Mis amigos Chapter 45
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Chapter 45

CUARENTA Y CINCO

Ted menea la cabeza hacia delante y hacia atrás.

Louisa piensa que parece la autora de la que le ha hablado, la mujer abrumada por el dolor.

Al darse cuenta de que lo está mirando fijamente, Ted carraspea avergonzado.

Busca sus pantalones y le ofrece a Louisa algo que saca de un bolsillo.

Es el dibujo del artista que ella había dejado en el tren.

—No me lo des, es un regalo—le dice dolida Louisa.

Ted asiente.

—Lo sé, me lo devolverás, pero cuando lleguemos a nuestro destino.

Ella duda un momento, pero finalmente guarda el dibujo en su mochila.

—Vaaale, hasta que lleguemos.

—¡Lo digo en serio! Quiero que me lo devuelvas. ¡Algún día valdrá millones!—insiste.

—¡Sí, claaaaaaaro!—exclama ella riendo, como si Ted bromeara.

Él mira la muñeca en la que solía llevar el reloj y después observa el sol,

—Creo que nos da tiempo a coger el próximo tren.

—¿Cómo lo sabes?

—Por el sol puedes saber más o menos qué hora es.

—Me refiero a que cómo sabes cuándo sale el próximo tren. ¿Te has aprendido el horario de memoria o qué?

—Sí—responde Ted como si fuera la cosa más normal del mundo.

—Eres más raro que un perro verde.

—Gracias, tú también.

Louisa resopla y se pone de pie. Ted hace lo propio.

Se aleja cada uno por su lado y buscan dos árboles bien hermosos tras los que cambiarse de ropa.

Cuando la primera gota aterriza en su cabeza, Ted no se percata de lo que ocurre porque su piel ya está húmeda, pero entonces oye un repiqueteo en la copa del árbol y a Louisa exclamar:

—;¡TED, ESTÁ LLOVIENDO! EL CUADROOOO...

Mira la caja y observa con pánico creciente cómo caen sin parar gotas que dejan grandes marcas negras.

Por un instante se dedica a buscar cobijo debajo del árbol, como hace la gente en las películas, pero no sirve de mucho.

Los árboles no son ni de lejos tan leales en la vida real, así que echa a correr con la maleta y la caja en brazos, patinando y tambaleándose como una paloma avariciosa que intenta llevarse un bocadillo enorme.

Louisa corre a su lado, poniéndose la mochila sin detenerse, y le quita la caja de las manos.

Llegan a la calle comercial de la tienda de deportes donde se colaron antes chapoteando, sin resuello y con el pecho ardiendo, pero no se detienen hasta encontrarse bajo techo en la estación de tren.

—¿Le... ha... pasado... algo?—pregunta jadeando Louisa cuando Ted echa un vistazo dentro de la caja. Él asiente, exhausto, y se deja caer en un banco.

—Estoy... muy... harto... de correr.

—Es increíble... lo mal que se te da... a pesar de que corres a menudo.

Eso es todo lo que tienen tiempo de decir antes de que llegue el tren.

Se suben con esfuerzo, lo cual les granjea no pocas miradas malhumoradas del resto de pasajeros a pesar de que la lluvia ha lavado casi toda la tierra de su ropa.

Ted se hunde en un asiento, cierra los ojos y se queda dormido casi al instante.

Cuando despierta, Louisa está sobada sobre su hombro.

—¡Louisa, despierta! ¡Nos bajamos aquí!—exclama Ted mirando por la ventanilla.

Ella se incorpora con cara de susto.

—¡NO ESTABA DURMIENDO! ¡ESTOY LISTA! ¿CÓMO? ¿QUÉ COÑO QUIERES?

Enseña los puños a su acompañante antes de que su cerebro recuerde quién es.

—¡AY!—aúlla Ted al recibir un duro impacto accidental en la mejilla.

—Lo siento... ¿Qué pasa? ¿Dónde estamos?—pregunta Louisa alarmada.

Ted señala con la cabeza el andén al otro lado de la ventanilla y, de pronto, sonríe como si fuera a contarle un secreto.

—Vamos. Te voy a enseñar algo que creo que te va a gustar.

Bajan del tren y Louisa se sienta en un banco con el cuadro y las mochilas mientras Ted compra los billetes. Tarda tanto tiempo que ya es por la tarde cuando regresa.

—Has tardado una eternidad. ¿Has tenido que viajar al pasado e inventar el tren o qué?

Ted habla en voz baja y la mira aterrorizado.

