Chapter 51
CINCUENTA Y UNO
Joar estaba frente al puto museo, escarbando en la puta mochila, pero no lo encontraba.
Al fondo solamente había dos putos jabones enganchados con cinta para que pesaran más o menos lo mismo que el cuchillo.
Está claro que debería haber sido más espabilado y haber sabido que era inútil ocultarle nada; ya le había dicho ella que las madres lo encuentran todo.
—Lo ha cogido. Tengo que... Joder, joder, joder... ¡Tengo que irme a casa!—es todo lo que alcanzó a decir.
Condujo a toda velocidad con manos temblorosas hasta llegar al pueblo.
La tormenta se cernía sobre ellos, el viento hacía traquetear las ventanillas, de modo que el resplandor de las luces intermitentes les llegó antes que el sonido de las sirenas.
Cuando se aproximaban al puerto, una ambulancia los adelantó a toda velocidad.
Al girar en dirección a las casas de la intersección donde se despedían cada día con un «hasta mañana» vieron el aparcamiento junto al edificio de apartamentos donde vivía Joar.
Donde había estado aparcado el coche de su viejo cuando lo robaron había ahora un coche patrulla.
En la calle, junto a la puerta que conducía a las escaleras de acceso a las viviendas, un grupo de hombres esperaba con semblante grave y cuerpos rígidos, las cabezas inclinadas y la mirada descompuesta.
Eran los compañeros del padre de Joar del puerto. Entre ellos estaba el padre de Kimkim.
Joar detuvo el coche y se bajó de un salto.
Ya había salido corriendo antes de que sus amigos tuvieran tiempo de abrir las puertas del vehículo y lanzó un grito desesperado que atravesó el viento.
No frenó cuando los hombres del puerto estiraron los brazos para detenerlo, se abrió paso a la fuerza entre la muchedumbre, con tanto ímpetu que hasta los hombres más robustos retrocedieron un paso.
Cuando uno de ellos intentó agarrarlo por la mochila, Joar se libró de ella y salió corriendo hacia las escaleras.
Un cuerpo yacía en el suelo del cuarto de Joar. La ventana estaba entreabierta y el viento había derramado por el suelo un poco de la tierra de las macetas de hojalata.
Joar mira a Louisa. La cocina ya es pequeña de por sí, pero ahora parece una caja de cerillas lista para prender en cualquier momento.
—Debió de ser un golpe tremendo en la cabeza—susurra Joar—.
El sonido debió de atravesar las putas paredes.
La gente cree que somos muy duros, muy resistentes y peligrosos, pero somos frágiles.
Unas criaturitas indefensas. Un único golpe muy fuerte en la sien es suficiente.
Un solo segundo que te pilla con la guardia baja y se te apaga el cerebro.
Eso fue... Yo tenía un plan... Mi madre hacía el turno de noche ese día.
¡Se suponía que no iba a estar en casa! Por eso yo no paraba de comprobar si tenía el cuchillo.
Tenía planeado esperar a que mi viejo volviera a casa borracho y... Pero... No me dio tiempo.
Con una voz tan débil que Louisa tiene que inclinarse sobre la mesa para oírlo, Joar le dice que había preparado una cajita.
Fingiría que había encontrado otro pájaro y pondría cara de felicidad absoluta para que su viejo lo odiara más que nunca.
Volvería a dejar el cuchillo debajo de las flores junto a la ventana y esperaría a que el hombre entrara tambaleándose en la habitación, y cuando el muy cabrón cogiera la caja, él iría a la ventana a por el cuchillo y lo apuñalaría antes de que le diera tiempo a reaccionar.
Era un buen plan. Habría funcionado si hubiera tenido la oportunidad.
—Recuerdo gritar «MAMÁ» una y otra vez. Y recuerdo oír a alguien gritar mi nombre fuera...—susurra.
Ted carraspea suavemente.
—Fue Kimkim.
Porque Kimkim había echado a correr detrás de él, pero lo habían detenido los hombres a la entrada del edificio.
Él no había sido lo bastante fuerte para abrirse paso.
Algún día, los hombres quizá presumieran de ello, de haber estado tan cerca de uno de los artistas más famosos del mundo.
Pero ese día no abrieron la boca, se quedaron allí plantados, acobardados y en silencio, débiles y ridículos, pese a todos sus músculos.
En ese momento se oyó un alarido que venía del piso. Lo único que Ted recuerda después es el silencio más largo e insoportable que ha experimentado nunca.
A menudo se ha preguntado qué estarían pensando en ese momento los hombres del puerto apostados a la entrada.
Ha pasado muchas horas dándole vueltas a lo que tendría en la cabeza el padre de Kimkim, el más grande y fuerte de todos.
