Mis amigos Chapter 48
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Chapter 48

CUARENTA Y OCHO

Nada en la estación de tren huele a hogar.

El pueblo donde creció Ted ya no existe, ni siquiera se parece al de hace dos años, la última vez que lo vio.

Las excavadoras arañan la tierra, los edificios están cubiertos de andamios y hay una cinta naranja que prohíbe la entrada a algunos lugares.

El pueblo muda continuamente la piel para recordarle a hombres como Ted que pertenecen al pasado.

Él se tensa y encoge ligeramente, como si esperara recibir un golpe.

Louisa lo sigue en silencio de un modo que es inusual en ella.

Al otro lado del andén se ve el mar y Ted se detiene ahí un momento.

Si no hubieran construido pisos de lujo en el antiguo barrio del puerto, se vería todo el camino hasta el embarcadero desde donde están ahora.

A unos metros, dos trabajadores clavan un tablón en el suelo con un martillo y Ted se sobresalta con el sonido como si alguien hubiera disparado.

—¿Estás bien?—pregunta Louisa ansiosa.

Ted asiente. Miente. Está pensando en Joar y en aquel último día de julio, en las horas siguientes a la visita al museo.

Solo recuerda el sonido de una cabeza humana al ser golpeada.

Debió de ser horrible; veinticinco años después sigue soñando con eso de vez en cuando, a pesar de que él ni siquiera lo oyó.

Le asusta un sonido que no experimentó. Eso es lo peor de tener una imaginación vívida: funciona en todos los sentidos.

Ha pensado tan a menudo en ese día desde entonces, en la fuerza tremenda que debió de llevar aquel golpe y lo milagroso de que no le arrancara la cabeza de cuajo.

Porque el cuerpo humano es muy duro y muy blando a la vez.

Somos un animal mortífero y, a la vez, totalmente indefenso.

Tenemos puños y codos capaces de romper costillas y triturar mandíbulas; un puñetazo en la sien puede significar el fin, un solo instante con la guardia baja puede apagar un cerebro.

Un único puñetazo muy fuerte basta. Nos creemos muy grandes, pero somos pequeños, frágiles y ridículos.

Ese último verano de sus infancias apenas duró unas pocas semanas, aunque acompañará a Ted durante toda su vida.

El tiempo pesa más cuando eres niño. En retrospectiva, no recuerda a Joar diciendo: «Tengo que matar a mi viejo»; fue más bien algo que vio de repente en su mirada.

No había ira, lo cual es extraño, y tampoco una furia ciega.

En realidad, ya se habían extinguido, dentro de Joar solo quedaban cenizas junto al frío plan de un chico de quince años que había sopesado todas las opciones y llegado a la conclusión de que esa era la única que le quedaba.

Nunca tuvo la más mínima oportunidad. Joar era peligroso, pero el mundo lo era más. El mundo es invencible.

—Venga, vamos por aquí—dice en voz baja Ted.

Desciende con la maleta y la caja con el cuadro unos escalones que conducen a la calle. Louisa lo sigue agarrando nerviosa las correas de su mochila y mirando inquieta a todas partes, como si tratara de reconocer las localizaciones de la historia de Ted.

Toman un autobús para recorrer el último tramo del camino, pero no bajan en la intersección donde crecieron los amigos.

Se dirigen a otro lugar, al camposanto de una iglesia.

Louisa se detiene en la entrada, no porque se lo pida Ted, sino porque siente que acompañarlo sería una intromisión.

Ella no habría querido que nadie la acompañara a visitar la tumba de Pez.

Ted se inclina junto a un lecho de flores al lado de la iglesia, mira por encima del hombro para asegurarse de que nadie lo observa y recoge tres florecillas. Se detiene en una de las tumbas y se agacha.

—No las he robado. Son adoptadas—susurra.

Luego se disculpa por no llevar las cenizas del artista con él. Como si hiciera falta. Como si aquellos cuatro adolescentes de hace veinticinco años no fueran una historia de amor y no estuvieran hechos los unos para los otros eternamente, inseparables. Con cenizas o sin ellas.

—Te quiero y creo en ti—sonríe y le da una palmadita a la lápida.

Vuelve a la entrada, coge la maleta y la caja con el cuadro y hace un gesto con la cabeza mirando a Louisa.

—Vamos. Ya no tenemos que ir muy lejos.

—¿Para llegar adónde?

—Al final de la historia.

Dejan atrás algunas casas grandes y bellísimas donde viven los ricos.

También algunas más pequeñas de gente menos rica, y no tardarán en pasar ante otras más pequeñas todavía.

A medida que avanzan los coches se ven más herrumbrosos y los jardines más secos, hasta que suben una cuesta por un angosto callejón sin salida bordeado de casitas desvencijadas.

Ted se detiene ante la última, sube los escalones que conducen a un estrecho porche y llama a la puerta.

Cuando se abre aparecen unos ojos que, a pesar de los veinticinco años transcurridos desde aquel verano, no han cambiado nada.

A Louisa se le corta la respiración. No lo ha visto antes, pero sabe con certeza y al instante que el hombre de la puerta es Joar.