—Hay policías comprobando la identidad de todos los pasajeros. Los he oído decir que han atacado a dos hombres a unas cuantas estaciones de aquí, que los han golpeado con una tubería de hierro y que uno de ellos tiene el brazo roto...

—¿CÓMO QUE ATACADO? Si han sido ELLOS—exclama Louisa.

—Chsssssssst—sisea Ted.

—¿Y qué hacemos?—susurra ella al ver a unos hombres de uniforme que se aproximan.

Lleva toda la vida aprendiendo a huir de ese tipo de hombres, pero ahora es demasiado tarde. Debería haber sido más espabilada. Se ha relajado demasiado, dejándose engañar y pensando que el mundo de Ted es su sitio. No lo es, ni ahora ni nunca.

—¡Actúa normal! Es decir, no como es normal en ti. Actúa normal como la gente normal—sisea Ted.

—;¡Claro! Como si no me hubiera largado de una casa de acogida ni llevara un cuadro famoso que vale una fortuna ni viajara con un hombre del que no sé ni su apellido. ¡Actúa normal, dice!—chista a su vez Louisa.

—Tú calla y sonríe—ordena con severidad Ted.

Louisa obedece y esa es, probablemente, la primera vez desde que se conocen que la joven ha seguido instrucciones, lo cual, por supuesto, también es un error.

Llegan al tren, justo a la altura de los escalones para abordarlo y, durante un segundo, los dos creen estar a salvo.

Pero Louisa debería haber sido más espabilada.

—¡EH, USTEDES! ¡DETÉNGANSE!—grita una voz detrás de ellos.

Se giran y se topan con la mirada enfadada de un uniformado.

—Billetes e identificación—más que pedir, ordena.

Louisa se arrodilla y comienza a busca frenéticamente el pasaporte dentro de su mochila mientras el pánico se apodera de su cuerpo.

—Estaba aquí... Estaba...—susurra invadida por la ansiedad y con la mirada gacha.

Oye al hombre hablándole enfurecido por encima de su cabeza.

Louisa no es capaz de comprender las palabras, pero ha oído mil veces antes voces de ese mismo estilo, que prometen violencia.

Sabe que el hombre percibe la culpa en sus ojos inquietos y sus dedos temblorosos.

¿Dónde estará el pasaporte, joder? El idiota de su cerebro debería saberlo, pero se dedica de pronto a pensar en Pez y en que siempre decía que un pasaporte es una prueba de que existes, de que eres alguien.

Sin embargo, la mochila está vacía y a Louisa le arde la cara y el cerebro le grita que Pez estaba equivocada.

Ella siempre ha sido una donnadie. Siempre lo echará todo a perder, así que actúa por instinto, ya es tarde para salvarse, pero a lo mejor puede llamar la atención del policía para que Ted tenga tiempo de escapar.

Es una estupidez, como suele pasar con los instintos; la sociedad no está hecha para los cerebros adolescentes, inundados de respuestas de lucha o huida.

La joven cierra la mochila, aprieta los puños y se prepara para salir corriendo.

—¿Va al norte? ¿Vive allí?

Las preguntas del policía la desconciertan, suenan a que el tipo conversa con alguien.

—Sí—oye decir a Ted, que parece sorprendentemente calmado.

—¿Viajan juntos, la chica y usted?—pregunta el policía.

Sí, es mi hija.

Es la mejor mentira que Ted ha dicho nunca.

—¿Qué le ha pasado en la cara?

—Me he caído por unas escaleras.

Si no estuviera tan aterrorizada se habría echado a reír, pero al levantar la mirada se da cuenta de que el policía no la está mirando a ella, sino a Ted, y el sonido de su propia respiración ya no la deja oír el resto del interrogatorio.

Al final, el hombre de uniforme le devuelve a Ted su pasaporte con un ligero ademán y se aleja.

Así de simple. Louisa se queda mirando a su acompañante como si acabara de hacer magia negra; parece asustado, pero también ofendido.

—¿Qué ha pasado? ¿Qué ha dicho?—susurra extrañada Louisa.

—Dice que la policía ha parado a un conductor borracho y a su amigo a unas cuantas estaciones de aquí y que, para evitar que los arrestaran, parece ser que el conductor borracho ha dicho que iban camino del hospital porque los ha atacado con tuberías de hierro una... pandilla.

—¿Una pandilla?

—Sí. Parece que los tipos no han querido reconocer, ni siquiera a la policía, que les ha pegado una chica.

