Mis amigos Chapter 53
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Chapter 53

CINCUENTA Y TRES

Louisa se ha bebido todo el refresco de naranja. Se repantiga en la silla de la cocina y estira los brazos en un gesto de que el sueño se está apoderando de ella.

—Y pasó todo eso... ¿y entonces Kimkim ganó el concurso? ¡Qué buen final! Una historia triste, pero con un buen final.

Ted y Joar intercambian miradas y carraspean, incómodos.

—Desde luego. Es... un buen final—musita Ted.

Louisa gime desesperada.

—¿Qué pasa? ¿Hay más? ¡No sé si puedo soportar oír más!—protesta de sopetón, aunque enseguida se apodera de ella la ansiedad—. No sé si quiero saber que no todos tuvisteis un final feliz...

Ted asiente y se restriega los ojos enérgicamente, mira la hora y se pone de pie.

—Creo que es hora de irme.

—¿Adónde vas?—exclama Louisa como si la acabara de tirar a un pozo.

Ted señala con la cabeza la caja con el cuadro.

—Voy a hacer lo que prometí. Lo que he venido a hacer. Voy a ayudarte a venderlo.

Louisa hace ademán de levantarse para protestar, pero, para cuando logra ponerse en pie, Ted ya ha cruzado el vestíbulo y está cerrando la puerta tras de sí. Desde luego, es sorprendentemente rápido para ser cojo, piensa malhumorada la joven dejándose caer de nuevo en la silla.

—¿Quieres otro refresco?—ofrece Joar.

—NO, gracias.

—Bien. Porque no tengo.

Joar sonríe, pero ella no consigue hacer lo mismo, ni siquiera ligeramente. El silencio se vuelve agobiante.

—Bien—dice Joar.

—¿Bien?—repite con desdén Louisa.

Joar frunce el ceño, disfrazando de enfado su curiosidad.

—¿Bien? ¿Qué vas a hacer con tanto dinero? El del cuadro, quiero decir.

—No lo sé—murmulla Louisa.

—¡Cómo que no lo sabes! ¡Eres rica! Puedes vivir como te dé la gana.

—Seguro que sería ideal si supiera qué quiero—replica la joven con la mirada clavada en la mesa.

—¿Cuántos años tienes?

—Dieciocho.

Joar resopla.

—¿Y no sabes qué hacer con un montón de pasta? ¡Joder, vaya una adolescente! ¡Cómprate un deportivo! ¡Compra drogas! ¡Abre un zoo! Yo me habría comprado un montón de monos. Es imposible estar de mal humor si tienes un montón de monos. Sobre todo si también tienes drogas.

Cree que eso la hará sonreír, pero fracasa estrepitosamente.

—Yo ni siquiera quería el cuadro—confiesa Louisa en voz baja—.

Deberíais quedároslo Ted y tú. Erais sus mejores amigos, yo solo...

Soy una idiota que lo conoció en un callejón.

He intentado dejar el cuadro y a Ted en el tren, pero no paran de pasar cosas y yo...

Yo solo quería oír el final de vuestra historia.

Pero ahora ni siquiera sé si quiero eso.

—¿Por qué no?—pregunta Joar a pesar de que quizá comprenda demasiado bien sus razones.

—Porque no tengo la sensación de que vaya a tener un final feliz.

Joar le da vueltas a la taza de café durante un buen rato.

—Tú eres el final feliz—responde por fin.

—¿Cómo?

—Kimkim te dio el cuadro porque vio que pintas. Tú eres el final feliz de su historia. La vida que tú vivas a partir de ahora. Todo lo que pintes.

—Necesito ir al baño—susurra Louisa.

No es cierto. Solo necesita hacerse pedacitos en paz. Debería haber límites en la clase de comentarios que alguien le puede encajar a otra persona que acaba de conocer, está claro. Cuando por fin regresa a la cocina, Louisa saca su dibujo de Kimkim de la mochila y se lo da a Joar.

—He hecho este dibujo de Kimkim. Como lo imagino de joven. Se lo di a Ted, pero me lo ha devuelto. Quédatelo tú si quieres.

