Chapter 47
CUARENTA Y SIETE
Cuesta contar una historia, sobre todo cuando no acaba bien para todos.
Ted sueña con el sonido de una cabeza humana recibiendo un golpe tremebundo; es un sonido tan brutal que atraviesa las paredes.
En el sueño, todos los hombres rudos del puerto están de pie y en silencio junto a la entrada de casa de Joar, conmocionados y muertos de vergilenza.
Mientras, en la intersección donde Ted y sus amigos se despedían con un «hasta mañana», retumba el sonido de las sirenas.
Ted se despierta sobresaltado, está sudando y tiene miedo. Parpadea bajo la luz. Louisa está sentada en su litera con los ojos abiertos de par en par, oteando felizmente al otro lado de la ventanilla, puesto que el tren pasa ahora muy cerca del mar. Se gira y ve a Ted despierto.
—¿Hemos llegado ya?—pregunta.
—Queda poco.
—¿Cuánto de poco es poco?
—Bastante poco.
—Habrías sido un padre muy molesto—refunfuña.
—Gracias—contesta con una sonrisa Ted.
Louisa vacila un momento antes de lanzar otra pregunta:
—¿Quieres contarme ahora el final de la historia?
—No, todavía no—responde él por fin, tras pensárselo un buen rato—. Pero puedo contarte la historia de cuando robamos un coche, si te apetece.
¿Que si le apetece?
Mientras el tren avanza acortando las distancias con el pueblo que se llevó su niñez entera, Ted le habla a Louisa de los días que rodearon la creación del cuadro.
Los amigos permanecieron sentados al lado del artista en el sótano de Ted hasta acabar mareados con el olor a pintura, aguarrás, vapores minerales o lo que fuera que contuvieran los jarritos y frascos.
El artista probó diferentes tipos de pintura y técnicas que, con mucha probabilidad, inventaba él mismo, puesto que no había tenido maestros.
En su día asistiría a una buena escuela de arte y caería en la cuenta de que a él ya se le había ocurrido todo lo que enseñaban allí, solo que al revés.
No tenía un cerebro normal, y el mundo daría las gracias por ello llegado el momento.
Durante aquellos días, Ted subía y bajaba a menudo para ir a buscar comida a la cocina.
Una noche, cuando estaba calentando lasaña para Ali, oyó a su hermano tocar el piano.
Fue a cogerle una de las cervezas del padre con la intención de llevársela, pero vio que era la última.
Cuando el hermano la agarró y reparó en lo mismo, se levantó para traer dos vasos y los hermanos brindaron en silencio y bebieron junto al piano.
—¿Sabes cuál era el plato favorito de papá?—preguntó el hermano mayor cuando le llegó el olor de la comida que estaba calentando Ted.
—¿La lasaña?
—No, señor. Los sándwiches fríos de queso fundido.
O sea, un sándwich de queso fundido tras llevar toda la noche en el frigorífico.
Eso es lo único que papá sabía hacer cuando conoció a mamá.
Sándwiches fríos de queso fundido y gusanitos de queso que se han quedado en una bolsa abierta y están un poco revenidos y Coca-Cola sin gas...
Le encantaban esas cosas. ¿Te puedes creer que mamá aprendiera a cocinar tan bien por ese tío? ¡Menudo desperdicio!
Ted se echó a reír.
—Cuéntame más.
El hermano sonrió. No estaba especialmente borracho, pero siguió hablando de todas formas.
—Cuando yo era pequeño, solía esconderme con papá detrás del piano y dar un brinco para asustar a mamá.
—¿Y ella se enfadaba?—preguntó Ted con una sonrisa.
—¿Estás de coña? Odiaba que papá la asustara, por eso él lo hacía todo el rato, el muy imbécil.
Una vez saltó del armario de la entrada cuando ella pasaba con un calzador en la mano y la asustó tanto que mamá acabó haciendo pedazos el espejo con él.
Se puso hecha una furia porque, según ella, tendría siete años de mala suerte, y va papá y le dice: «Si no me llego a agachar, me dejas sin DIENTES», y mamá le contesta: «¡Bueno, pero al menos así solo habrías tenido mala suerte TÚ! ».
Cuando el hermano terminó el relato, Ted le pidió, no sin cierta vacilación, que le volviera a contar la historia. Volvió a reír tanto como la primera vez. No debe de ser una mala sensación si no te has sentido un buen hermano mayor durante mucho tiempo.
—¿Te gustaría tener hijos?—preguntó Ted sin venir a cuento.
—¿Hijos? Joder, no lo sé. No creo que fuera muy buen padre—farfulló el hermano.
—Sí que lo serías—dijo con mucha seguridad Ted, y al hermano se le hizo tal nudo en la garganta que tocó una canción entera, de principio a fin.
—Tú serías mejor padre, Ted. Papá siempre decía que eres el listo de la familia. Nadie sabe de dónde lo has sacado—dijo pasado un rato.
—No, soy un idiota—murmuró Ted.
—¡No digas eso!—soltó el hermano con un enfurruñamiento que, en cierto sentido, era todo un cumplido.
—Perdón—se disculpó Ted sin saber muy bien por qué.
—Cuando estabas en preescolar uno de los maestros dijo que eras el más listo de la clase. De camino a casa, papá dijo que serías el primero de la familia en ir a la universidad—respondió, incapaz de ocultar su envidia, o quizá fuera orgullo.
