Mis amigos Chapter 44 #2
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Chapter 44 #2

Sentado al otro lado de la ventana de Ted, con las manos ensangrentadas y explicando lo sucedido, Joar era incapaz de contener las lágrimas que caían rodando por sus mejillas, y eso le hacía temblar de ira, puesto que era precisamente lo que había querido su padre esa noche: confirmar el poder que tenía sobre el chico.

Ni siquiera miró la cajita cuando se la arrebató de las manos al hijo.

El alarido de la madre debió de oírse por todo el vecindario, pero ¿acaso sirvió de algo?

¿Cuántos gritos habrían aprendido a ignorar los vecinos a lo largo de los años?

El viejo de Joar sencillamente clavó la mirada en su hijo mientras aplastaba con el pie la caja, los restos de ramitas, las hojas y la vida que albergaba dentro, sin apartar ni por un segundo la vista de él. La crueldad es así.

Ted no supo qué había ocurrido exactamente en ese cuarto después de ese momento, y tampoco quería contarle a Louisa lo poco que sabía, porque, de semejante cabronazo, lo mejor es hablar lo menos posible.

Pero lo cierto era que había un cuchillo en una mochila, un muchacho en el suelo y una madre con los brazos alrededor del cuello de un hombre que no paraba de golpear.

Ted también acabó con las manos llenas de sangre esa noche que Joar acudió a su ventana con una caja.

—Escóndela—musitó Joar.

—Entra—rogó Ted, pero su amigo negó con la cabeza y se miró las manos, asombrado, como si se preguntara a quién le pertenecían.

—Tengo que volver a casa antes de que se dé cuenta de que no estoy.

Dio media vuelta a toda velocidad y desapareció en la oscuridad.

—;¡Te quiero!—exclamó Ted en un arrebato.

Joar se detuvo durante un instante, pero no respondió ni se giró. Entonces, echó a correr.

La voz de Ted en las rocas es casi imperceptible; Louisa tiene que acercarse a él para escuchar la historia de cuando Joar entró de nuevo a hurtadillas en su casa.

El padre roncaba en el sofá del comedor, sumido en un estupor etílico y con la camisa manchada con la sangre de su hijo.

En el cuarto del muchacho, la madre limpiaba el suelo arrodillada.

Olía tan bien que Joar se mareó. Había estado guardando en la estantería dos pastillitas de jabón, regalo de Navidad de Ali, que las había robado en una tienda para él.

Obviamente, olían demasiado bien como para lavarse con ellas, así que Joar se limitaba a sentarse en la cama y olfatearlas cuando se sentía desdichado.

Pesaban muy poco, prácticamente lo mismo que un pájaro.

Cuando esa noche el padre entró y salió del cuarto la primera vez, Joar y la madre envolvieron a toda prisa los jabones en un calcetín y los colocaron entre las ramitas y las hojas de la caja.

Cuando la borrachera lo llevó a ponerse hecho una furia y entrar como un energúmeno por segunda vez, colmado de whiskey y amargura, le arrebató la caja de las manos a Joar, que comenzó a gritar con la madre.

Pero él se echó a reír, así de predecible era su odio.

Ni siquiera miró la caja antes de tirarla al suelo y pisotearla; estaba demasiado ensimismado observando a Joar, demasiado ansioso por verlo destrozado por la muerte del pájaro.

Y es cierto que lloró el chico, tal y como deseaba el padre, pero no por el ave, sino por la crueldad.

El hombre era incapaz de reconocer la diferencia en las lágrimas y le faltaba inteligencia para saber siquiera que podía haberla.

Cuando terminó de pisotear la caja la emprendió a golpes con el hijo y la mujer por todo el dormitorio.

Exhausto, volvió dando tumbos al sofá, y fue entonces cuando Joar fue a rastras a abrir la ventana.

Los bordes de hojalata de los maceteros eran afilados como cuchillas y el chico temblaba tanto que se cortó en las manos.

Al recoger al pájaro, que había escondido en la tierra suelta de debajo de las flores, manchó de sangre sus alas y, al volver a colocar al animal entre los restos destrozados, pringó también la caja.

Pero el ave respiraba. Entonces se lo llevó a Ted y volvió corriendo a casa. Así fue cómo se salvó una vida.

Ayudó a la madre a limpiar el suelo. Tenían las caras amoratadas y los corazones rotos, pero sonreían; un pajarillo era una victoria nada desdeñable sobre un eterno tirano.

Joar inhaló profundamente el olor del jabón y susurró «te quiero» con los labios pegados a los cabellos de la madre. «¡Qué afortunada soy!», susurró ella.

Esa noche, durmieron uno al lado del otro en la cama de Joar; la madre con el muchacho en sus brazos y este con la mochila en los suyos. El padre dormía como un tronco en el sofá. Cuando Joar despertó a la mañana siguiente, todo olía a quemado.

Un compañero del puerto había pasado al amanecer a recoger al padre, aún demasiado borracho como para ir por su cuenta a trabajar, quien había dejado tras de sí solamente silencio y humo.

Joar se restregó con ímpetu los ojos y se dirigió dando tumbos a la cocina, aturdido.

Allí estaba la madre, de pie, recién maquillada y con cara de sentirse avergonzada.

—He intentado hornear unas madalenas. Me parece que se me han quemado un poquito...