Chapter 55
CINCUENTA Y CINCO
La decepción es algo muy potente. Usada correctamente, es más fuerte que el miedo, más terrible que el dolor físico; si la observas en los ojos de alguien a quien amas, harás casi cualquier cosa para detenerla.
—El ejército debería encontrar un modo de usar la decepción como arma—dice Joar sentado en el tejado.
Se muerde el labio y rebusca en los bolsillos.
—Mierda, no tengo cigarrillos—masculla.
—¡Yo sí!—dice Louisa estirándose para coger su mochila.
—No, no, da igual. Lo he dejado, es que a veces se me olvida.
—Eres muy raro—le informa Louisa.
—Me lo han dicho una o dos veces.
Louisa zarandea los pies, que cuelgan del tejado, y observa todas las casas en las que puede vivir ahora que es rica. Se lo había imaginado de otra manera porque su sueño era ser rica con Pez. Ahora le da bastante miedo poseer lo que sea, porque ha perdido cuanto ha tenido.
—No fue culpa tuya lo que pasó con el concurso...—dice tratando de animarlo, aunque en los ojos de Joar ve claramente que todo es culpa suya. Todo es su responsabilidad.
—¿Sabes qué fue lo peor?—dice con un suspiro—.
Que cuando Kimkim se dio cuenta de que no había concurso no pareció decepcionado.
Ni siquiera triste. Solo aliviado. Fue entonces cuando me di cuenta de que tenía que hacer que se marchara de este puto pueblo como fuera.
Porque si se le hubiera presentado una sola oportunidad para quedarse, no se habría ido nunca.
La noche avanza lentamente en todas direcciones; el anochecer mete al pueblo en un saco; las luces se encienden en las casas colina abajo como agujeros de bala atravesando la oscuridad.
—¿Qué hiciste entonces?—pregunta Louisa.
—Volví a robar el coche de mi padre—responde sonriendo Joar.
Le cuenta entonces la historia de la última aventura que vivieron juntos.
La última estupidez supina. Esperó hasta que se hiciera de noche para reunir a todos sus amigos y pedirles que lo acompañaran.
Los obligó a esperar en el coche mientras él se colaba en el sótano de Ted para coger una cosa que luego metió en el maletero antes de salir.
Era de madrugada, de manera que los amigos no veían adónde se dirigían y no se dieron cuenta de dónde estaban hasta que volvieron a encontrarse frente al museo.
Joar sacó un gran paquete del maletero, se lo colocó encima de la cabeza y corrió hasta la parte trasera del edificio.
Cuando sus amigos lograron alcanzarlo, ya había roto una ventana y se había colado dentro.
Los demás entraron por el mismo sitio, aunque demasiado deprisa, de manera que aterrizaron unos sobre otros formando una pila chillona en la que un pie pisaba una melena, una rodilla se clavaba en una barriga y una espalda chafaba una cara.
—liiidiiiioooootas—refunfuñó Joar—. ¿Estáis intentando que suene la alarma o qué?
—¡Has sido tú quien se ha colado!—protestó Ted antes de mirar a su alrededor y darse cuenta de que, lamentablemente, se había convertido en cómplice.
Ali farfulló que olía raro y Joar contestó mascullando que a lo mejor era ella. Ali le respondió golpeándole el brazo y, tras el aullido de Joar, Ted chistó para que se callaran.
El único que no hizo ni un ruido fue Kimkim.
Se dedicó a contemplar las paredes blancas, que parecían medir cientos de metros hasta llegar al techo, con la cabeza echada hacia atrás y estupefacto.
Cuando empezó a recorrer con la mirada la sala de cuadro en cuadro, parecía alguien que nota por primera vez el tacto de la arena entre los dedos de los pies o que hace su primer ángel de nieve.
En ese momento, Joar desempaquetó con cuidado lo que había recogido en el sótano de Ted y sacó el cuadro de Kimkim con su marco de troncos.
Ali y Ted comprendieron entonces el plan de Joar y lo ayudaron a descolgar cuidadosamente un cuadro de la pared para poner el de su amigo.
Los cuatro amigos se colocaron de pie en el centro de la gran sala, mareados de pura felicidad.
Quizá esa fuera la primera vez que Kimkim vio eso que los otros habían sabido desde siempre.
—A la mierda el concurso. Yo solo quiero que se te meta en la cabeza que el lugar de tu arte es un sitio como este. Y que este es tu sitio también—dijo Joar.
Kimkim lloró entonces. Ali se puso al lado de Joar y le cogió la mano.
—Es la mejor idea que has tenido nunca, idiota—musitó.
Joar tose en el tejado, como si su cuerpo no quisiera olvidar que le pertenece a un fumador.
—Fue un buen plan, ya lo creo. Salvo porque no había pensado bien qué haríamos si aparecía un vigilante.
—¿Qué pasó?
—Pues que apareció un vigilante.
—¡Eso lo he pillado! ¡No soy tonta! Pero ¿qué pasó?
Joar suspira.
—Bueno, salimos corriendo. Y éramos unos hachas corriendo.
Se nos daban fatal muchas cosas, pero correr era lo nuestro.
Así que, cuando saltó la alarma del museo y llegó el vigilante, podríamos haber escapado sin problema.
El tipo era lento y muy mayor. Bueno... Sí...
visto ahora, a lo mejor tenía treinta y siete o algo así.
