Mis amigos Chapter 50
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Chapter 50

CINCUENTA

Louisa mira embobada. Los ojos de Joar recorren frenéticos el marco de la puerta, inquietos y expectantes, como si aún le pertenecieran a un mocoso pendenciero que acaba de meter un petardo en el buzón de otra persona.

Sin embargo, más allá de los ojos, su cara ha envejecido veinticinco años, su cuerpo ha ganado unos kilos y su piel, muchas arrugas.

Debajo de los ojos hay unas ojeras que requieren dedicación: no salen así por pasar alguna que otra mala noche; unas ojeras de esa envergadura exigen años de devoción en cuartos oscuros con botellas que no se dejan a medias.

—Hola, Joar—dice Ted precavido, como si no estuviera muy seguro de la versión de su amigo con la que se va a encontrar.

Joar lo mira de arriba abajo con cierta sorpresa, como si se hubiera despertado en el futuro.

—Te estás quedando calvo—señala sin saludar primero ni dedicarle una sola mirada a Louisa.

—Tú has echado un poco de barriga cervecera—responde vacilante Ted con una sonrisa.

—Yo estoy gordo y tú eres feo. Al menos yo me puedo poner a dieta—replica Joar, rápido como un lince.

Ted alarga el brazo unos centímetros, pero se detiene a medio camino, como si no supiera si el resto de su ser está listo para tocar a otra persona.

—Tú... no estás gordo—susurra, en lugar de decir lo que habría querido: «Cuánto te he echado de menos».

—Estás viejo—dice Joar, en lugar de decir lo que habría querido: «Qué frío he pasado aquí solo».

—¿Que estoy viejo? ¡Si tenemos la misma edad!

—No tenemos la misma edad. A lo mejor hemos vivido el mismo número de años, pero ni de coña tenemos la misma edad. Tú has tenido ochenta años desde que tenías doce—refunfuña Joar.

Ted se echa a reír de pronto con tantas ganas que Louisa se sobresalta y se pregunta dónde había estado el hombre escondiendo todo aquel ruido.

Como si todo este tiempo hubiera habido un estallido de carcajadas extra sin usar que reservaba para Joar.

En ese momento, el hombre apostado junto a la puerta se gira hacia ella.

—Entonces, ¿tú eres Louisa?

La pregunta es tan directa y el contacto visual es de pronto tan intenso que Louisa empieza a tartamudear:

—¿Có... CÓ... Cómo lo sabes?

Joar señala a su amigo con la cabeza.

—Ted me ha llamado desde la estación.

—Cuando fui a comprar los billetes del coche cama—confiesa Ted, como si deseara disculparse por haberlo hecho en secreto.

Joar lo defiende a regañadientes:

—Es probable que Ted no quisiera decirte que vendríais a verme porque no sabía si yo me habría matado bebiendo antes de que llegarais, pero no os preocupéis, estoy sobrio. A lo mejor parece que tengo resaca, pero es mi aspecto natural últimamente.

Louisa se revuelve inquieta y Ted la mira.

—Le he hablado de ti, Joar. De nosotros. Pero creo que a Louisa le habría gustado conocerte cuando eras adolescente.

—¡Para!—dice Louisa poniéndose colorada.

—¡Solo trato de explicárselo!—replica Ted.

—¡Me estás avergonzando!

Joar mira a primero a Ted y luego a Louisa. Para ser dos personas que se han conocido hace un par de días han logrado dar con una cantidad asombrosa de maneras de sacarse de quicio.

—¿Qué mierda te has hecho en la cara?—pregunta Joar mirando a Ted con los ojos un poco entornados.

Ted siente entonces los chichones y los moratones, y se da cuenta de que la cinta de las gafas se le está despegando otra vez.

—Es una larga historia—dice con tono cansado.

—¡Deja de decir eso!—protesta Louisa—. ¡Te han atracado y te han dado una paliza! ¡Es una historia muy corta!—Señala la construcción metálica que sube hasta el estrecho porche—. ¿Puedo preguntar una cosa? ¿Eso es una rampa para silla de ruedas? ¿Vive aquí alguien en silla de ruedas?

Joar sonríe ligeramente.

—¿Sabes lo que es eso? Una historia larga que te cagas—refunfuña.

—¡Con vosotros dos, todo lo es, eso está claro!—replica enfurruñada Louisa.

Joar mira dubitativo la caja que Ted tiene al costado.

—¿Es... el cuadro?

Su voz cae por un acantilado al acabar la frase.

—¡Sí! ¿Quieres verlo?—ofrece Ted con entusiasmo.

Joar niega enérgicamente con la cabeza. Aún no está preparado. Parpadea cabreado y mira a su alrededor como si se le hubiera metido un poco de tierra en el ojo y estuviera a punto de regañar al viento.

—¿Queréis un café?—gruñe.

—SÍ, por favor—contesta Ted.

—¿Tienes Coca-Cola?—pregunta Louisa esperanzada.

—¿Tengo cara de ser un puñetero restaurante con estrella Mescalina?—protesta Joar.

Ted se comporta como un verdadero amigo y se guarda de señalar que se dice «Michelin».

—¿Siempre eres así de amable con los invitados?—pregunta Louisa poniendo los ojos en blanco.

Ted no puede evitar sonreír.

—Hace años que no nos vemos, pero antes era peor...

—¡El único que ha cambiado es Ted!—replica Joar indignado—. Era mucho más callado de pequeño, no discutía tanto como ahora.

Cuando se gira para entrar en la casa, Louisa ve que tiene algo en la pierna.

—¿Eso que llevas en el tobillo es un grillete electrónico?

—Una joya no es, desde luego—responde Joar.

—¿Por qué lo llevas?

—Porque ya no tenían sitio para mí en la cárcel.

