Mis amigos Chapter 44 #3
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Chapter 44 #3

¿Un poquito? A Joar le pareció que estaban carbonizadas, aunque se guardó muy bien de decirlo, por supuesto.

A finales de julio, se dirigieron una mañana a primera hora al embarcadero para soltar al pájaro. Había estado viviendo en casa de Ted durante una semana aproximadamente, aunque Joar había pasado cada día a alimentarlo con semillas y gusanos.

Acudieron los cinco. Ali había tenido la idea.

Ni que decir tiene que la madre de Joar pensó que bromeaban cuando llamaron al timbre, pero enseguida fue corriendo a maquillarse y ponerse los zapatos de tacón más bonitos que tenía a pesar de que Joar no paraba de repetirle: «¡Vamos al EMBARCADERO, mamá!

¡Al MAR! ¡No vamos a soltar al pájaro en una DISCOTECA! ».

La madre se quitó los zapatos en el último tramo hasta llegar al mar y avanzó descalza, casi ceremoniosamente, mientras preguntaba con orgullo a su hijo: «¿Soy la primera adulta a la que dejáis venir aquí con vosotros?». Y Joar contestó con dulzura: «Tú no eres adulta, mamá».

La mujer no había coincidido en demasiadas ocasiones con los amigos de su hijo, aunque conocía hasta el último detalle de todos ellos.

—Presume de vosotros sin parar—le susurró a Ted en un momento en que su hijo no podía oírla.

Por desgracia, Ali sí que la oyó, y la chica no tuvo más remedio que ir corriendo a golpear a Joar con fuerza en el brazo para que él tuviera que devolverle el golpe y que todos pensaran que sus lágrimas se debían a eso.

—¿Estás llorando? Pero ¡si no te he dado tan fuerte!—masculló Joar.

—Calla—dijo sollozando Ali, que amaba a los pájaros casi tanto como amaba a los chicos que amaban a los pájaros.

—¿Puedo preguntaros una cosa?—dijo la madre de Joar cuando se detuvieron en el embarcadero.

—Ahora no, mamá.

—¿Por qué nadie adopta pájaros? Es decir... Puedes comprar pájaros y perros y puedes adoptar un perro. Pero ¿puedes adoptar un pájaro?

—¿Quién narices adopta un perro, mamá?—rezongó Joar.

En ese momento, Ali, la amiga de todos los animales, saltó como un resorte:

—¡Cualquiera que no sea un idiota! Nadie debería comprar un perro porque hay muchos que no tienen hogar.

—¿Cómo sabes que no tienen hogar? ¡A lo mejor es que no quieren vivir en una casa!—replicó Joar.

—¡Serás idiota! ¿Tú crees que los perros deberían vivir en la calle?

—Myy bien, pues vete a la jungla y adopta un león entonces. ¿Por qué no pueden tener casa los leones?

—¡Los leones no viven en la jungla, idiota!—gritó Ali.

—¡No soy idiota, idiota!—vociferó su amigo.

—¡MIRAD!—exclamó Ted.

En ese momento, el pájaro, que estaba posado en las manos del artista, alzó el vuelo.

Fue un momento verdaderamente único. Al principio se quedó un buen rato inmóvil entre los dedos del artista, como si estuviera adormilado, como si le hubieran dicho que era hora de ir al cole.

Pero, de pronto, sin previo aviso, levantó la cabeza y desplegó las alas.

—Y echó a volar—rememora Ted, como en una ensoñación, sentado sobre las rocas.

—Vaya—dice Louisa, sin atisbo de sarcasmo, lo cual es bastante reseñable viniendo de ella.

—Dio unas cuantas vueltas sobre el embarcadero, planeó sobre el mar, miró por encima de su ala durante un segundo como si... Suena estúpido, pero parecía que miraba a Joar y a su madre.

Menudo segundo fue aquel para todos los presentes.

Un segundo fantástico. El artista hizo algo fabuloso que nadie había oído antes: animó y jaleó al pajarillo.

Empezó a recorrer el embarcadero brincando y gritando de júbilo.

¿Cuántos motivos se presentan en la vida para hacer eso?

El sol se filtraba a través de las nubes, el momento era perfecto, así que el muy idiota del pájaro tuvo que estropearlo.

Habría ascendido unos sesenta metros por encima del agua cuando giró dibujando un amplio semicírculo y volvió. Pasó por encima de ellos y voló en dirección al pueblo y los edificios.

—¡TE EQUIVOCAS DE DIRECCIÓN!—exclamó Ali como si el pájaro fuera a dar la vuelta para disculparse.

—A lo mejor para él no es la dirección equivocada—dijo vacilante la madre de Joar.

—¿Cómo sabes que es un chico?—preguntó Ali.

—Porque se ha equivocado de dirección—añadió riendo la mujer.

—Un chico de lo más típico—intervino el artista.

¡Cómo rieron! Todos excepto Joar, que recorría con los ojos el cielo.

—¿Puede volar a cualquier lugar del mundo y elige volver a este puñetero pueblo?—resopló.

Su madre se quedó pensativa un buen rato al lado de su hijo.

—Yo creo que a lo mejor ha vuelto con sus amigos, amor mío. Tú habrías hecho lo mismo—dijo al fin.

Permanecieron todos en silencio el tiempo que duran unos cuantos latidos de corazón, reflexionando sobre las palabras de la mujer, hasta que Ali se impacientó y exclamó:

—¡Venga, va! ¡Vamos a nadar!

Veinticinco años después, sentado sobre las rocas junto al mar, Ted deja que la toalla se deslice por sus hombros hasta caer. La dobla meticulosamente y la coloca con cuidado dentro de su maleta, que está al lado de la caja del cuadro.

—Saltamos todos al agua desde el embarcadero. Esa fue la última vez que nadé en el mar con mis amigos.