—Ni siquiera sé qué hay que hacer para ir a la universidad. Eso no es para gente como nosotros. ¡Cuesta dinero! Yo no...—protestó Ted, pero lo interrumpió el sonido de unos pasos en la cocina.
Era Ali. Había estado esperando su lasaña sentada en el sótano, pero finalmente el hambre se había impuesto a la prudencia.
Al ver al hermano mayor de Ted puso cara de terror; agarró la lasaña del microondas y se fue corriendo de vuelta al sótano, como un ratón con su trozo de queso.
El hermano mayor la miró primero a ella y luego a Ted.
—Me alegro de que tengas buenos amigos.
—Yo también.
—¿Sales con alguno de ellos?
La pregunta casi tira a Ted de la banqueta.
Es probable que nadie más comprendiera que esa pregunta era lo más cariñoso y validador que su hermano le había dicho nunca. Que no había preguntado si salía con Ali, sino si salía con alguno de sus amigos.
Ted negó con la cabeza. El hermano tocó otra canción.
—¿Qué piensan tus amigos que deberías ser cuando te hagas mayor?—preguntó al terminar.
Ted giró cuidadosamente el vaso de cerveza entre las manos levantando olas de espuma.
—Profesor.
El hermano asintió y anunció:
—Si tú vas a la universidad y te haces profesor, yo me puedo imaginar teniendo hijos porque entonces mis críos tendrán en quién fijarse.
Ted se acabó su cerveza.
—Tú eres suficiente buen modelo.
Era la primera vez que alguien le decía al hermano mayor que era suficiente.
La vida es larga, pero avanza muy rápido, y un solo paso aquí o allá puede bastar para echarlo todo a perder.
Unos meses después de esa noche, el hermano mayor de Ted se dirigía a una fiesta con Buey, pero nunca llegó.
Quizá fuera el destino o una coincidencia, o puede que el hermano recordara lo que le había dicho su hermano pequeño, eso de escoger amigos que sean mejores que uno.
Quizá saber que eres suficiente para una persona supone una gran diferencia.
En cualquier caso, le pidió de pronto a Buey que parara el coche, bajó y se volvió andando a casa.
Buey se enfureció y estuvo gritándole un rato en la carretera, pero el hermano mayor no volvió la cabeza.
Esa noche se montó algún follón en la fiesta; Buey y otros amigos atacaron a un tipo con tanta agresividad que casi lo matan.
Acabaron todos en prisión. No mucho después, el hermano mayor conoció a una chica y se enamoró.
Es larga, la vida, pero avanza muy rápido y un solo paso en la dirección correcta a veces basta.
Ted dejó al hermano sentado al piano esa noche tras acabarse la última cerveza del padre. Al regresar al sótano tropezó con el escalón que es un poco más alto que los demás. Él tampoco levantaba los pies al andar. Un rasgo heredado del que se sentía orgulloso.
Al entrar en su cuarto reinaba un silencio absoluto. El corazón le dio un vuelco; estaba convencido de que había sucedido algo terrible. Miró a Ali y Joar, pero ellos tenían los ojos clavados en otra cosa.
—¿Qué ha...?—empezó a preguntar comido por la ansiedad.
—Ha terminado. El cuadro está acabado—lo interrumpió Joar.
Ellos estaban allí: tres adolescentes en un embarcadero junto al mar, apenas perceptibles entre tanto azul, de tal manera que, si el cuadro estuviera colgado en la pared blanca de una exclusiva subasta de arte, los señores ricachones podrían pasar por su lado sin verlos.
Sin embargo, ellos vivirían eternamente: Joar, Ali y Ted.
—Tienes que firmar el cuadro—susurró Ali.
El artista vaciló, pero finalmente pintó unas calaveritas y escribió un nombre que no era el suyo en la esquina inferior.
—¿Qué haces? ¡Tienes que poner tu nombre!—insistió Ali, pero el artista negó tímidamente con la cabeza.
—Si alguien ve el cuadro, no quiero que sepa quién soy. Solo quiero que sepa quién soy de verdad... Con vosotros.
Y así fue cómo se le ocurrió entonces, a la edad de catorce años, su nombre artístico: C.
Jat, las iniciales de Christian, Joar, Ali y Ted.
Sus amigos deberían haber sabido en ese momento que era demasiado frágil para hacerse famoso, pero ya era tarde, el cuadro era demasiado bello como para no llevar a su autor a recorrer el mundo entero.
—¿Por qué no te has pintado tú?—preguntó Ali.
—SÍ que me he pintado. Soy todo esto que os rodea—dijo en voz baja el artista.
—¡Joder! ¡Eres un extraterrestre!—exclamó Joar antes de añadir algo verdaderamente extraordinario—: Te quiero.
—Os quiero y creo en vosotros—contestó el artista.
—Creo en vosotros y Os... Os... Lo otro también—masculló Ali.
En cambio, Ted no dijo nada porque se quedó sin respiración al mirar el cuadro. Veinticinco años después, lo sigue dejando sin aliento.
—Fue idea de Joar que robáramos un coche—le cuenta a Louisa en el tren.
—¿Para qué?—pregunta ella sonriendo expectante.