Ted vio que padre e hijo se miraban a los ojos; esa fue la primera vez, que Ted recuerde, que Kimkim no bajaba la vista.
Lo miró fijamente de un modo tan acusatorio que el padre se encogió.
Esos hombres del puerto tendrían que soportar una vergilenza eterna; todo aquel que fuera amigo de un hombre como el padre de Joar tendría que soportarla.
Porque el silencio que sucedió al alarido del interior de la casa no fue nada en comparación con el silencio que los había acompañado a ellos día tras día, año tras año.
—La mayor amenaza para la vida de un hombre, dicen las estadísticas, es una enfermedad cardiovascular—dice Ted muy pensativo en la mesa de la cocina—. ¿Sabéis cuál es la mayor amenaza para la vida de las mujeres?
—Los hombres—dice Louisa; todas las mujeres lo saben.
Joar hace girar la taza de café, que deja una marca sobre la vieja mesa de la cocina. Entonces le cuenta a Louisa que vio el cuerpo de su madre en el suelo de la habitación y que gritó «MAMÁ» sin parar.
—Todos lo sabían—prosigue con voz ahogada—.
Sabían lo que nos hacía. El viejo de Kimkim y el mío trabajaron juntos durante años.
Algunos de los tipos del puerto habían crecido en la misma calle que él.
Ya sabes... En su época no se escogía a los amigos del pueblo.
Te hacías colega de los niños que vivían cerca y te peleabas con los del barrio de al lado...
Así acababan siendo tan leales entre ellos.
Cuando se enchufaban los unos a los otros en el puerto, se recomendaban diciendo que el amigo era «un tío como Dios manda», y eso significaba que podía partirle la boca a alguien y mantener la suya cerrada.
Porque en el puerto había que poder confiar en los demás.
Es un lugar peligroso de narices, hay camiones circulando a toda velocidad, grúas levantando contenedores de varias toneladas con cables que parecen cordones...
Tenían que protegerse entre ellos. Tenían que confiar en que el fulano de detrás gritará «¡CUIDADO!
» si alguien estaba a punto de darte en la cabeza, ¿comprendes?
Al padre de Kimkim le faltaban dos dedos de una mano porque una vez, cuando eran jóvenes, se los pilló en una máquina y se desmayó del dolor.
Fue mi viejo quien lo vio y lo liberó. Si no lo hubiera sacado, habría perdido el puto brazo entero.
En fin... El viejo de Kimkim habría hecho lo que fuera por el mío después de eso.
Lo que fuera. Porque esos tipos tenían que poder confiar los unos en los otros, ¿lo entiendes?
Tenías que estar seguro de que alguien gritaría que tuvieras cuidado cuando corrieras peligro, así que se convencían de que eran de fiar pasase lo que pasase.
Así que, si uno insultaba al jefe en el vestuario, te callabas la boca.
Si engañaba a la novia, te callabas la boca.
Y si... olía a alcohol cuando lo recogías por la mañana, si tenía manchas del maquillaje de su mujer en los nudillos, si tenía manchas en la camisa que decía que eran de pintura pero se parecían muchísimo a la sangre, te callabas la boca.
A lo mejor le preguntabas una vez a la mujer si ella y el crío estaban bien...
, pero, claro, ella sonreía y decía que todo iba genial.
Porque, ¿qué iba a decir? ¿Ayúdanos, que nos va a matar?
Es evidente que ella no se iba a atrever a decir eso, joder.
Y eso les iba de perlas a todos esos tíos como Dios manda del puerto, esos tiarrones, porque así ya no tenían que volver a preguntar.
Podían dejar que sucediera y punto. Porque ellos no habían visto nada, claro; ni oído nada, solo tenían una corazonada.
Y no iban a llamar a la puta policía por una corazonada porque ¿qué iba a hacer con ella la poli?
Así que, cuando yo llegué ese día a casa y vi a mi madre tirada en el suelo de mi habitación y me di cuenta de lo que había pasado, solo recuerdo que yo...
Yo me tumbé en el suelo a su lado y le cogí las manos. Y nunca antes había sentido...
La taza de café da vueltas en la mesa de la cocina, una y otra vez, dejando manchas en la madera.
Louisa piensa en los hombres apostados en la entrada del edificio donde estaba la casa de Joar, y en Pez explicándole cómo es el demonio que vive entre los hombres: como agua calentándose poco a poco.
Se va volviendo cada vez peor, pero con tanta lentitud que es casi imperceptible, de manera que todo el mundo puede convencerse de que quizá sea normal hasta que todos acabamos hirviendo.
—Mi viejo era gracioso—dice de pronto Joar con una sonrisa triste—.
Eso es probablemente lo que causó el golpe.
