Chapter 43 #2
—Una vez iban en el coche y mamá se enfadó porque papá se quejaba de cómo conducía.
Ella le dijo que se callara y encendió un cigarrillo; por poco no se salió de la carretera, y él tuvo que estirar el brazo para agarrar el volante.
Eso a ella la cabreó aún más y papá estaba tan frustrado que le soltó: «Por el amor de Dios. TE QUIERO, pero...».
Se quedó callado.
—Y tú... todo esto... ¿cómo lo sabes?—susurró asombrado Ted.
—Me lo contó papá antes de ponerse enfermo. Hablábamos mucho. Es una pena que no te acuerdes. Bueno, en realidad es mejor. Joder, a lo mejor me da un poco de envidia que no lo recuerdes.
Ted le dio un trago a su cerveza y rozó una tecla sin atreverse a apretar.
—(¿Fue esa la primera vez que papá le dijo a mamá que la quería?
Su hermano tosió antes de responder:
—Me dijo que a lo mejor esa había sido la primera vez que alguien se lo había dicho. Mamá ni siquiera respondió. Era demasiado para ella. Pero, por la noche, cuando se fueron a la cama, le susurró: «Pero, pero, pero». Y después de eso nunca se dijeron «te quiero».
—Pero, pero, pero—le susurró lentamente Ted a su cerveza.
—Pero, pero, pero—le repitió el hermano a la suya.
Conservaba el acento de su país natal, se le notaba más cuando iba borracho. Ted, en cambio, había perdido el suyo casi por completo. Lentamente, la herencia de ambos se estaba borrando.
—¿Duele?—preguntó Ted mirando los magullados nudillos del hermano sumergidos en el cuenco de hielo.
—No hemos empezado nosotros. Unos imbéciles de mierda estaban discutiendo con Buey. Solo nos defendíamos. Yo... ya no empiezo peleas—contestó negando con la cabeza.
Lo dijo como si fuera importante para él que su hermano lo supiera.
—Toca la canción otra vez.
Y eso hizo.
—¿Te has dado cuenta de que uno de los escalones del sótano es más alto que los otros?
—preguntó al terminar la canción—. Papá se tropezaba con él cada vez que subía o bajaba.
Mamá se ponía como una moto porque nunca miraba por dónde pisaba.
A veces ella dejaba cosas por el suelo, cajas, tenedores o baldes pequeños con agua, lo que fuera, para ver si él tropezaba con ellos.
¡Y él se daba de lleno TODAS las veces! Mamá decía siempre que papá podría atravesar un campo de minas sin que le pasara nada porque no levantaba los pies.
Lo llamaba «el Gusano». Así que, cuando volvía tarde de trabajar, papá pisaba a propósito todas las tablas que crujían del suelo de la entrada para avisarla de que había llegado.
Y se quedó callado. Tal vez porque recordó que, en una ocasión, había tirado a Ted por las escaleras del sótano que acababa de mencionar, pero el hermano pequeño se echó a reír.
—¡El Gusano!—repitió Ted.
El hermano mayor sonrió agradecido y siguió su relato:
—Esta casa era la más barata del pueblo cuando la compraron.
Se estaba cayendo a pedazos, peor que ahora incluso...
Había un vecino que decía que era tan barata porque estaba encantada.
A papá eso le hacía muchísima gracia, así que iba por toda la casa llamando a los fantasmas y mamá decía: «¿Tú sabes que eres tan pesado que ni los fantasmas te aguantan?
». Así que papá empezó a hacer un juego.
Esperaba a que ella estuviera desprevenida, a que se estuviera lavando los dientes o cocinando, y se ponía a su lado y daba un brinco como si estuviera aterrorizado o algo.
Y entonces ella se sobresaltaba también.
«Me parece que he visto un fantasma», decía él.
Ella caía siempre y él nunca se cansaba de jugar.
—No sabía que papá fuera tan divertido—murmuró avergonzado Ted.
—Era superdivertido.
—Nunca he oído a mamá reír.
