Chapter 44
CUARENTA Y CUATRO
Siempre cuesta contar una historia, la que sea, pero la tarea se vuelve casi imposible cuando es la tuya propia. Constantemente empiezas por el sitio equivocado, cuentas demasiado o demasiado poco y te olvidas de las partes más importantes.
Esa última, la de Joar y la sangre, se le escapa a Ted sin querer.
Enseguida repara en que ha sido un error, sin duda; en que Louisa está sentada en la roca a su lado y pone cara de no poder saber a ciencia cierta si está conmovida, asustada o enfadada.
Sobre todo lo último, por cómo suena cuando abre la boca:
—¡Has dicho que era una historia de amor! ¿¡Y acaba ASÍ!? ¿¡Qué PASÓ!?—vocifera.
Las historias son complicadas, los recuerdos son inmisericordes y el cerebro solo almacena unos pocos instantes de los mejores días de nuestra vida, junto a cada segundo de los peores.
—Pasó hace... Hace veinticinco años—empieza a decir Ted, como si tratara de convencerse de que no es para tanto.
Louisa solloza hecha una furia.
—¡Para mí no! ¡Yo no estaba! ¡Para mí está pasando AHORA!
—Lo siento—susurra Ted, y de pronto es como si todo también le estuviera ocurriendo a él otra vez.
Ha salido el sol, el mundo se despereza y empieza un nuevo día.
Ted se ciñe más la toalla alrededor de los hombros y le cuenta la historia completa a Louisa.
Le habla del cuchillo, le dice que Ali se lo había dado a Joar ese invierno, porque ella había sido la primera en comprender cómo iba a terminar todo y no podía imaginar otra historia en la que el padre de Joar no matara al chico o viceversa.
Al llegar el verano, tampoco los demás eran capaces de concebir otras versiones.
Ted le cuenta que Joar había escondido el cuchillo enterrándolo en las macetas de hojalata de su ventana, debajo de las flores, y que había tenido que cambiarlo de lugar cuando su madre empezó a sospechar.
Lo guardó entonces en su mochila, que estaba en el suelo de su cuarto el día que su padre entró y vio al pájaro.
—Un hombre violento es una enfermedad para quienes lo rodean.
La violencia es una plaga que se contagia a todo aquel que tiene contacto con ella...
—dice Ted, como si tratara de contrarrestar sus sentimientos usando un tono formal, como un profesor, pero no funciona.
Cuando prosigue, su voz vuelve a tener catorce años—.
Joar pensaba que acabaría siendo igual que su padre, que la violencia se hereda.
Pero no es así. No se trata de una enfermedad genética, la violencia se propaga por contagio, pasa de piel a piel.
El corazón se infecta. Es agotador estar siempre enfadado cuando eres pequeño, tener que tensar constantemente el cuerpo para no llorar porque sabes que, si empiezas, no podrás parar.
Al final, Joar no podía soportarlo y estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para dejar de sentirlo todo continuamente.
Recuerdo que pensé que, cuando ocurriera, nadie podría hacerse el sorprendido, porque todo el mundo sabía que acabaría matándolo.
Louisa se queda sin respiración y Ted esboza una mueca, una leve sonrisa rota y vacilante que le desenfoca la mirada al darse cuenta de pronto de cuánto se habría enfadado Joar si lo estuviera escuchando.
—No le habría gustado que hablaran de él—susurra.
Porque, claro, solo hay una historia que habría deseado oír Joar: la del artista y el cuadro, la de una vida feliz y unos sueños que se hacen realidad, ya que él solo tenía sueños para otra persona.
—Si deseas comprender el cuadro, debes comprender a Joar. Y si quieres entenderlo a él, debes entender a su madre. Porque la historia de ella es la de él. En cuanto al padre, tengo la intención de hablar lo menos posible de ese cabrón.
Se acuerda de toda la sangre que cubría las manos de Joar, como si las hubiera sumergido en un barreño.
Se acuerda de la mirada de su amigo: desesperada, aterrorizada.
Estaba hecho un ovillo al otro lado de la ventana del cuarto en el sótano de Ted y llevaba la cajita destrozada en las manos.
Apenas podía levantar uno de los brazos, tenía media cara tan roja y destrozada que no podía abrir un ojo.
Temblaba, así que Ted tuvo que sacar medio cuerpo por la ventana para acercar la oreja a los labios de Joar.
Su amigo le susurró que el pájaro yacía indefenso en la cajita que ahora llevaba en los brazos cuando su viejo entró en su cuarto la primera vez.
La madre había intentado interponerse entre él y su hijo, como hacía siempre, pero era demasiado tarde.
El padre ya los había oído reírse. No dijo nada, sencillamente le dio un par de tragos a una botella de whiskey y volvió a desaparecer en la cocina.
