Mis amigos Chapter 47 #2
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Chapter 47 #2

—Porque tenía mucha prisa por enseñarnos una cosa antes de que acabara el verano—prosigue él con voz a la vez exultante y triste, contento y desdichado, porque esta es la clase de historia que tiene ese tipo de final.

En cualquier caso, robaron un coche. Hay que reconocer que la idea no fue muy brillante.

Lo cierto es que el coche que robaron era el del padre de Joar, por lo que quizá no pueda considerarse lo que se dice un robo, dado que el joven había montado en ese coche miles de veces con su madre.

De hecho, lo único que faltaba en esa ocasión en particular era la madre.

No hay duda de que el chico no debería haber conducido el coche ese día, ya que tenía quince años y no se había sacado el carnet, pero, para ser cien por cien sinceros, su madre tampoco lo tenía y, aun así, conducía todo el rato.

Joar subió corriendo a su casa, pero no había nadie.

La madre había ido a trabajar en autobús y al padre había pasado a recogerlo un compañero para ir al puerto.

Pronto tendría vacaciones y se cogía una cogorza todos los días, como si el alcoholismo fuera un deporte y estuviera calentando para una gran competición.

Hasta él se daba cuenta de que no podía conducir en esas circunstancias.

En cualquier caso, la madre de Joar no se atrevía a coger el vehículo, la aterrorizaba tener un accidente; no es que le preocupara resultar herida, era más bien por si le pasaba algo al coche.

Con las vacaciones del marido a la vuelta de la esquina no podía arriesgarse a hacer algo que lo sacara de sus casillas.

La más mínima brisa podría hacerlo estallar.

Las llaves del coche siempre estaban en un tarro sobre la encimera, no porque el padre las pusiera en su sitio, sino porque la madre las encontraba dondequiera que estuvieran y las volvía a dejar en el tarro para evitar que el marido se enfureciera al día siguiente al no encontrarlas allí.

A veces la mujer se pasaba horas buscándolas por las chaquetas, los pantalones y hasta debajo de la cama.

Había noches en que Joar y ella tenían que dar vueltas por el jardín pertrechados con linternas.

Siempre las encontraba la madre, Joar no lograba comprender cómo lo hacía, pero ella simplemente sonreía orgullosa y decía: «Las madres lo encuentran todo, amor».

Así pues, Joar cogió las llaves, metió a sus amigos en el coche y arrancó sin decir una palabra sobre adónde se dirigían.

—Joar, no creo que sea buena idea—se vio obligado a señalar el artista, sentado en el asiento trasero.

—Desde luego no es una de las mejores que has tenido—añadió Ali mirando ansiosa al conductor, que apenas llegaba a los pedales, mientras este daba marcha atrás en el aparcamiento.

—¡Ni siquiera sabéis qué idea es!—se defendió Joar.

—¿La idea te incluye a ti conduciendo este coche?—preguntó Ali.

—SÍ, pero...

—Entonces es mala.

Joar se volvió hacia Ted y el artista en busca de apoyo. Ninguno de los dos se atrevió a mirarlo a los ojos, aunque el primero reunió el coraje suficiente para abrir la boca.

—Yo... creo... que quizá es mejor que... nosotros... no...

—¡Eso es lo que yo digo! ¡Que puede que sea tu peor idea! ¡Y mira que las has tenido muy malas!—exclamó Ali.

Había un atisbo de miedo en su voz, cosa que en ella era como ver nevar en agosto, algo totalmente fuera de lugar.

Tuvieron que pasar muchos años hasta que Ted cayó en la cuenta de que Ali no estaba asustada por ella, tampoco por Joar; no le preocupaba el futuro de ninguno de los dos porque ella siempre había pensado, al igual que su amigo, que no lo tenían.

Solo le preocupaba que llevaban a Ted y el artista con ellos.

—En mi puñetera vida he tenido una mala idea—masculló Joar. En su defensa hay que decir que se lo estaba diciendo a Ali, la reina de las malas ideas.

—¡Ah, ¿no?!—bramó Ali.

—¡Dime una!

—Aquella vez que intentaste hacer una barbacoa dentro de casa—respondió inmediatamente Ali.

—Y aquella que estábamos en el cumpleaños de mi vecino, cuando teníamos ocho años, y te comiste tres platos de espaguetis antes de tirarte por el trampolín—dijo sonriendo el artista, sentado en el asiento trasero.

Joar parecía molesto.

—Bueno, vale, a lo mejor esas ideas no fueron perfectas—admitió malhumorado.

Entonces Ted se atrevió a añadir otra.

—¿Os acordáis de aquella vez que me quedé dormido en la cafetería del instituto y tú ataste los cordones de una de mis zapatillas a los de la otra, y entonces me pellizcaste superfuerte la nariz para despertarme, pero cuando saliste corriendo resultó que habías atado uno de tus zapatos al mío?