Seguramente contaría un chiste en el puerto y todo el mundo reiría, y él se quedaría tan pagado de sí mismo que no miró.
Hacía un viento terrible ese día, anunciaba tormenta.
Pero imagino que nadie se atrevió a protestar, nadie dijo que a lo mejor era demasiado peligroso soltar las puñeteras barras de acero porque, claro, eran hombres de verdad, tíos como Dios manda, que no se quejan.
Mi viejo iba caminando justo delante de una grúa y el tipo que la conducía giró demasiado rápido, no tuvo en cuenta el viento.
No hacía falta más, ¿comprendes? Solamente unos pocos gramos mal distribuidos para descompensar el peso y las barras empiezan a moverse.
Mi viejo no lo vio venir. Y, ¿sabes qué?
, desde entonces me he preguntado cada día cuántos compañeros lo vieron y cuántos gritaron «CUIDADO».
Ted permanece sentado removiendo el café; todavía recuerda la cara del padre de Kimkim en la entrada del edificio y cómo se hizo añicos y bajó la mirada cuando Kimkim le clavó la suya.
No tenía cara de estar impactado, ni de dolor.
Era de vergiienza. La taza de Joar gira y gira en la mesa de la cocina.
Hace falta tan poco para aplastar a una persona... Un pasito en una dirección o en otra.
—Mamá parecía tan diminuta tumbada en el suelo—prosiguió Joar—.
Como un niño que ha caído de un árbol. Recuerdo que la ventana estaba abierta, podía oler las flores.
Recuerdo que había tierra en el suelo. Sé que busqué sangre.
Corrí adonde estaba ella y le toqué el hombro porque me latía el corazón con tanta fuerza que ni siquiera podía oír si respiraba.
Entonces la oí susurrar mi nombre y echarse a llorar.
Ted está sentado al otro lado de la mesa, pero se siente a kilómetros de distancia.
Piensa en lo que sintió cuando estaba fuera, rodeado de aquel silencio.
Recuerda a Kimkim contándole más tarde que esa había sido la primera vez que había visto a su padre llorar, cubriéndose la cara con sus ocho dedos.
Ted también se acuerda de eso y de preguntarse por quién estaría llorando el hombre: ¿por el padre de Joar, por la madre o por sí mismo?
Joar carraspea y reúne fuerzas para continuar:
—Justo después del accidente, los hombres del puerto y la policía fueron a ver a mi madre para explicarle lo ocurrido.
No querían que se enterara por teléfono.
¿Sabéis qué hizo ella entonces? Se fue derecha a mi habitación porque tenía tanto miedo que su primer instinto fue proteger a su niño.
Pero yo no estaba, claro, me había ido al museo, así que ella se quedó allí tumbada en el suelo, llorando sin parar hasta que llegué yo.
Cuando me oyó en la puerta solo fue capaz de susurrar: «Joar, Joar...
Tu padre ha tenido un accidente. Está en el hospital.
Dicen que se va a morir». Yo traté de consolarla, pero entonces me dijo llorando: «No lo entiendes, amor.
Cogí tu cuchillo. Iba... Iba a matarlo. Si hubiera venido a casa...
Lo habría matado». Y gritó. Como si llevara años guardándoselo.
Yo no sé si era un grito de dolor o de alivio.
Pero sí recuerdo estar allí tumbado a su lado y sentir una cosa que no había sentido nunca... Libertad.
Ted piensa en que hace falta muy poca cosa para que una vida tome una dirección diferente. El cambio no pesa nada. Como un cuchillo, como una pastilla de jabón, como un animal diminuto.
Joar le sonríe débilmente a Louisa:
—¿Sabes qué preguntó mi madre cuando estábamos en el suelo los dos? Que por qué estaba tan mojado. Le conté que había echado una batalla de agua con mis amigos y ella se preocupó por si me resfriaba. Hasta en un momento así, ella se preocupaba... por mí.
Ted no dice nada, pero recuerda estar junto a Ali y Kimkim mirando las flores de la ventana de la habitación de Joar.
Hubiera jurado en ese momento que un pájaro se posaba en el marco y se quedaba un instante mirando dentro.
En un abrir y cerrar de ojos, desapareció extendiendo sus alitas negras y alzando el vuelo.
Ted pensó entonces en lo frágil que es la vida y en el gran poder de decisión que tiene la coincidencia.
Hace falta muy poco para cambiarlo todo.
En el puerto, cuando la pesada grúa había girado una fracción de segundo más rápido de lo debido a causa del viento, quizá no fueran necesarios más que unos pocos gramos adicionales en uno de los lados para descompensar el peso y hacer oscilar las barras de acero.
Tal vez bastara con que un pajarillo se posara en ellas y alzara el vuelo otra vez.