Mis amigos Chapter 54
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Chapter 54

CINCUENTA Y CUATRO

Tras el accidente de su padre, la noche siguiente a encontrar a sus amigos en la capilla del hospital, Joar estuvo a punto de matarse con el coche.

A decir verdad, fue Ali la responsable, la muy lunática.

Fue la noche que ella les contó que su padre había conseguido otro empleo en otra ciudad, lejos de allí.

Le debía dinero a medio pueblo, como siempre, y ahora los muy maleducados le estaban pidiendo que lo devolviera.

Joar parpadea mirando el cielo sobre el tejado.

—No lloré por el accidente de mi padre. Tampoco lloré esa noche con Ali. No sé si eso le dolió. Debería haber dicho algo inteligente, pero solo me salió un «vale». Porque ella no podía vivir en este pueblo, al menos no siendo del todo ella misma, no podría alcanzar todo su potencial, aquí no.

—¿Qué dijo ella?

—Que me podía ir a la mierda si no la iba a echar de menos. Entonces le dije la verdad: que no me iba a volver a enamorar. Y ella me besó. Solo me había besado una vez antes. Luego dijo que había sido yo quien la había besado a ella, claro, pero estaba como una cabra...

Louisa sigue tumbada, así que se tiene que secar las lágrimas de las orejas.

—O sea, que tuvisteis una historia de amor.

—Ella te habría partido la cara si te oyera—dice Joar riendo.

—¿Por qué no pudo quedarse contigo?

—Su padre la necesitaba—responde como si estuviera diciendo una obviedad.

—Sois todos iguales. No podéis abandonar a las personas que os necesitan.

—Tú eres de los nuestros—responde Joar, estableciendo su récord de comentarios amables dirigidos a ella.

—¿Qué pasó con el concurso?

Joar le cuenta la historia de cuando Ali y él cogieron el coche aquella noche.

Y de que se detuvieron en una colina no muy lejos de la casa donde están ahora Louisa y él, y de que durmieron abrazados.

Pasaron una noche entera juntos; hay quien diría que no es gran cosa, pero eso es porque no han estado enamorados como Dios manda.

La mayoría de la gente no ha conocido ese sentimiento ni de lejos.

De regreso, condujo Ali. Joar le enseñó.

Conducía prácticamente como nadaba cuando se conocieron, así que estuvieron a punto de estrellarse con un muro de ladrillo contra el que se fueron a toda velocidad.

Ali frenó abruptamente el coche justo en el último momento.

Joar lanzó un grito y ella se lo quedó mirando, sudorosa y feliz, con sus ojos grandes y salvajes.

—¡Así ya lo sabes!—exclamó Ali.

—¿De qué coño hablas, psicópata?—vociferó él también.

Ella se inclinó sobre el cuello de él. Estaba tan cerca que Joar desapareció entre los cabellos de su melena.

—Así ya sabes que tú tampoco quieres morir. No puedes morirte, que lo sepas. Si lo haces antes de que yo vuelva, te mato de una paliza.

—¿De que tú vuelvas? ¿Para qué vas a volver aquí?—bromea—. ¿No ibas a vivir en una casa grande con alguien normal?

—Algún día a lo mejor tú y yo somos lo bastante normales—susurró.

Se detuvieron junto al mar y Joar recogió troncos con los que luego hizo el marco para el cuadro de Kimkim. Colgado en una exclusiva subasta de arte, veinticinco años después, aún olía un poco a mar.

A la vuelta se encontraron con Ted y Kimkim en la intersección.

Fueron juntos a casa de Joar y limpiaron el piso porque él quería que estuviera bonito cuando volviera su madre del hospital.

A Ali no se le daba demasiado bien limpiar, así que se dedicó a ordenar una caja de juguetes viejos, o a jugar con ellos, básicamente.

Alzó un muñeco de Superman y preguntó:—¿Por qué lleva capa?

No tiene poderes, puede volar sin ella, ¿no?

Fue Kimkim quien respondió.

—Yo creo que es por lo difícil que es dibujar el movimiento. Por eso, cuando la gente que lo creó tuvo que dibujarlo en un cómic, necesitaban que la capa mostrara que se estaba moviendo.

—¡Anda!—dijo Ali con el tono de quien no ha entendido una palabra.