El artista soltó tal carcajada que Joar se dio media vuelta bramando:

—¡Silencio ahí atrás o volvéis andando a casa!

Será un buen padre, pensó Ted en ese momento. El artista sacó la lengua. Joar estiró el brazo e intentó hacerle cosquillas.

—¡Cuidado!—gritó Ali.

—¿Cuidado con qué?—vociferó Joar.

—¡Con la carretera!

—¡Ya se supone que estoy en la puñetera carretera!

—Pero ¡tienes que MIRAR la carretera cuando conduces!

—Decídete de una vez—protestó enfadado Joar.

Ted vio los coches pasando por su lado y carraspeó nervioso antes de preguntar:

—¿Qué hacemos si nos para la policía?

—Nos escapamos corriendo—dijo Joar como si fuera lo más obvio del mundo.

—¿De la policía? Tienen perros—señaló instructivamente Ali.

No hay mayúsculas lo bastante grandes para transmitir el tamaño de las letras que exclamó Ted en ese momento.

—¿¡PERROS!?

Joar puso los ojos en blanco con un gesto tan exagerado que Ali tuvo que agarrar el volante para evitar que cayeran en una zanja.

—Vale, vale, no corremos. Si aparece la poli, decimos que tienes apendicitis, Ted—sugirió Joar señalando un lugar de su barriga donde seguro que no está el apéndice.

—El apéndice está... aquí—corrigió Ted en voz baja, señalando su propia barriga e inquieto aún a causa de los perros imaginarios.

—Te lo he dicho, deberías hacerte profe—dijo sonriendo Ali.

En ese momento, el coche empezó a oler a que alguien se había tirado un pedo.

Ali aseguró que no había sido ella, por supuesto, que es lo que uno dice siempre tras tirarse un pedo.

El resto del camino llevaron las ventanillas bajadas y las cabezas asomando por fuera, como si fuesen perros labradores.

Todos menos Ted, que se imaginaba que su cabeza sobresalía por fuera de la ventanilla como la de, por ejemplo, un gatito totalmente inofensivo.

—¡Ahí está!—dijo de pronto Joar frenando el coche.

—¿El qué?—preguntaron los demás al unísono.

Joar señaló un gran edificio blanco.

—¡Eso!

Era un museo. Los amigos no bajaron del coche, pero el artista se escurrió hasta el asiento de Ted para mirar por su lado, acercándose tanto a su amigo que este podía oír los latidos de su corazón.

—Ahí dentro es donde van a colgar tu cuadro cuando ganes el concurso. Todo el mundo lo admirará. Los camareros irán de un lado a otro sirviendo champán y esos sandwichitos que comen los ricos. Y tú entrarás y todos aplaudirán—prometió Joar, esta vez con voz seria, mientras señalaba el museo.

—Tú también estarás, Joar—susurró el artista.

—Sí, sí, claro. Yo también estaré.

Ted se queda callado en el tren. Mira por la ventanilla y reconoce el lugar.

Los contornos del pueblo, y los suyos propios, cada vez más definidos.

Probablemente no sea fácil para nadie regresar al lugar donde creció; ahí no hay manera de olvidar quién eres, por mucho que hayas tratado de ser otra persona.

Pero Ted se da cuenta de que, en su caso, es imposible volver a casa, porque su hogar eran las personas.

No le dice a Louisa que todos los que estaban dentro de aquel coche ese día sabían en el fondo que Joar mentía cuando prometió que estaría en el museo el día que el artista ganara el concurso.

Joar tenía prisa por amar porque sabía que no le quedaban muchas más oportunidades.

Julio tocaba a su fin, al día siguiente sería agosto y su padre empezaría las vacaciones.

Ted no le dice a Louisa que, el día que robó el coche, los amigos de Joar lo vieron sacudir la mochila de vez en cuando, lejos de sus miradas, para notar el peso del cuchillo al fondo y asegurarse de que seguía ahí.

Al contrario, Ted contó otra cosa:

—Mientras estábamos allí sentados, contemplando el museo, Ali dijo: «Vale, no ha sido tu peor idea».

Y le cogió la mano a Joar, como hacen las personas que son tal para cual, como si fuera más natural tocar al otro que no hacerlo.

Y Joar no apartó la mano, no le dio vergiienza.

Esa fue la primera vez que noté que ya se habían besado.

Y me acuerdo de estar allí sentado en el asiento de atrás pensando que ojalá llegaran a envejecer juntos.

El tren se detiene. Ted cierra los ojos, respira profundamente, se pone de pie y coge su maleta y la caja con el cuadro. Louisa lo sigue hasta el andén. Han llegado.