Joar tiene que apoyarse en la mesa para evitar caerse de la silla.

—Es... exactamente igual que él.

Farfulla que tiene que ir al baño él también, pero lo cierto es que se queda respirando profundamente al otro lado de la pared un buen rato. Cuando vuelve, le hace un gesto a Louisa.

—Ven conmigo. Quiero enseñarte una cosa.

Con cuidado, engancha el dibujo en el frigorífico y guía a la joven por la casa hasta unas escaleras. Arriba, Joar abre una ventana y sale al tejado. Louisa echa una ojeada por encima del hombro de Joar y pregunta con escepticismo:

—¿Me aguantará el tejado? Parece hecho de cartones de leche.

—Puede conmigo—gruñe Joar.

—Correcto, pero ¿cuánto pesas tú? Yo soy una humana de tamaño normal,

—Tú no eres normal en nada, joder. Deja de protestar y sube—insiste.

Louisa sube dubitativa detrás de Joar, quien señala que no es necesario que cargue con su mochila, y eso a ella le parece la locura más grande que ha oído jamás. Joar suelta una carcajada.

—El mundo está lleno de ladrones, ¿no?—musita.

—¡Exacto!

Se sientan uno junto al otro con las piernas colgando. Louisa repara entonces en que la razón por la que Ted y ella han caminado cuesta arriba hasta llegar allí es porque la casa se asienta sobre... una colina. Hay unas vistas impresionantes de la mitad del pueblo. Joar señala unas casas.

—Ali tenía un juego. Señalaba alguna casa y decía «si viviéramos ahí...

» y tú tenías que imaginarte cómo sería esa vida.

Pero sus favoritas no eran las más caras, sino las más normales.

Las aburridas. Las señalaba y decía: «En esa casa tengo una vida normal.

Estoy casada con una persona del montón.

Tenemos trabajos y amigos aburridos. Etiqueto las fiambreras de plástico del congelador, como la madre de Ted, donde dice “sopa de pollo”, “pastel de verduras” y “lasaña”.

Ya sabes, tengo que hacerlo porque tengo tanta comida en el congelador que se me olvidaría qué hay si no.

Y siempre tengo bombillas de recambio en casa y dos críos aburridos tumbados en la cama preguntando cosas raras para evitar irse a dormir, como por qué los osos polares no se comen a los pingilinos.

Pero ¡no les dará miedo dormir, Joar! Nunca tendrán miedo.

Serán normales, nada más; unos niños aburridos con padres aburridos.

Se me daría bien, ¿no crees? ¡Se me daría de miedo ser aburrida! ». Eso decía. Ese era su juego.

Joar se queda en silencio. Sonríe. Sacude la cabeza. No era cierto, por supuesto, a Ali se le darían de miedo muchas cosas, pero ¿ser aburrida? A la muy loca no le habría durado ni un minuto.

—¿Puedo preguntar una cosa?—dice Louisa.

—SÍ.

—¿Por qué los osos polares no se comen a los pingiiinos?

—Los osos polares solo viven en el Polo Norte. Los pingúinos solo viven en el Polo Sur.

—¿Fue Ted quien se lo dijo a Ali?

—SÍ.

Louisa sonríe al oírlo y señala una casa con luces en todas las ventanas.

—Si tú vivieras ahí, ¿qué?

Joar reflexiona un momento.

—Si viviera ahí puede que no llevara un grillete electrónico en el tobillo. Tendría un trabajo normal y aburrido.

—¿De profesor de instituto? ¿Como Ted?

—No tan aburrido, no te pases—espeta.

Louisa ríe.

—¿Estarías casado con alguien normal? ¿Como Ali?

—No.

—¿Por qué no?

—Porque eso era cosa suya. Decía que las personas como nosotros dos no podían estar juntas porque no puedes ser pobre y estar loco a la vez. Hace falta que uno de los dos sea normal.

—Pero ¿no has encontrado a nadie?

—No he buscado.

—Ali fue tu primer amor.

—El último.

Louisa observa pensativa el pueblo. Señala una enorme casa con una fila vertical de ventanas iluminadas.

