Chapter 43 #3
—Perdón, perdón, perdón...—susurró de inmediato Ted, odiándose a sí mismo por echar a perder la magia. Debería haber sabido que los hombres de verdad no preguntan esas cosas.
Se hizo un ovillo en el borde del taburete, preparado para recibir el golpe, pero sucedió algo mucho más inusitado: una ligera brisa.
Es lo que sopla cuando un tipo duro trata de sofocar un sollozo.
El hermano mayor no derramó ninguna lágrima, solo dejó escapar una larga y entrecortada exhalación.
Luego habló con severidad pero con palabras suaves:
—No es como en las películas, Ted. La vida real es diferente. Pero papá me dijo un día, borracho como una cuba, que mamá y él no eran como dos imanes, sino como dos colores. Una vez mezclados, no había forma de separarlos.
Es lo más romántico que Ted oiría en toda su vida. Se quedó mirando fijamente la fotografía de la boda, tratando de enfocar la vista, aún tendrían que pasar unos cuantos meses antes de que les reconociera a su madre y su hermano que necesitaba gafas desesperadamente.
—Cuéntame otra cosa—pidió Ted, no sin ciertas reservas.
El hermano suspiró, le dio un golpecito a la parte superior del piano con la lata de cerveza y sonrió ligeramente.
—Papá siempre bebía la misma cerveza. Decía que a mamá le gustaba eso porque los hombres que no cambian de marca no son muy aventureros, así que tampoco cambian de mujer. Cuando se puso enfermo, mamá siguió comprando cerveza cada semana. Como si él fuera a levantarse de repente e ir a por una.
Ted pensó que esa era una de las crueldades adicionales del cáncer, que siempre estás esperando a que todo vuelva a la normalidad hasta que un día te das cuenta de que la enfermedad se ha convertido en la nueva normalidad.
—(¿Le gustaba a papá cómo cocinaba mamá?—preguntó Ted sin saber muy bien por qué; puede que porque las comidas congeladas eran lo más parecido a la ternura que le había visto a su madre en los últimos años.
—¿Lo preguntas en serio? ¡Le encantaba! Yo creo que la única razón por la que mamá aprendió a cocinar fue porque le gustaba verlo comer—contestó sonriendo.
Miró a su hermano pequeño y añadió—: Yo creo que ella siente que es una buena madre cuando nos deja comida en el congelador, Ted.
Cuando se asegura de que comemos. Puede que sea el único momento en que se siente... suficiente.
Ted se inclinó sobre su cerveza como si fuera un abismo.
—¿Tú crees que papá tuvo miedo al morir?
En lugar de mentirle, su hermano permaneció tanto tiempo en silencio que fue una respuesta en sí misma. Su respiración sonaba entrecortada de nuevo.
—La noche que papá murió, una de las enfermeras llamó a casa. Supongo que quería que nos enteráramos enseguida... Y que comprendía que a mamá no se le daban bien las palabras.
Su respiración sonaba más entrecortada aún.
—¿Qué dijo?
—Que mamá se había acurrucado con mucha delicadeza en la cama de papá—respondió con una sonrisa—. Y que él había muerto en sus brazos.
Los hermanos no dijeron nada más. Permanecieron sentados junto al piano, en la casa vacía, bebiendo la cerveza de su padre y mirándose el uno al otro con los ojos de la madre.
Cuando vaciaron las latas, Ted las llevó a la cocina y las enjuagó.
Luego sacó comida del congelador, cenó pese a no tener hambre y dejó el plato sucio sobre la encimera.
Esa noche, tumbado en su cama del sótano, oyó al hermano mayor pasar tambaleándose por todas las habitaciones de arriba, detenerse en cada puerta y susurrarles «buenas noches» a los fantasmas.
La noche era cálida, la ventana del sótano estaba abierta.
Ted olió los cigarrillos de su madre al llegar a casa.
Ella se bajó del coche de su amiga y, sentada en los escalones, fumó dando largas caladas, reuniendo las fuerzas para volver a una vida cargada de responsabilidades.
Era probable que nunca supiera cómo decirles a sus hijos que los amaba, ellos tampoco disponían de las palabras para hacerlo porque, ¿quién se las iba a enseñar?
Pero, al entrar en casa, la madre pisó intencionadamente todas las tablas que sabía que crujían para que ellos supieran que había llegado.
Luego entró en la cocina y vio el plato sucio que Ted había dejado en la encimera para que ella supiera que había quedado satisfecho y que era una buena madre.
Lo lavó y sintió que lo era, aunque fuera por un momento.
Al tumbarse en la cama esa noche, la madre oyó que alguien arrastraba los pies junto a la entrada de su dormitorio, seguido de un ligero golpe. Era el hermano mayor, que se había echado a dormir en el suelo junto a la puerta para impedir que entraran las pesadillas.
Ted también yacía en su cama del sótano, a punto de quedarse dormido, cuando oyó en la ventana un ruido diferente.
Apenas podría decirse que eran unos nudillos que llamaban, más bien se trataba de unos dedos arañando el cristal.
Al levantar la vista, Ted vio pequeñas marcas rojas.
Joar estaba sentado fuera con las manos cubiertas de sangre.