—Entonces, ¿por qué nos han parado a nosotros?

—No nos han parado a nosotros, solo a mí. Los tipos han dicho que la pandilla ha huido en un tren que iba en esta dirección, así que la policía está hablando por esta zona con todo el mundo que parece... sospechoso.

A Louisa se le ilumina la cara como si no parecer sospechosa fuera el mayor cumplido que ha recibido nunca.

—O sea que el policía ha pensado que pareces un pandillero, pero en cuanto ha oído esa manera tan desagradable de hablar que tienes ha comprendido que es imposible—se burla riendo Louisa.

—No tiene gracia, podían habernos arrestado.

—A lo mejor te uniste a la pandilla durante tu estancia en la cárcel—añade riendo.

—Para—masculla Ted.

—A lo mejor era una pandilla de biblioteca. A lo mejor sometes a las demás pandillas con el poder del conocimiento.

Ted se agacha y recoge el pasaporte de la joven, que se había caído de la mochila.

—Asegúrate de no perderlo—replica, como haría un padre molesto para cambiar de tema.

—Lo sé—asiente Louisa sin dejar de sonreír.

—¡Hablo en serio! ¡Tienes que tomarte las cosas con más seriedad!—exclama.

Louisa se queda callada, un tanto avergonzada.

—Lo siento. Ya lo sé. No puedo perder el pasaporte, es la única prueba de que existo—se oye a sí misma decir con voz repentinamente temblorosa.

Ted se detiene y la mira con más benevolencia mientras niega lentamente con la cabeza.

—¿Eso crees?

—Pez lo decía todo el rato.

Ted vuelve a sacudir la cabeza, con más determinación esta vez.

—Tú ya eres bastante prueba de que existes, Louisa. Cada vez que dibujas o pintas algo lo pruebas. Vamos, va, tengo que enseñarte una cosa.

Hay otro tren detenido en el andén al otro lado y, cuando Ted la hace subir, Louisa pone cara de haber probado chocolate por primera vez.

—¿Son camas? ¿En un tren?—susurra boquiabierta.

—Es un coche cama.

Pero eso no es lo mejor. Ted le enseña entonces su compartimento, que tiene una cama para cada uno y una cortinilla para aislarlas, amén de otra cosa absolutamente fabulosa: un cerrojo en la puerta.

Louisa se queda traspuesta en cuanto toca la almohada; no ha dormido tan bien desde que Pez no está a su lado. Ted también se queda roque pese a los ronquidos de su acompañante. Cuando despiertan, vuelve a ser de noche y el tren se mueve. Han dormido todo el día.

—¿Estás despierto?—pregunta Louisa a la oscuridad cuando oye un cambio en la respiración de Ted.

—Sí—responde él pensando que nunca hace falta preguntarse si ella está o no despierta, puesto que, si no hace preguntas, es porque duerme.

—¿Puedo preguntarte una cosa?

—¿Puedo impedirlo?

—Llevas muchísimo tiempo sin ir al lavabo.

—Eso no es una pregunta.

—Has hecho pis en el mar, ¿a que sí?

—No—miente.

Ella se echa a reír de tal forma que hace crujir la litera.

—¿Puedo preguntarte otra cosa?

—Mejor no—dice, aunque es evidente que sus preferencias no tendrán ningún impacto.

—¿Qué pasó con el cuchillo de Joar?

Ted se alegra de que la luz esté apagada en ese momento. El mundo permanece inmóvil al otro lado de la ventana, el estruendoso tren atraviesa la noche como si todos los pasajeros estuvieran huyendo y Ted intenta juntar los labios para detener el temblor.

—Lo llevaba en la mochila. Había concebido un plan: esperaría a que su madre no estuviera en casa porque sabía que intentaría detenerlo si...

—¡Espera un momento!—le ruega de pronto Louisa, cambiando de parecer. Y añade—: No debería haberlo preguntado. Debería haberte dejado terminar la historia con todos yendo a nadar al embarcadero y liberando al pájaro. Era el final perfecto. Todos seguíais siendo felices ahí.

—SÍ.

Louisa se queda pensativa un minuto entero antes de tomar una decisión.

—Vale... Pero dime una cosa antes de contarme el final: ¿cómo conseguisteis el dinero para la pintura y los pinceles y todo el material para el cuadro?

El tren pasa por un andén iluminado y Louisa ve en los conos de luz el destello de los dientes de Ted al sonreír.

—Bueno, no vendimos ninguna bici robada, eso desde luego.