Mis amigos Chapter 46
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Chapter 46

CUARENTA Y SEIS

Lo de robar algunas bicicletas para venderlas fue idea de Ali, por supuesto, según relata Ted en el coche cama.

Para entonces, Joar ya se había convertido en una especie de experto en el tema, puesto que había vendido sus primeras bicis robadas en el patio del colegio con tan solo once años.

Por desgracia, la policía apareció y consideró que aquella no era una estrategia de negocio adecuada.

En opinión de Joar, la policía era malísima a la hora de incentivar el emprendimiento juvenil.

La única razón por la que lo dejaron irse de rositas fue que era tan bajo que no creyeron que fuera capaz de cometer el delito.

A él eso lo cabreó tanto que a punto estuvo de confesar.

Se lo impidió el artista, claro, quien, a partir de entonces, dejó que Joar robara alguna bicicleta de vez en cuando, pero no que las vendiera, pues era demasiado peligroso.

Ese verano, en cambio, cuando aún no habían cumplido quince años, Ali consideró que valía la pena volverlo a intentar.

—¿Qué van a hacer? ¿Meternos en la cárcel? Aún somos... niños—refunfuñó.

Era el día siguiente a la liberación del pájaro.

—Creo que tienen cárceles para jóvenes—puntualizó Ted.

—¡Ja! ¿Y cómo van a mantener encerrado a Joar? Cabe entre los barrotes—añadió riendo Ali.

En circunstancias normales, un comentario como ese habría ido seguido de una pelea entre Joar y Ali, pero el chico tenía tantos moratones y chichones que su amiga no quiso añadir más agravios y se limitó a sacar la lengua y reírse cuando Joar contestó con una peineta.

—No, por favor. Si robas alguna bicicleta para comprar pintura, se verá reflejado en el cuadro de algún modo. Yo no quiero que seáis ladrones por mí...—suplicó tímidamente el artista.

Y así quedó zanjado el debate. Los amigos se pasaron el resto del día viendo películas de superhéroes en el cuarto de Ted.

Estaba lloviendo fuera y no se les ocurrían más ideas.

De vez en cuando, Ted y el artista paseaban la vista por la mochila de Ali, pero ella les hacía gestos para indicarles que esperaran.

Y eso hicieron, varias horas, hasta que Joar se fue al baño y pudieron sacar lo que tenían allí escondido.

Cuando el joven volvía del baño y se disponía a bajar las escaleras del sótano, Ali cantó «Cumpleaños feliz» con todas sus fuerzas y, al ver que su amigo se tapaba los oídos, amenazó con cantarla otra vez.

Joar puso cara de fastidio, incluso de enfado, pero lo cierto era que no se le había pasado por la cabeza que se acordaran de su cumpleaños, así que no les dijo que, en realidad, era al día siguiente.

Ted le dio un frasco de aftershave. Era de su padre, pero se había quedado sin abrir en un armario. Ted se esmeró en limpiarle el polvo y ponerle un lacito, y el artista escribió una tarjeta.

—Esperamos que te guste el olor—deseó Ted.

—Sí, ojalá, porque hueles a basura—añadió Ali con un tono que, de haberlo dicho en una lengua desconocida, habría parecido un «te quiero».

Joar cogió el frasco como si fuera un pájaro. El artista metió la mano en su mochila y sacó un ramito de flores que había robado del jardín de una anciana.

—No son robadas—aclaró—. Son adoptadas.

Ali y Ted se echaron a reír.

—Sois todos escoria—masculló Joar oliendo las flores.

Se restregó fuerte los ojos con el dorso de la mano. Tendría que esperar para usar el aftershave porque tenía tantos cortes en el cuerpo que le escocía demasiado. Aun así, esa noche durmió abrazado al frasco.

Por la mañana, sus amigos lo estuvieron esperando en la intersección hasta que el sol lucía bien alto en el cielo, pero Joar no apareció.