Pero para nosotros eso era mayor. En cualquier caso: no nos habría atrapado en la vida.
¡Ni de coña! El problema era que él no tenía que atraparnos a nosotros, sino al cuadro.
A nosotros se nos daba muy bien correr, pero éramos malísimos llevando...
Joar le cuenta que la alarma saltó mientras Ali buscaba un interruptor de la luz, así que ella le contaría a todo el mundo que había sido culpa suya.
Solo oyeron un pitido grave que venía de otra sala de la galería, ni siquiera se dieron cuenta de que habían hecho saltar la alarma hasta que vieron unas luces brillantes por una ventana y cayeron en que eran los faros de un coche.
El vigilante apareció corriendo, un vejestorio, pero daba lo mismo.
Joar y Ali intentaron correr llevando el cuadro entre los dos, pero ella era más alta, lo justo para que él tuviera que ponerse de puntillas al besarla, una diferencia de lo menos práctica cuando tratas de llevar algo en brazos con la otra persona.
Así que tropezaron y se les cayó el cuadro; el suelo de piedra era como el hielo, así que los adolescentes resbalaron en una dirección y el cuadro en la opuesta.
Ted y Kimkim trataron de tomar caminos diferentes, pero se equivocaron de ruta, por supuesto, y acabaron chocando.
El vigilante vino corriendo a por ellos, aunque «corriendo» quizá sea un tanto exagerado.
En cualquier caso, vino a una velocidad determinada.
El hombre hizo lo que pudo. Cuando se detuvo jadeante junto al cuadro, llegó, como es natural, a la única conclusión lógica: los adolescentes se habían colado para robarlo.
—Y luego todo se volvió muy confuso—le cuenta Joar a Louisa—.
Porque cuando el vigilante cogió el cuadro, nosotros volvimos corriendo, y el hombre no entendía lo que pasaba porque, claro, los ladrones suelen huir en dirección contraria.
Así que Ted dio un paso al frente y dijo: «¡Perdón por colarnos!
¡No hace falta que llame a la policía! Nos vamos, solo vamos a llevarnos eso...
», y todos señalamos el cuadro que el vigilante tenía en los brazos.
Y el hombre nos miró y dijo, como es lógico: «¿Os habéis vuelto locos?
¡No puedo daros el cuadro que estabais tratando de robar!
». Y nosotros replicamos: «¡No intentábamos robarlo, joder!
¡Es nuestro!». Y el hombre ponía los ojos en blanco y decía: «¡Ya, claro!
¡Eso tiene mucho sentido! ¿Habéis traído vuestro propio cuadro para colaros en un museo?
». Y entonces yo dije: «¡Para sentido el TUYO, imbécil! ». Y Kimkim dijo...
Joar se queda callado un momento. Vuelve a toser, como si estuviera buscando su voz.
—¿Qué dijo Kimkim?—pregunta Louisa impaciente.
Joar recobra la compostura.
—Le dijo al vigilante: «Verá que el cuadro está fuera de lugar aquí.
No es ni la mitad de bueno que los otros».
El vigilante dudó un momento y dijo: «A mí me parece...
bonito. Pero yo no sé nada de arte». Y luego yo dije: «Pues dánoslo entonces, ¡vale millones!
». Y, claro, es no fue muy inteligente por mi parte, porque ahí fue cuando el vigilante dijo que iba a llamar a la policía.
Entonces Ali exclamó que podía ver claramente que nosotros éramos los del cuadro, pero el tipo lo miró y al principio no vio a nadie.
Solo veía el mar. Así que nos tuvimos que señalar y entonces se le iluminó la cara y pensó que era maravilloso.
Se le llenaron los ojos de lágrimas, te lo juro.
Pero luego dijo que los críos del embarcadero podían ser unos críos cualquiera.
Y entonces Ali dijo: «Ya no somos críos».
Y ahí... Joder... Fue como si nos hubiéramos quedado todos sin aire.
Debíamos de tener unas caras muy tristes porque el hombre dijo: «Vale.
Si os vais ya, no llamo a la policía». Pero está claro que no podíamos irnos sin el cuadro.
Así que aquello acabó convirtiéndose en el rescate de rehenes más extraño del mundo.
Al final el vigilante suspiró y dijo: «Vale.
A lo mejor podéis llamar a un adulto para que venga y confirme que el cuadro es vuestro».
Los cuatro amigos se quedaron pensando que era un gesto bonito por parte del vigilante darles esa oportunidad, pero, sobre todo, el de pensar que tenían algún adulto a quien llamar.
La mamá de Joar estaba en el hospital, la de Ted, en el trabajo, el papá de Ali estaba de fiesta, la mamá de Kimkim, durmiendo hasta arriba de somníferos en su casa y el padre, sentado a oscuras bebiendo whiskey en la suya.
Y entonces el artista que se haría famoso con el nombre de C.
Jat levantó de pronto la cabeza y rebuscó entre una serie de números que se sabía de memoria.
Los otros no entendían nada, pero él exclamó: «¡Tengo uno! ¡Tengo un adulto a quien llamar!».
Joar mira más allá del borde del tejado. Un coche sube despacio la colina por una carretera que serpentea entre casas desvencijadas.
—¿Quién era? ¿A quién llamasteis?—pregunta Louisa impaciente.
—Está subiendo ahora mismo—responde Joar.