—¿Has estado en la cárcel?

—¿Cagan los osos en el bosque? ¿Nadan en círculo los patos de una pata?

—¿Te metieron en la cárcel por tu mierda de sentido del humor?—rezonga Louisa perdiendo la paciencia.

—Tengo un sentido del humor bárbaro.

—¿Y por qué fue entonces?

—Es una larga historia—masculla Joar.

Louisa inspira profundamente, mira aJoar, a Ted y de nuevo a Joar.

—¿Tienes una almohada?

—¿Qué?

—¿Tienes una almohada?

—Pues claro que tengo una putísima al...

—¿Me la prestas?

Joar mira a Ted, que se encoge de hombros con cara de no entender nada, pero Louisa parece tan inamovible que ni siquiera Joar protesta; entra en la casa y regresa con una almohada.

Louisa la coge con una mano y, con la otra, la golpea infatigablemente con todas sus fuerzas durante treinta segundos.

Cuando termina, levanta la almohada primero hacia Ted y luego hacia Joar y brama:

—¡Si vuelvo a oír que es una larga historia os voy a meter a los dos un puñetazo en...!

—¡Vale, vale, vale!—dice Ted, apartándose con cautela del radio de alcance de los puños en movimiento de la joven. Joar, en cambio, se echa areír.

—Ya entiendo por qué le gustaba a Kimkim.

—¿Quién narices es KIMKIM?—exclama Louisa, que, a estas alturas, está verdaderamente cansada de que nadie cuente una historia desde el principio en esta puñetera casa.

A Joar le tiembla la mirada un instante y se le hunden los hombros cuando acaba de exhalar todo el aire. Toca por primera vez la caja con el cuadro como si rozara dulcemente la mejilla de alguien que duerme.

—Se llamaba Kimkim. El otro nombre, C. Jat, era solo para firmar los cuadros. El que usó al hacerse famoso. Porque puede que se sintiera... otra persona. Pero cuando estaba con nosotros, cuando nosotros éramos él, se llamaba Kimkim.

—¿Kimkim?—repite Louisa escéptica.

Se siente un poco traicionada por que una persona a la que siempre ha conocido con el nombre de C. Jat tenga un nombre tan diferente.

—Kimkim—asiente Joar con cariño.

Ted también pone la mano en la caja, por el otro extremo, y eso es lo más cerca que están Joar y él de tocarse.

—Cuando nos conocimos, el día que Joar casi me atropella con la bicicleta y me ahoga...—empieza a decir Ted.

—¡Deberías haber estado pendiente!—refunfuña su amigo.

Ted pone los ojos en blanco tan exageradamente que las pupilas le rascan la espalda en el camino de regreso a su sitio.

—Claro, claro, el día que no estuve pendiente y casi me ahogo.

Al ponerme de pie en el embarcadero y verlos a él y a Joar por primera vez, dijo: «Este es Joar y yo me llamo Kim».

Pero se me había metido agua en los oídos y pregunté: «¿Kim?

» y él dijo: «¡Kim!», y yo repetí: «¿Kim Kim?

». Y a Joar le pareció tan gracioso que, desde ese momento, lo llamó Kimkim.

—Pero Ali solía llamarlo solo Kim. Porque ella siempre tenía que ser especial—rezonga Joar.

Louisa se queda mirando a Ted.

—¿Cómo lo llamabas tú?

—Yo casi nunca decía su nombre—responde en voz baja Ted.

Es gracioso que casi nunca llamemos por su nombre a la persona de la que nos enamoramos, porque, de algún modo, es evidente que es a ella a quien le hablamos y en quien pensamos. ¿Quién si no?

—Kimkim. Sí, le queda bien—asiente Louisa, como si estuviera probando el nombre frente al espejo de un vestidor—. ¿Puedo preguntar una cosa? ¿Es incómodo?

Señala el grillete electrónico.

—Ya lo creo—gruñe Joar.

—¿Y no puedes salir de casa?

—No.

—¿Qué pasa si sales?

—Exploto. Lleva dinamita dentro.

A Louisa se le ponen los ojos como platos.

—¿En serio?

—No, idiota, ¿siempre eres así de corta?

Louisa sacude los brazos.

—Ah, usted perdone, ¿los genios llevan grilletes en el tobillo? ¿Es para que no se te escapen las neuronas o qué?

Al principio, Joar parece molesto, pero enseguida es evidente que le hace gracia. Sonríe mirando a Ted.

—Debe de haber sido el viaje de tren más largo de tu vida.

Ted asiente con efusividad y Louisa pone cara de ofendida, pero se anima cuando entran en la casa y Joar encuentra una lata de refresco de naranja al fondo del frigorífico.

Louisa se la bebe como si fuera el último refresco del planeta.

Ted se levanta a orinar dos veces en el transcurso de una taza de café y después pregunta a la joven:

—¿Has decidido ya?

—¿Decidido el qué?

—Si quieres oír el resto de la historia.

Ella duda un momento, pero al final asiente.

—¿Qué historia?—pregunta Joar.

—La nuestra. La del verano que Kimkim pintó el cuadro.

Joar entorna los ojos suspicaz.

—¿Cuánto le has contado?

—Hasta que cumpliste quince y fuimos al museo por primera vez. Y nos quedamos sentados fuera, en el coche. Y Kimkim se tiró un pedo y tú descubriste que el cuchillo no estaba en la mochila.

Joar bebe café y pone cara de no haber deseado tanto un chupito de whiskey en su vida.

—Joder. Tú eres el que tiene talento para contar historias.

—Esta parte es toda tuya—dice calmadamente Ted.

Y Joar le cuenta la historia a Louisa. Con algunos adjetivos menos de los que suele emplear Ted y bastantes más palabrotas.