Hacía un día fantástico. Estaba despejado y no soplaba viento; los colores del cielo y la tierra parecían más vivos que el día anterior. Al menos, así lo recordarían los amigos. A veces recordamos los momentos previos a una gran catástrofe más bellos de lo que fueron en realidad.

Ali, preocupada, fue a casa de Joar. Vio a los padres marchar al trabajo.

El padre, tambaleándose en dirección al coche de un compañero con el que iría al puerto.

La madre, corriendo en dirección contraria, perfectamente maquillada.

Ali pensó que la mujer parecía tan feliz que se le adivinaba un cierto brío en el caminar.

Esa sería la última vez que alguno de los amigos vio así a la mamá de Joar.

Cuando Ali tocó al timbre del piso, no contestó nadie. Joar no estaba.

Ali regresó a la intersección, se tumbó en el césped al lado de Ted y el artista y, juntos, hicieron lo único que estaba en sus manos: esperar.

Se quedaron allí tumbados hasta quedarse sin galletas y sin chistes, pero su amigo siguió sin aparecer.

Media mañana se esfumó. Para pasar el rato, Ali preguntó en ese tono de desenfado absoluto que solo ella dominaba por qué los chicos tenían dos testículos.

Era evidente que llevaba mucho tiempo dándole vueltas al asunto, pero ni Ted ni el artista tenían una buena respuesta.

El primero se limitó a contar que, una vez, cuando era pequeño, su hermano lo había engañado y hecho creer que, en realidad, los hombres debían tener tres.

Se sucedieron unos cuantos meses de ansiedad antes de descubrir la verdad.

—Pero ¿por qué tenéis dos entonces?—repitió Ali.

—Es muy propio de los hombres llevar sus propias piezas de recambio—dijo Ted sonriendo.

—Es muy propio de los hombres necesitar piezas de recambio—señaló Ali.

—¡VAMOS!—gritó una voz tras ellos.

Se giraron los tres sobre el césped y allí estaba Joar. Venía por el camino contrario, el que viene del pueblo, y no de su casa. Le brillaban los moratones con el sol, pero parecía tan orgulloso que apenas eran perceptibles. Se le veía treinta centímetros más alto que el día anterior.

—¡Vamos!—repitió mientras los adelantaba y proseguía su camino.

—¿Adónde?—preguntaron los otros, pero, al no obtener respuesta, salieron pitando tras él.

Ali no dejó de hablar en todo el camino sobre cosas que nadie recordaría después, pero que, en el momento, fueron la mar de graciosas. Ted recordaría que todo olía a sol y que no sabía si existía una palabra especial para eso.

—¿Qué... Qué hacemos aquí?—preguntó finalmente el artista, ansioso.

Fue entonces cuando Ted y Ali alzaron la vista y se dieron cuenta de adónde los había llevado Joar.

Estaban justo delante de la tiendecita de material de arte.

Su amigo no les había explicado su plan, ni se le había pasado por la cabeza que eso pudiera suponer un inconveniente, por lo que, ni que decir tiene, se convirtió enseguida en un problemón.

Si le hubieran preguntado a Ali, quizá habría dicho que es muy propio de un chico creer que todo el mundo puede leerle el pensamiento: es fácil porque no tiene muchos; pero en defensa de Joar hay que decir que a lo mejor Ali no lo habría escuchado si les hubiera dicho de antemano lo que tenía en mente.

Joar entró con el artista en la tienda mientras Ted y Ali, un tanto desconcertados, hacían guardia fuera, no porque su amigo se lo pidiera, sino porque ellos lo consideraron necesario.

Cuando el artista cayó en qué planeaba hacer Joar, entró en pánico e intentó persuadirlo para que no lo hiciera; no quería que su amigo robara por él, pero Joar no quiso hablar del tema.

—¡Tú señala lo que necesitas y ya está! ¡El verano está a punto de acabar, joder! ¡Hay que pintar el cuadro ya!—exhortó Joar muy impaciente.

De manera que el artista, muy nervioso, dio una vuelta por la tienda echando una ojeada y señalando el material.

