. ¡Madre del amor hermoso! Lo vio y casi se cae de culo. Que los botones de su blusa no salieran disparados por el latido de su corazón es del todo incomprensible.
—Es ese—dijo Joar señalando el cuadro.
—;¡Sí, puedo ver perfectamente que es ese!—le largó con tal sequedad que hasta él se quedó sin palabras.
—Yo... solo quería ayudar—musitó.
La madre de Christian se ablandó un poco al oírlo.
—Perdona por el tono, pero enseño Historia del Arte, así que entiendo perfectamente que se trata de este cuadro. ¡Cualquiera puede ver que no tiene cabida aquí!
Kimkim, que estaba detrás de ella, dijo entonces desconsolado:
—Lo sé, lo sé, este no es su sitio. Todo esto ha sido una estupidez. ¿Podemos irnos ya? No volveremos a causar problemas, lo prometo...
Sin embargo, la madre de Christian agitó una mano entusiasmada ante los demás cuadros expuestos en las paredes como si los borrara y acabó señalando el de Kimkim.
—¡Pues claro que no es su sitio! Ninguno de los artistas que han creado estos cuadros podría haber pintado así.
Kimkim estaba a punto de echarse a llorar.
—No... No, yo no sé pintar como los artistas de verdad, ¡lo entiendo! No he estudiado en una escuela de arte ni nada de eso, yo...
Entonces la madre de Christian juntó las manos dando una palmada, como si fuera a entonar un rezo ligeramente frustrado.
—No, gracias a Dios, ¡no has recibido formación! Nadie formado pinta así. El arte no requiere formación, cariño, el arte solo necesita amigos.
Acto seguido, la mujer se agachó delante del cuadro y, al ver las calaveras junto al nombre, se echó a llorar tan desconsoladamente que nadie supo qué hacer. El vigilante carraspeó.
—Entonces... ¿Usted puede confirmar que el cuadro es de los chicos?
—¡Sí, sí, sí!—dijo entre sollozos.
—¿Y... puede llevar a los chicos a casa también? Tienen un coche aparcado fuera, pero creo que el más bajo lo ha conducido hasta aquí porque es el que lleva las llaves y... ¿Cuántos años tienes? ¿Once?
—¡QUINCE! Y conduzco mucho mejor que tú. ¿Cuántos años tienes? ¿Sesenta?—soltó Joar.
—Tengo treinta y siete—dijo, un poco dolido, el vigilante.
—Pareces diez años más joven—intercedió rápidamente Ali, animando al vigilante con el comentario.
—Y una mierda pa...—empezó a decir Joar antes de que robara por completo su atención la fuerte patada que se llevó en la espinilla.
—Vámonos antes de que llame a la poli—siseó Ali mientras Ted y Kimkim asentían frenéticamente.
Así que Joar dio un paso al frente para recoger el cuadro, pero la madre de Christian le preguntó si podía llevarlo ella.
Se lo permitieron y ella lo llevó en sus brazos como si fuera un ser vivo.