Kimkim trató entonces de mostrárselo quitándose la camiseta y corriendo por la habitación con la prenda a la espalda, pero no miraba por donde iba y se estampó contra una pared.

De hecho, fue bastante peligroso, porque Ali casi se ahoga de la risa.

Luego Ted dijo que había leído que la capa de Superman en realidad era una manta.

Era la que había usado su madre para envolverlo cuando era pequeño y sus padres lo enviaron en un cohete a la Tierra.

Era un pensamiento tan intenso que se tumbaron en el suelo y se quedaron mirando el techo.

—(¿Me vais a olvidar si me mudo?—preguntó finalmente Ali.

—Sin duda—respondieron todos sus chicos.

—Sois malvados—dijo ella riendo.

—¿Olvidarte?—masculló Ted—. No recordamos la vida antes de que aparecieras tú. ¿Cómo vamos a olvidarte?

Ali permaneció en silencio un buen rato antes de hacerles una promesa:

—Creo en vosotros. Confío en vosotros. No volveré a sentir por nadie la confianza que tengo en vosotros tres.

—Yo tampoco—dijo Ted.

—Ni yo—coincidió Kimkim.

—Frikis—dijo Joar.

—Tú sí que eres un friki—replicó Ali, y le cogió la mano.

Permanecieron varias horas tumbados uno al lado del otro en el suelo del cuarto de Joar. Más tarde, enmarcaron el cuadro de Kimkim.

Joar carraspea en el tejado.

—Puede que ese sea... Joder... No sé cómo decirlo. Es como, ese es uno de mis recuerdos más intensos. Cuando estaba en la cárcel, pensaba en ese momento todas las noches mientras intentaba quedarme dormido.

Louisa permanece en silencio el doble de tiempo de lo que suele ser capaz.

—Pez leyó en un libro que, en el Cielo, tienes la oportunidad de escoger un momento de tu vida—dice al fin—.

Tu mejor momento. Y luego puedes sentirte como te sentiste entonces para siempre.

Decía que así no importa si vives hasta los ochenta, porque eso no sería más que un montón de ahoras y con un único ahora que sea bueno basta.

—Yo he tenido un montón de ahoras. Millones—dice agradecido Joar.

Le cuenta entonces que Ali preguntó ese día si creían que habría buena comida en la fiesta cuando el cuadro de Kimkim ganara el concurso.

—Pues claro que habrá buena comida. A los putos ricos les encanta la comida—contestó Joar.

—Espero que haya champán para ponerme como una cuba—dijo con una risilla traviesa Ali.

—¿Qué día es?—preguntó Ted.

—¿Cómo?—dijo Joar.

—Que qué día es el concurso. ¿Cuándo hay que entregar el cuadro?

No habían pensado en eso. Joar fue pitando a rebuscar por cajones y estanterías.

Había escondido el periódico con el anuncio para evitar limpiarse el culo accidentalmente con él la siguiente vez que se quedaran sin papel, pero lo había ocultado demasiado bien.

Daba vueltas enrabietado por toda la habitación, despotricando por lo listo que había sido.

Al final dio con el diario al levantar el último objeto del último cajón y pasó las páginas tan rápido que las rasgó.

Al ver la fecha resopló tan fuerte que casi se desmaya.

—Dentro de una semana—jadeó.

Sus tres amigos asomaron las cabezas para mirar por encima de su hombro.

Era la primera vez que veían el anuncio y recordarían ese momento como si el suelo hubiera desaparecido bajo sus pies.

Joar creía haberlo leído tantas veces que había memorizado todas y cada una de las palabras y, pese a todo, había pasado por alto lo más importante.

Ninguno de los otros se atrevió a decir nada, así que al final fue Ali quien habló y dijo desesperanzada y lentamente:—Pero, Joar, aquí dice que la edad máxima es trece años.

—¿Qué mierda dices?

—Dice que hay que tener... trece años como mucho—repitió Ted.

—¿Qué coño significa eso?—preguntó furioso Joar, como si su cerebro no pudiera comprender el significado de los números.

—Es un concurso para niños—aclaró Ted.

—Nosotros ya no somos niños—añadió Ali.

—Entonces lloré—dice calmadamente Joar en el tejado.