Mis amigos Chapter 49
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Chapter 49

CUARENTA Y NUEVE

Hay un modo particular de echar de menos a una persona, que es el de añorar a tus mejores humanos cuando tienes catorce años, os despedís al llegar a casa y el frío se extiende por toda la piel al verlos dar media vuelta y marchar.

Ted recuerda haber empezado a sentirlo mientras estaban sentados dentro del coche, frente al museo. Recuerda estar helado a pesar del sol.

—No voy a ganar el concurso, os decepcionaré...—susurró el artista.

Quizá esperara que Joar se enojara, pero su amigo se inclinó sobre el volante y señaló calmadamente el gran edificio blanco.

—Vas a ganar, joder. Pero eso no es lo importante.

—¿Qué es lo importante?—preguntó el artista.

—Que comprendas que este es tu sitio.

El mundo está lleno de milagros, pero ninguno supera a la altura que puede alcanzar una persona joven cuando otra cree en ella.

Se quedaron en el coche, juntos, escuchando el runrún del aire acondicionado con los ojos cerrados y los corazones latiendo fuerte. Allí estaba toda su niñez. No se movieron hasta que Joar dijo: «En serio, Ali...».

—¡Yo no he sido!—exclamó ella inmediatamente.

—Es verdad—dijo el artista partiéndose de la risa—. ¡He sido yo!

Abrieron las puertas de par en par, salieron tambaleándose y se tumbaron en el césped tosiendo como si los acabaran de envenenar. Se había levantado un fuerte viento y se avecinaba tormenta, pero ni siquiera eso logró disipar el olor.

—¿Qué has comido? ¿Un cadáver?—refunfuñó Joar.

—Son las galletas esas que trae siempre Ted—dijo el artista, poniéndose a la defensiva.

Se quedaron un rato resollando en la hierba juntos hasta que Ali giró la cabeza y vio algo absolutamente fabuloso en el jardín del museo: un aspersor. A los diez segundos, estaban todos chorreando.

Eran los últimos instantes previos a agosto y el verano ya no se antojaba interminable.

Pronto serían adultos. Contar historias es duro, pero si alguien quisiera relatar de verdad la de estos cuatro amigos, podría detenerse en ese día, en el coche junto al museo.

Así, la historia tendría un final feliz.

Sin embargo, cuando Joar cogió su mochila y la sacudió para notar el reconfortante peso del cuchillo, reparó sorprendido en un olor.

Al principio no lo reconoció, pero era agradable, olía a limpio.

Lo invadió súbitamente el pánico y abrió de un tirón la mochila.

Donde debería estar el cuchillo solo había jabón.