—Ahí. Esa es la casa donde viviré cuando venda el cuadro y tenga dinero. Con mi amiga Pez.

—¿Pez?

Louisa asiente, pero enseguida pone cara de vergilenza.

—SÍ. Aunque está muerta. ¿Puedes vivir con gente muerta en este juego?

Joar asiente.

—En este juego puedes vivir con quien quieras. ¿Hace mucho que murió?

Louisa niega con la cabeza.

—Hace... muy poco. Le gustaban los juegos. ¡Le encantaban los cuentos de hadas! Por eso es un error tan grande que muriera ella y no yo, porque ella era la heroína de nuestra historia, ¿comprendes? ¡La protagonista! ¡Se supone que el protagonista no muere primero!

—No son lo mismo—discrepa Joar.

—¿Cómo?

—El protagonista y el héroe no son lo mismo.

Louisa se queda mirándolo como si estuviera diciendo una tontería descomunal, pero no se le olvidará. Algo diminuto pero muy importante cambia dentro de ella.

—¿Te refieres a la casa rosa?—pregunta Joar señalando con el dedo—. ¿Con el árbol grande en el jardín? ¿Ahí vas a vivir con Pez?

—SÍ.

—Bien. Entonces yo puedo vivir en la casa de al lado—añade sonriendo.

Louisa lo mira como si le perdonara la vida.

—Olvídate. En la vida podrás permitirte vivir en la casa de al lado cuando venda el cuadro. Soy rica, rica de verdad. Pero a lo mejor puedes venir a limpiarme la piscina si necesitas trabajo.

Joar ríe y sus carcajadas resuenan por todo el pueblo. Ella también se echa a reír.

—Ted no te va a abandonar—dice Joar de pronto, sin venir a cuento—. Si es esa la razón por la que no quieres vender el cuadro. Si crees que te va a abandonar y a dejarte sola otra vez... No lo va a hacer. Ted es un desastre abandonando a la gente.

Louisa finge estar muy interesada en una casa que hay al otro lado para que él no la vea secarse la cara con la camiseta.

—A ti también se te da fatal—dice al fin—. He visto la rampa para silla de ruedas que tienes abajo. Viviste aquí con tu padre después del accidente, ¿verdad?

Joar se tumba bocarriba en el tejado.

—SÍ.

—¿Cuidaste de él? ¿Después de todo lo que te había hecho?

—Se convirtió en otro hombre. Es difícil de explicar.

Apenas podía hablar, necesitaba ayuda para comer, para lavarse, para ir al baño...

Pero eso no es lo que marcó la diferencia.

Lo que de verdad cambió se veía en sus ojos.

Ya no había odio en ellos. Joder, al final ni siquiera yo lo odiaba.

Los últimos años lo llamaba «papá» cuando le daba de comer. No lo había llamado así en mi vida.

—Bueno, yo no he tenido veinticinco años para dejar de odiarlo—contesta Louisa apretando los dientes—. Acabo de empezar.

—Muy amable por tu parte, pero no es necesario.

—¡Sí que lo es! Porque te quedaste aquí con él, toda la vida, en lugar de...

Las carcajadas de Joar la interrumpen.

—¿En lugar de qué? ¿De hacerme futbolista profesional?

¿Astronauta? ¿Qué coño habría acabado siendo?

Yo no tenía futuro. Todos los adultos que conocía creían que iba a morir joven.

Todo esto es una vida extra para mí, un bonus.

Además, no me quedé por mi viejo. Lo hice por mi madre.

Se mudaron aquí porque quedarse en el piso era imposible con la silla de ruedas, así que me tuve que mudar con ellos para cuidar la casa.

Mamá es... Joder, si ni siquiera tiene carnet de conducir. Y corta el césped en tacones, joder.

Louisa piensa entonces que a lo mejor la vida es larga, pero que, en el momento en que la barra de acero cimbreó en el aire aquel día, el tiempo de Joar se ralentizó.

Ahora avanza con mucha lentitud. Antes del acero, él tenía mucha prisa por que llegara el verano, por que llegara el mañana, por amar a sus amigos.