A partir de ese momento, solo esperaron.
—Quien nunca ha presenciado violencia de verdad quizá no lo entienda, pero los minutos entre paliza y paliza son los peores—dice Ted, sentado en las rocas.
—Porque nunca sabes cuántos puñetazos vas a recibir—remata Louisa, ciñéndose la toalla alrededor de los hombros.
Ted se avergiienza al oírla, es probable que Louisa sepa más acerca de la violencia que él, pero ella le indica con un gesto que continúe y Ted dice que lo más malévolo de un hombre como el padre de Joar es que no siempre era malvado.
Había ocasiones en que permanecía sereno varias semanas y salía a dar largos paseos con Joar y la madre y hablaba de comprar un perro.
Un día trajo una tienda de campaña para ir de pesca con su hijo.
A veces dejaba que Joar le pasara las herramientas mientras arreglaba el coche; así aprendió de motores el muchacho.
Algunas noches cenaban los tres juntos como cualquier familia normal y su viejo se mostraba atento y encantador, incluso divertido.
Para Joar, saber todo eso era lo peor, porque escuchaba alguno de los chistes de su viejo y comprendía de dónde le venía a él la agudeza mental y temía haber heredado también lo demás.
Los días buenos nunca eran realmente buenos, sino una mentira, y no duraban, pero bastaban para hacer creer a la madre que, de algún modo, los días malos eran culpa suya.
Cuando Joar era pequeño, solía sentarse en el váter para contemplarla mientras ella se maquillaba.
Olía su perfume y le preguntaba una y otra vez cómo olía él, muerto de miedo por si lo hacía como el padre y no como ella, que era lo que deseaba Joar.
—Hueles como lo mejor del mundo, y lo mejor del mundo huele como tú—le respondía la madre, aunque eso al chico no le ayudaba demasiado.
Su madre siempre se arreglaba, hasta para ir al supermercado.
—Si llevas ropa bonita, la gente se olvida de cómo está tu cara—solía decirle frente al espejo del baño.
—Tu cara es preciosa—le aseguraba él a la madre.
—Tu cara también es preciosa.
—Mamá—protestaba él—, una vez dijiste que yo cantaba bien, o sea que no tienes ninguna credibilidad.
Ella reía entonces con tantas ganas que Joar tenía que salir corriendo porque el baño no tenía ventanas.
Al llegar su cumpleaños, Joar pidió de regalo una loción para después del afeitado, y eso debió de romperle el corazón a la madre, que probablemente pensaría que un niño de su edad debería pedir una bicicleta.
Había mañanas que le dolían tanto los brazos que Joar la ayudaba a maquillarse para tapar los últimos moratones.
Lo hacía con tanto mimo y delicadeza que, con el tiempo, acabó siendo igual de bueno maquillando que con el patinaje, y eso a ella quizá le costara perdonárselo a sí misma.
Toda la violencia que había presenciado su pequeño.
Ni que decir tiene que el padre de Joar siempre prometía no volver a hacerlo, pero eso solo significaba que, cada vez que pegaba a su mujer, lo hacía como si fuera su última oportunidad.
A veces lloraba y le aseguraba que, si lo dejaba, se quitaría la vida, pero lo más habitual era que le prometiera a voz en cuello que antes los mataría a ella y al crío.
La mayoría de las mañanas ni siquiera recordaba a quién había golpeado.
Joar creció y empezó a ponerse en medio de los dos; tenía la esperanza de que, en virtud de las matemáticas de la crueldad, su madre recibiera menos golpes, pero la situación no hizo más que empeorar. Madre e hijo hicieron todo lo posible por protegerse el uno al otro, pero fue en vano.
No tenían adónde ir; ellos eran demasiado pequeños y el planeta no era lo bastante grande para huir de ese hombre.
Las mañanas que sucedían a los peores días, la madre de Joar se levantaba y se ataviaba con sus mejores galas, y el chico jugaba al fútbol en todos los recreos para evitar preguntas sobre el origen de sus heridas.
Pese a todo, eran peores los días buenos, porque siempre se daban en cantidades suficientes como para borrar que aquello era una cuenta atrás.
Joar se quedó sentado en el suelo de su cuarto junto a su madre y el pájaro, oyendo las carcajadas beodas que el padre le dirigía a lo que estuviera viendo por la televisión.
Qué le nubló la mente y lo hizo regresar hecho una furia al dormitorio del hijo no es relevante; podría haber sido cualquier cosa.
Al hombre le faltaba un tornillo, no tenía ni pies ni cabeza.
Ninguna lógica. El único objetivo de una crueldad como la suya es causar todo el daño posible.
¿Por qué? Nadie lo sabe. A veces era suficiente que otra persona pareciera feliz, aunque fuera un instante.