Mis amigos Chapter 52
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Chapter 52

CINCUENTA Y DOS

El viejo de Joar no murió. De todas las cosas extrañas que sucedieron ese verano, puede que esta fuera la más rara de todas, según le dice Joar a Louisa.

—El tiempo es un puto ladrón, no te das cuenta de lo que te quita—observa. Las ojeras se le marcan.

Las mañanas que siguieron al accidente de su padre se mezclaron en un borrón de días que pasaron a toda velocidad y en el que una semana se confundía con la siguiente.

En el hospital, los doctores les dijeron a Joar y su madre que el padre había sufrido un daño cerebral terrible y que, cuando despertara, todo sería diferente.

No podría caminar, apenas podría hablar y necesitaría ayuda para todo.

Los doctores parecían muy afectados al decirlo: «No volverá a ser el mismo», pensarían que era por eso por lo que la esposa y el hijo tenían lágrimas en los ojos.

De todas las cosas extrañas...

La madre se quedaría junto al padre, eso Joar lo supo enseguida; no porque el hombre lo mereciera, sino porque el muy cabrón la necesitaba.

Joar se daba cuenta de que nadie más lo comprendería, ¿cómo iban a entenderlo?

No existía otra persona con quien comparar a su madre.

Ella sonreía y la gente veía superficialidad; era amable y veían debilidad.

Hiciera lo que hiciera, hablaban mal de ella en el supermercado.

Las mujeres como ella nunca hacían nada a derechas, la culpa de lo que hicieran sus hombres siempre era de ellas.

Joar se daba cuenta de que incluso él la subestimaba y se avergonzaba por ello.

Siempre había dado por hecho que la bondad de su madre la hacía endeble y que el mundo no está hecho para la gente endeble, que el planeta gira y las lanza contra muros y puños.

Pero ahora tanto él como los demás podían ver la verdad: era su viejo el diminuto y su madre la gigante.

El hijo pensaba que su madre contenía mil vidas que podría haber vivido, pero ella nunca deseó ninguna que no fuera esta, puesto que era la que tenía a este hijo en particular.

Joar salió de la habitación del hospital para traerle un café a su madre y, al volver, se la encontró dormida en un sillón junto a la cama del padre.

El hombre parecía indefenso, el muy cabrón no podría volver a levantarle un dedo a su mujer, y Joar intentó hacerse a la idea de que quizá tendría que bastar con eso.

Los hombres del puerto estaban sentados en la sala de espera y se pusieron de pie al llegar Joar, que los saludó dándoles la mano uno por uno.

Aún tenía moratones y cortes del último ataque de su padre y, al mirar a los ojos a estos tipos como Dios manda, muchos apartaron la mirada.

Habían visto también el ojo a la funerala de la madre; era imposible fingir que no sabían qué había ocurrido, pero lo intentaron igualmente.

Los hombres siempre tienen alguna excusa, pero en el fondo, sabían la verdad.

Se preocupaban de sus asuntos y no hacían preguntas cuyas respuestas no querían saber, conformándose con conocer una única cara de un hombre.

Como si solo fuera una cosa. Esa culpa los acompañaría eternamente.

El padre de Kimkim estaba el último en la fila.

Fue el único que no intentó secarse las mejillas y, al verlo, Joar tuvo que hacer verdaderos esfuerzos por mantener las suyas secas.

Cuando se dieron la mano, el hombre no apartó la mirada para no ver los moratones.

Al contrario, se inclinó y susurró con voz sollozante: «Siento no haber dicho nada. Siento haber sido un cobarde».

Joar lo miró y se preguntó si se refería al silencio cada vez que recogía al padre por la mañana o al silencio en el puerto. Se preguntó si alguno de los hombres había gritado «¡CUIDADO!» al ver balancearse el acero o si habían dejado que ocurriera. No preguntó.

—Deberías decirle eso mismo a Kimkim antes de que sea demasiado tarde—sugirió por el contrario Joar—. No tardará en largarse de aquí y espero que no vuelva nunca...

El padre de Kimkim arqueó un instante las cejas sorprendido, y se sonrojó por lo poco que conocía a su hijo, ni siquiera sabía que sus amigos lo llamaban Kimkim. Joar se alejó, muy erguido, dejando al hombre encorvado tras de sí.

Joar va a la cocina de su pequeña casa a por más café. La vivienda está limpia, comprueba Louisa; es vieja y está deteriorada, pero huele bien. El jardín es el más bello de toda la calle. Joar carraspea de nuevo antes de proseguir.

—Volviendo a la habitación pasé por delante de una de esas salas de Dios o como se llamen.

—Capilla—aclara Ted.

—¡Capilla!—asiente Joar esgrimiendo una sonrisa dirigida a Louisa—. Pasé por delante y miré dentro. ¿Y a que no sabes a qué tres idiotas me encontré durmiendo en los bancos?

—A tus idiotas—dice sonriendo Louisa.

Joar también sonríe. Dice que no sabía cuánto tiempo llevaban esperándolo allí, pero era evidente que ninguno se iba a ir a casa hasta que pudieran irse todos juntos. ¿Quién tiene amigos así?

Ali se despertó con cara de adormilada y apoyó la cabeza en el hombro de Joar cuando éste se acurrucó a su lado.

Ted roncaba. Junto a Kimkim había un dibujo.

Era de la capilla, que había dibujado con una luz entrando por la ventana que no estaba ahí en la realidad. Joder, ¿quién puede dibujar la luz?

—¿Creéis que Dios existe?—preguntó Ali a sus amigos.

—Sí—respondió Kimkim mientras recorría con el lápiz su dibujo, con tanta suavidad que era imposible saber si estaba cambiando algo en el papel o solo en su interior.

Joar respiró profundamente.

—Ni puñetera idea... Ni siquiera creo que toda la gente que va a la iglesia los domingos crea en Dios. Yo pienso que necesitan compañía, nada más. Sentir que pertenecen a un grupo.

Kimkim asintió con dulzura.

—Pero yo no creo que eso signifique que Dios no existe, Joar. Creo que es posible que Dios sea eso precisamente.

Despertaron a Ted y salieron de la capilla caminando muy juntos.

Joar encontró una máquina expendedora y logró volcarla y sacudirla lo suficiente como para hacer que una lata de refresco se soltara y cayera.

Una pequeña victoria sobre el universo. No hay que subestimar este tipo de cosas.

Los cuatro amigos compartieron la lata y, justo en el momento en que apuraban las últimas gotas, Joar abrió los ojos de par en par.

—¿Dónde está el dibujo? ¿Lo has dejado en la capilla?

—Creo que sí...—respondió Kimkim.

—¿Estás loco? ¡Vale millones!—vociferó Joar.

Volvieron corriendo, pero el dibujo había desaparecido.

—No importa, ya haré otro—prometió el chico.

—Deberías dibujar dinero, ¡ahorrarías tiempo!—sugirió Joar.

Kimkim se echó a reír, seguido de Joar y luego de Ted y Ali. Puede que esa fuera la última vez que rieron juntos con tantas ganas y de un modo tan liberador.

No vieron al hombre que, de pie en una esquina, sujetaba el dibujo con cuidado entre sus ocho dedos temblorosos.