Conforme Joar iba cogiéndolo todo, el artista se ponía más y más colorado hasta que, al llegar a la dependienta que despachaba tras el mostrador, temblaba de tal manera que, si hubiera llevado leche en la mano, la habría convertido en mantequilla.

Ali y Ted esperaban fuera, cada vez más nerviosos y conscientes, gracias a su experiencia, de que en cualquier momento aparecería un vigilante o un policía.

Por eso, cuando Joar y el artista salieron por fin cargados de pinturas, pinceles y lienzos, los amigos les arrebataron en un abrir y cerrar de ojos todo lo que llevaban y echaron a correr.

Dado que son genios, salieron pitando cada uno por su lado, por supuesto, pero por desgracia los muy genios eligieron direcciones opuestas y chocaron el uno contra la otra.

Entonces, Ali, movida por el pánico, arrancó con tanto ímpetu sin mirar hacia dónde se dirigía que se fue derecha contra una farola.

Ted, aún mareado por efecto del choque, avanzó tambaleándose un momento media calle más antes de darse cuenta de que no lo estaban persiguiendo.

Frenó tan en seco que pilló desprevenido a su cuerpo y acabó otra vez en el suelo.

Joar estaba de pie en la puerta de la tienda, la mar de tranquilo.

—¿Se puede saber qué hacéis, par de idiotas?—exclamó.

Había sido un buen día. Esa mañana, muy temprano, la madre de Joar lo había despertado colocando con mucha ternura una mano sobre el hombro de su hijo mientras se llevaba el índice de la otra mano a los labios.

—Ssssssh—siseó indicándole con un gesto que la siguiera.

Salieron sigilosamente del piso y se dejaron al padre roncando resacoso en el sofá.

Fueron a toda prisa hasta el sótano, a un pequeño trastero.

Justo en la parte de atrás, donde el padre nunca iba, la madre tenía escondido el regalo de cumpleaños de Joar.

Ella no poseía nada de valor excepto sus patines, regalo de su propia madre, que había vendido para comprarle a su hijo una bicicleta.

Joar había tenido muchas bicis a lo largo de su vida, pero, esa mañana, por primera vez, tenía una propia.

Salió a montarla por todo el vecindario al despuntar el alba.

Nunca se había sentido tan libre, grande y lleno de posibilidades.

Por eso no se presentó en la intersección para reunirse con sus amigos en toda la mañana.

Estuvo conduciendo su bicicleta a tal velocidad que el viento le repeinaba el pelo hacia atrás.

Pedaleó sin parar, soltando el manillar y estirando los brazos hacia el horizonte, hasta que llegó al pueblo.

Una vez allí, se sentó en un banco y esperó hasta que abrió la tienda de deportes.

Se echó la bici al hombro, puesto que en ese pueblo era mejor no dejarla sin vigilar en la calle y correr el riesgo de que se la llevara cualquier ladronzuelo, y entró en la tienda.

Estuvo discutiendo con el dependiente un buen rato hasta que llegaron a un acuerdo y Joar fue corriendo a la intersección, gritando jadeante «¡VAMOS! » a sus amigos.

Un rato después estaba en la entrada de la tienda de arte sacudiendo la cabeza sin dar crédito a lo que veían sus ojos. Cuando Ted y Ali se levantaron y percataron de que no los estaban siguiendo, vieron que el artista estaba de pie junto a Joar con algo en la mano: un recibo de la tienda.

Joar sonrió y exclamó:

—¿Qué os creéis que soy? ¿Un LADRÓN?

El muchacho había vendido muchas bicicletas en su vida, pero esa fue la primera vez que vendía la suya, y con ese dinero compraron los lienzos y pinturas que cambiarían el mundo.

—Este también es un buen final—susurra Louisa en medio de la oscuridad del vagón de tren.

—Sí—coincide Ted.

La joven no le pide que cuente nada más, y él no lo hace. Permanecen tumbados cada uno en su litera: uno va camino de casa; la otra, más lejos de lo que ha ido nunca.

—Buenas noches, fantasmas—susurra Louisa.

—Buenas noches, buenas noches—responde Ted.