Pero en los veinticinco años que han transcurrido desde entonces, no ha tenido prisa por hacer nada.

—¿Ha muerto tu padre?

—SÍ, Hace unos años. En su funeral solo estábamos mamá y yo, y unos cuantos tipos del puerto. Los que quedaban. En este pueblo, los hombres no viven muchos años, eso dice la gente, todos se matan lenta o rápidamente. O con la botella o de un tiro.

—¿Qué le pasó a tu madre?

La respiración de Joar se vuelve menos profunda, como si el aire se deslizara por su garganta. Louisa tarda un poco en darse cuenta de que no se debe a la desesperanza, sino a todo lo contrario.

—Mamá conoció a un hombre. Un tipo amable.

No un cabrón cruel ni un puto monstruo, sino a un buen hombre, aburrido y sobrio.

No discute, ni siquiera levanta la voz; ella puede elegir siempre qué ven en la tele.

Él le compra flores todos los viernes. Viven a un par de horas de aquí.

Me llamó el otro día y me dijo que han empezado a jugar al tenis. ¿Quién coño juega al tenis?

Se ríe con tantas ganas que el verano llega al tejado pese a no estar ni en mayo.

—Un final feliz—susurra Louisa.

—SÍ, Mamá ha tenido un final feliz. No hay mujer en el mundo que se lo merezca más.

—Pero tú sigues viviendo en esta casa...

—Pues sí. Podría haberme mudado, pero... Joder, estaba ocupado.

Sacude la pierna con el grillete electrónico.

—¿Qué hiciste?

—Dejé KO a un tipo.

—¿A quién?

Joar suspira.

—Volviendo a casa del funeral de papá vi a un hombre pegando a una mujer al lado de su coche. Dentro había una niña pequeña gritando.

No hace falta que diga más. Louisa lo comprende.

Un día buscará en un periódico el artículo en el que se describe el ataque y leerá que el hombre recibió tal paliza que, cuando despertó en el hospital, le dijo a la policía que lo habían atacado cinco personas por lo menos.

Si Joar no se hubiera presentado en la comisaría para entregarse, todo el mundo habría creído el relato del tipo.

—¿Fue muy horrible estar en la cárcel?

Joar se encoge de hombros.

—Estuvo bien. Ted enviaba libros. Unos libros aburridos de cojones, pero aun así...

Tenía tiempo de sobra para aburrirme. Más tarde recibí una carta de un anciano, era el padre de la mujer, el abuelo de la niña.

Me escribió para decirme que habían abandonado al fulano aquel y que esperaba que saberlo fuera importante para mí.

Y sí que lo fue. Ni siquiera los libros de Ted me parecieron tan aburridos después de eso.

Cuando estaba cumpliendo el final de mi sentencia faltaban celdas.

Hay tantos tipos como yo ahora que tenemos que hacer cola hasta para entrar en la cárcel, así que me dejaron irme con esto.

Vuelve a sacudir el grillete.

—¿Estabas en la cárcel cuando un chico apuñaló a Ted en el instituto?—pregunta Louisa, que se arrepiente al instante porque Joar pone cara de sentirse tan avergonzado que ella teme que salte del tejado.

—SÍ—susurra, porque todas las personas a quienes ama siguen siendo responsabilidad suya constantemente.

—¿Y cuando Kimkim enfermó?

—SÍ.

—¿Os veíais a menudo antes de eso?

—No. Solo nos vimos una vez después del verano que cumplimos quince años.

—¿Qué? ¿Por qué?

Joar esgrime una sonrisa triste de oreja a oreja.

—Es una larga historia.

Louisa se tumba cómodamente bocarriba, inspira profundamente el aire del pueblo y susurra:

—Vale. Ya me puedes contar el resto.

—¿El resto de qué?

—¡El resto de la larga historia! ¡De todo! ¡Lo del concurso, el cuadro y... todo! Pero que no sea solo triste. Que sea un poco... No sé... Normal y corriente también.

Joar también inspira profundamente y se dispone a contarle el final.