Puede que su hermano mayor no supiera qué responder a eso, así que le dio otro trago a la cerveza antes de contestar.
—Está cansada, Ted, nada más. Todo el mundo ha tenido el típico día en que estás tan agotado que no puedes ni pensar, pero ella ha tenido ese día los putos diez últimos años.
Eso es duro. Lo ha hecho lo mejor que ha podido.
Ha intentado hacernos duros porque en este pueblo la gente blanda no sobrevive.
Hubo una vez... Joder... Un día me metí en una pelea en el colegio y, cuando fue a ver al director, el tipo le dijo que a lo mejor yo necesitaba un modelo masculino.
¿Te lo puedes creer? ¡Menudo psicópata! Papá estaba enfermo entonces, no había muerto aún. ¿Sabes qué dijo mamá?
—¿Qué?
—Le dijo: «¿Un modelo masculino? ¿Cómo le parece a usted que le ha funcionado eso a los hombres hasta ahora, históricamente hablando?».
—¿Y qué dijo el director?
—Lo pilló tan a contrapié que la siguiente vez que me metí en una pelea ni siquiera la llamó.
Ted se echó a reír, aunque no debería reírse. Su hermano nunca había sabido manejar el dolor más que con la ira; ¿quién le enseñaría?
—Entonces, ¿mamá también era graciosa?
—Myy graciosa, ¡cuando quería! Una vez metió pescado podrido en el buzón de un vecino que siempre se estaba quejando de que tú y yo hacíamos mucho ruido.
Y no siempre fue tan... dura. Cuando era pequeño tenía pesadillas muy a menudo y me despertaba gritando tanto que me quedaba afónico.
Ella venía entonces con una manta y una almohada y se tumbaba en el suelo justo delante de mi puerta.
Decía que lo hacía para que las pesadillas no pudieran entrar.
Ted, sentado al lado de su hermano mayor, se secaba los ojos con una manga.
—Cuéntame más cosas.
El hermano le dio un buen tiento a la cerveza antes de proseguir:—Papá me contó una vez que el momento que más le gustaba por la noche era ir por toda la casa apagando luces. Decía que eso es lo que hacen los padres. Al final iba de habitación en habitación susurrando: «Buenas noches, fantasmas».
Ted le dio un sorbo a la cerveza y, de pronto, se le iluminó la cara.
—Me... Me acuerdo de eso. Me acuerdo de que me quedaba despierto en la cama esperando oírlo antes de dormirme. Es lo único que recuerdo de su voz. A veces creo que a lo mejor lo soñé.
Los dedos enrojecidos y magullados del hermano, unidos por nudillos deformes, se deslizaron por el piano arrancándole algunas notas desperdigadas al instrumento. Ted estaba maravillado por que esas manos fueran capaces de ambas cosas: brutalidad y belleza.
—Cantaba bastante bien, papá.
—¿Por qué no se hizo músico?—preguntó Ted, aunque se arrepintió de inmediato al darse cuenta de lo inocente que sonaba la pregunta.
—Eso no es un trabajo—respondió con calma el hermano.
Quería decir «para nosotros», que no es un trabajo para gente como nosotros, entendió Ted. Su padre había trabajado en la fábrica, como su madre, para darles a sus hijos una vida mejor. Tratar de ser músico, perseguir una pasión y esas cosas eran para padres que solo querían mejorar su propia vida.
La mirada de Ted deambuló por el trozo de pared de encima del piano.
Vio fotos suyas de cuando era pequeño. Posó la mirada en otra: la de la boda de sus padres.
Nada de ropa elegante, tan solo una ceremonia sencilla en el ayuntamiento.
Su madre estaba embarazada y sonreía en la foto.
Estaba preciosa, parecía tener aún grandes sueños.
—¿Tú crees que fue romántico? ¿Cuándo se enamoraron?—preguntó tímidamente.
Una pregunta estúpida, sin duda.
—¿Qué mierda de pregunta es esa?—refunfuñó instintivamente el hermano.